lunedì 13 luglio 2026

Las raíces invisibles

 

Aquel otoño trajo consigo una luz distinta, melancólica, como si la ciudad entera supiera que algo estaba a punto de cambiar. Fue una de esas mañanas doradas cuando me crucé con Vera. Compartíamos el gimnasio y, de pronto, nos descubrimos compartiendo también ese tiempo nuevo y vulnerable que es la jubilación. Vera dedicaba sus horas a cuidar de su madre, una mujer que rozaba el siglo de vida de frágil lucidez. Sin saber muy bien de qué rincón de mi alma brotó el impulso, le confesé mi necesidad de ser útil, de hacer voluntariado en alguna residencia de ancianos. Vera, con los ojos iluminados por la comprensión, me tendió un puente: el número de Valeria, la monitora del centro donde su madre residía.
Valeria me recibió con los brazoz abiertos. Y aunque no pude quedarme en el centro de la madre de Vera, me ofreció otra residencia donde leer en voz alta una tarde a la semana.
Llegué pertrechada de ilusión y libros, pero la realidad, con su crudeza silenciosa, me desarmó pronto. Me asignaron la sala de los grandes dependientes. Al cruzar el umbral, el tiempo pareció detenerse. Alrededor de una mesa inmensa aguardaba una tribu varada en la antesala del olvido. Eran mujeres, casi todas, tejedoras de pasados invisibles, con la única excepción de Enzo. Él era el más joven, pero también el prisionero de un cuerpo más devastado; un ladrón le había arrebatado la voz y el movimiento a base de golpes en el zaguán de su propia casa. Ahora, su única respuesta al mundo era una sonrisa perenne y misteriosa.
Aquellas mujeres nonagenarias conformaban una constelación de soledades fascinante. Silvia, con los ojos velados por las cataratas, poseía la paciencia de las santas y escuchaba mis relatos como quien bebe agua fresca. Genoveva, en cambio, vivía parapetada tras su sordera; Valeria me confesó que su carácter gruñón y su afán de mando venían de lejos, de una juventud donde quizás tuvo que gritar demasiado para ser escuchada.
Y luego estaba Laura. Menuda, frágil como un pájaro, desgranaba murmullos ininteligibles que escondían a la maestra de primaria que un día fue, a la autora de poemas que nadie leía ya. Le faltaba una mano, pero con la que le quedaba buscaba las mías, aferrándose a mí con una ternura que me partía el alma en dos. Mariangela, alta y rotunda como la tierra de Nápoles que la vio nacer, aún conservaba el ímpetu de quien gobernó una fábrica de mozzarella junto a su marido. A veces, la memoria le jugaba malas pasadas, se ponía en pie de un salto, me apresaba el brazo con dedos de hierro y me exigía, fiera y asustada: «Llévame a casa».
Gisella habitaba su propio exilio en un rincón. Ajena a nosotras, sus manos ajadas no dejaban de acariciar las páginas de un misal. A veces, emergía de sus rezos para suplicarme con un hilo de voz que la llevara a Bolonia, junto a sus padres, aterrorizada ante la idea de que ellos no supieran encontrarla. Giuditta, la veneciana, parecía la más despierta, pero su mente giraba en un bucle infinito, preguntándome cada tarde cómo había llegado hasta allí.
—En bicicleta —le respondía yo. —¿Y de qué color es tu bicicleta? —insistía, incansable. —Roja.
Y así seguíamos, atrapadas en el mismo diálogo circular, hasta que la firmeza compasiva de Valeria intervenía.
Había otras, las que habitaban el reino de los sueños, como Daniela, que una tarde despertó de su letargo abisal solo porque le hablé en español, murmurando palabras en mi idioma antes de volver a sumergirse en la sombra. Y en el extremo de la mesa, Nedda. Amarillenta, consumida, acurrucada sobre sí misma como si ya habitara la frontera. Durante décadas había sido comadrona, había ayudado a cientos de criaturas a cruzar el umbral hacia la vida, y sin embargo, ella parecía incapaz de cruzar el umbral hacia la muerte. Cuando yo llegaba los jueves y les ofrecía mis manos, casi todas las retiraban quejándose de mi frialdad. Solo Nedda, en su silencio agónico, permitía que mis dedos reposaran entre los suyos.
Pronto comprendí que mis lecturas eran demasiado largas para mentes que volaban como briznas al viento. Probé con los juegos, con revistas y tijeras, pero se cansaban con la rapidez de los niños pequeños. Fue entonces cuando le propuse a Valeria leer sus propias historias. Las fichas de sus vidas.
Aquel fue el milagro. Cuando empecé a leer en voz alta quiénes habían sido, las ancianas que dormitaban abrieron los ojos. Levantaron la barbilla. Rescatadas del anonimato, comenzaron a hablar. Desgranaron recuerdos de juventud, pero, curiosamente, ninguna pronunció el nombre de un marido o de un hijo. En aquel final del camino, la memoria las devolvía a la casilla de salida: todas añoraban a sus padres, el patio de la infancia, el calor de sus hermanos. Todas, excepto Nedda, cuyo asiento encontré vacío tras las vacaciones de Pascua. Nadie pronunció la palabra "muerte", Valeria solo me devolvió una mirada evasiva, y el silencio de la sala fue su único epitafio.
El último día, antes del verano, emprendí el regreso a casa en mi bicicleta roja. El aire era pesado, bochornoso, espeso como un presagio. De pronto, al mirar hacia el edificio de la residencia, las vi.
Eran raíces. Raíces finísimas, extrañas y translúcidas que reptaban por la fachada y se derramaban por las ventanas abiertas. Frené en seco. La calle estaba desierta, bañada por una quietud irreal. Retomé la marcha por el carril bici, pero sentí una resistencia invisible, como si algo se enredara en las ruedas. Me bajé, inspeccioné el suelo. No había cables, no había zarzas. Solo era aquel micelio suave, invisible, que latía bajo el asfalto.
Curiosamente, no sentí miedo, sino una paz inmensa. Caminé llevando la bicicleta de la mano mientras las raíces se desvanecían lentamente en la bruma del atardecer. Y entonces lo comprendí, con la claridad con la que se entienden las verdades absolutas: cuando el cuerpo humano se marchita, sus raíces se vuelven más fuertes y profundas, buscando la tierra fértil de los que nos precedieron. Y a veces, la única forma de seguir adelante, es dejarse envolver por ellas.




domenica 5 luglio 2026

Raíces

 

Una mañana a principios de otoño me encontré con Vera por la calle. La conocía porque íbamos al mismo gimnasio. Nos pusimos al día sobre cómo llevábamos la vida de jubiladas. Vera estaba muy ocupada cuidando de su madre, que tenía casi cien años. No sé por qué, pero le confesé que me gustaría hacer voluntariado en una residencia de ancianos. Entonces me habló del asilo en el que estaba ingresada su madre.

Creo que están buscando voluntarios. Te puedo dar el número de Valeria, que es monitora —me dijo.

Valeria acogió con entusiasmo mi propuesta de leer cuentos a las personas mayores. Por el momento, no era posible hacerlo en la residencia donde estaba ingresada la madre de Vera, pero ella estaba dispuesta a dejarme leer relatos en otro centro donde trabajaba tres días a la semana.

Empecé con mucha ilusión, pero pronto me di cuenta de que no iba a ser una tarea fácil. Me asignaron a los mayores que no podían valerse por sí mismos. Entré en la sala y me topé con un grupo de ancianos sentados alrededor de una gran mesa. Eran casi todas mujeres, excepto Enzo, el más joven del grupo, pero también el que se encontraba en peor estado físico. Me contaron que un ladrón le había dado una paliza cuando entraba en su casa. Había sufrido daños cerebrales: no caminaba ni hablaba, solo sonreía.

Las mujeres nonagenarias formaban una tribu muy variopinta:

Silvia estaba casi ciega, pero no se quejaba, tenía un buen carácter; era paciente y escuchaba con interés todo lo que leía o les contaba.

Genoveva era bastante sorda, se enfadaba por cualquier cosa y siempre pensaba que la excluíamos. Le gustaba mandar; ya de joven era una gruñona, me comentó Valeria

Laura era menuda y no paraba de murmurar cosas sin sentido, pero era cariñosa, le gustaba besarme y siempre sonreía. Había sido maestra de primaria y había publicado varios poemas. Le faltaba una mano, pero con la otra estrechaba las mías.

Mariangela era alta y robusta y era natural de la provincia de Nápoles. Había sido dueña, junto con su marido, de una pequeña empresa productora de mozzarella. Solía estar de mal humor, gritaba y se levantaba de golpe para dirigirse a la puerta. Me agarraba con fuerza del brazo y me decía en tono amenazante:

Llévame a casa.

Por suerte, la auxiliar de turno la sacaba de la sala.

Gisella estaba en un rincón; no participaba en las actividades de grupo y no hacía más que rezar. Siempre llevaba en la mano un misal que no paraba de hojear. De vez en cuando, me suplicaba con voz amable que la llevara con sus padres, que vivían cerca de Bolonia, porque temía que no pudieran encontrarla.

Giuditta, una mujer de Venecia, parecía la más vivaz, pero en realidad era obsesiva: repetía siempre lo mismo como un loro, hasta cansar a quienes la rodeaban.

Cada día, cuando llegaba, me preguntaba cómo había llegado al centro y, cuando le respondía que había venido en bicicleta, volvía a hacerme la misma pregunta.

¿De qué color es tu bicicleta?

Roja —le respondía yo.

Y como una máquina, seguía con la misma pregunta, hasta que Valeria la hacía callar.

Valeria era amable, pero también firme y decidida como las profesoras.

Luego estaban las que dormían todo el día; Daniela, de vez en cuando, abría los ojos y me miraba. Una vez pareció salir de su letargo, el día en que le hablé en español. Murmuró algunas palabras en ese idioma y ya nada más. Valeria me contó que, unos meses antes, llevaba una vida bastante activa, pero un día, de repente, se hundió en un abismo.

Nedda era la que parecía tener un pie en el otro mundo. Era muy delgada, tenía la piel amarillenta y estaba acurrucada en una camilla inclinada hacia delante. Solo oí sus grititos una vez; por lo demás, siempre dormía con la cabeza ladeada. Daba pena: había sido comadrona y había ayudado a traer al mundo a muchos de niños, y, sin embargo, ella no conseguía abandonarlo.

Los jueves llegaba sobre las cuatro y lo primero que hacía era estrechar la mano de todos los ancianos. Todas retiraban las manos y las que hablaban me decían:

Tienes las manos muy frías

Nedda era la única que no retiraba las suyas de las mías.

Con el tiempo, mis lecturas se hicieron más breves, porque me di cuenta de que casi nadie conseguía seguirme. Un día empecé a proponerles juegos y manualidades. Al principio, parecía que le gustaba recortar fotos y dibujos de unas revistas que les había traído para luego pegarlos y crear un collage, pero al poco rato lo dejaban y yo era la única que seguía trabajando. Me parecían niños pequeños: se cansaban rápido de jugar y, a veces, eran caprichosos.

En los últimos días, le pedí a Valeria que leyéramos juntas las fichas sobre la historia de esas mujeres, una cada semana. Entonces, las ancianas levantaban la cabeza y me miraban con interés. Aquellas mujeres que solían dormitar empezaban a abrir los ojos, excepto Nedda, que cada semana estaba más cerca del final de su vida.

Después de las vacaciones de Semana Santa, al entrar, me di cuenta de que el puesto de la comadrona estaba vacío, pero nadie del personal me dijo nada al respecto. Tuve que preguntarle a Valeria, que, por cierto, me respondió de forma evasiva.

En los días previos a las vacaciones de verano, seguí leyéndoles las fichas personales y haciéndoles preguntas para involucrarlas. Quizás porque insistía, las ancianas que lograban hablarme contaban algo de sus familias, pero ninguna de ellas pronunció jamás el nombre de su marido o de sus hijos. Todas recordaban con nostalgia a sus padres y hermanos.

El último día, mientras volvía a casa en bicicleta, noté que el aire cálido y bochornoso me estaba ralentizando. De repente, vi unas raíces extrañas que salían por las ventanas de la residencia de ancianos. Después, nada más. La calle estaba casi desierta. Tomé el carril bici para llegar antes, pero seguía sintiendo que algo me frenaba. Apenas había recorrido dos metros cuando me detuve a revisar las ruedas. No había cables ni otros obstáculos. Era como un micelio suave e invisible. No me oprimía sino que me transmitía paz. Retomé mi camino llevando la bicicleta de la mano. Poco a poco, las raíces se desvanecieron. 

Entonces pensé:

Cuando el cuerpo humano se marchita, sus raíces se vuelven más fuertes y profundas, por eso hay que dejarse envolver por ellas”.









martedì 30 giugno 2026

Radici

 

Una mattina d’inizio autunno, incontrai Vera per strada; era una vecchia amica che non vedevo da tanto tempo. Molti anni prima frequentavamo la stessa palestra. Ci siamo raccontate come era la nostra vita da pensionate. Vera era molto indaffarata con la madre quasi centenaria. Non so perché ma le confidai che mi sarebbe piaciuto fare volontariato in una casa di riposo. Allora lei mi parlò di quella in cui era ospitata sua madre.

Credo che stiano cercando volontari, ti posso dare il numero di Valeria, un’animatrice, mi disse.

Valeria accolse con entusiasmo la mia proposta di leggere racconti agli anziani. Al momento non era possibile farlo nella casa di cura in cui era ospitata la madre di Vera, ma lei era disposta a farmi leggere i racconti in un’altra struttura in cui lavorava tre giorni a settimana.

Ci andai contenta, ma ben presto capii che non sarebbe stata un’impresa facile. Mi assegnarono gli anziani non autosufficienti. Erano seduti intorno a un tavolo in una grande sala. Erano quasi tutte donne, tranne Enzo, che forse era il più giovane del gruppo ma anche il più malmesso fisicamente. Mi dissero che era stato picchiato da un ladro mentre stava entrando in casa. Aveva riportato danni cerebrali: non camminava, non parlava, sorrideva soltanto.

Le donne novantenni formavano una tribù ben assortita:

Silvia non ci vedeva quasi niente, ma era paziente e ascoltava con interesse tutto quello che leggevo o raccontavo.

Genoveffa era molto sorda, si arrabbiava spesso e le piaceva comandare; anche da giovane era brontolona, mi disse Valeria.

Laura, una donna minuta che era stata maestra elementare, borbottava in continuazione cose sconclusionate, ma era pacifica e non si lamentava mai.

Mariangela, una donna campana che aveva gestito, insieme al marito, un’azienda produttrice di mozzarelle, era spesso era di cattivo umore. Urlava e si alzava in piedi per andare verso la porta. Mi afferrava con forza il braccio e mi diceva in tono minaccioso:

Portami a casa mia.

Per fortuna, ogni volta arrivava un’ausiliaria che la portava via.

Gisella era seduta in un angolo; non partecipava alle attività di gruppo e non faceva altro che pregare. Aveva sempre in mano un messale che sfogliava in continuazione. Ogni tanto mi supplicava con voce gentile di portarla dai suoi genitori che vivevano in Romagna, perché aveva paura che non riuscissero a trovarla.

Giuditta, una donna veneta, sembrava la più vispa, ma in realtà era ossessiva: ripeteva sempre le stesse cose come un pappagallo, fino a stancare chi le stava vicino.

Ogni giorno, quando arrivavo, mi chiedeva come avessi fatto a raggiungere il centro e, quando le rispondevo che ero venuta in bicicletta, mi rifaceva la stessa domanda

Di che colore è la tua bicicletta?

Rossa, le rispondevo io.

E, come una macchinetta, continuava con la stessa domanda, fino a quando Valeria la faceva smettere.

Valeria era gentile, ma anche decisa e determinata, proprio come le maestre.

Poi c’erano quelle che dormivano tutto il giorno. Daniela sonnecchiava, ma ogni tanto apriva gli occhi e ci guardava. Una volta sembrò uscire dal suo torpore: fu il giorno in cui le parlai in spagnolo. Borbottò qualche parola in quella lingua e poi più niente. Valeria mi raccontò che da giovane aveva vissuto in Venezuela e che, fino a qualche mese prima, partecipativa attivamente alle iniziative proposte; un giorno, però, all’improvviso sprofondò negli abissi.

Ma la persona più vicina all’altro mondo era Nedda. Era molto magra, aveva la pelle gialla e stava rannicchiata su una barella inclinata in avanti. Ho sentito i suoi gridolini una volta sola, altrimenti dormiva sempre con la testa piegata di lato. Faceva tenerezza: era stata un’ostetrica e aveva aiutato un gran numero di bambini a venire al mondo, eppure lei non riusciva a lasciarlo.

Ci andavo una volta alla settimana per diversi mesi. Arrivavo verso le quattro e la prima cosa che facevo era stringere la mano a tutti. Tutte ritiravano velocemente le mani e quelle che potevano parlare mi dicevano:

Hai le mani troppo fredde

Nedda era l’unica che non ritirava le sue dalle mie.

Col tempo le mie letture sono diventate più brevi, perché mi accorgevo che nessuno riusciva a seguirmi. Un giorno ho iniziato a a proporre loro dei giochi e lavori manuali. All’inizio sembravano interessati a ritagliare foto e disegni da alcune riviste che avevo portato per poi incollarli e creare un collage, ma dopo poco smettevano e rimanevo l’unica a darmi da fare. Mi sembravano dei bambini piccoli: si stancavano in fretta di giocare e a volte facevano i capricci.

Negli ultimi giorni, ho chiesto a Valeria di leggere insieme le schede sulla storia di quelle donne, una ogni settimana. Allora le anziane alzavano la testa e mi guardavano con interesse. Quelle donne che di solito sonnecchiavano cominciavano ad aprire gli occhi, tranne Nedda che ogni volta era più vicina alla fine della sua vita.

Dopo le vacanze di Pasqua, notai che il posto della levatrice era vuoto, ma nessuno del personale me ne parlò. Dovete chiedere a Valeria, che peraltro mi ha risposto in modo sbrigativo.

Nei giorni che hanno preceduto le vacanze estive, ho continuato a leggere le schede personali e a fare domande per coinvolgere le donne. Forse perché insistevo mi parlavano delle loro famiglie. Nessuna di loro ha mai pronunciato il nome del marito o dei figli; tutte, invece, ricordavano con nostalgia genitori e fratelli.

L’ultimo giorno, mentre tornavo a casa in bicicletta, sentivo che l’aria calda e afosa mi stava rallentando. A un tratto vidi delle strane radici che fuoriuscivano dalle finestre della casa di riposo. Poi più niente. La strada era quasi deserta. Presi la pista ciclabile per fare prima, ma sentivo comunque che qualcosa mi stesse frenando. Avevo percorso appena due metri quando mi fermai a controllare le ruote. Non c’erano fili o altri impedimenti. Era come un micelio soave e invisibile. Non mi opprimeva, anzi, mi dava pace. Ripresi il mio cammino con la bicicletta a mano. Lentamente le radici svanirono.

Allora pensai:

Quando il corpo appassisce le radici diventano più forti e profonde, per questo bisogna lasciarsi avvolgere da loro”






sabato 23 maggio 2026

Uñas despintadas

 


Ayer me levanté a las nueve. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien ni hasta tan tarde. Había soñado con mi marido, era un sueño bonito, aunque no lo recordaba bien. Me puse la ropa del gimnasio, me tomé un vaso de agua y salí de casa sin desayunar, algo que nunca hago. Mientras caminaba por la calle, me sentía diferente, en ayunas, pero contenta.

Al salir del gimnasio, me paré en el quiosco; los viernes suelo comprar el periódico porque incluye un suplemento cultural. Generalmente lo leo por la tarde o después de cenar, pero ayer lo leí mientras desayunaba.

A las diez y media, mientras sorbía una taza de té y untaba las tostadas con mermelada de naranja amarga, empecé a leer un artículo que comentaba un libro titulado Abundancia. En él, los autores rastreaban las barreras políticas, económicas y culturales para progresar y proponían un camino hacia la abundancia para todos. Analizaban cómo la izquierda progresista podría actuar para mejorar las condiciones de vida de los habitantes, especialmente de los más pobres y desamparados. No puse la radio para escuchar las noticias, como hago cada mañana. El silencio, el té y el periódico hicieron que fuera una verdadera delicia.

Después me pinté las uñas de las manos y de los pies de rojo. También saqué las sandalias del armario, porque ayer llegó un anticiclón africano a la península que trajo temperaturas muy altas para ser 22 de mayo.

Me llamó mi hijo para pedirme que lo invitara a comer. Preparé una comida rápida con lo que tenía en la nevera y no fui al mercado, como había previsto. Estuvimos muy a gusto hablando; él no tenía prisa y yo tampoco.

Llevaba toda la semana sola en casa, porque mi marido se fue el lunes con unos amigos a hacer un recorrido en bicicleta por el sur de Italia. Los primeros días estuve entretenida, saliendo con amigas, y organicé una cena en casa, pero ayer empecé a echale de menos. Le escribí un mensaje cariñoso y él me respondió con otro poético. Estaba ilusionada porque pronto volvería.

A las seis, fui al cine a ver una película intimista e intensa, como me gustan. Al llegar a casa, tenía hambre, pero por suerte había sobrado pasta y ensalada de la comida. Puse la mesa y devoré la cena en poco tiempo. Después de recoger la mesa, terminé de leer el periódico y me miré las uñas. Estaba satisfecha con ellas; me gustaba el color rojo, que todavía no se había estropeado. Mientras sonreía me llamó mi marido para decirme que habían tenido problemas, ya que no quedaban plazas para las bicicletas en el tren que querían reservar y que volverían el domingo por la noche en lugar del sábado. Era una pena, porque tenía muchas ganas de verlo.

Me acosté a las once, leí un relato que tenía en la mesita de noche y me dormí al cabo de media hora, aunque me desperté varias veces. A las cuatro saqué la manta de la cama y me cubrí con la sábana. Estuve mucho rato despierta pensando en varias personas y cosas relacionadas con accidentes o desgracias. Sin embargo, al amanecer dormí una hora más. No sé si mi estado de ansiedad se debía al calor, a los mosquits, ala añoranza de él, o a la inquietante historia de Agustina, la protagonista del relato que había leído antes de dormir.

Me desperté y, con las manos, busqué el cuerpo de mi marido que no encontré. Me levanté temprano, me duché y desayuné. ¡Cómo habían cambiado las cosas en 24 horas! Ya no estaba tan contenta ni relajada. Era la primera vez que la soledad me oprimía, pensando en lo solos que estaríamos cuando uno de los dos muriera. Me repetía que ya estábamos dentro de la vejez: yo tengo sesenta y nueve años y él, setenta y uno. Salí de casa y monté en bicicleta y fui a comprarme unos zapatos. Después fui al mercado a llenar la nevera.

Por la tarde tenía sueño, pero me senté frente al ordenador para escribir las sensaciones opuestas que había sentido. Mientras tecleaba, descubrí que el color de mis uñas empezaba a despintarse. Cuando terminé, les puse un poco de esmalte rojo en la punta. “Todo se puede arreglar”, pensé, y conseguí sacar de mi cabeza los pensamientos negativos mientras llamaba a una amiga para vernos y luego ir al cine.











giovedì 9 aprile 2026

Pioggia e fangaie

 

                                                                                   


Era domenica, Silvia si svegliò all'alba, a causa dei piedi freddi. Nonostante fosse novembre, i giorni erano miti, perciò non aveva ancora messo la trapunta sul letto, che era coperto solo da una coperta leggera. Prese lo scialle di lana che era appoggiato sulla sedia e lo mise sul copriletto. I suoi piedi si riscaldarono subito e lei si riaddormentò. Intorno alle otto aprì gli occhi e vide la luce che filtrava dalle fenditure della persiana.

Si alzò contenta per la giornata di sole, che non si aspettava, dato che le previsioni del tempo per quel fine settimana erano pessime.

Guardò a lungo Pietro, suo marito, che ancora dormiva. Accese la lampada del comodino, poi la posò sul pavimento, in modo che lui non fosse disturbato dalla luce e cominciò a leggere un racconto di una scrittrice canadese. Era la storia di una ragazza che viveva con un uomo, di circa quindici anni più grande di lei, in una fattoria dove tenevano e affittavano cavalli, oltre che a insegnare a cavalcare, ma la pioggia incessante di quei giorni aveva allontanato molti clienti. L'uomo a volte era ruvido e intrattabile, tuttavia, in quella stagione delle piogge, il suo cattivo umore era cresciuto in forma esponenziale, a causa dei debiti che stava accumulando. Lei non aveva accesso al conto corrente bancario, e non aveva neppure risparmi per poter rifarsi una nuova vita lontano dalla fattoria. La ragazza non sopportava più l'uomo per cui aveva lasciato la sua famiglia, che ogni giorno la disprezzava e la maltrattava verbalmente. Per guadagnare qualche soldo, si occupava delle faccende domestiche della casa rurale che confinava con la loro tenuta. Una mattina, mentre puliva i vetri delle finestre, cominciò a piangere. Quando si calmò, raccontò alla padrona i suoi guai: la donna era molto gentile e le disse che avrebbe cercato di aiutarla a fuggire, dato che aveva un'amica a Toronto che poteva ospitarla fino a quando non avesse trovato un nuovo lavoro. Pioveva incessantemente da giorni, la terra era impregnata d’acqua e diventata in alcuni tratti una fangaia. Per trovare un po' di calma, la ragazza portava i cavalli fuori dalla stalla un paio di volte al giorno, ma quando rientrava, zuppa d'acqua, diventava ancora più triste.

La vita di Silvia si mescolava spesso con le storie dei personaggi dei romanzi che leggeva, quella mattina mentre immaginava le orme dei cavalli nelle fangaie, pensò che le sarebbe piaciuto fare una passeggiata lungo il sentiero del fiume Arno che arrivava fino a un paesino a sette chilometri da Firenze chiamato Il Girone. Chiuse il libro prima che la protagonista fuggisse verso Toronto.

Spesso Silvia andava a camminare da sola, qualche volta con delle amiche, ma quasi mai con Pietro. Lui era diventato un vero ciclista da quando era in pensione: percorreva una sessantina di chilometri, due volte a settimana, il giovedì e la domenica. Ma quel giorno, il gruppo di ciclisti non si era dato appuntamento a causa del brutto tempo annunciato.

Si alzò dal letto, preparò un tè verde e iniziò a fare colazione, mentre leggeva il giornale del giorno prima. A Silvia piaceva prendere con calma due o tre tazze di tè, con un paio di fette biscottate con marmellata di arance e alcuni biscotti integrali.

Verso le nove si alzò anche Pietro e fece colazione con lei. Silvia gli disse che stava pensando di andare a camminare lungo il sentiero del fiume.

Se mi aspetti, verrò anch'io, le rispose Pietro.

Ti aspetto volentieri, sono contenta che tu venga con me. Spero che non piova. Partiamo tra mezz'ora? Che ne pensi? Domandò Silvia al marito.

Perfetto, sarò pronto tra un attimo; forse sarebbe meglio prendere i giubbotti gialli quasi mai piovesse, rispose lui.

Silvia si affacciò dalla finestra del soggiorno e vide che il cielo era limpido, ma verso l'Appennino si intravedevano alcune nuvole nere.

Partirono da casa verso le dieci. Le acque del fiume scorrevano turbolente dopo le copiose piogge dei giorni precedenti. I loro piedi si muovevano rapidamente, mentre dalle loro bocche uscivano tante parole. A casa parlavano poco, ma quando si muovevano in auto, in treno o a piedi, non smettevano di chiacchierare. Appena si misero in cammino, parlarono di argomenti di attualità, ma subito dopo passarono a quelli della vita di tutti i giorni: volevano invitare amici a cena il prossimo fine settimana, poi si posero il problema di come avrebbero organizzato le feste di Natale, dopo l'arrivo dei due figli trentenni. Ripassarono le date degli arrivi e quelle delle partenze, e parlarono anche di voler fare un viaggio nel sud Italia o in Marocco.

Già fuori città, seguendo il sentiero che costeggiava il fiume, avvistarono un pescatore il quale, con la sua canna aveva catturato una carpa che poi gettò in acqua. Pietro scattò una foto al pesce gigante, prima di essere ributtato nel fiume.

Verso le undici e mezzo, raggiunsero il paesino ma tornarono subito indietro. Il ritorno fu più veloce: cominciarono ad accelerare il passo, vedendo che le nuvole stavano crescendo. Quando mancava poco per arrivare a casa, cominciò a piovere e loro iniziarono a correre, ma si bagnarono, nonostante gli impermeabili gialli che indossavano.

Pietro fece per primo la doccia, Silvia si tolse i vestiti bagnati, accese la radio e preparò una ricca insalata mista con semi di girasole, sesamo e zucca. Avevano da tempo l'abitudine di aggiungere semi alle pietanze perché sapevano che facevano bene alla salute, soprattutto per compensare la mancanza di proteine della loro dieta senza carne.

Dopo andò a fare la doccia e nel frattempo Pietro stappò una bottiglia di vino rosso e apparecchiò con cura la tavola.

Mentre l'acqua scivolava sul suo corpo, Silvia pensò che quel pomeriggio piovoso fosse ideale per andare al cinema. Ricordava le domeniche della sua adolescenza, quando andava con gli amici del quartiere a vedere due film uno dietro l'altro. Lo spettacolo iniziava alle cinque in punto, prima davano un film vecchio, a volte in bianco e nero, dopo quello recente. A Silvia piacevano quasi sempre entrambi.

Le ragazze chiacchieravano ininterrottamente, spesso litigavano con i maschi che erano seduti nella fila di dietro. I ragazzi non smettevano di fare battute e di lanciare alle ragazze bucce di semi di girasole. Facevano un gran baccano, soprattutto durante l'intervallo. Silvia si isolava da tutto quel rumore e non si distraeva nemmeno un minuto, da quanto era coinvolta nella storia del film.

La sala era avvolta da uno strato di fumo, che proveniva dalle numerose sigarette che fumavano i ragazzi più grandi. Le acquistavano nell'unica tabaccheria del paese, la cui proprietaria era Lola, la madre di Maria, una delle migliori amiche di Silvia. Qualche pomeriggio, all'uscita da scuola, le due ragazze si davano da fare dietro il bancone per aiutare a sistemare le scatole di sigari e i pacchetti di sigarette sugli scaffali. A Silvia piaceva andare al negozio perché, mentre metteva i pacchi a posto, guardava i fumatori che entravano e compravano tabacco sfuso, cartine, sigari o sigarette senza filtro. I clienti migliori acquistavano vari pacchetti di sigarette bionde, a cui Lola regalava una piccola scatola di fiammiferi.

Sul pavimento della sala cinematografica cresceva un tappeto di bucce di semi di girasole e di arachidi, bastoncini di liquirizia, pezzi di lecca-lecca, carte di caramelle o altri involucri di dolciumi vari. Bartolo, l'uomo della gamba di legno, vendeva tutti i tipi di leccornie. Ogni domenica Bartolo e sua moglie posizionavano il loro carro di legno in un angolo della piazza principale. Al mattino, vendevano caramelle ai bambini che uscivano dalla Messa e, nel pomeriggio, a quelli che andavano al cinema.

Silvia, ancora sotto la doccia, non si decideva a chiudere il rubinetto dell'acqua calda, perché era felice, ripensando ai pomeriggi cinematografici della sua infanzia. Di colpo, ricordò una domenica speciale: il secondo film non piaceva molto alla comitiva, che lasciò il cinema prima della fine; invece, Silvia e Maria sono rimaste sedute sulla loro poltrona della terza fila. Era un film italiano, il cui titolo era L'incompreso. Piano piano, ricordò la storia: dopo la malattia e la morte della madre, il padre focalizzò la sua attenzione sul figlio piccolo, trascurando completamente il maggiore, il protagonista, che non capiva e trattava esageratamente da adulto. Il ragazzo era piuttosto sensibile e trascorreva molte ore da solo nel giardino in cima a un albero.

Uscì dalla doccia, si allacciò l'accappatoio e si arrotolò un asciugamano sopra la testa, poi accese il computer per cercare notizie sul film e scoprì che era stato girato nel 1966. Immaginò che fosse arrivato in Spagna l’anno dopo, quando aveva undici anni. Tornando indietro di cinquant'anni, rabbrividì nel vedersi piangere nell'oscurità del cinema per non essere vista da nessuno. Poi le venne in mente la misteriosa malattia polmonare di sua madre, che tutti pronunciavano a bassa voce. Si promise che quando avrebbe visto di nuovo sua sorella maggiore o l'avesse chiamata, le avrebbe chiesto tante cose sugli anni della loro infanzia, in cui sua madre era costretta a stare a letto, dopo la nascita del fratellino e la comparsa dell'innominabile malattia. Ricordava solo che, ogni giorno, Rosita, una signora paffuta, arrivava la mattina per pulire la casa, cucinare e lavare i piatti. Il padre assunse anche Fuensanta, una suora, che si prese cura della malata e del bambino. Silvia aveva circa quattro anni e ricordava poco di quel periodo doloroso, che durò lunghi mesi, ma aveva ancora in mente lo sguardo compassionevole delle due donne.

Si vestì, prese il giornale, cercò il cartellone e subito si rese conto che in un cinema vicino davano due film interessanti.

Ti piacerebbe andare al cinema questo pomeriggio, ci sarebbero due bei film, uno più intimista alle quattro e uno di azione alle sei? domandò a Pietro mentre mangiavano l'insalata.

Il primo spettacolo inizia troppo presto, preferisco andare al secondo rispose lui.

Concordarono che alle quattro sarebbe andata lei a vedere il film, La vita invisibile di Euridice Gusmao, basato su un romanzo di una scrittrice brasiliana e poi, alle sei, lui l'avrebbe raggiunta per vedere insieme il film d'azione.

A Silvia piacque l'idea di andare a vedere due film come quando era piccola. Si affacciò alla finestra e si rese conto che pioveva a dirotto, ma non si scoraggiò, si mise gli stivali, l'impermeabile, il berretto e prese l'ombrello più grande che aveva.

Verso la fine del film, mentre una lacrima le scorreva lungo la guancia, sentì il cellulare vibrare nella sua borsa. Lasciò squillare il telefono, perché voleva godersi l'ultima parte della storia. Mentre stava leggendo i titoli di coda e si erano accese le luci suo marito entrò nella sala. Pietro la baciò e Silvia ne fu felice. Lui si sedette accanto a lei, dopo qualche minuto lei si ricordò del cellulare e lo controllò. Aveva un messaggio che diceva:

Mamma, sono venuto a prendere lo zaino grande, ne ho bisogno per domani, ma non ho trovato nessuno a casa. Quando tornerai?

Lesse il messaggio al marito, il quale disse:

Può aspettarci in un bar o a casa di un amico.

A Silvia dispiaceva lasciare il figlio all'aperto, con quel brutto tempo, ma d'altro canto non era convinta di uscire, sarebbe stata la prima volta che scappava via da un cinema. Ma prese una decisione e disse al marito, mentre le luci della sala si stavano spegnendo:

E se me ne andassi? Ho appena visto un film bellissimo, quello che comincerà adesso non mi interessa molto. Ma sì, me ne vado a casa.

Non aveva ancora smesso di piovere quando Silvia uscì dal cinema. Camminò rapidamente per le strade deserte sotto l'ombrello. Quando arrivò a casa, suo figlio, che la stava aspettando alla porta, la ringraziò per esserci sacrificata per lui.

Ho dimenticato le chiavi  disse il ragazzo, scusandosi.

Non ti preoccupare

Il ragazzo prese lo zaino e se ne andò in fretta e furia, perché aveva un appuntamento con gli amici con cui doveva andare in gita l’indomani.

Quando Pietro tornò, Silvia gli raccontò le disavventure del figlio e poi gli domandò:

Com'era il film?

Meno male che non sei rimasta, non ti sarebbe piaciuto; non ha convinto nemmeno me rispose lui.

Pietro iniziò a apparecchiare, poi preparò delle fette di pane, con pomodoro e basilico e le mise in un vassoio con pezzettini di formaggio e di tortilla di patate che avevano fatto il giorno prima. Quando finirono di cenare, Silvia si sedette sul divano, riprese il suo libro e si immerse di nuovo nella storia della ragazza delle fangaie.









mercoledì 8 aprile 2026

Lluvia y lodazales

 


Era domingo. Silvia se despertó de madrugada, porque tenía los pies fríos. A pesar de que era noviembre, los días eran templados, por eso aún no había puesto el edredón en la cama; y seguía con una manta poco cálida. Cogió un chal de lana que había en la silla de su habitación y se lo puso encima de la colcha. Sus pies se calentaron y se volvió a dormir. Hacia las ocho abrió los ojos y vio la tenue luz que entraba porlas rendijas de la persiana.

Estaba contenta por lo soleado del día, casi sin nubes, no se lo esperaba, pues las previsiones meteorológicas para aquel fin de semana eran pésimas. Miró a Pietro, su marido, que seguía dormido. Encendió la lampara de la mesita de noche, la puso en el suelo para que la luz no le molestara y empezó a leer un relato. 

La historia trataba de una muchacha que vivía con su marido, quince años mayor que ella, en una granja donde hospedaban y alquilaban caballos y daban clases de equitación. Sin embargo, la lluvia incesante de aquellos días había alejado a muchos clientes. A veces su marido era áspero e intratable; sin embargo, en aquella época de lluvias, su mal humor creció exponencialmente a causa de las deudas que se le iban acumulando. Ella no tenía acceso a la cuenta bancaria y tampoco disponía de dinero en efectivo para empezar una nueva vida lejos de la granja. No soportaba más a su marido, que cada día la despreciaba y maltrataba verbalmente. Para ganar algo de dinero se ocupaba de las tareas domésticos de la casa rural que lindaba con su finca. Una mañana mientras limpiaba los cristales se puso a llorar. Cuando se calmó le contó sus penas a la dueña, quien le dijo que intentaría ayudarla a fugarse de casa, pues tenía una amiga en Toronto que podía alojarla hasta que encontrara un nuevo empleo. Llovía sin cesar, el terreno estaba lleno de barro. Para tranquilizar a los caballos y darse un respiro, los sacaba de la cuadra un par de veces al día; cuando regresaba, estaba calada de pies a cabeza y aún estaba más triste.

A menudo la vida de Silvia se mezclaba con las historias de los personajes de las novelas que leía. Aquella mañana, mientras imaginaba las huellas de los caballos en los lodazales, pensó que le apetecería ir a caminar por la senda del río. Cerró el libro antes de que la protagonista huyera a Toronto.

A veces iba a caminar sola o con una amiga, pero casi nunca con Pietro. Él desde que se jubiló se había vuelto un ciclista empedernido y salía a dar una vuelta dos veces por semana: los jueves y los domingos. Pero aquel día el grupo de aficionados no salió por el mal tiempo anunciado.

Silvia se levantó, se preparó un té verde, se sentó a desayunar y a leer el periódico del día anterior. A Silvia le encantaba tomarse dos o tres tazas de té, acompañadas de unas tostadas con mermelada de naranja y galletas de harina integral. Hacia las nueve, Pietro se levantó y desayunó con ella. Silvia le contó que le gustaría ir andando por la senda del río.

Si me esperas, iré contigo dijo Pietro.

Vale. Ojalá no llueva. ¿Salimos dentro de media hora? ¿Qué te parece? le preguntó Silvia a su marido.

Silvia se asomó por la ventana del salón y vio que el cielo estaba limpio, pero hacia las montañas del Apenino se divisaban nubes negras.

Muy bien, dentro de poco estaré listo. Coge los chalecos amarillos, que son muy buenos para la lluvia le contestó él.

Salieron de casa hacia las diez. Mientras sus pies se movían rápidamente, sus ojos miraban las aguas del río, que tras las lluvias torrenciales de los días anteriores corrían turbulentas y de sus bocas iban saliendo palabras y más palabras. En casa hablaban poco; en cambio, cuando se desplazaban en coche o en tren, o cuando iban andando, no paraban de charlar. Tocaron temas de actualidad, pero sobre todo hablaron largo rato de la vida cotidiana: de que les encantaría invitar a unos amigos a cenar, de lo que harían para las fiestas de Navidad, de los dos hijos treintañeros, de quién llegaría antes y de quién se marcharía después y de lo mucho que les gustaría hacer un viaje por el sur de Italia o por Marruecos.

Ya fuera de la ciudad, siguiendo la senda que corría a lo largo del río, divisaron a un pescador que había atrapado a una enorme carpa con su caña, pero luego la soltó al agua. Pietro le hizo una foto a la carpa antes de que volviera al río.

Hacia las once y media llegaron a un pueblecito a unos siete kilómetros de Florencia. El camino de vuelta fue más rápido, ya que aceleraron el ritmo al ver que los nubarrones iban creciendo. Cuando estaban a punto de llegar a casa se puso a llover. Empezaron a correr, pero se mojaron bastante a pesar de los impermeables amarillos que llevaban.

Primero se duchó Pietro; Silvia encendió la radio y preparó una rica ensalada mixta con semillas de girasol, sésamo y calabaza. Llevaban tiempo comiendo semillas porque sabían que eran muy saludables y que les ayudaban a compensar la falta de proteínas de su dieta sin carne.

Después, Silvia se fue a ducharse, y mientras tanto, Pietro descorchó una botella de vino tinto y puso la mesa con esmero. Mientras el agua se deslizaba por su cuerpo, Silvia pensó que aquella tarde lluviosa era ideal para ir al cine. Recordó los domingos de su adolescencia, cuando iba con sus amigas del barrio a ver dos películas seguidas. La sesión empezaba a las cinco; primero ponían la película mala, la de reestreno, a veces en blanco y negro, la segunda, la buena, era de estreno. A Silvia casi siempre le gustaban las dos.

Las muchachas charlaban sin parar, a menudo discutían con los chicos, que solían sentarse en la fila de atrás y no dejaban de hacerles bromas y tirarles cáscaras de pipas. Armaban un gran barullo en el descanso, al que llamaban “media parte”. Silvia se aislaba de todo aquel jaleo, se ensimismaba y no se distraía ni un minuto, sumergiéndose en la historia de las películas.

La sala estaba envuelta en una capa de humo, ya que los chicos mayores fumaban cigarrillos de tabaco negro que compraban en la tienda de Lola, la dueña del estanco y madre de María, una de las mejores amigas de Silvia.

Algunas tardes, al salir del colegio, las dos niñas se escondían detrás del mostrador y ayudaban a reponer paquetes y cartones de tabaco en las estanterías. A Silvia le encantaba ir a la tienda, porque mientras colocaba el tabaco podía observar a los fumadores que entraban a comprar picadura, papel de fumar, puros o cigarrillos sin filtro. Los clientes más adinerados compraban una cajetilla de cigarrillos rubios y Lola les regalaba una caja de cerillas.

En el suelo del cine se iba formando una alfombra de cáscaras de pipas y cacahuetes, palos chupados de regaliz, trozos de piruletas, papeles de caramelos y envoltorios de golosinas. Bartolo, el hombre de la pierna de palo, vendía toda tipo de chucherías. Cada domingo, Bartolo y su mujer se ponían en una esquina de la plaza de la Iglesia con su carrito de madera, repleto de golosinas. Por la mañana las vendían a los niños que salían de misa y por la tarde a los que iban al cine.

Silvia seguía en la ducha, sin decidirse a cerrar el grifo del agua caliente y a abrir la mampara, porque estaba disfrutando del recuerdo de las tardes de cine de su infancia. De repente, se acordó de un domingo en que pusieron una película entrañable que, según los muchachos, era un tostón; por eso, gran parte de la pandilla salió del cine antes de que terminara. Silvia y María, en cambio, no quisieron marcharse. Se quedaron sentadas en la tercera fila. Era una película italiana titulada El incomprendido. Poco a poco, recordó la historia: tras la enfermedad y muerte de la madre, el padre centraba toda su atención en el hijo pequeño, descuidando por completo al mayor, el protagonista, a quien no entendía y trataba como a un adulto. El niño era muy sensible y pasaba muchas horas solo en el jardín, encima de un árbol.

Silvia salió de la ducha, se abrochó el albornoz, se enrolló una toalla en la cabeza y conectó el ordenador, en busca de noticias de la película. Descubrió que la rodaron en 1966. Pensó en que probablemente se estrenaría en España en 1967, cuando ella tenía 11 años. De aquello habían pasado cincuenta años, pero se estremeció al recordar que había llorado en la oscuridad del cine para que nadie la viera.

Luego empezó a pensar en la misteriosa enfermedad pulmonar de su madre, que todos hablaban en voz baja. Se prometió que cuando volviera a ver a su hermana mayor o la llamara, le preguntaría cosas de su infancia, cuando su madre guardaba cama, después del nacimiento de su hermano y de la enfermedad innombrable. Solo recordaba que cada día iba Rosita, una señora rechoncha, que hacía la comida, lavaba los platos y limpiaba toda la casa. Su padre también contrató a Fuensanta, una monja que se ocupaba de la enferma y del bebé. Silvia no recordaba mucho  aquella época de pesadumbre, que duró muchos meses, pero aún tenía grabada la cara de pena de aquellas dos mujeres.

Se vistió, cogió el periódico y mientras leía la cartelera,vio que el programa de un cine cercano le resultaba interesante.

¿Te apetece ir al cine esta tarde? Ponen dos películas buenas, una más intimista a las cuatro y una de acción a las seis le preguntó Silvia, mientras comían la ensalada.

La primera sesión empieza demasiado pronto. Prefiero ir a las seis a ver la película de acción respondió él.

Quedaron en que ella iría a las cuatro a ver la película, La vita invisibile di Eurídice Gusmao, basada en una novela de una escritora brasileña y que él la alcanzaría a las seis para ver juntos la película de acción.

A Silvia le gustó la idea de ir al cine a ver dos películas como cuando era pequeña. Se asomó por la ventana y vio que llovía a cántaros, pero no se desanimó, se puso las botas, la gabardina, la boina y cogió el paraguas más grande que tenía.

Hacia el final de la primera película, mientras se le escapaba una lágrima por la mejilla, oyó que su móvil vibraba en el bolso. Dejó que sonara, pues quería saborear el final de la historia. Cuando estaba leyendo los títulos de crédito, su marido entró en la sala. La besó. A Silvia aquel encuentro en el cine le causó alegría. Él se sentó a su lado y al cabo de un rato ella se acordó del móvil. Tenía un mensaje que decía:

Mamá he pasado por casa para recoger la mochila grande, la necesito para mañana, pero no hay nadie. ¿Cuándo vais a volver?

Se lo dijo a su marido y este le contestó:

Dile que se espere en un bar o en casa de algún amigo.

A Silvia le daba pena dejar a su hijo a la intemperie, con el tiempo tan malo que hacía, pero tampoco le apetecía irse, pues nunca antes se había escapado de un cine. Pero tomó una decisión y le dijo a su marido, mientras se apagaban de nuevo las luces:

¿Y si me marchara? Acabo de ver una película preciosa y la que ponen ahora no me atrae mucho. Sí, me voy a casa.

Cuando Silvia salió del cine, seguía lloviendo. Caminó deprisa por las calles desiertas, cobijada bajo su paraguas. Al llegar a casa, su hijo la estaba esperando en la puerta y en cuanto la vio, le agradeció que se hubiera sacrificado por él.

Me he dejado las llaves, lo siento le dijo él.

No te preocupes le contestó Silvia.

El chico cogió la mochila y se fue corriendo, porque había quedado con unos amigos, con los que tenía que ir de excursión al día siguiente.

Cuando Pietro volvió, Silvia le contó las peripecias de su hijo y luego le preguntó:

¿Qué tal la película?

Menos mal que no te has quedado, has acertado en marcharte; no te hubiera gustado, a mí tampoco me ha convencido le dijo él.

Pietro empezó a poner la mesa y preparó unas rebanadas de pan con tomate y albahaca, que colocó en una bandeja junto con lonchas de queso y trozos de tortilla de patatas del día anterior. Cuando terminaron de cenar Silvia se sentó en el sofá, retomó su libro de relatos y se sumergió de nuevo en la historia de Los lodazales.