Ayer me levanté a las nueve. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien ni hasta tan tarde. Ya no recordaba lo que era despertarse completamente descansada. Me puse la ropa del gimnasio, me tomé un vaso de agua y salí de casa sin desayunar, algo que nunca hago. Mientras caminaba por la calle me sentía diferente, en ayunas, pero contenta.
Al salir del gimnasio me paré en el quiosco, los viernes suelo comprar el periódico porque incluye un suplemento cultural. Generalmente lo leo por la tarde o después de cenar, pero ayer lo leí mientras desayunaba.
A las diez y media, mientras sorbía un tazón de té y untaba las tostadas con mermelada de naranja amarga, empecé a leer un artículo que comentaba un libro titulado Abundancia. En él los autores rastreaban las barreras políticas, económicas y culturales para progresar y proponían un camino hacia la abundancia para todos. Analizaba cómo la izquierda progresista podría actuar para mejorar las condiciones de vida de los habitantes, especialmente de los más pobres y desamparados. No puse la radio, como hago cada mañana para escuchar las noticias. El silencio, el té y el periódico hicieron que fuera una verdadera delicia.
Después me pinté las uñas de las manos y de los pies de rojo. También saqué las sandalias del armario, porque ayer llegó un anticiclón africano a la península que trajo temperaturas muy altas para ser el 22 de mayo.
Me llamó mi hijo para pedirme que lo invitara a comer. Preparé una comida rápida con lo que tenía en la nevera y no fui al mercado como había previsto. Estuvimos muy a gusto hablando, él no tenía prisa y yo tampoco.
Llevaba toda la semana sola en casa, porque mi marido se fue el lunes con unos amigos a hacer un recorrido en bicicleta por el sur de Italia. Los primeros días estuve entretenida, saliendo con amigas y organicé una cena en casa, pero ayer empecé a echar de menos a mi marido. Le escribí un mensaje cariñoso y el me respondió con otro poético, muy bonito. Estaba ilusionada porque pronto él volvería.
A las seis fui al cine a ver una película intimista e intensa, como me gustan a mí. Al llegar a casa tenía hambre, pero por suerte mi hijo había venido a comer y había sobrado pasta. Puse la mesa, y devoré la cena en poco tiempo. Después de recoger la mesa terminé de leer el periódico y me miré las uñas. Estaba satisfecha con ellas; me gustaba el color rojo, que todavía no se había estropeado. Mientras sonreía me llamó mi marido para decirme que había tenido problemas, ya que no quedaban plazas para las bicicletas en el tren que había reservado y que volvería el domingo por la noche en lugar del sábado.
Era una pena, pues tenía muchas ganas de verlo. Me acosté a las once, leí una novela que tenía en la mesita de noche y me dormí al cabo de media hora, pero me desperté varias veces. A las las cuatro saqué la manta de la cama y me quedé solo con la sábana. Estuve mucho rato despierta pensando en varias personas y cosas relacionadas con accidentes o desgracias. Sin embargo al amanecer dormí una hora más. No sé si mi estado de ansiedad se debía al calor o a la añoranza de mi marido. Me levanté pronto, me duché y desayuné.
¡Cómo habían cambiado las cosas en 24 horas! Ya no estaba contenta ni relajada. Tenía sueño, no obstante me senté frente al ordenador para escribir lo que estaba pasando por mi cabeza. Descubrí que mis uñas empezaban a despintarse, pero no me desanimé, les puse un poco de esmalte rojo y, mirando por la ventana, me dije: “¡El día es precioso vete a dar una vuelta!”.
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