lunedì 13 luglio 2026

Las raíces invisibles

 

Aquel otoño trajo consigo una luz distinta, melancólica, como si la ciudad entera supiera que algo estaba a punto de cambiar. Fue una de esas mañanas doradas cuando me crucé con Vera. Compartíamos el gimnasio y, de pronto, nos descubrimos compartiendo también ese tiempo nuevo y vulnerable que es la jubilación. Vera dedicaba sus horas a cuidar de su madre, una mujer que rozaba el siglo de vida de frágil lucidez. Sin saber muy bien de qué rincón de mi alma brotó el impulso, le confesé mi necesidad de ser útil, de hacer voluntariado en alguna residencia de ancianos. Vera, con los ojos iluminados por la comprensión, me tendió un puente: el número de Valeria, la monitora del centro donde su madre residía.
Valeria me recibió con los brazoz abiertos. Y aunque no pude quedarme en el centro de la madre de Vera, me ofreció otra residencia donde leer en voz alta una tarde a la semana.
Llegué pertrechada de ilusión y libros, pero la realidad, con su crudeza silenciosa, me desarmó pronto. Me asignaron la sala de los grandes dependientes. Al cruzar el umbral, el tiempo pareció detenerse. Alrededor de una mesa inmensa aguardaba una tribu varada en la antesala del olvido. Eran mujeres, casi todas, tejedoras de pasados invisibles, con la única excepción de Enzo. Él era el más joven, pero también el prisionero de un cuerpo más devastado; un ladrón le había arrebatado la voz y el movimiento a base de golpes en el zaguán de su propia casa. Ahora, su única respuesta al mundo era una sonrisa perenne y misteriosa.
Aquellas mujeres nonagenarias conformaban una constelación de soledades fascinante. Silvia, con los ojos velados por las cataratas, poseía la paciencia de las santas y escuchaba mis relatos como quien bebe agua fresca. Genoveva, en cambio, vivía parapetada tras su sordera; Valeria me confesó que su carácter gruñón y su afán de mando venían de lejos, de una juventud donde quizás tuvo que gritar demasiado para ser escuchada.
Y luego estaba Laura. Menuda, frágil como un pájaro, desgranaba murmullos ininteligibles que escondían a la maestra de primaria que un día fue, a la autora de poemas que nadie leía ya. Le faltaba una mano, pero con la que le quedaba buscaba las mías, aferrándose a mí con una ternura que me partía el alma en dos. Mariangela, alta y rotunda como la tierra de Nápoles que la vio nacer, aún conservaba el ímpetu de quien gobernó una fábrica de mozzarella junto a su marido. A veces, la memoria le jugaba malas pasadas, se ponía en pie de un salto, me apresaba el brazo con dedos de hierro y me exigía, fiera y asustada: «Llévame a casa».
Gisella habitaba su propio exilio en un rincón. Ajena a nosotras, sus manos ajadas no dejaban de acariciar las páginas de un misal. A veces, emergía de sus rezos para suplicarme con un hilo de voz que la llevara a Bolonia, junto a sus padres, aterrorizada ante la idea de que ellos no supieran encontrarla. Giuditta, la veneciana, parecía la más despierta, pero su mente giraba en un bucle infinito, preguntándome cada tarde cómo había llegado hasta allí.
—En bicicleta —le respondía yo. —¿Y de qué color es tu bicicleta? —insistía, incansable. —Roja.
Y así seguíamos, atrapadas en el mismo diálogo circular, hasta que la firmeza compasiva de Valeria intervenía.
Había otras, las que habitaban el reino de los sueños, como Daniela, que una tarde despertó de su letargo abisal solo porque le hablé en español, murmurando palabras en mi idioma antes de volver a sumergirse en la sombra. Y en el extremo de la mesa, Nedda. Amarillenta, consumida, acurrucada sobre sí misma como si ya habitara la frontera. Durante décadas había sido comadrona, había ayudado a cientos de criaturas a cruzar el umbral hacia la vida, y sin embargo, ella parecía incapaz de cruzar el umbral hacia la muerte. Cuando yo llegaba los jueves y les ofrecía mis manos, casi todas las retiraban quejándose de mi frialdad. Solo Nedda, en su silencio agónico, permitía que mis dedos reposaran entre los suyos.
Pronto comprendí que mis lecturas eran demasiado largas para mentes que volaban como briznas al viento. Probé con los juegos, con revistas y tijeras, pero se cansaban con la rapidez de los niños pequeños. Fue entonces cuando le propuse a Valeria leer sus propias historias. Las fichas de sus vidas.
Aquel fue el milagro. Cuando empecé a leer en voz alta quiénes habían sido, las ancianas que dormitaban abrieron los ojos. Levantaron la barbilla. Rescatadas del anonimato, comenzaron a hablar. Desgranaron recuerdos de juventud, pero, curiosamente, ninguna pronunció el nombre de un marido o de un hijo. En aquel final del camino, la memoria las devolvía a la casilla de salida: todas añoraban a sus padres, el patio de la infancia, el calor de sus hermanos. Todas, excepto Nedda, cuyo asiento encontré vacío tras las vacaciones de Pascua. Nadie pronunció la palabra "muerte", Valeria solo me devolvió una mirada evasiva, y el silencio de la sala fue su único epitafio.
El último día, antes del verano, emprendí el regreso a casa en mi bicicleta roja. El aire era pesado, bochornoso, espeso como un presagio. De pronto, al mirar hacia el edificio de la residencia, las vi.
Eran raíces. Raíces finísimas, extrañas y translúcidas que reptaban por la fachada y se derramaban por las ventanas abiertas. Frené en seco. La calle estaba desierta, bañada por una quietud irreal. Retomé la marcha por el carril bici, pero sentí una resistencia invisible, como si algo se enredara en las ruedas. Me bajé, inspeccioné el suelo. No había cables, no había zarzas. Solo era aquel micelio suave, invisible, que latía bajo el asfalto.
Curiosamente, no sentí miedo, sino una paz inmensa. Caminé llevando la bicicleta de la mano mientras las raíces se desvanecían lentamente en la bruma del atardecer. Y entonces lo comprendí, con la claridad con la que se entienden las verdades absolutas: cuando el cuerpo humano se marchita, sus raíces se vuelven más fuertes y profundas, buscando la tierra fértil de los que nos precedieron. Y a veces, la única forma de seguir adelante, es dejarse envolver por ellas.




domenica 5 luglio 2026

Raíces

 

Una mañana a principios de otoño me encontré con Vera por la calle. La conocía porque íbamos al mismo gimnasio. Nos pusimos al día sobre cómo llevábamos la vida de jubiladas. Vera estaba muy ocupada cuidando de su madre, que tenía casi cien años. No sé por qué, pero le confesé que me gustaría hacer voluntariado en una residencia de ancianos. Entonces me habló del asilo en el que estaba ingresada su madre.

Creo que están buscando voluntarios. Te puedo dar el número de Valeria, que es monitora —me dijo.

Valeria acogió con entusiasmo mi propuesta de leer cuentos a las personas mayores. Por el momento, no era posible hacerlo en la residencia donde estaba ingresada la madre de Vera, pero ella estaba dispuesta a dejarme leer relatos en otro centro donde trabajaba tres días a la semana.

Empecé con mucha ilusión, pero pronto me di cuenta de que no iba a ser una tarea fácil. Me asignaron a los mayores que no podían valerse por sí mismos. Entré en la sala y me topé con un grupo de ancianos sentados alrededor de una gran mesa. Eran casi todas mujeres, excepto Enzo, el más joven del grupo, pero también el que se encontraba en peor estado físico. Me contaron que un ladrón le había dado una paliza cuando entraba en su casa. Había sufrido daños cerebrales: no caminaba ni hablaba, solo sonreía.

Las mujeres nonagenarias formaban una tribu muy variopinta:

Silvia estaba casi ciega, pero no se quejaba, tenía un buen carácter; era paciente y escuchaba con interés todo lo que leía o les contaba.

Genoveva era bastante sorda, se enfadaba por cualquier cosa y siempre pensaba que la excluíamos. Le gustaba mandar; ya de joven era una gruñona, me comentó Valeria

Laura era menuda y no paraba de murmurar cosas sin sentido, pero era cariñosa, le gustaba besarme y siempre sonreía. Había sido maestra de primaria y había publicado varios poemas. Le faltaba una mano, pero con la otra estrechaba las mías.

Mariangela era alta y robusta y era natural de la provincia de Nápoles. Había sido dueña, junto con su marido, de una pequeña empresa productora de mozzarella. Solía estar de mal humor, gritaba y se levantaba de golpe para dirigirse a la puerta. Me agarraba con fuerza del brazo y me decía en tono amenazante:

Llévame a casa.

Por suerte, la auxiliar de turno la sacaba de la sala.

Gisella estaba en un rincón; no participaba en las actividades de grupo y no hacía más que rezar. Siempre llevaba en la mano un misal que no paraba de hojear. De vez en cuando, me suplicaba con voz amable que la llevara con sus padres, que vivían cerca de Bolonia, porque temía que no pudieran encontrarla.

Giuditta, una mujer de Venecia, parecía la más vivaz, pero en realidad era obsesiva: repetía siempre lo mismo como un loro, hasta cansar a quienes la rodeaban.

Cada día, cuando llegaba, me preguntaba cómo había llegado al centro y, cuando le respondía que había venido en bicicleta, volvía a hacerme la misma pregunta.

¿De qué color es tu bicicleta?

Roja —le respondía yo.

Y como una máquina, seguía con la misma pregunta, hasta que Valeria la hacía callar.

Valeria era amable, pero también firme y decidida como las profesoras.

Luego estaban las que dormían todo el día; Daniela, de vez en cuando, abría los ojos y me miraba. Una vez pareció salir de su letargo, el día en que le hablé en español. Murmuró algunas palabras en ese idioma y ya nada más. Valeria me contó que, unos meses antes, llevaba una vida bastante activa, pero un día, de repente, se hundió en un abismo.

Nedda era la que parecía tener un pie en el otro mundo. Era muy delgada, tenía la piel amarillenta y estaba acurrucada en una camilla inclinada hacia delante. Solo oí sus grititos una vez; por lo demás, siempre dormía con la cabeza ladeada. Daba pena: había sido comadrona y había ayudado a traer al mundo a muchos de niños, y, sin embargo, ella no conseguía abandonarlo.

Los jueves llegaba sobre las cuatro y lo primero que hacía era estrechar la mano de todos los ancianos. Todas retiraban las manos y las que hablaban me decían:

Tienes las manos muy frías

Nedda era la única que no retiraba las suyas de las mías.

Con el tiempo, mis lecturas se hicieron más breves, porque me di cuenta de que casi nadie conseguía seguirme. Un día empecé a proponerles juegos y manualidades. Al principio, parecía que le gustaba recortar fotos y dibujos de unas revistas que les había traído para luego pegarlos y crear un collage, pero al poco rato lo dejaban y yo era la única que seguía trabajando. Me parecían niños pequeños: se cansaban rápido de jugar y, a veces, eran caprichosos.

En los últimos días, le pedí a Valeria que leyéramos juntas las fichas sobre la historia de esas mujeres, una cada semana. Entonces, las ancianas levantaban la cabeza y me miraban con interés. Aquellas mujeres que solían dormitar empezaban a abrir los ojos, excepto Nedda, que cada semana estaba más cerca del final de su vida.

Después de las vacaciones de Semana Santa, al entrar, me di cuenta de que el puesto de la comadrona estaba vacío, pero nadie del personal me dijo nada al respecto. Tuve que preguntarle a Valeria, que, por cierto, me respondió de forma evasiva.

En los días previos a las vacaciones de verano, seguí leyéndoles las fichas personales y haciéndoles preguntas para involucrarlas. Quizás porque insistía, las ancianas que lograban hablarme contaban algo de sus familias, pero ninguna de ellas pronunció jamás el nombre de su marido o de sus hijos. Todas recordaban con nostalgia a sus padres y hermanos.

El último día, mientras volvía a casa en bicicleta, noté que el aire cálido y bochornoso me estaba ralentizando. De repente, vi unas raíces extrañas que salían por las ventanas de la residencia de ancianos. Después, nada más. La calle estaba casi desierta. Tomé el carril bici para llegar antes, pero seguía sintiendo que algo me frenaba. Apenas había recorrido dos metros cuando me detuve a revisar las ruedas. No había cables ni otros obstáculos. Era como un micelio suave e invisible. No me oprimía sino que me transmitía paz. Retomé mi camino llevando la bicicleta de la mano. Poco a poco, las raíces se desvanecieron. 

Entonces pensé:

Cuando el cuerpo humano se marchita, sus raíces se vuelven más fuertes y profundas, por eso hay que dejarse envolver por ellas”.









martedì 30 giugno 2026

Radici

 

Una mattina d’inizio autunno, incontrai Vera per strada; era una vecchia amica che non vedevo da tanto tempo. Molti anni prima frequentavamo la stessa palestra. Ci siamo raccontate come era la nostra vita da pensionate. Vera era molto indaffarata con la madre quasi centenaria. Non so perché ma le confidai che mi sarebbe piaciuto fare volontariato in una casa di riposo. Allora lei mi parlò di quella in cui era ospitata sua madre.

Credo che stiano cercando volontari, ti posso dare il numero di Valeria, un’animatrice, mi disse.

Valeria accolse con entusiasmo la mia proposta di leggere racconti agli anziani. Al momento non era possibile farlo nella casa di cura in cui era ospitata la madre di Vera, ma lei era disposta a farmi leggere i racconti in un’altra struttura in cui lavorava tre giorni a settimana.

Ci andai contenta, ma ben presto capii che non sarebbe stata un’impresa facile. Mi assegnarono gli anziani non autosufficienti. Erano seduti intorno a un tavolo in una grande sala. Erano quasi tutte donne, tranne Enzo, che forse era il più giovane del gruppo ma anche il più malmesso fisicamente. Mi dissero che era stato picchiato da un ladro mentre stava entrando in casa. Aveva riportato danni cerebrali: non camminava, non parlava, sorrideva soltanto.

Le donne novantenni formavano una tribù ben assortita:

Silvia non ci vedeva quasi niente, ma era paziente e ascoltava con interesse tutto quello che leggevo o raccontavo.

Genoveffa era molto sorda, si arrabbiava spesso e le piaceva comandare; anche da giovane era brontolona, mi disse Valeria.

Laura, una donna minuta che era stata maestra elementare, borbottava in continuazione cose sconclusionate, ma era pacifica e non si lamentava mai.

Mariangela, una donna campana che aveva gestito, insieme al marito, un’azienda produttrice di mozzarelle, era spesso era di cattivo umore. Urlava e si alzava in piedi per andare verso la porta. Mi afferrava con forza il braccio e mi diceva in tono minaccioso:

Portami a casa mia.

Per fortuna, ogni volta arrivava un’ausiliaria che la portava via.

Gisella era seduta in un angolo; non partecipava alle attività di gruppo e non faceva altro che pregare. Aveva sempre in mano un messale che sfogliava in continuazione. Ogni tanto mi supplicava con voce gentile di portarla dai suoi genitori che vivevano in Romagna, perché aveva paura che non riuscissero a trovarla.

Giuditta, una donna veneta, sembrava la più vispa, ma in realtà era ossessiva: ripeteva sempre le stesse cose come un pappagallo, fino a stancare chi le stava vicino.

Ogni giorno, quando arrivavo, mi chiedeva come avessi fatto a raggiungere il centro e, quando le rispondevo che ero venuta in bicicletta, mi rifaceva la stessa domanda

Di che colore è la tua bicicletta?

Rossa, le rispondevo io.

E, come una macchinetta, continuava con la stessa domanda, fino a quando Valeria la faceva smettere.

Valeria era gentile, ma anche decisa e determinata, proprio come le maestre.

Poi c’erano quelle che dormivano tutto il giorno. Daniela sonnecchiava, ma ogni tanto apriva gli occhi e ci guardava. Una volta sembrò uscire dal suo torpore: fu il giorno in cui le parlai in spagnolo. Borbottò qualche parola in quella lingua e poi più niente. Valeria mi raccontò che da giovane aveva vissuto in Venezuela e che, fino a qualche mese prima, partecipativa attivamente alle iniziative proposte; un giorno, però, all’improvviso sprofondò negli abissi.

Ma la persona più vicina all’altro mondo era Nedda. Era molto magra, aveva la pelle gialla e stava rannicchiata su una barella inclinata in avanti. Ho sentito i suoi gridolini una volta sola, altrimenti dormiva sempre con la testa piegata di lato. Faceva tenerezza: era stata un’ostetrica e aveva aiutato un gran numero di bambini a venire al mondo, eppure lei non riusciva a lasciarlo.

Ci andavo una volta alla settimana per diversi mesi. Arrivavo verso le quattro e la prima cosa che facevo era stringere la mano a tutti. Tutte ritiravano velocemente le mani e quelle che potevano parlare mi dicevano:

Hai le mani troppo fredde

Nedda era l’unica che non ritirava le sue dalle mie.

Col tempo le mie letture sono diventate più brevi, perché mi accorgevo che nessuno riusciva a seguirmi. Un giorno ho iniziato a a proporre loro dei giochi e lavori manuali. All’inizio sembravano interessati a ritagliare foto e disegni da alcune riviste che avevo portato per poi incollarli e creare un collage, ma dopo poco smettevano e rimanevo l’unica a darmi da fare. Mi sembravano dei bambini piccoli: si stancavano in fretta di giocare e a volte facevano i capricci.

Negli ultimi giorni, ho chiesto a Valeria di leggere insieme le schede sulla storia di quelle donne, una ogni settimana. Allora le anziane alzavano la testa e mi guardavano con interesse. Quelle donne che di solito sonnecchiavano cominciavano ad aprire gli occhi, tranne Nedda che ogni volta era più vicina alla fine della sua vita.

Dopo le vacanze di Pasqua, notai che il posto della levatrice era vuoto, ma nessuno del personale me ne parlò. Dovete chiedere a Valeria, che peraltro mi ha risposto in modo sbrigativo.

Nei giorni che hanno preceduto le vacanze estive, ho continuato a leggere le schede personali e a fare domande per coinvolgere le donne. Forse perché insistevo mi parlavano delle loro famiglie. Nessuna di loro ha mai pronunciato il nome del marito o dei figli; tutte, invece, ricordavano con nostalgia genitori e fratelli.

L’ultimo giorno, mentre tornavo a casa in bicicletta, sentivo che l’aria calda e afosa mi stava rallentando. A un tratto vidi delle strane radici che fuoriuscivano dalle finestre della casa di riposo. Poi più niente. La strada era quasi deserta. Presi la pista ciclabile per fare prima, ma sentivo comunque che qualcosa mi stesse frenando. Avevo percorso appena due metri quando mi fermai a controllare le ruote. Non c’erano fili o altri impedimenti. Era come un micelio soave e invisibile. Non mi opprimeva, anzi, mi dava pace. Ripresi il mio cammino con la bicicletta a mano. Lentamente le radici svanirono.

Allora pensai:

Quando il corpo appassisce le radici diventano più forti e profonde, per questo bisogna lasciarsi avvolgere da loro”