venerdì 4 maggio 2012

Los dos viejecitos nacidos el dia de los Reyes Magos - I due vecchietti nati il giorno delle Befana













Hace un par de días que me desperté muy contenta, porque había dormido muy bien y hacía tanto que no pasaba. Mientras me levantaba pensé en Miguel, el viejecito a quien Dulia, la cuidadora de mi padre, le hace compañía todas las noches.
Dos mujeres cuidan a mi padre: Blanca de noche y Dulia de día.
Blanca tiene unos sesenta años, su cuerpo es menudo y sutil, del cual asoma una cara muy delicada. Su voz melosa, con el deje de Buenos Aires, hace que descubramos en seguida su buen carácter. De muy pequeña emigró con sus padres de Zamora, su ciudad natal, a Argentina, donde se casó muy joven y trabajó en la empresa de cartones que regía su marido con otros socios. Después de la muerte precoz de su cónyuge, los socios la estafaron y decidió volver a España con sus hijos adolescentes. Tuvo que arreglárselas como pudo. Al principio fue muy duro para ella, pues debió adaptarse a trabajos humildes. Después de algunos años, consiguieron comprarse un piso gracias a su tenacidad, a un poco de suerte y sobre todo a un buen préstamo bancario. Al cabo de poco tiempo quisieron vender el apartamento para comprar otro más pequeño, pues los hijos se casaron y tuvieron que ir a trabajar lejos de casa. Todo les fue muy bien hasta que la crisis los alcanzó de lleno, y no pudieron vender el alojamiento grande después de haber comprado el pequeño. Con dos hipotecas, Blanca tenía que trabajar de noche con mi padre y de día depilando a las chicas del pueblo.
Miguel, me contaba Dulia, era un hombre a quien le gustaba dormir como un bebé. Se acostaba al anochecer y se despertaba a la mañana siguiente. A veces después de desayunar volvía a la cama, aún caliente, para leer el periódico que su nuera le traía cada mañana. Durante el día hacía lentamente muchas cosas solo: se aseaba, calentaba la comida  que le traían, y en los días soleados iba a pasear con su bastón a lo largo de la playa.
Su hijo tenía en el pueblo una pequeña librería, por lo tanto cuando cerraba, al mediodía y por la noche, iba a verlo.
No conozco personalmente a Don Miguel, pero las historias que me han contado mi padre y Dulia, contribuyen a que me caiga muy bien.
Hace algunos años mi padre me dijo:
- Tots els meus amics es moren. De la meva quinta ja no queda ningù1.
Efectivamente, los quintos del 1919, los jóvenes que fueron a la mili antes de haber cumplido los veinte años y que combatieron en la guerra civil, estaban muertos.
Pero un día, volvió a casa contento diciendo que había conocido a Miguel, un viejecito de Zaragoza, quien desde hacia poco tiempo se había trasladado a nuestro pueblo.
Reía cuando nos contaba que los dos habían nacido el mismo día, es decir el día de los Reyes de 1919. Era un pequeño milagro.
El señor Miguel, se había quedado solo, porque su mujer había perdido poco a poco la cabeza y hacía pocos meses había muerto en una clínica geriátrica, donde había tenido que ingresarla. Había luchado contra la enfermedad de su esposa, que lentamente le devoraba trocitos de cerebro.
Habían sido tiempos muy duros y ahora, a noventa y pico de años, tenía que empezar de nuevo o mejor terminar su vida en un pueblo casi desconocido para él.
Una tarde, paseando por el barrio antiguo, descubrió un café donde algunos jubilados jugaban a cartas.
El no era capaz con las cartas, pero le gustaba mucho mirar a los jugadores, algunos viejos como él, otros más jóvenes. Se sentaba cerca de las mesas de juego, para observar mejor los movimientos de sus caras: ojeadas simbólicas, signos y otras formas de comunicación secreta.
Llamaban al juego, típico de Catalunya,  la butifarra, que se jugaba en parejas.
No tuvieron mucho tiempo para hacerse amigos, pues al cabo de pocos días mi padre tuvo un ictus, del que por suerte se ha recuperado muy bien, pero que desde entonces no ha podido ir al centro recreativo a jugar.
Dulia, tiene unos cuarenta años y un cuerpo redondito. Es una buena cocinera, sin embargo come poco, porque està a régimen perenne. Pero es muy golosa, como mi padre. Los dos, cada tarde, se delician con meriendas muy dulces. A pesar de sus esfuerzos la balanza de Dulia no logra bajar mucho. Pero ella siempre esta contenta, canta mientras limpia y bromea a menudo, a pesar de todos los problemas que la vida le ha traído.
Una tarde de invierno mientras jugábamos a domino con mi padre, para pasar el rato, nos decía bromeando:
-Tengo a dos hombres, los dos nacieron el día de los Reyes, uno lo quiero de día y otro de noche.
Me levanté despacio y mientras me estaba preparando el desayuno seguí pensando en Don Miguel.
Imaginaba que él aquella mañana, se habría despertado alegre, sabiendo que Dulia, le habría preparado una buena taza de café con leche.
Mi padre en cambio aún estaría durmiendo, se habría  levantado a media mañana, pues se acostaba muy tarde. Primero Blanca y luego Dulia lo habrían atendido con cariño, pensé.
U. aún estaba en la cama cuando sonó el móvil. Se levantó deprisa. Era su amigo, compañero de caminatas, quien le llamaba para invitarle a dar una vuelta en bicicleta, ya que hacía un día muy bonito.
Mientras desayunamos le conté que estaba pensando en los dos viejecitos que nacieron el seis de enero de 1919 y en Dulia su cuidadora común.
- ¿Han solucionado el problema de la casa las cuidadoras de tu padre? Mi preguntó  mi marido.
- Blanca resiste, pero Dulia ha tenido que dejar su apartamento, porque no podía pagar la hipoteca y el banco se lo ha quedado. Ahora vive de alquiler, pero tiene que pagar al banco la diferencia entre el valor inicial del piso y el actual.
- ¡Qué injusticia! Son tiempos malos! No nos damos cuenta de lo bien que estamos nosotros al tener un buen trabajo y al poseer un casa , dijo él.
Las dos mujeres que cuidaban a mi padre tenían que trabajar de día y de noche para poder mantener a su familia, pero pensaba sobre todo en Dulia, que al hacer aquella vida no veía casi nunca a sus hijos adolescentes y a su marido, que estaba parado, ya que había perdido su empleo en el almacén del aeropuerto de Girona.
Nuestra charla fue a parar a la responsabilidad que tenían los bancos en la crisis económica europea.
Mientras tomaba una taza de té, le dije a mi marido, que había leído en el periódico, que ahora era muy difícil obtener un préstamo bancario, si no se tenía, además de un trabajo fijo, una cantidad importante de dinero; en cambio en España antes lo concedían con mucha facilidad, aunque no se tuviera ni un duro.
Me quedé inmóvil, mientras aún tenía la taza de té entre las manos, mirando a mi marido, quien iba a salir en bicicleta
Él con sus frases irónicas siempre me hacia sonreír. Nuestros hijos se burlaban de nosotros, pues no entendían, que a pesar de llevar tantos años juntos, aún siguiera riéndome de sus palabras.
Saliendo me dijo:
- Voy a hablarles yo a los del banco de Dulia.
- A ver si resuelves toda la cuestión, le dije yo de broma
- Yo no cuento nada, me dijo él sonriendo.
- Para mí y para quien te conoce bien cuentas mucho, pues eres un hombre feliz. Es muy positivo que puedas aprovechar tu tiempo libre. ¿Ves? Ahora vas en bici, mientras muchas personas, tienen miedo del tiempo vacío y siguen rellenando cada minuto de su vida con trabajo y más trabajo, sin embargo se quejan y se sienten frustrados, le dije.
Mientras la puerta se cerraba y él salía, sentí que estaba muy orgullosa de querer a un hombre que había renunciado, hacía muchos años, a una importante carrera laboral, para dedicarse a nuestros hijos. Ahora que ellos tenían más de veinte años, su tiempo libre  se lo ofrecía a sí mismo.
Todavía llevaba el camisón, cuando tomé mi pequeño ordenador portátil y me metí en la cama, que aún estaba calentita.
Sentada en el lecho, con las sábanas un poco arrugadas, pensé en que yo tenía aún muchas mañanas como aquella para gozar de la vida, en cambio  los dos viejecitos quizás tenían poco tiempo a disposición, pero gracias a los cuidados y mimos de Dulia, aún podían gozar cada mañana de las pequeñas cosas que la vida les regalaba.
1Todos mis amigos se mueren. De mi quinta ya no queda nadie


I due  vecchietti nati il giorno della Befana
L'altra domenica mi sono svegliata felice, perché avevo dormito placidamente, come da tanto non succedeva. Mentre mi alzavo ho pensato, chissà perché, a Don Miguel, il vecchietto, al quale Dulia, la badante di mio padre, faceva compagnia tutte le notti.
Mio padre viene accudito da due donne: Blanca di notte e Dulia di giorno.
Blanca ha circa sessanta anni, di corpo sottile e di viso delicato. La sua dolce parlata di Buenos Aires contribuisce a farci scoprire il suo buon carattere. Quando era piccola, emigrò con la sua famiglia da Zamora, nel cuore di Castiglia, all'Argentina, dove si sposò molto giovane e lavorò nella ditta di imballaggi, che il consorte dirigeva con alcuni soci. Ma dopo la morte precoce del marito, i soci della fabbrica la truffarono, liquidandola con quattro soldi. Decise di ritornare in Spagna con due figli ormai grandi, dove, finito il denaro, dovette arrangiarsi. I primi tempo per loro furono molto difficili, svolsero lavori umili e spesso mortificanti, ma mai si persero d'animo. Dopo qualche anno riuscirono a racimolare un po' di soldi per comprarsi un appartamento in un quartiere nuovo del paese. I figli in seguito andarono a vivere per conto proprio e Blanca decise di vendere la casa e di comprarne una più piccola. Prima di tutto comprò una vecchia abitazione vicino alla stazione, pensando di aver fatto un buon affare, ma dopo non riuscì a vendere la sua, dato che la crisi del mattone la prese in pieno. Con due mutui da dover pagare, si trovò a lavorare di notte da mio padre e di giorno depilando le ragazze del paese.
Don Miguel, mi raccontava Dulia, era un uomo mite che amava dormire come un piccolo bambino. Si addormentava all'imbrunire e si svegliava la mattina verso le nove. A volte, dopo aver fatto colazione, tornava al letto, ancora caldo, per leggere il giornale, che sua nuora gli portava tutte le mattine. Durante la giornata faceva tutto da solo, con molta lentezza: si riscaldava il cibo che gli aveva portato sua nuora, si lavava e andava a passeggiare lungo il mare, con l'aiuto del suo bastone. Suo figlio, da diversi anni, aveva una piccola libreria in paese, e quando chiudeva, per la pausa di pranzo o la sera, passava a trovarlo.
Non conosco personalmente Don Miguel, ma dai racconti di mio padre e da quelli della loro badante mi ispira molta tenerezza e simpatia.
Qualche anno fa, mio padre mi disse:
- Tots els meus amics es moren. De la meva quinta ja no queda ningù1.
Effettivamente, i ragazzi del 1919, quelli che furono chiamati alla leva a 18 anni, per poi combattere durante la guerra civile, erano tutti morti.
Mio padre un giorno, tornò a casa contento dicendo che aveva conosciuto Miguel, un anziano di Zaragoza, che da qualche anno si era trasferito nel nostro paese. Rideva quando raccontava che era nato lo stesso giorno di lui, il giorno della Befana del 1919: era un piccolo miracolo.
Don Miguel era rimasto da solo, perché, da quasi un decennio, sua moglie aveva perso la testa ed in seguito era morta in una clinica geriatrica, dove si era visto obbligato a ricoverarla. Aveva lottato con la malattia della moglie, che ogni giorno le divorava un pezzettino di cervello. Erano stati tempi difficili e adesso si trovava a novant'anni a dover ricominciare da solo , o meglio a finire la sua vita in un paese quasi sconosciuto.
Un pomeriggio Don Miguel, passeggiando per il centro del paese scoprì un circolo dove alcuni anziani giocavano a carte. Lui non ne era capace, ma gli piaceva molto guardare i giocatori, uno di quelli era mio padre. Si sedeva a poca distanza dai tavoli da gioco, per osservare meglio i movimenti buffi dei pensionati: occhiate incrociate, segni col viso, messaggi gestuali e ogni altra forma di comunicazione. Giocavano a un antico gioco, nominato  butifarra 2.
Non ebbero molto tempo di fare amicizia, dato che pochi giorni dopo la loro conoscenza mio padre ebbe un ictus, dal quale lentamente si riprese, ma da allora cammina con un girello e non ha potuto più recarsi al circolo ricreativo.
Mio padre che fino a quel momento aveva avuto bisogno della compagnia di Blanca solo per la notte, dovette cercare una badante di giorno. Il caso volle che fosse Dulia.
Dulia aveva una quarantina d'anni ed era piuttosto robusta. Essendo una magnifica cuoca e in più una buona forchetta, era sempre a dieta, ma il suo peso non calava di un grammo. Spesso cantava mentre svolgeva le faccende domestiche, ed era sempre allegra nonostante le difficoltà che la vita le aveva portato.
Dopo pochi mesi che lavorava per mio padre, si sparse la voce nel paese che Dulia era molto brava e inoltre, avendo la patente, poteva portare a passeggio con l'automobile i vecchietti che custodiva.
Don Miguel, si sentiva solo la notte e chiese a Dulia se gli poteva fare compagnia. La badante di mio padre accettò, anche se quel doppio lavoro voleva dire non vedere la sua famiglia, ma aveva proprio bisogno di guadagnare qualche soldo, dato che il sussidio di disoccupazione, che percepiva suo marito ogni mese, si stava esaurendo.
Alcuni lunghi pomeriggi invernali, mentre a casa giocavamo al domino con mio padre, Dulia mi diceva ridanciana:- Tengo a dos hombres , los dos nacieron el dia de los Reyes Magos, uno lo quiero de dia y otro de noche3.
Mi sono alzata e mentre preparavo la colazione continuavo a pensare a Don Miguel, immaginavo che lui, quella mattina, si doveva essere svegliato allegro, sapendo che Dulia gli avrebbe preparato una bella tazza di caffellatte. Mio padre invece, nottambulo di natura, avrebbe aperto gli occhi a mezza mattina, ma avrebbe sempre goduto delle cure, prima di Blanca e poi di Dulia.
U. era al letto quando è suonato il suo cellulare. Si è alzato in fretta e furia. Un suo caro amico e compagno di pedalate lo chiamava per coinvolgerlo a fare un bel giro in bicicletta, dato che la giornata era molto bella.
Abbiamo fatto colazione insieme e gli ho raccontato che Don Miguel e Dulia erano nei mie pensieri.
- Hanno risolto il problema della casa, le badanti di tuo padre? mi ha chiesto U.
- Blanca, ha affittato a una famiglia sudamericana il piccolo appartamento e una stanza della sua casa a due ragazze, quindi sbarca il lunario con molta fatica. Dulia ha dovuto lasciare il suo alloggio, perché non poteva pagare il mutuo e la banca glielo ha confiscato. Adesso ne ha trovato uno in affitto, ma dovrà pagare alla Banca la differenza tra il valore iniziale dell'immobile e il valore attuale.
- Che ingiustizia! Sono brutti tempi! Non ci rendiamo conto di quanto siamo fortunati, ad avere una casa e un lavoro, disse U.
Entrambe le badanti dovevano lavorare giorno e notte per mantenere la famiglia, ma pensavo soprattutto a Dulia, che doveva fare quella vita, senza quasi vedere i suoi figli adolescenti, che suo marito tirava su, dato che non lavorava.
I nostri discorsi sono andati a finire alle banche e al ruolo che esse avevano nella crisi economica europea.
Mentre prendevo una tazza di tè,  raccontavo a U. che avevo letto sul giornale, quanto fosse difficile ottenere un mutuo bancario se non si aveva, oltre che un lavoro fisso, un grosso capitale iniziale, al contrario di quanto succedeva qualche anno prima in Spagna, quando lo concedevano anche a chi non aveva un soldo.
Mentre tenevo ancora la tazza di tè tra le mani e ascoltavo la musica proveniente dalla radio, guardavo lui che si stava preparando per uscire in bicicletta.
U. è molto bravo a sdrammatizzare facendo ironia e molto spesso mi fa ridere di cuore. I nostri figli ci prendono in giro e non capiscono come mai possa ancora sbellicarmi, a volte tra le lacrime, dopo certe sue frasi scherzose.
Uscendo di casa mi ha detto:
- Ci parlerò io con quelli della banca spagnola.
- Speriamo che tu risolva tutto, gli ho detto ridacchiando.
- Io sono l'ultimo bischero, che non conta niente, mi ha detto sorridendo
-Guarda, che secondo me sei il bischero più furbo del mondo: è  bello che tu possa godere del tuo tempo libero. Vedi, adesso stai andando in bicicletta, mentre molte persone si trovano delle occupazioni folli, perché hanno paura del tempo vuoto e quindi sono stressate, stanno male e si lamentano sempre anche se hanno tutto, gli ho detto.
La porta si era chiusa e, mentre lui spariva per le scale, mi era arrivato il ticchettio delle sue scarpe, quelle con gli agganci che si attaccano ai pedali delle biciclette da corsa, e ho sentito che ero molto orgogliosa di amare un uomo che aveva rinunciato, molti anni prima, alla sua carriera, per poter dedicare più tempo ai nostri figli. Adesso che loro erano ventenni lo destinava a se stesso.
Ero ancora in camicia da notte, quando ho preso il computer portatile e mi sono infilata di nuovo nel letto, che ancora era caldo.
Seduta sul lettone, un po' sgualcito, ho pensato che  avevo ancora  molti anni davanti a me per godere placide mattinate come quella, invece che  i reduci del '19 nati il giorno della Befana, forse ne avevano poco di tempo a disposizione, ma entrambi, grazie anche alle cure della badante, godevano ogni mattina delle piccole cose che ancora la vita gli regalava.

1 Tutti i miei amici stanno morendo. Dalla mia leva non rimane nessuno
2 Gioco di carte, molto popolare nella Catalogna, nel quale quattro giocatori giocano a coppie
3 Ho due uomini, entrambi nati il giorno delle Befana. Uno lo voglio di giorno e l'altro di notte

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