domenica 5 luglio 2026

Raíces

 

Una mañana a principios de otoño me encontré con Vera por la calle. La conocía porque íbamos al mismo gimnasio. Nos pusimos al día sobre cómo llevábamos la vida de jubiladas. Vera estaba muy ocupada cuidando de su madre, que tenía casi cien años. No sé por qué, pero le confesé que me gustaría hacer voluntariado en una residencia de ancianos. Entonces me habló del asilo en el que estaba ingresada su madre.

Creo que están buscando voluntarios. Te puedo dar el número de Valeria, que es monitora —me dijo.

Valeria acogió con entusiasmo mi propuesta de leer cuentos a las personas mayores. Por el momento, no era posible hacerlo en la residencia donde estaba ingresada la madre de Vera, pero ella estaba dispuesta a dejarme leer relatos en otro centro donde trabajaba tres días a la semana.

Empecé con mucha ilusión, pero pronto me di cuenta de que no iba a ser una tarea fácil. Me asignaron a los mayores que no podían valerse por sí mismos. Entré en la sala y me topé con un grupo de ancianos sentados alrededor de una gran mesa. Eran casi todas mujeres, excepto Enzo, el más joven del grupo, pero también el que se encontraba en peor estado físico. Me contaron que un ladrón le había dado una paliza cuando entraba en su casa. Había sufrido daños cerebrales: no caminaba ni hablaba, solo sonreía.

Las mujeres nonagenarias formaban una tribu muy variopinta:

Silvia estaba casi ciega, pero no se quejaba, tenía un buen carácter; era paciente y escuchaba con interés todo lo que leía o les contaba.

Genoveva era bastante sorda, se enfadaba por cualquier cosa y siempre pensaba que la excluíamos. Le gustaba mandar; ya de joven era una gruñona, me comentó Valeria

Laura era menuda y no paraba de murmurar cosas sin sentido, pero era cariñosa, le gustaba besarme y siempre sonreía. Había sido maestra de primaria y había publicado varios poemas. Le faltaba una mano, pero con la otra estrechaba las mías.

Mariangela era alta y robusta y era natural de la provincia de Nápoles. Había sido dueña, junto con su marido, de una pequeña empresa productora de mozzarella. Solía estar de mal humor, gritaba y se levantaba de golpe para dirigirse a la puerta. Me agarraba con fuerza del brazo y me decía en tono amenazante:

Llévame a casa.

Por suerte, la auxiliar de turno la sacaba de la sala.

Gisella estaba en un rincón; no participaba en las actividades de grupo y no hacía más que rezar. Siempre llevaba en la mano un misal que no paraba de hojear. De vez en cuando, me suplicaba con voz amable que la llevara con sus padres, que vivían cerca de Bolonia, porque temía que no pudieran encontrarla.

Giuditta, una mujer de Venecia, parecía la más vivaz, pero en realidad era obsesiva: repetía siempre lo mismo como un loro, hasta cansar a quienes la rodeaban.

Cada día, cuando llegaba, me preguntaba cómo había llegado al centro y, cuando le respondía que había venido en bicicleta, volvía a hacerme la misma pregunta.

¿De qué color es tu bicicleta?

Roja —le respondía yo.

Y como una máquina, seguía con la misma pregunta, hasta que Valeria la hacía callar.

Valeria era amable, pero también firme y decidida como las profesoras.

Luego estaban las que dormían todo el día; Daniela, de vez en cuando, abría los ojos y me miraba. Una vez pareció salir de su letargo, el día en que le hablé en español. Murmuró algunas palabras en ese idioma y ya nada más. Valeria me contó que, unos meses antes, llevaba una vida bastante activa, pero un día, de repente, se hundió en un abismo.

Nedda era la que parecía tener un pie en el otro mundo. Era muy delgada, tenía la piel amarillenta y estaba acurrucada en una camilla inclinada hacia delante. Solo oí sus grititos una vez; por lo demás, siempre dormía con la cabeza ladeada. Daba pena: había sido comadrona y había ayudado a traer al mundo a muchos de niños, y, sin embargo, ella no conseguía abandonarlo.

Los jueves llegaba sobre las cuatro y lo primero que hacía era estrechar la mano de todos los ancianos. Todas retiraban las manos y las que hablaban me decían:

Tienes las manos muy frías

Nedda era la única que no retiraba las suyas de las mías.

Con el tiempo, mis lecturas se hicieron más breves, porque me di cuenta de que casi nadie conseguía seguirme. Un día empecé a proponerles juegos y manualidades. Al principio, parecía que le gustaba recortar fotos y dibujos de unas revistas que les había traído para luego pegarlos y crear un collage, pero al poco rato lo dejaban y yo era la única que seguía trabajando. Me parecían niños pequeños: se cansaban rápido de jugar y, a veces, eran caprichosos.

En los últimos días, le pedí a Valeria que leyéramos juntas las fichas sobre la historia de esas mujeres, una cada semana. Entonces, las ancianas levantaban la cabeza y me miraban con interés. Aquellas mujeres que solían dormitar empezaban a abrir los ojos, excepto Nedda, que cada semana estaba más cerca del final de su vida.

Después de las vacaciones de Semana Santa, al entrar, me di cuenta de que el puesto de la comadrona estaba vacío, pero nadie del personal me dijo nada al respecto. Tuve que preguntarle a Valeria, que, por cierto, me respondió de forma evasiva.

En los días previos a las vacaciones de verano, seguí leyéndoles las fichas personales y haciéndoles preguntas para involucrarlas. Quizás porque insistía, las ancianas que lograban hablarme contaban algo de sus familias, pero ninguna de ellas pronunció jamás el nombre de su marido o de sus hijos. Todas recordaban con nostalgia a sus padres y hermanos.

El último día, mientras volvía a casa en bicicleta, noté que el aire cálido y bochornoso me estaba ralentizando. De repente, vi unas raíces extrañas que salían por las ventanas de la residencia de ancianos. Después, nada más. La calle estaba casi desierta. Tomé el carril bici para llegar antes, pero seguía sintiendo que algo me frenaba. Apenas había recorrido dos metros cuando me detuve a revisar las ruedas. No había cables ni otros obstáculos. Era como un micelio suave e invisible. No me oprimía sino que me transmitía paz. Retomé mi camino llevando la bicicleta de la mano. Poco a poco, las raíces se desvanecieron. 

Entonces pensé:

Cuando el cuerpo humano se marchita, sus raíces se vuelven más fuertes y profundas, por eso hay que dejarse envolver por ellas”.