venerdì 27 marzo 2026

La chica peruana

 



Desde que conocieron a la chica peruana, los jueves fueron diferentes para Hugo y Fiorella. Bueno empecemos por el principio:

¿Quiénes son Hugo y Fiorella? Son una pareja de setentañeros que hace cinco años se jubilaron. Él era pintor y profesor en una academia de arte, ella enfermera. Son argentinos de origen italiano que huyeron de dictadura militar de Videla, en 1976; no eran activistas políticos, pero tenían amigos que sí lo eran y temían represalias.

Desde que ya no les quedaba familia, iban poco a Argentina. Hacía más de diez años que no cruzaban el Atlántico. Tenían tres hijos que vivían en otras ciudades de España, pero el mediano se había instalado en Roma hacía poco. Visitaban a menudo a sus hijos y a sus nietos, que ya eran cuatro. Los dos se mantenían bastante jóvenes, intentaban salir con los amigos y hacer deporte: ella iba a clases de pilates y él practicaba ciclismo los fines de semana. También les gustaba leer e ir al cine.

Una muchacha paraguaya, Juana, se ocupaba de la limpieza de su apartamento en el Ensanche de Barcelona, que habían comprado con mucho esfuerzo y una hipoteca. Venía una vez por semana, generalmente los miércoles y limpiaba a fondo. Hugo se ocupaba de la colada, tendía la ropa y limpiaba los cristales de las ventanas; además era manitas y le gustaba hacer arreglos. Fiorella planchaba y limpiaba la cocina y el cuarto de baño a diario. También se ocupaba de la compra. Ambos cocinaban.

Juana tenía una niña pequeña a la que acompañaba a la escuela todas las mañanas, por lo que empezaba a trabajar a las nueve y media. Pero con el tiempo, la niña empezó a ir sola al colegio, y Juana tocaba el timbre de su casa a las ocho en punto. Era muy pronto para ellos, una verdadera lata, tenían que levantarse pronto, desayunar deprisa y salir de casa. Fiorella iba al gimnasio y Hugo daba una vuelta en bicicleta. Sin embargo, para no dejar sin trabajo a Juana, no se quejaron y aguantaron varios años, hasta que la muchacha paraguaya encontró un empleo fijo cerca de su casa.

Fiorella habló con una vecina y esta le dio el teléfono de Ana, una chica peruana de unos veinticinco años, que iba a limpiar su casa. Les gustó enseguida y quedaron en que iría los jueves a las dos y media. Ana era decidida y muy organizada. Les contó que era viuda y que no podía tener hijos. Vivía con unas primas en Badalona y cogía el tren para ir a trabajar a Barcelona. Trabajaba doce horas al día y siempre estaba de buen humor. Además de limpiar, cuidaba a unos niños. Les daba la cena y los acostaba todos los días, porque los padres llegaban del trabajo a las nueve. Ana decía que era una barbaridad, que los niños vieran tan poco a sus padres. A ella le encantaban los niños, era cariñosa y tenía mucha paciencia. Emanaba simpatía y serenidad.

Antes de que Ana llegara a su casa, nunca salían juntos a pasear, solo lo hacían con amigos. Sin darse cuenta con el tiempo se habían distanciado. Pero con la llegada de Ana las cosas cambiaron.

Se adaptaron al nuevo horario de limpieza de la casa y, sin proponérselo, empezaron a pasear juntos. Salían los jueves hasta las cinco y media, cuando Ana se iba.

Unos jueves iban a una exposición, otros al cine y otros daban un paseo cerca de la playa de la Barceloneta. En fin los jueves se transformaron en una costumbre muy agradable. Una tarde en que habían ido a una terraza a tomar algo, pues era el primer día soleado de febrero, hablaron sobre su llegada a Barcelona y comentaron lo pequeño que era el altillo donde vivían. Recordaron la cama donde yacían y las noches de pasión, abrazados. El recuerdo de sus cuerpos jóvenes despertó en ambos el deseo de tocarse.

Volvieron a casa contentos por la charla íntima y cuando Fiorella estaba a punto de poner la llave en la cerradura, le preguntó a Hugo:

¿Tienes planes? Yo tendría que arreglar unos papeles continuó, pero si quieres hacemos algo juntos, como meternos en la cama.

Hugo se sonrojó un poco, pues su mujer rara vez le proponía sexo, y le contestó:

Me encantaría.

Sus cuerpos habían envejecido, pero las tardes de los jueves, cuando Ana ya había terminado la limpieza y se metían en la cama, les hacían sentirse jóvenes y ufanos, como cuando tenían veinte años y llegaron a España.







venerdì 20 febbraio 2026

Una visita inesperada

 



Mi hijo llegó a casa y me dijo que el chico con el que salía su hermana le había llamado, para decirle que quería darle una sorpresa y presentarse al día siguiente en Firenze sin decirle nada. Además le pedía que fuera a buscarlo a la estación, en cuanto llegara el tren de Milán. Teníamos que procurar que ella estuviera en casa a las cinco de la tarde, pero no podíamos decirle nada.

Aquella bochornosa tarde de julio estaba echada en la cama leyendo un libro, cuando oí que se movía la llave en la cerradura.

Hola familia, ¿qué tal?dijo nuestro hijo desde la puerta.

Aparte del bochorno, bien! le dije yo desde mi cuarto.

Voy a ducharme porque me muero de calor.

Su hermana seguía en su habitación trabajando en la tesis de final de carrera, como tenía la puerta cerrada no se enteró de nada.

Escuché las ruedecitas de la maleta del novio moviéndose por el pasillo y me mantuve callada. Luego, un grito de sorpresa y felicidad inundó toda la casa. Ella lloraba de alegría. Cuando fui a su cuarto para saludar al invitado inesperado todavía se estaban besando y seguían abrazados.

Mi hija me dijo que recibir aquella visita había sido para ella una emoción tan grande que todavía no se lo creía, ya que en realidad no iban a verse hasta principios de septiembre, cuando empezaran las clases en la Universidad Autónoma de Madrid, donde los dos estudiaban.

Ha sido un milagro ver aparecer a la persona que quiero y añoro tanto dijo ella.

Volví a mi cuarto y me puse de nuevo a leer, pero mis pensamientos ya no estaban relacionados con la lectura sino con otra llegada inesperada, la de U, a Barcelona cuarenta años atrás.


En febrero de 1977 encontré un trabajo con el que podía pagar mis gastos. Consistía en seleccionar y ordenar montañas de facturas para un banco en una oficina un poco destartalada situada en un barrio periférico del norte de Barcelona. Mientras lo hacía pensaba en lo mucho que echaba de menos a U. y en lo que daría por estar a su lado. Él estudiaba arquitectura en Firenze y yo Ciencias químicas en Barcelona, donde compartía apartamento con otras estudiantes. En noviembre de 1976, hubo una huelga general en la Universidad Central de Barcelona y para mí fue un momento muy especial. Dejé los libros de química en las estanterías y empecé a sentirme libre. Con mis compañeras de piso invitábamos a amigos a cenar, salíamos por la noche a menudo, dormíamos casi toda la mañana y por la tarde leía echada en la cama. El azar quiso que en aquellos días de libertad conociera a U. quien, aprovechando que en su facultad tampoco había clases, pues los estudiantes la habían ocupado, había salido de Génova en barco hacia Barcelona, con cuatro duros y un papel doblado en el bolsillo, que unos amigos, que había conocido en Venecia aquel verano, le habían dado para invitarle a Barcelona. En el papel había sus direcciones.

No terminaba de gustarme la carrera que había escogido. Sabía que tendría que estudiar mucho, pero a eso ya estaba acostumbrada, lo que no me gustaba era estar todo el día rodeada de conceptos abstractos y fórmulas químicas. Lo que quería era tener los pies en el suelo y tocar con las manos la vida, cosa que comprendí más tarde cuando me trasladé a estudiar Paleontología en Firenze.

Estaba en tercero de Químicas y quería especializarme en bioquímica, ya que la vida y sus misterios me interesaban mucho. Pero los dos primeros cursos habían sido, además de difíciles, muy aburridos; sin embargo, el tercero se presentaba aún peor, ya que las clases teóricas y las prácticas, no me dejaban ni un minuto libre para leer o salir con mis amigos. Por las noches deseaba leer una novela, pero cuando abría el libro me sentía culpable, porque sabía que debía estudiar. Me faltaba tiempo y eso me agobiaba. Sentía que aquella carrera me ahogaba.

Por las mañanas solía ir a clase y algunas tardes trabajaba, pero un día no fui a la facultad porque me habían pedido que clasificara facturas por la mañana. Ese mismo día, U. después de viajar casi 24 horas en barco, llegó al puerto de Barcelona a media mañana. Tocó muchas veces el timbre, del apartamento de la calle Maestro Nicolau, que yo compartía con otras estudiantes, pero nadie le abrió. Se sentó en las escaleras y se puso a leer mientras me esperaba. Hacia las dos volví a casa y mientras subía lentamente las escaleras pensando en lo qué iba acocinar, lo vi sentado en los peldaños más altos de la cuarta planta, cerca de la puerta de casa.

Me invadió una emoción tan fuerte que no podía creer lo que veían mis ojos. En aquel momento se abrió la puerta y apareció una compañera de piso que salía corriendo para ir a clase.

¿No has oído el timbre le pregunté.

Lo siento mucho, pero cuando duermo profundamente no hay quien me despiertedijo ella bajando las escaleras deprisa.

Abrí la puerta y entramos abrazados. El mundo cambió, la tarde se volvió noche y la noche tarde.


Aquel bochornos día de julio se refrescó al atardecer después de una tormenta típica del verano. Abrí las ventanas y pensé que teníamos que celebrar las sorpresas de la vida.

Los chicos salieron por su cuenta y celebraron aquel encuentro inesperado. Puse la mesa para dos y preparé manjares a base de verduras, corté lonchas de queso, tosté pan y descorché una botella de vino. Cuando U. volvió del trabajo y vio la mesa tan bien puesta y las velas encendidas, no entendía lo qué se estaba celebrando. Sin embargo, cuando le conté que nuestra hija había tenido una visita inesperada aquella tarde, recordó en seguida la suya de la primavera de 1977 en Barcelona, que tanto me había sorprendido y maravillado.









domenica 18 gennaio 2026

Il sapore salato delle lacrime

 




Alcune mattine d'inverno, quando andavo a lavorare in bicicletta, mi cadevano lungo il viso delle lacrime. Sarà il freddo?” Mi domandavo.

Proprio una di quelle mattine, fredde, ma soleggiate di gennaio, il sapore salato dei due rigagnoli che scendevano dalle mie guance fino a sfociare nella bocca, portò i miei pensieri verso il paese della costa catalana dove ero nata.

Era un giorno di fine agosto del 1977, mi trovavo seduta nella parte interna e più ombrosa della terrazza che dava sul giardino della vecchia casa di famiglia. C'era un grande silenzio, tutti dormivano la siesta. Mi vedevo mentre scrivevo una lettera a U., il mio innamorato. Ero triste, e le mie lacrime bagnavano la carta velina, come quelle prime gocce indecise che cadono quando si avvicina un temporale. Le parole che scrivevo con la penna stilografica si scioglievano e diventavano sempre più sfocate.

Ricordavo il sapore salato di quella scelta dolorosa che dovevo fare in quei giorni: andare a Firenze a vivere con U., che pochi mesi prima avevo incontrato, trasferendomi quindi all'Università di Firenze, o rimanere a studiare a Barcellona, come volevano i miei.

Verso le quattro, quando il paese cominciava a svegliarsi, sentii lo scampanellio della bicicletta di Anita la llevadora.

Mia madre andò ad aprire la porta, come tutti giorni, perché riconosceva quel famigliare tintinnio. La levatrice arrivava puntuale a farle la solita puntura.

Entrambe si sedettero in giardino sulle poltrone di vimini a prendere un caffè. Dopo poco mia madre si mise a piangere, perché temeva che io andassi a vivere in Italia da lì a poco.

Anita fu molto gentile con lei, per consolarla le disse, riferendosi a me, che nella vita bisognava fare la scelta che sentivamo più giusta per noi, anche se era dolorosa per gli altri, e così facendo le raccontò che anche lei aveva dovuto prendere una decisione. Dal balcone, ascoltai incuriosita la sua storia.

Anita era nata all'inizio del secolo nelle terre catalane, ma prima che scoppiasse la Guerra Civil era andata a lavorare come levatrice in un paesino andaluso della Sierra Morena. In Andalusia aveva sposato Anselmo, ed erano stati felici fino alla morte prematura del loro primo figlio. Dopo alcuni mesi, avevano chiamato Anselmo al fronte ed era sola quando erano spuntati i piedi del suo secondo figlio, ma subito era sfiorito. Per sopravvivere. aveva cercato di convivere con la nascita dei figli altrui e la morte dei suoi. Ma non sempre ci era riuscita e la notte spesso il dolore la attanagliava.

Mia madre non conosceva quella parte della vita di Anita, e si commosse soprattutto quando raccontò dei figli morti e della sua travagliata scelta, e quindi della sua partenza:

 Era già sera quando Anita arrivò alla stazione del piccolo paese della costa catalana. Sembrava una trottola, perché mentre camminava veloce, girava la testa insieme al suo corpo tondo, tondo, in cerca di Anselmo. Si fermò all'improvviso, e capì che correva per non tornare indietro alla scelta che aveva dovuto fare qualche giorno prima. Mentre guardava la profonda bellezza dei monti della Sierra Morena, tra le lacrime, aveva deciso di partire, lasciando per sempre il piccolo camposanto con i due corpicini sotto gli ulivi. Voleva ricominciare una nuova vita nella terra in cui era nata.

Anselmo era rimasto indietro, diversamente da lei. si muoveva lentamente, non solo per il pesante bagaglio ma per il suo carattere un po' flemmatico e parsimonioso. Anita era salita su una panchina della piazza, vicino alla stazione, per vedere tra la gente, ma non scorgeva né lui né le grandi valigie. Su quella torre di avvistamento, cominciò ad avere i primi dubbi:

Avrò fatto bene ad accettare il posto di levatrice in questo tanto sognato nido lontano?

Avrei dovuto restare nell'Andalusia, dove Anselmo avrebbe voluto vivere insieme a me, e dove sono sepolti i nostri figli?

Forse nella mia terra potrò essere di nuovo felice pensò dopo, per farsi forza. Ma Anselmo si sarebbe trovato bene in quei lidi? Per un attimo trattenne il respiro, e senza rendersi conto, le scappò un gemito.

Rimase immobile guardando il mare solcato da alcuni goffi pescherecci che rientravano stanchi al porticciolo.

Il sapore di sale delle sue lacrime le ricordò alcuni versi di una poesia di Antonio Machado che amava molto:


todo pasa y todo queda

pero lo nuestro es pasar,

pasar haciendo caminos,

caminos sobre la mar


I suoi dubbi furono placati da quella strofa e dalla tenue brezza di mare che accarezzava la sua nuca. Subito tornò in lei il buonumore.

Dopo poco tempo, che ad Anita era parso un'eternità, tra la gente intravide Anselmo. Era buffo: con quel bagaglio ingombrante, sembrava una bilancia a due braccia che si muoveva su e giù, su e giù, senza riuscire a trovare mai l'equilibrio. In quelle valigie era contenuta la loro storia: i momenti felici pesavano appena un po' di più di quelli infelici, voleva così pensare Anita vedendo quella bascula umana.

Corse ad aiutare quel povero uomo, rinsecchito, carico come un mulo, che, pur di accontentarla, dalla mattina alla sera, aveva lasciato la sua barberia e cavalcato insieme a lei sul primo treno verso il nord, quello che partiva all'alba.

Passò un carro e si fermò vicino a loro. L'uomo che lo conduceva gli diede un passaggio e caricò sopra le loro pesanti valigie.

Il cavallo che tirava il carro non era più giovane, ma era molto vitale, come l'uomo che lo guidava e che risultò essere Don Ramón Aubanell Fontrodona, un vecchio amico del defunto patrigno di Anita. Era così felice di quell’incontro, che invitò la coppia a cena per far loro incontrare sua moglie e Marcel, suo figlio piccolo.

Dopo aver mangiato, Marcel, che era diventato un bel giovanotto, cantò per loro delle canzoni popolari catalane. Sentendo quelle melodie, Anita fece un leggero movimento con la lingua e leccandosi le labbra sentì di nuovo i sapore salato delle lacrime, ma capì che quel senso di dubbio, che aveva prima sperimentato, era svanito del tutto ed adesso era diventato la sua certezza.

Anita, uscendo dalla casa di Don Ramón, abbracciò Anselmo e si incamminarono piano piano verso la loro nuova dimora.


Mentre scendevo dalla terrazza, dopo aver ascoltato la storia di Anita, avevo già deciso che sarei partita, nonostante il dolore che causavo alla mia famiglia. Ricordo che a metà pomeriggio uscii di casa per comprarmi una valigia, nella quale avrei messo i miei vestiti, i miei libri e la carta velina per scrivere ogni settimana una lettera a mia madre.


Mi sono asciugata le lacrime salate con i guanti, che portavo quando le giornate erano così fredde. Tra una pedalata e l'altra, sono arrivata di fronte alla scuola, dove, in un'aula del terzo piano, mi aspettavano i miei allievi. Avevo preparato per loro delle fotocopie di un articolo di divulgazione scientifica che parlava di epigenetica, cioè di come gli agenti esterni possono modificare l'espressione dei geni, ed evitare o, al contrario, far insorgere delle malattie. Volevo far arrivare ai ragazzi la recente scoperta degli scienziati: tutti possiamo aiutare i nostri geni adottando uno stile di vita sano (alimentazione ricca di nutrienti, attività fisica regolare, cercando di gestire lo stress, sonno di qualità e evitando tossine come fumo, alcol e droghe), creando così ambienti che supportano i geni buoni e attenuano quelli sfavorevoli, influenzando positivamente la salute a lungo termine. 

Prima di entrare in aula, morivo dalla voglia di condividere con i miei studenti quelle scoperte scientifiche, ma mi sono fermata per alcuni secondi davanti alla porta a pensare che Anita, e forse anch'io, con le nostre scelte avevamo aiutato i nostri geni.