lunedì 10 dicembre 2018

La lamparita



La iluminación de una habitación a veces  nos puede cambiar de humor, en eso pensó Inés aquella mañana gris de diciembre, entrando en su cuarto.
A la derecha había una lámpara de pared un poco mortecina, la encendió a pesar de que la persiana de la ventana estuviera subida. En seguida tuvo una sensación de desconsuelo y recordó el caserón frío y húmedo de su infancia. Luego encendió la lamparita de la mesilla de noche y el dormitorio de golpe le pareció más acogedor.
Inés de pequeña dormía con su hermana, en el cuarto no tenían lamparita en la mesita, sólo una lámpara central, un bombilla cubierta por globo de vidrio verdoso, que daba muy poca luz. Las camas eras dispares y casi se tocaban, sólo un pequeño pasillo las separaba, había una ventana alta que daba a la escalera, donde había una gran claraboya. Una primavera, a mitades de los años sesenta, les renovaron los muebles. Pusieron una cómoda con varios cajones, un perchero, cambiaron las camas viejas y la mesita de la abuela por dos camitas iguales con una mesilla de noche de conjunto, todo ello de madera clara, con bordes más oscuros. A las dos hermanas les compraron también una lamparita. Llamaron a un colchonero para que rehiciera los colchones. El hombre trabajó todo un día con esmero sacando, peinando, cepillando y cardando la lana vieja del colchón, luego añadiendo lana nueva que había traído consigo. Al final cosió con una aguja  una funda de un tejido de rayas blancas de fondo azul. Los colchones quedaron nuevos, bien hinchados. Por supuesto las niñas también estrenaron sábanas y cubrecamas.
Inés por aquel entonces tenía unos nueve años. Carla, quien ya se sentía toda una mujercita, hacía poco que había cumplido dieciséis. En verano, los fines de semana, Carla solía invitar a dormir a Isabel, una de sus amigas. Se metían las dos en la misma cama, con la cabeza llena de rulos y cuchicheaban horas y horas. A veces la pobre Inés se despertaba y desde la otra camita les decía:
- Hablad más flojo o mejor apagad la luz de una vez, por favor.
- Qué pesada que eres, ya te voy tapando la lamparita si te molesta tanto y déjanos en paz, le contestaba Carla.
Inés no entendía porque tenían que charlar tanto, a pesar de que hubiera pasado cantidad de tiempo desde aquel entonces aún recordaba que el tema de conversación de las dos muchachas, era siempre el mismo: que si a mí me gusta ese chico, que si él va detrás de otra, que si aquél otro pelma me sigue a todas partes y no logro sacármelo de encima, que si la rosca que me enseñaste no va con mi pelo, que no me acaba de convencer la nueva depiladora, que si tengo pocas caderas y demasiadas tetas, que me veo horrorosa con esos granitos, etc.
Inés se volvía a dormir, pero se despertaba de nuevo al cabo de un rato, pues las dos cotorras seguían y seguían hablando hasta el amanecer.
Un noche le despertó un olor de plástico quemado. Carla e Isabel estaban dormidas y no se habían dado cuenta de que el traje de baño que habían puesto sobre la lamparita se había calentado tanto que empezaba a echar humo.
Inés sacó en seguida el bañador de la lamparita y sonrió viendo que la parte postiza de plástico del sujetador se había estropeado, un pecho era puntiagudo y el otro chato. Ya se imaginaba a Carla refunfuñando cuando lo hubiera visto, ella que tenía un pecho tan bonito y que estaba tan orgullosa de él.
- Nadie tiene la culpa, lo importante es que mamá no se entere, se dijo.
La madre les tenía prohibido leer antes de dormirse, pero a ambas les gustaba esconder un libro bajo la almohada. Cuando ya no se oían los ruidos y voces de la cocina, quería decir que sus padres se habían sentado en el sofá de la salita para mirar la televisión que hacía bien poco que habían comprado; entonces volvían a encender la lamparita y sólo la apagaban al oír los pasos o las voces de madre en el pasillo, pues sabían que cada noche, antes de subir las escaleras para ir a acostarse, iba a echar el cerrojo de la puerta de entrada principal de la casa. Era una vieja puerta de madera que la madre abría de par en par cada mañana, para que entrara la luz de la calle. Tras un pequeño zaguán cubierto con azulejos, había otra puerta de cristales opacos que estaba siempre cerrada. Era muy cómoda, pues si alguien tocaba el timbre en seguida podía adivinar quien era, por la sobra que dejaba traslucir la vidriera
Inés no entendía porque le habían prohibido una de las cosas que más le gustaba; y pensar que la madre, a quien de joven le encantaba leer novelas de amor, le había contado que su abuela hacía la misma cosa con ella,  apagando la luz le decía:
- A la cama se va para dormir y no para leer
La madre estaba delicada de salud y a pesar de que con su marido se llevara bien, estaba a menudo enfadada, quizás porque criar tres hijos era mucho trabajo para ella, pues nadie la ayudaba en las labores de casa. Lo que más le agobiaba era hacer la comida y la cena día tras día. A menudo, después de cenar, se pelaba con Carla, mientras fregaban los platos. Inés no soportaba las riñas y malhumores, por eso desaparecía de la cocina. Iba a su habitación, encendía la lamparita, cogía el libro de cuentos que había sacado aquel mismo día de la biblioteca y se ponía a leer, luego, cuando oía que se habían apaciguado, volvía a la cocina.
El cuarto de las niñas en invierno era frío, la estufa de leña estaba en la cocina y por supuesto el calor no llegaba a la primera planta, donde estaban ubicados los dormitorios. Para calentar las sábanas húmedas de las camas, la madre les preparaba bolsas de agua caliente. Subían las escaleras para ir a la cama primero los pequeños, Inés y Tomás, su hermanito. Carla siempre se acostaba más tarde, pues antes se encerraba en el cuartito de baño y se ponía con esmero rulos en la cabeza para dar forma a su melena. Durante los días más fríos Inés no leía en la cama, pues era incómodo sacar las manos fuera de la montaña de mantas que la madre les ponía. Pesaba tanto la ropa de la cama que al entrar en ella Inés se quedaba quieta, hasta que no se dormía. A menudo le salían sabañones en las manos y se rascaba tanto que se le hacían llagas y costras. En cambio durante las demás estaciones las dos hermanas leían en la cama siempre que podían.
La sensación de bienestar tras encender la lamparita, a pesar de que hubieran pasado más de cincuenta años y de que se encontrara a más de mil kilómetros de distancia del viejo caserón, a Inés le pareció la misma que la que sentía de niña cada vez que se refugiaba en su cuarto y prendía la lucecita.












domenica 2 dicembre 2018

El chiringuito cerca del rio










 




Cuando Isabel quiere salir del ajetreo de la ciudad y no tiene ni tiempo ni ganas de ir la bicicleta o en coche, va andando a largo del río, hasta el puente S. Niccolò. Tras cruzar unos semáforos, la vereda se ensancha entre el parque y el río; es allí donde hace pocos años que pusieron unas cuantas mesas y sillas de exterior, color verde oscuro, todo bastante sencillo. A pocos metros de la orilla, un poco más hacia el interior, hay un chiringuito. Lo llevan unas chicas que no se dan prisa para servir, al contrario si uno no va a buscarse la bebida, nadie se la trae.
Durante las mañanas soleadas del domingo, hay bastante gente, sobre todo parejas con niños que juegan, van en triciclo o duermen en los cochecitos. También hay mesas con dos o tres amigos que hacen tertulia, discutiendo de política o de fútbol, sin parar de fumar y de echar tacos; pero lo que más abunda son hombres solos. Suelen tomar un aperitivo o una cerveza con patatas fritas, cacahuetes o aceitunas, depende de la temporada. Algún que otro parroquiano toma una taza de café, pero sin falta todos lo hacen, leyendo el periódico. Esos hombres solitarios nunca tienen prisa, porque saben que para ellos es mejor ir a casa lo más tarde posible, cuando sus esposas hayan terminado de guisar la comida dominical, después de haber trajinado toda la mañana por la cocina. A veces Isabel encuentra algún que otro conocido que le van diciendo que es tarde y que se tienen que ir a comer, porque su mujer lo espera, sin embargo no logra irse a casa hasta que la esposa no lo amenaza por teléfono, diciéndole:
- Siempre igual, ni un día que vuelvas puntual para poner la mesa, eres un desastre. Tu madre acaba de llegar con la cuidadora y ya me está dando la lata. Como no llegues en diez minutos vamos a empezar sin ti y no te vamos a dejar ni las migas.
Entonces el marido, a pesar de que se sienta maltratado, se marcha deprisa y corriendo.
En primavera, a principios de verano y en septiembre, al atardecer las mesas suelen estar abarrotadas de grupos de estudiantes, a veces Isabel sonríe observándolos mientras hacen problemas de matemáticas, química o estudian verbos latinos, literatura u otra asignatura; entonces piensa en que el ambiente fluvial debe de ser bueno para concentrarse.
Casi nunca hay forasteros, pues el lugar está bastante apartado de los circuitos turísticos.
Últimamente Isabel ha ido alguna vez entre semana, después de comer, hacia las tres y media, para aprovechar los últimos rayos de sol de las tardes de invierno. A Isabel le interesan más las personas que los lugares, por eso enseguida nota que en los día laborables hay gente más rara, hay pocas mujeres, abundan los hombres más bien mayores, o bien son jubilados o gente que trabaja poco.
Generalmente escoge una mesa en que toque el sol y donde la sombra llegue más tarde, se sienta y abre el libro que lleva en el bolso; de vez en cuando levanta la cabeza y se distrae mirando el río, donde el agua remansa y los pájaros acuáticos chapotean, buscándose algo para tragar. Eso la relaja cantidad.
A veces le llegan trozos de conversación de otras mesas, Isabel sin querer escucha.
Hay dos cinquentañeros a su lado o quizás tienen casi sesenta, pero a Isabel le parecen un poco más jóvenes que ella. Su aspecto es bastante anodino, uno es más bien gordo y completamente calvo, el otro es delgaducho, el cabello entrecano y lleva gafas muy graduadas. El corpulento, parece un poco mandón, pues todo el rato lleva la voz cantante. Están bastante cerca de ella, sin embargo Isabel no entiende bien lo que dicen, sólo algunas palabras sueltas. La voz que le llega es floja y melosa, como la de los clérigo rezando u oficiando una misa o tal vez un rosario.
Isabel reconoce la voz que le dice:
- Niña tienes que hablar, no te quedes callada, confiesa tus pecados.
Es la voz de un sacerdote que está sentado dentro de un confesionario, lleva una sotana negra con muchos botones y encima una casulla blanca.
Isabel está arrodillada con la cara pegada en la rejilla lateral y no logra abrir la boca. El cura enojado sale del confesionario, la coge por el pescuezo, la arrastra hasta la parte frontal del confesionario, la obliga a arrodillarse y le apoya bruscamente la cortina de terciopelo negro en la espalda. Luego él vuelve a entrar en el confesionario y enciende una pequeña bombilla que ilumina muy poco.
- Ahora si que te veo bien, o me sueltas tus pecados o te vas a ir al infierno ¿Me entiendes o estás sorda? Le dice el clérigo.
Isabel tiene la cara del cura muy cerca de la suya, a pesar de la tenue luz del confesionario nota el color negruzco o más bien morado, de su enorme nariz chata, con la punta un poco aguileña, que contrasta con la piel clara salpicada de manchas y granos rojizos. Vislumbra enseguida sus labios finos siempre apretados, con una mueca de disgusto; también se da cuenta de que sus orejas son desproporcionadas, con pelos blancos que salen de ellas, pero lo que le infunde más miedo son sus ojos azules, saltones e impertinentes que la escrutan insistentemente. Empieza a temblar, se apuntala con las manos en el estante de madera y descubre que aún tiene un poco de fuerza para intentar alejarse de aquel hombre. A pesar de que sienta las piernas débiles, logra dar un brinco y apartar la lúgubre cortina para salir de aquel confesionario. Corre, hacia no sabe dónde, buscando una zona iluminada, pero sus ojos aún siguen en la penumbra del confesionario. Sale de la iglesia, a fuera es de noche y las farolas están apagadas. Corre un largo tramo de la calle principal, la que lleva hacia el mar, pero en un cierto momento siente los pies mojados y el ruido de las olas. Ya está en la orilla, a lo lejos ve una pequeña luz, es una barca que se está acercando. Se zambulle en el agua, antes de que el confesor logre agarrarla otra vez. Ahora se siente aliviada y segura, poco a poco va amaneciendo y las tinieblas y el terror del confesionario desaparecen.
Isabel abre los ojos y se da cuenta de se ha quedado dormida un rato.
- Mira por donde, se me ha aparecido el viejo párroco del pueblo, su rostro enojado lo conservo desenfocado, pero su voz desagradable no la olvidaré jamás; recuerdo que por aquel entonces tuvo que ser operado de las cuerdas vocales, por eso hablaba muy flojo, pero a los niños nos reñía, gruñendo y refunfuñando, con una potencia expresiva que asuntaba incluso a los mayores; fue él quien me confesó el día antes de la primera comunión, se dice a ella misma en voz baja, para que nadie pueda oírla.
Isabel se da la vuelta discretamente y ve que el hombre gordo está tirando las cartas de tarot al flaco. Acerca su silla a la mesa de los vecinos para que le toque mejor el sol, entonces oye su conversación:
- Hoy las cartas no son muy buenas, veo a una persona que te persigue y te hará sufrir, por suerte no logrará alcanzarte, pero tienes que estar alerta. Es alguien de tu familia o un conocido muy cercano. No te fíes de él o de ella. El otro día me dijiste que acababas de echarte novio, podría ser él quien te quiere hacer daño.
El flaco se levanta y le dice al mandón que que no quiere oír más tonterías, que su pareja es muy buena persona, el problema quizás sea la madre de él. Ella si que amarga al hijo y no lo deja vivir. Luego se vuelve a sentar.
- Pues aléjate de esa mujer, seguro que es ella la que quiere destrozar tu vida, para que no salgas con su hijo, dijo el adivino.
- Espero que esa bruja no averigüe donde vivo ¿Seguro que no me va a alcanzar? Dime la verdad.
- Tranquilízate, las cartas no se equivocan. No vayas nunca a casa de tu futura suegra, aunque te invite. Si te llama por teléfono con voz melosa, inventa cualquier escusa, que estás malo, que tienes una enfermedad contagiosa y que no puedes salir a la calle o algo así, para que no insista más. Hizo una pausa y luego dijo:
- No temas, pero sigue mis consejos. Bueno, se ha hecho tarde, dijo el gordo mirando su reloj de pulsera.
- ¿Nos vamos a ver el próximo martes a la misma hora? Espero que mi horóscopo sea mejor que el de hoy. ¿Cuánto te debo?
Isabel se levanta pues el sol se está poniendo, sus dos vecinos también se han abrochado los abrigos y se están despidiendo.
Mientras Isabel vuelve a casa, paseando lentamente, piensa en los confesores, en los brujos o adivinos que echan cartas, en los psicólogos, en los psiquiatras o demás personas que se dedican a escuchar a la gente para ayudarles; se para, antes de adentrarse hacia el centro de la ciudad, observa de nuevo el agua del río que corre, entonces cae en la cuenta de que el antiguo párroco de su pueblo no era uno de ellos, sino un pobre infeliz, quien no sabía o no quería ayudar a nadie, al contrario alguien hubiera tenido que darle una mano a él para lograr hacerle sonreír.











domenica 11 novembre 2018

Cena con ópera













Hay días que nacen enrevesados, incluso puede que se vuelvan agobiantes y no hay quien los cambie, sin embargo otros que al principio parecen aburridos o insignificantes al final se vuelven especiales. Eso le pasó a Paula aquella noche.
Su vida, como la de cada uno quien trabaje, iba deprisa, se le escapaba de las manos. Los hijos casi treintañeros se habían ido de casa, la mayor vivía en otro país, al pequeño le costó más mudarse, pero lo estaba consiguiendo.
Su marido últimamente no paraba nunca por casa, estaba ocupado mañana y tarde; en realidad estaba jubilado, sin embargo, siendo muy mañoso ayudaba a unos y a otros a reformar la vivienda.
En aquella época estaba acabando las obras del apartamento del hijo pequeño. Dinero había poco, tras la entrada que habían debido pagar para comprar la vivienda y no digamos la hipoteca; por eso las obras se las iban haciendo poco a poco ellos mismos, con la ayuda de un albañil y un electricista.
Paula trabajaba como profesora, pero intentaba recortarse ratos para sus aficiones, eso le frenaba el tiempo inexorablemente escurridizo.
De vez en cuando le gustaba quedarse en casa, preparando clases, escuchando la radio, leyendo o  dedicándose a la cocina. Aquel día volvió del trabajó más tarde de lo que había previsto. En casa no había nadie. Pensó con añoranza en los días en que su marido le preparaba la cena y se dijo:
- ¡Qué gusto llegar a casa y oler un guiso apetitoso!
Luego se imaginó otro escenario, en donde ella vivía sola, como algunas de sus amigas recién separadas. Seguramente de estar sola no hubiera puesto la radio, habría encendido el televisor, para sentirse más acompañada. Ni siquiera hubiera empezado a preparar la cena, ni a poner la mesa. Habría comido una tontería, quizás un poco de pan  tostado, tomate y queso.
En lugar de sentarse y recalentar alguna vianda del congelador, empezó a guisar unas verduras y a poner en una vasija un poco de requesón, mantequilla y trufas ralladas.
Puso la radio y la gran sorpresa para Paula fue que anunciaron que a las ocho en punto darían en directo la obra lírica, Cenerentola de Rossini, la misma que ella y su marido irían a ver aquel fin de semana.
Esa coincidencia que le brindaba el azar la puso de buen humor, subió el volumen de la radio y esperó a que empezara el primer acto.
Aquel día, que había nacido insignificante, se estaba volviéndose más interesante.
Llegó su marido cansado, pero satisfecho del trabajo. Le contó a Paula que estaba montando los muebles de la cocina y que no era nada fácil.
- ¡Qué olorcito más bueno! Me voy a duchar. Dentro de diez minutos  ya voy a estar listo. Tengo un hambre de lobo.
Paula puso la mesa con un mantel de los buenos y abrió una botella de vino tinto joven.
Era un miércoles y la mesa parecía la de un día de fiesta.
- ¿Pongo la tele y apago la radio? Le preguntó él
- No, esta noche quiero cenar con una ópera lírica, le dijo ella.
Mientras Paula estaba sirviendo los platos, el locutor acabó de contar la historia de la obra y empezó la entrada del primer acto con una música estupenda.
Paula se estremeció y sintió un gran placer en sus entrañas.
El marido le dijo:
-  ¡ Querida, hoy te ha salido muy buena la pasta! ¿Por qué estás tan  contenta ? ¿Te ha ocurrido algo de bueno?
- Si, he caído en la cuenta de que  a pesar de que haga más de cuarenta años que compartimos mesa y cama, aún logramos disfrutar cenando juntos.