venerdì 25 settembre 2026

Retrato de tres tías

 

 
                                                                                            
                                                             E. Munch

La semana pasada tuve que ir a la clínica dental, donde me atiende mi dentista. Como siempre, llegué con antelación. Me senté en la sala de espera y abrí el libro La soledad de Sonia y Sunny, de la escritora india Kiran Desai. Lo había empezado hacía una semana, pero me atrapó con fuerza desde el principio. Ya en las primeras páginas me topé con Mina Foi, la tía de Sonia, una de las protagonistas. De jovencita en la Universidad, Mina se había enamorado de un muchacho cristiano, al que sus padres rechazaron. Tiempo después su padre, un ilustre abogado, organizó para ella un matrimonio combinado. Se separó pocos meses después de la boda, tras descubrir en una carta anónima la bigamia de su esposo y acabó cargando injustamente con el estigma de la «mala suerte» ante los ojos de su familia.

 Mientras leía, me di cuenta de lo difícil que había sido para Mina Foi regresar a la casa paterna y obedecer sin rechistar. Era evidente que una mujer de su posición no podía trabajar, así que se ocupaba de dar órdenes a los once sirvientes y de cuidar de sus padres. Sonia, desde pequeña, se encariñó profundamente con ella. Cuando iba a visitar a sus abuelos, se metía en su cama sigilosamente, antes de cerrar los ojos, cuchicheaban y reían en voz baja para que nadie las oyera, porque todos temían que la solterona pudiera contagiarle su mala fortuna a la niña.

 Mina Foi me transmitió apego y ternura ya desde el primer capítulo, y me trajo a la memoria a una mujer a la que había olvidado por completo, la tieta Enriqueta. Era la tía abuela de Marta, una de mis amigas del barrio del pueblo de la costa catalana donde pasé mi infancia en los años sesenta.

 La tieta era delgada y de buen porte, de risa fácil y amable con todo el mundo, sobre todo con los clientes del negocio que había fundado su padre tras llegar del interior de Cataluña. Marta me contaba que su tía no se había casado porque estuvo prometida con un soldado que murió en la guerra —nuca supimos en cuál—. Luego había tenido otros pretendientes, pero no se quiso aceptar ninguno. Vivía con la familia de Marta, que en aquellos tiempos regentaba el antiguo estanco del pueblo. Era la hermana menor de María, la abuela de Marta, a la que se llevaba dieciocho años. A principios de siglo era normal que entre el primero y el último hijo mediara tanta distancia;las familias eran numerosas o el cabeza de familia desaparecía durante varios años, llamado a luchar en las guerras coloniales o, más tarde, en la Guerra Civil. 

El estanco estaba situada en una plazuela cerca de la iglesia. De él entraban y salían los fumadores, que en los años sesenta eran la mayoría de los hombres del pueblo. En un cuarto lateral se vendían jabones, agua de colonia a granel y toda clase de peines y cepillos, también había cosméticos y perfumes selectos, una zona reservada casi exclusivamente para las mujeres. Enriqueta, a escondidas, nos regalaba muestras de barras de labios y pequeñas miniaturas de perfumes. Marta y yo nos pintábamos los labios de color carmín, y a veces también perseguíamos a mi hermano pequeño para maquillarlo, algo que él no soportaba. Se aburría con nosotras, pero mi madre me obligaba a llevarlo conmigo, cuando salía a jugar a la calle en verano. La tieta lo defendía siempre:

 —Mira que sou ximpletes! Els nois s’han de respectar! Ja veureu quan sigueu grans, us caurà la baba quan us enamoreu d’un xicot.

 Años atrás me crucé con Marta y le pregunté por la tieta. Me contó que habían traspasado el estanco, pero que su tía había despachado detrás del mostrador hasta su último día. 

Mientras mis pensamientos entrelazaban a las dos mujeres, Juana, la dentista, me sacó de mi ensimismamiento, llamándome para que pasara al consultorio. Me atendió enseguida. El ambiente era tranquilo y solo al terminar de colocarme con cuidado la corona dental sobre el implante, aproveché el silencio para romper el hielo: 

—¿Cómo te ha ido el verano, Juana? 

 —¡Ay! Me llevé un gran susto —respondió ella, suspirando—. Todavía estoy impresionada por lo que le pasó a mi tía. 

Intrigada, me incorporé en el sillón: 

—¿Qué le pasó? 

—La encontré tirada en el suelo. Fui a su casa porque hacía varios días que no contestaba a mis llamadas. Como estaba muy sorda, al principio, no le di importancia; era habitual en ella no descolgar el teléfono. Pero, al cuarto día llamé a los bomberos para que abrieran la puerta, ya que con mis llaves no pude. 

—¿Estaba ...? —dejé la pregunta al aire, temiendo lo peor. 

—Casi hubiera sido mejor. Estaba viva, pero había sufrido un ataque al corazón. Yo estaba aterrorizada, casi me desmayé. Llamamos a una ambulancia para llevarla al hospital.

 —¿Y cómo está ahora?

 —La pobre estaba tan débil que falleció a los cinco días. 

Como yo era la última paciente antes de la pausa del mediodía, así que Juana me acompañó a la salida sin prisa, desahogándose conmigo mientras me detalladamente la historia de Ana.

 «En 1965, Ana se casó joven con un primo lejano, pero muy pronto regresó al hogar de su infancia, no soportaba que su marido la mandara. Por suerte había estudiado y tenía un empleo en un colegio. Era una buena maestra, aunque con el tiempo se volvió intransigente y quisquillosa. La convivencia con sus padres no era fácil; a ella le gustaba disponerlo todo. Ellos al principio se quejaban y se peleaban, pero con los años se amansaron al comprender que, aunque fuera testaruda e inflexible en sus decisiones, a la larga, les facilitaría la vida. Su padre, que alcanzó una buena posición como veterinario, y su madre, que siempre había sido ama de casa y buena cocinera empezaron a sufrir los primeros achaques a los sesenta años. Se dieron cuenta de que era una gran suerte tener a Ana como ama de llaves, además resultó ser una enfermera perfecta. Pasaron los años y los padres de Ana murieron. Su carácter se volvió más hosco y las amigas se cansaban de darle siempre la razón. También era cascarrabias conmigo, que era su única sobrina. Cuando le reprochaba porque no se tomaba las pastillas del corazón, me chillaba:

—No me tomo las medicinas porque no me hacen nada. Y no necesito a nadie, no tienes por qué venir a verme cada semana.

 —Allá tú, si quieres morirte —le decía yo frustrada. 

—No digas bobadas, tengo una salud de hierro, ¡os enterraré a todos!» 

Volví a casa en bicicleta y, y nada más llegar, retomé el libro de Kiran Desai. Quería saber cómo acabaría Mina Foi cuando se quedara sola y tuviera que enfrentarse a su propia vejez y a la muerte. Me preguntaba si el tiempo la volvería huraña y cascarrabias como a Ana, o si la dejaría apagarse, como a Enriqueta, dulcemente. 





sabato 29 agosto 2026

Miceli invisibili

                                                                              Dipinto di Jamuna Burry

Ricordo che ho iniziato ad andare al cinema da sola nel 2012. Era una serata fredda, mio marito era fuori città e le mie amiche avevano altri impegni, ma io volevo a tutti costi vedere Quartet, un film di Dustin Hoffman, uscito da poco. Mi misi la sciarpa e il cappotto, salii sulla mia bicicletta rossa e uscii di casa.

Il film mi è piaciuto molto e mi sono sentita a mio agio nella sala, anche senza la solita compagnia. Da quella sera ho iniziato ad andare al cinema da sola. Inoltre, ha cominciato a prendere forma in me un desiderio che il lavoro di insegnante e gli impegni familiari mi avevano via via costretto a rimandare. Non ricordo bene le scene di Quartet, ma ricordo la tenerezza che mi ispirò quella comunità di cantanti lirici in pensione, determinati a organizzare concerti per non perdere la casa che condividevano. Ho dovuto aspettare di andare in pensione per realizzare il mio progetto. Nell’autunno del 2024, uscendo dalla palestra, ho incontrato Vera, un’amica di vecchia data che, come me, aveva smesso di lavorare da qualche mese. Si occupava di sua madre, una donna quasi centenaria dalla lucidità fragile. Prima di salutarci le ho confessato il mio desiderio di rendermi utile come volontaria in una casa di riposo.

Vera mi ha dato il numero di Valeria, l’animatrice della struttura in cui era ricoverata sua madre. Valeria mi accolse a braccia aperte. Non c’era posto per me in quella sede, ma mi indicò un’ altra residenza dove avrei potuto leggere racconti ad alta voce un pomeriggio alla settimana.

Arrivai piena di entusiasmo e di libri. La realtà, però, mi disarmò subito: mi assegnarono la sala dei non autosufficienti. Attorno a un grande tavolo mi aspettava un gruppo di donne, tessitrici di passati invisibili.

Silvia, con gli occhi offuscati dalla cataratta, ascoltava i miei racconti come se fossero acqua fresca. Laura, minuta come un uccellino, invece mormorava parole incomprensibili che celavano la maestra e la poetessa che era stata. Le mancava una mano e con l’altra cercava le mie, aggrappandovisi con una tenerezza che mi spezzava l’anima.

Mariangela conservava l’impeto di chi aveva gestito una fabbrica di mozzarella a Napoli. A volte si alzava di scatto, mi afferrava il braccio e, con tono feroce e spaventato, esigeva: «Portami a casa». Gisella accarezzava un messale e supplicava che la portassero a Bologna, accanto ai genitori morti da decenni che lei credeva ancora in vita e che la stessero cercando.

Giuditta, con la sua cadenza veneziana mi ripeteva ogni pomeriggio la stessa cantilena:

«Come sei venuta?»

«In bicicletta.»

«E di che colore è?»

«Rossa.»

Daniela viveva nel regno dei sogni. Un pomeriggio, sentendomi parlare in spagnolo, si svegliò, mormorò alcune parole nella mia lingua e tornò a sprofondare nell’ombra. All’estremità del tavolo c’era Edda, pallida e provata. Per decenni era stata levatrice e aveva aiutato centinaia di creature a varcare la soglia della vita. Ora sembrava incapace di varcare quella della morte. Quando le porgevo le mani, quasi tutti le respingevano perché erano fredde. Solo Edda mi permetteva di far riposare le mie dita tra le sue.

Capii presto che le mie letture erano troppo lunghe e impegnative per loro, le cui menti volavano via come briciole nel vento. Provai con giochi, riviste e forbici, ma si stancavano subito. Allora proposi a Valeria di leggere le storie delle loro vite che avevo trovato nelle schede d’ingresso al centro. Fu quello il miracolo. Nel sentire a voce alta chi erano state, le anziane spalancarono gli occhi e sollevarono il mento. Salvate dall’anonimato, iniziarono a raccontare episodi delle loro vite. Ricordavano la giovinezza, il cortile dell’infanzia e il calore dei fratelli. Nessuna di loro menzionava un marito o un figlio: alla fine del cammino, la memoria le riportava al punto di partenza, accanto ai loro genitori.

Dopo Pasqua il posto di Edda era vuoto. Nessuno pronunciò mai la parola «morte». Valeria abbassò lo sguardo e il silenzio della sala fu il suo unico epitaffio.

L’ultimo giovedì prima dell’estate, mentre stavo tornando a casa, sentii che l’ aria era pesante, densa come un presagio. Volgendo lo sguardo verso la casa di riposo, le vidi: sottilissime e traslucide radici strisciavano lungo la facciata e si riversavano dalle finestre aperte.

Mi fermai. La strada era deserta. Cercai di proseguire, ma una resistenza invisibile sembrava impigliarsi alle ruote. Scesi dalla bici ed esaminai il pavimento. Non c’erano cavi né rovi. Solo quel micelio morbido che pulsava sotto l’asfalto.

Non provai paura, ma una pace immensa. Camminai mentre le radici svanivano nella foschia del tramonto. Allora capii che, quando il corpo appassisce, le sue radici diventano più forti e profonde, alla ricerca della terra fertile di chi ci ha preceduto.

Vicino a casa ripensai agli anziani del film Quartet. Il ricovero che stavo lasciando alle spalle era più austero e spartano di quello dei vecchi musicisti, ma in entrambi si intrecciavano le stesse radici invisibili. E capii che l’ unico modo per andare avanti era lasciarsi avvolgere da esse.









lunedì 13 luglio 2026

Las raíces invisibles

 

Aquel otoño trajo consigo una luz distinta, melancólica, como si la ciudad entera supiera que algo estaba a punto de cambiar. Fue una de esas mañanas doradas cuando me crucé con Vera. Compartíamos el gimnasio y, de pronto, nos descubrimos compartiendo también ese tiempo nuevo y vulnerable que es la jubilación. Vera dedicaba sus horas a cuidar de su madre, una mujer que rozaba el siglo de vida de frágil lucidez. Sin saber muy bien de qué rincón de mi alma brotó el impulso, le confesé mi necesidad de ser útil, de hacer voluntariado en alguna residencia de ancianos. Vera, con los ojos iluminados por la comprensión, me tendió un puente: el número de Valeria, la monitora del centro donde su madre residía.
Valeria me recibió con los brazoz abiertos. Y aunque no pude quedarme en el centro de la madre de Vera, me ofreció otra residencia donde leer en voz alta una tarde a la semana.
Llegué pertrechada de ilusión y libros, pero la realidad, con su crudeza silenciosa, me desarmó pronto. Me asignaron la sala de los grandes dependientes. Al cruzar el umbral, el tiempo pareció detenerse. Alrededor de una mesa inmensa aguardaba una tribu varada en la antesala del olvido. Eran mujeres, casi todas, tejedoras de pasados invisibles, con la única excepción de Enzo. Él era el más joven, pero también el prisionero de un cuerpo más devastado; un ladrón le había arrebatado la voz y el movimiento a base de golpes en el zaguán de su propia casa. Ahora, su única respuesta al mundo era una sonrisa perenne y misteriosa.
Aquellas mujeres nonagenarias conformaban una constelación de soledades fascinante. Silvia, con los ojos velados por las cataratas, poseía la paciencia de las santas y escuchaba mis relatos como quien bebe agua fresca. Genoveva, en cambio, vivía parapetada tras su sordera; Valeria me confesó que su carácter gruñón y su afán de mando venían de lejos, de una juventud donde quizás tuvo que gritar demasiado para ser escuchada.
Y luego estaba Laura. Menuda, frágil como un pájaro, desgranaba murmullos ininteligibles que escondían a la maestra de primaria que un día fue, a la autora de poemas que nadie leía ya. Le faltaba una mano, pero con la que le quedaba buscaba las mías, aferrándose a mí con una ternura que me partía el alma en dos. Mariangela, alta y rotunda como la tierra de Nápoles que la vio nacer, aún conservaba el ímpetu de quien gobernó una fábrica de mozzarella junto a su marido. A veces, la memoria le jugaba malas pasadas, se ponía en pie de un salto, me apresaba el brazo con dedos de hierro y me exigía, fiera y asustada: «Llévame a casa».
Gisella habitaba su propio exilio en un rincón. Ajena a nosotras, sus manos ajadas no dejaban de acariciar las páginas de un misal. A veces, emergía de sus rezos para suplicarme con un hilo de voz que la llevara a Bolonia, junto a sus padres, aterrorizada ante la idea de que ellos no supieran encontrarla. Giuditta, la veneciana, parecía la más despierta, pero su mente giraba en un bucle infinito, preguntándome cada tarde cómo había llegado hasta allí.
—En bicicleta —le respondía yo. —¿Y de qué color es tu bicicleta? —insistía, incansable. —Roja.
Y así seguíamos, atrapadas en el mismo diálogo circular, hasta que la firmeza compasiva de Valeria intervenía.
Había otras, las que habitaban el reino de los sueños, como Daniela, que una tarde despertó de su letargo abisal solo porque le hablé en español, murmurando palabras en mi idioma antes de volver a sumergirse en la sombra. Y en el extremo de la mesa, Nedda. Amarillenta, consumida, acurrucada sobre sí misma como si ya habitara la frontera. Durante décadas había sido comadrona, había ayudado a cientos de criaturas a cruzar el umbral hacia la vida, y sin embargo, ella parecía incapaz de cruzar el umbral hacia la muerte. Cuando yo llegaba los jueves y les ofrecía mis manos, casi todas las retiraban quejándose de mi frialdad. Solo Nedda, en su silencio agónico, permitía que mis dedos reposaran entre los suyos.
Pronto comprendí que mis lecturas eran demasiado largas para mentes que volaban como briznas al viento. Probé con los juegos, con revistas y tijeras, pero se cansaban con la rapidez de los niños pequeños. Fue entonces cuando le propuse a Valeria leer sus propias historias. Las fichas de sus vidas.
Aquel fue el milagro. Cuando empecé a leer en voz alta quiénes habían sido, las ancianas que dormitaban abrieron los ojos. Levantaron la barbilla. Rescatadas del anonimato, comenzaron a hablar. Desgranaron recuerdos de juventud, pero, curiosamente, ninguna pronunció el nombre de un marido o de un hijo. En aquel final del camino, la memoria las devolvía a la casilla de salida: todas añoraban a sus padres, el patio de la infancia, el calor de sus hermanos. Todas, excepto Nedda, cuyo asiento encontré vacío tras las vacaciones de Pascua. Nadie pronunció la palabra "muerte", Valeria solo me devolvió una mirada evasiva, y el silencio de la sala fue su único epitafio.
El último día, antes del verano, emprendí el regreso a casa en mi bicicleta roja. El aire era pesado, bochornoso, espeso como un presagio. De pronto, al mirar hacia el edificio de la residencia, las vi.
Eran raíces. Raíces finísimas, extrañas y translúcidas que reptaban por la fachada y se derramaban por las ventanas abiertas. Frené en seco. La calle estaba desierta, bañada por una quietud irreal. Retomé la marcha por el carril bici, pero sentí una resistencia invisible, como si algo se enredara en las ruedas. Me bajé, inspeccioné el suelo. No había cables, no había zarzas. Solo era aquel micelio suave, invisible, que latía bajo el asfalto.
Curiosamente, no sentí miedo, sino una paz inmensa. Caminé llevando la bicicleta de la mano mientras las raíces se desvanecían lentamente en la bruma del atardecer. Y entonces lo comprendí, con la claridad con la que se entienden las verdades absolutas: cuando el cuerpo humano se marchita, sus raíces se vuelven más fuertes y profundas, buscando la tierra fértil de los que nos precedieron. Y a veces, la única forma de seguir adelante, es dejarse envolver por ellas.