sabato 7 ottobre 2023

La parra - Cap 13 (en español)

 

El pacto de Zanjón de 1878, entre españoles y revolucionarios, dio por terminada la Guerra Grande. Con excepción de los pocos meses, entre 1879 y 1880, que duró la llamada Guerra Chiquita, a medida que iba pasando el tiempo parecía que el fervor político de antaño se había estancado; sin embargo, José Martí y sus seguidores estaban preparando el terreno para conseguir la independencia de Cuba. Pero el líder carismático cubano tuvo que esperar unos años antes de salir al descubierto, hasta que en abril de 1892 fundó el Partido Revolucionario Cubano.

Una tarde de finales de verano de 1893, Felipe y Olivia entraron en la finca Esperanza en un coche de caballos. Mariano saltó de alegría al ver a sus amigos y dejó de lado sus quehaceres en el almacén de semillas.

- ¡Ya era hora de que aparecieras! ¡Y tú, Olivia, qué guapa estás! Les dijo, abrazándolos.

Los acompañó al jardín y los invitó a sentarse en la sombra, bajo la parra.

- ¿Qué se te ha traído por aquí?

- Pasaba cerca de Pinar del Río y me apetecía hablar contigo.

- A mí también me encantaba volver a veros, le dijo Olivia.

- Ahora mismo mandó a llamar a Nieves.

Mariano llamó a Gabriel, uno de sus más fieles trabajadores. Gabriel, un hombre mulato de unos treinta años, se acercó despacio limpiándose las botas en la hierba y les dio la mano a los invitados. Su rostro estaba curtido por el sol y la intemperie, sus ojos eran vivarachos y su mirada bondadosa.

Nieves, al cabo de pocos minutos, llegó sofocada y corriendo y en seguida se echó en brazos de los recién llegados.

- ¡Qué alegría volver a veros! ¡Y qué sorpresa ! ¡Están muy guapos los dos! Les dijo Nieves.

- Estamos un poco cansados de correr de un lado a otro, ya tenemos ganas de echar raíces. Felipe, cuéntales nuestros proyectos, dijo Olivia.

- Pues si todo va bien, vamos a establecernos en La Habana, les dijo Felipe.

- Me alegro de que finalmente echéis raíces... Perdonad, pero nosotras vamos un momento al jardín, quiero enseñarle mis plantas a Olivia, dijo Nieves, cogiendo a bracete a su amiga.

Con esa excusa, las dos mujeres se alejaron para hablar tranquilas de sus cosas y para que los dos hombres siguieran conversando a sus anchas:

- ¿Cuéntame eso de que os vais a establecer definitivamente en La Habana?

- Pues, yo me estoy retirando del movimiento independentista, le contestó Felipe.

- ¿Qué ha pasado? Le preguntó Mariano, boquiabierto.

- José Martí y sus aliados, después de haber fundado el PRC, se están organizando para luchar contra los españoles. Me han arrinconado porque yo sigo empeñado en obtener pacíficamente la independencia.

- Lo siento, Felipe.

- Estoy desanimado, o mejor dicho, desilusionado, pues creía en José Martí y lo admiraba. Hasta hoy, con su tremendo poder de convencimiento y su carisma personal, ha logrado ejercer una influencia creciente en figuras poco convencidas de la necesidad de un partido para estructurar la nueva revolución…

- Sí, después del fracaso de la Guerra Chiquita, es más prudente. Lleva años escribiendo artículos en la prensa, sobre las miserias que golpean a los más vulnerables y nunca pierde de vista su gran objetivo, que es la independencia de Cuba.

- En 1884 se opuso a una nueva empresa armada defendida por Gómez y Maceo. Se negó a que Cuba reposara únicamente en un poder militar. Y ha tratado por todos los medios de que en el PRC no se filtre el espíritu de discordia y rivalidad entre los veteranos del 68. Proclamó que la independencia sólo se puede realizar con una preparación minuciosa y declaración pública de los objetivos y que es imposible prescindir del necesario trabajo político e ideológico... En eso, estaba de acuerdo con él. Sin embargo, últimamente se está dejando llevar por el ala belicosa del partido.

- José Martí es de admirar. Ha defendido siempre a los indígenas y a las poblaciones negras y, gracias a sus artículos de presa, la historia del continente latinoamericano ya no es desconocida en Europa. Además de denunciar el sistema colonial, también acusa a los Estados Unidos de expansionismo. ¡Pero fundando el PCR, sus objetivos son muy amplios, no sé dónde irá a parar! Dijo Mariano, con voz preocupada.

- Recuerda que el PCR no es un partido político. No tiene fines electorales. Es una asociación política que nació para independizar a Cuba y otras provincias de Ultramar, como Puerto Rico.

- ¿Y tú confiabas en obtener la independencia de Cuba de forma pacífica? Le preguntó Mariano.

- Sí, pero cada vez me parece más imposible. Sobre todo ahora mismo que José Martí está reuniendo recursos para formar un gran ejército que combata contra los españoles.

- ¡Quizás no lleguen a las armas! Aún es pronto para decirlo, le dijo Mariano.

- No te hagas ilusiones. Yo soy el único del movimiento que ha votado por una independencia pacífica.

- ¿Por qué los poetas revolucionarios siempre acaban derramando sangre? Suspiró Mariano.

Felipe se encendió un cigarrillo y contestó:

- Céspedes se vio obligado a ello, pues él, además de luchar por la independencia, tenía otro objetivo: pretendía la libertad de los esclavos. Desgraciadamente, los esclavos que participaron en la guerra fueron carne de cañón... y la mayor parte de los que se quedaron en las plantaciones, como represalia, también fueron maltratados, heridos, violados o matados por los españoles que iban avanzando, para reconquistar las tierras perdidas.

- Hubo una gran matanza, recordó Mariano.

- Pero ahora es distinto, blancos, negros y mulatos podemos preparar juntos peticiones y pleitos, para obtener la independencia. No sé si sabes que en el PRC militan excelentes abogados. José Martí, aunque siempre haya sido un subversivo y los españoles lo hayan echado ya dos veces de Cuba, sabe que no puede repetir los errores que acarrearon tantas injusticias y desastres en la Guerra Grande... Si bien en este momento los españoles se niegan a tratar, hay que esperar, sin recurrir a las armas.

- Entiendo muy bien que tú sueñes con una lucha pacífica, pues yo también lo espero. Pero quizás los dos estemos equivocados y no exista sobre la faz de la tierra una reivindicación sin violencia y sin miles y miles de muertos y heridos, le contestó Mariano.

- No estamos solos, piensa en que el movimiento pacifista en Europa nació en 1819 y que el uso de la resistencia pasiva, como forma de desarrollar la lucha pacífica dentro de la ley, se comenzó a emplear en luchas nacionalistas y constitucionalistas tras las Guerras Napoleónicas... Y que al cabo de unos años se empezó a articular un movimiento pacifista en toda Europa a través de conferencias internacionales. Como la de Bruselas en 1848, impulsada por Elihu Burritt y precursora de la de París de 1849, presidida por Víctor Hugo.

Mariano lo escuchaba embelesado y admirado y le dijo:

- ¡Felipe, tú sabes mucho!

- No me cortes, si no pierdo el hilo. ¿Por dónde iba? Y la conferencia pacifista de Ginebra, en 1867, contó con el boicot de Marx y los marxistas y con la paradójica presencia de reputados defensores de la acción violenta, como Mijail Bakunin o Giuseppe Garibaldi, que hizo campaña para la conquista de los Estados Pontificios en su camino a la unificación de Italia. ¿Te das cuenta de qué paradoja es nuestro mundo?

- ¡Un gran disparate! Dijo pensativo Mariano y después de un par de segundos añadió: - Si en Europa ganara campo la revolución no violenta, quizás en Cuba tendríamos esperanzas de evitar una nueva guerra. Pero me temo que será un proceso muy lento.

Se quedaron callados unos minutos, cada cual pensando en los horrores de la nueva guerra que estaba amenazando a Cuba. Felipe recitó la primera estrofa de la poesía Yo soy un hombre sincero de José Martí.


Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.


- ¿Uno que escribe una poesía como ésa puede ser belicoso? Terminó diciendo Felipe.

- Creo que José Martí ahora está convencido de que sin lucha armada Cuba no va a conseguir jamás la independencia. Y eso me duele mucho, le contestó Mariano.

- A mí también me duele, después de todos mis esfuerzos para implantar en Cuba tácticas revolucionarias no violentas como, pleitos, peticiones y protestas, me siento impotente.

- ¿Qué vas a hacer ahora?

- Voy a seguir luchando pacíficamente a mi manera. Olivia y yo nos mudaremos a la Habana y allí volveré a ser un simple cochero. Ahora ya no tengo que esconderme, ya nadie se acuerda de mí... Quiero enseñar a leer y a escribir a todos los negros de Cuba. Olivia y yo organizaremos escuelas ambulantes.

- Felipe, Felipe. ¿Por qué no dejas de una vez la política y te vienes a vivir al campo? Aquí también podrías enseñar a los niños, además de leer y escribir, lo importante que es conseguir la libertad e igualdad entre blancos y negros, de forma no violenta.

- Es lo que estoy haciendo, estoy dejando la política, a pesar mío. Pero me desespero pensando en que en 1886 fue promulgada la Ley que acababa definitivamente con la esclavitud y que en Cuba todavía hay mucha discriminación racial. En las haciendas o en las barriadas pobres de las ciudades hay homicidios, sexualidad forzada, abortos, castigos físicos y demás abusos de los blancos hacia los negros.

- No te agobies, tarde o temprano los blancos y los negros serán iguales. Tendrán los mismos derechos. Pero no sé si nosotros lograremos verlo…

- Ojalá, pero... ¡me parece imposible! Le repuso Felipe.

- ¿Y qué me dices de veniros a vivir al campo? Le preguntó eufórico Mariano.

- No sé, no sé, ya lo vamos a pensar, le contestó Felipe con una mueca graciosa.

Las dos mujeres volvieron risueñas y se sentaron junto a sus maridos.

- ¿Qué es lo que vamos a pensar? Le preguntó Olivia a Felipe.

- Mariano me preguntaba si nos gustaría vivir en el campo, le contestó Felipe.

- Pues mira, ahora mismo, aquí al lado hay una finca pequeña, llamada Aguaviva, que está en venta. Y nadie la quiere porque un ala de la mansión fue derrumbada por los rebeldes de la Guerra Grande, le dijo Mariano.

- ¡Qué exagerado eres! No podemos dejarlo todo ahora mismo. ¿Además, de dónde vamos a sacar el dinero para comprar una finca? De momento viviremos en La Habana, Emilia, la viuda de José Sarrá, nos ha ofrecido una vivienda suya a un alquiler muy bueno.

- ¿Cómo está, Emilia?

- Muy bien, heredó una fortuna cuando murió su marido. Y nombró apoderado a Josep, para que se ocupara de la farmacia de La Habana. Josep creo que por aquel entonces ya era socio de la farmacia Reunión. Bueno, el testamento de José Sarrá fue una cosa muy complicada, dicen que en principio les había dejado un buen pedazo de herencia a Ignasi y Josep, los dos sobrinos. Pero Emilia, a través de sus influencias con altos funcionarios, consiguió que los herederos fueran exclusivamente sus hijas. Ignasi, al descubrir que no le había tocado nada, regresó indignado a España. Josep, en cambio, se quedó en la farmacia. Y poco a poco se fue haciendo amo de ella.

- Hacía tiempo que no sabía nada de Josep. Ya te conté en una carta que era un poco extravagante. Tuve problemas con él… sobre todo en la época en que su tío se tuvo que marchar a Barcelona y lo puso al mando de la farmacia.

- Pues no le reconocerías, ha cambiado mucho, parece otro hombre. Todavía lleva la farmacia. Hace más de diez años que la reformó. Emilia tenía confianza en él y se llevaban muy bien. Pero se dice que luego él hipotecó su casa de Malgrat y que le compró la farmacia a Emilia…

- Me alegro.

- También colaboró en la fundación del Colegio de farmacéuticos de La Habana, donde fue presidente durante varios años. Poco a poco fue invirtiendo sus ganancias comprando fincas y se convirtió en un rico hombre de negocios. Si ahora vieras el nuevo establecimiento, te quedarías con la boca abierta. Tienen mucha clientela.

- Estoy contento de que la farmacia tenga tanto éxito.

- Creo que gran parte del mérito es de Celia, su mujer canaria. Al casarse con ella, abandonó su laboratorio, donde estaba encerrado día y noche. Siguiendo los consejos de su mujer, se dedicó primero a modernizar y a ampliar la farmacia y luego a otros negocios rentables, dijo Olivia.

- Ha sido una suerte que su esposa lo alejara de sus probetas y alambiques. De no ser así se hubiera vuelto loco, dijo Mariano, sonriendo.

- La última vez que lo vi me contó que tenía muchas propiedades en la Habana, más de cuarenta casas. Pero tenía miedo de perderlo todo si se proclamara otro Levantamiento. Él, como te puedes imaginar, no es para nada partidario de José Martí. Sin embargo, me dijo que lo admiraba, no por sus ideas revolucionarias, sino más bien por su inteligencia y audacia. Además estaba orgulloso de que fuera hijo de valencianos y de que hubiera nacido muy cerca de su farmacia, en la Calle Teniente Rey.

- Sí, su arraigo a Cataluña, siempre fue exagerado. Casi patológico. No puede estar más de un año sin volver a Barcelona.

- ¿Qué quieres decir con patológico? Le preguntó Olivia.

- Pues que a veces se pasaba de la raya pretendiendo reproducir su patria chica en Cuba. Tú ya sabes que yo amo a mi tierra natal y que me emociono oyendo hablar catalán. Sin embargo, ¡no se puede tratar mal a una pobre cocinera porque no sabe preparar una rebanada de pan con tomate como se hace en Cataluña! No me malinterpretes, me alegro de verdad de que haya superado todas sus manías, le dijo Mariano.

- Te entiendo, Josep siempre ha sido extravagante - calló un momento y una sonrisa cruzó en su rostro – es un hombre inteligente pero está un poco chiflado, dijo Felipe.

- Josep es muy listo, aunque haya otra revolución no creo que deje la Farmacia, le da demasiados beneficios. ¡Qué suerte que tiene al poder viajar a Barcelona! - Se quedó un momento callado y luego añadió: - A mí también me gustaría volver a mi tierra, pero por ahora me parece una cosa imposible, les dijo Mariano bajito, como si se avergonzara.

- Ahora hablemos de vosotros. ¿Cómo os va la vida? Les preguntó Felipe.

- Estamos bien, los dos echamos de menos a Ángel. Pero estamos orgullosos de haber llevado a cabo su proyecto… ¿Por qué no os quedáis unos días en la finca? Les dijo Mariano.

- Olivia, yo te voy a enseñar a hacer pan y a cocer cacharros de barro, le dijo Nieves.

- Felipe, yo te voy a llevar a los campos de cereales para que veas las novedades y mientras tanto vamos a poder hablar de nuestras cosas, le dijo Mariano con un guiño.

- Me encantaría que os quedarais unos días con nosotros, insistió Nieves.

Olivia y Felipe aceptaron la invitación y descargaron del coche su ligero equipaje. Aquella noche cenaron bajo la parra de uva que Mariano había plantado con esmero, pues en el trópico la vid no crecía del todo bien, pero él supo encontrar el microclima ideal para las cepas que le trajo su amigo Miguel en uno de sus innumerables viajes.

Olivia y Nieves charlaron alegres durante toda la cena, descubriendo que se avenían mucho. Nieves se retiró temprano con su hijo, que acababa de cumplir once años. Olivia también se acostó pronto para dejar solos a los amigos.

Los dos hombres siguieron hablando de política y ya de madrugada, cuando iban a levantarse de sendos sillones para acostarse, Mariano le confesó a Felipe que él y Nieves dormían en cuartos separados.

- No te creo, Mariano. No es posible que no te acuestes con tu mujer. Se os ve que estáis enamorados. ¿Pero qué pasa?

- Yo la quiero mucho, pero no me atrevo a dar el primer paso. Tengo miedo de ofenderla y, sobre todo, de que me rechace.

- Mariano, no puedes esperar toda la vida. Tienes que actuar. Mañana mismo tienes que meterte en la cama de tu esposa.

- Lo intentaré. Llevo meses pensándolo, sin actuar.

Dos días más tarde, al amanecer, desayunaron todos juntos bajo la parra. Nieves había horneado pan y Mariano había dispuesto en la mesa plátanos, aguacates, café y una jarra de leche recién muñida. Aquel desayuno fue alegre como una fiesta para los mayores y también para Angelito que pasó un rato jugando a dominó con Felipe. Ya eran la nueve cuando se dirigieron a la caballeriza. Y mientras Felipe subía al coche de caballos, Mariano le guiñó un ojo.

Felipe sonrió tras la señal de su amigo que parecía indicar que finalmente se había acostado con su esposa. Y mientras risueños se despedían en la cancela de la finca, llegó el cartero con una carta.

Mariano, tras ver desaparecer por la verja de la finca el coche de caballos de Felipe, miró detenidamente la carta, con cuidado rasgó el sobre, sacó la hoja de papel y leyó su contenido despacio. Nieves se quedó mirando su rostro, para descubrir si eran buenas o malas noticias.

- Es una carta de Isabel, le anunció Mariano a su esposa.


Santa Clara, 16 de septiembre de 1893.

Querido Mariano,

han pasado varios años desde mi última carta. Te escribo yo y no otra persona por mí (aprendí a leer y a escribir gracias a un cura). Espero que estéis bien de salud, gracias a Dios, yo estoy bastante bien. Bueno, he tenido algunos percances que ahora te voy a contar.

Nunca te hablé de mi hijo Lucas, que ahora tiene diecisiete años, lo tuve antes de conocerte, tras ser violada por un capataz de la hacienda donde trabajaba, Amelia, mi madre. ¿Te acuerdas de que te conté las atrocidades e injusticias que sufrió ella, siendo esclava? Ni siquiera ella supo del niño, lo crió Rogelia, la vieja adivina que a mí también me hizo de madre. Lucas es un chico listo y alegre, aprendió el oficio de carpintero gracias a Tomás, mi marido. Tomás se quedó con él el día de vuestra boda, por eso tú y Nieves aún no lo conocéis. En aquella ocasión no os hablé de Tomás, pues todavía no vivíamos juntos. Por suerte él se encariñó en seguida con el niño. Rogelia, a quien tanto quise, murió hace ocho años y entonces Tomás vino a vivir con nosotros.

Pero ahora mi hijo necesita esconderse por haber insultado a un sargento del ejército español. Lucas es un fugitivo por la ley, pero él no ha hecho nada de malo.

Sé que es pedirte mucho, pero si pudieras encubrirlo en tu finca, yo te lo agradecería toda la vida.

Ahora hará siete años que me casé con Tomás, un buen hombre que ha cuidado siempre a Lucas como a un hijo, pero está delicado de salud. Ahora mismo mi hijo está en la parroquia de Santa Clara, Mosén Román, el que me ha enseñado a escribir, lo ha ocultado en los sótanos de la iglesia, pero de un momento a otro pueden descubrirlo. No puede seguir allí mucho tiempo. Por lo demás, no me puedo quejar, sigo trabajando en la fonda del pueblo, limpio los cuartos, sirvo la comida a los huéspedes. Espero que a vosotros os vaya todo bien en la finca Esperanza. Me gustó ir a vuestra boda. Tu mujer es muy cariñosa, espero que seáis felices. Y tus amigos son muy simpáticos. Un abrazo para ti y Nieves.

Isabel



Mariano le entregó la carta a Nieves. Mientras ella la leía, sonreía, pensando en lo tonta que había sido al tener celos de Isabel, quien en verdad apenas conocía. Habló un rato con ella el día de la boda y realmente le cayó la mar de bien.

Marido y mujer se miraron y, sin necesidad de hablar demasiado de ello, decidieron que Lucas iba a ser el nuevo carpintero de la finca Esperanza.








sabato 30 settembre 2023

La finca Esperanza - Cap. 12 (en español)

 


Un día de finales de verano de 1883, llegó a la finca Esperanza la noticia del fallecimiento de Joan Defaus Moragas. Cuando Mariano leyó el telegrama que anunciaba la muerte de su hermano, cayó en un estado de tristeza y desesperación que hizo que Ángel y Nieves se asustaran.

- Joan tenía sólo 23 años ¿Por qué ha tenido que pasar eso? No logro aceptarlo. Mis padres, los pobres, estarán destrozados. Tengo que ir a consolarlos y ayudarlos… Pero, por otro lado, no puedo dejaros solos. ¡Con todo lo que queda por hacer en la finca!

- No te preocupes por nosotros. Haz lo que creas más oportuno.

- Estoy en una encrucijada. No sé cómo obrar.

- Deja que pasen unos días y verás que vas a tomar la decisión más sabia, le contestó Ángel.

- Piensa que el viaje es muy largo. Aunque te embarcaras mañana, siempre que saliera un navío para las islas Canarias, llegarías a Barcelona al cabo de ocho semanas. Dos o tres días más o menos no van a hacer la diferencia – Nieves calló un momento y una sombra de tristeza cruzó su rostro - Tiene razón, Ángel. Decídelo sin prisas, le dijo con ternura.

Mientras se estrujaba los sesos pensando en la cosa mejor que podía hacer, llegó otro telegrama de su madre en el que le decía, que su hermano Francisco había dejado los estudios y que se había puesto en frente de los negocios de la familia. Mariano sintió alivio al leer aquella noticia. A cabo de pocas semanas le llegó una carta en la que la madre le contaba qué estaban pensando en proponerle a Francisco que se casara con Teresita. Le pidió su opinión y Mariano en su carta le contestó que, si Teresita y Francisco estaban de acuerdo, a él le parecía una solución muy buena.

Teresa no le dijo a Mariano que su padre, ya había hablado con Teresita, y que siguiendo los consejos del cura, le había propuesto que se casara con Francisco, pero con la condición de que demostrara que era fértil. A Teresa no le gustaba aquel pacto, pues, poniéndose en el lugar de la viuda, se sentía apenada y avergonzada.

- ¿Cómo puede un cura proponer eso a la pobre muchacha? Le dijo a su marido.

- El párroco dice que una viuda no puede vivir bajo el mismo techo que Francisco. Tienen que casarse, replicó José.

- Eso lo entiendo. ¿Pero por qué se le ponen condiciones?

- Porque no se quedó embarazada el año que estuvo casada con Joan y ahora no podemos arriesgarnos a que pase lo mismo con Francisco. No puede desaparecer nuestra estirpe, exclamó José un poco alterado.

- ¿No tomas en cuenta a los otros hijos, a Isidro y a Mariano? ¿Y a Marieta y las pequeñas? Le preguntó Teresa.

- Nuestros dos hijos mayores están lejos, no cuentes con ellos. El único que puede darnos descendencia es Francisco. La tierra, como tú bien sabes, pasa de varón a varón, le contestó José.

- Al final los hombres deciden siempre el destino de las mujeres. Yo no quiero estar presente cuando tú y el cura le propongáis esa cosa horrorosa a Teresita, agregó secamente.

- ¿Pero qué quieres echarla de nuestra casa y devolverla a su padre?

- No, yo quisiera que se quedara con nosotros.

- Deja que me ocupe yo de ello, le dijo José, zanjando la conversación.

Mariano tras leer la carta de su madre, se apaciguó. Aquella noche habló con Ángel y Nieves y les dijo que iba a postergar el viaje a España, para el año siguiente, cuando hubieran terminado la siembra de cereales en todas los terrenos de la finca. Pero las cosas fueron de otra manera y un año después, al enfermarse Ángel, Mariano dejó de pensar en ir a ver a sus padres.

Una mañana las campanas tocaron a muerto en la iglesia de Las Ovas, primero un sonido fuerte pero grave, luego un tañido pequeño. Los repiques fueron tres, indicando que el fallecido era un hombre.

Ángel fue enterrado, siguiendo sus voluntades, a la vera de la explanada que lindaba con la mansión; era el lugar en donde él solía domar a los potros. Él se negó rotundamente a que lo sepultaran junto a sus padres y su hermano en el Cementerio Llopí de Pinar del Río. Cercaron un pedazo de terreno con una valla de madera y allí enterraron a los que fallecieron durante la epidemia de viruela. La tumba de Ángel Hernández era simple como las otras: una loza de piedra blanca con el nombre grabado y las fechas de nacimiento y de defunción.

El luto en la finca Esperanza duró dos semanas, al cabo de las cuales empezaron de nuevo las actividades ordinarias, sin embargo, la finca perdió esplendor, era como si, además de las personas, las plantas y los animales estuvieran decaídos por la muerte del amo: las flores se habían vuelto pálidas, las hojas de los árboles eran de un verde descolorido, las plumas de los pavos reales desteñidas, el pelo de los animales y las crines de los caballos deslucidos y el cielo ya no era tan azul como antes.

La congoja que Nieves sentía se la guardaba en sus entrañas y sólo cuando nadie la veía lloraba. Sin embargo, intentaba estar ocupada en mil tareas, para aliviar la pesadumbre y el dolor intenso en el pecho que sentía cada mañana al levantarse de la cama, sin haber dormido casi nada. La cosa que le daba más alivio era encender el horno y trabajar. Cuando Mariano desde el patio percibía el perfume a pan recién hecho y el olor a masa madre, dejaba de lado sus labores, entraba en el porche del horno, que todos llamaban panadería, y se quedaba embobado observando a Nieves mientras colocaba con habilidad las hogazas en los anaqueles y con un trapo quitaba de la mesa las migas y el polvo de harina.

Un día le dijo:

- Me encanta mirarte mientras sacas las hogazas del horno. Tus gestos me recuerdan a la panadera de mi pueblo que siempre me regalaba un panecillo, cuando de niño iba a comprar el pan.

- Tenía razón, Ángel, cuando decía que el trigo nos salvaría la vida. Pero desgraciadamente no ha salvado la suya, le contestó Nieves, con tristeza.

En aquel momento Mariano hubiera querido decirle algo más, pero se quedó sin habla, acobardado. Angelito tenía casi tres años cuando perdió a su padre y los primeros meses no paraba de llamarlo y buscarlo.

- Papá, papá, ¿dónde estás? Gritaba correteando por el patio.

En aquellas semanas de luto, Mariano dejó en manos de un capataz gran parte de su labor y se dedicó en cuerpo y alma al pequeño Ángel. Fue entonces que tuvo la idea de organizar una escuela rural para enseñar a leer y a escribir a todos los niños de la finca. Nieves ayudó a Mariano a encalar y arreglar una amplia sala de la planta baja, para convertirla en aula. Construyeron juntos pupitres y prepararon material didáctico, esa nueva tarea la sosegó. Mariano cuidaba a Angelito como si fuera su propio hijo y notó que Nieves lo apreciaba. Un día Nieves le dijo:

- Me alivia mucho saber que tú vas a estar siempre a nuestro lado.

- No os dejaré jamás, le contestó Mariano.

En otoño de 1884 se casaron dos hijos de Teresa Moragas y José Defaus: el 26 de noviembre Mariano con Nieves en Pinar del Río y el 19 de diciembre Francisco con Teresita en Malgrat. En destino había sido cruel con la familia Defaus Moragas, las dos novias eran viudas, tras la muerte prematura de su joven esposo; sin embargo, todo el mundo esperaba que las desgracias se hubieran terminado y que empezara una época de bonanza.

Mariano leyó varias veces la carta que su madre le había escrito describiendo los detalles del matrimonio de Francisco y Teresita, pues tenía la sensación de que le escondía algo.

- Quizás sean manías mías, pero me parece que hay algo en la boda de mi hermano que mi madre no quiere decirme. Quizás el obispo les ha puesto impedimentos, le dijo Mariano.

- ¡Qué te importa! La cosa principal es que se quieran. El obispo puede decir lo que le dé la gana, le contestó Nieves.

- En los pueblos hay muchas habladurías. Sobre todo si los dos viven juntos sin estar casados.

- No le des más vueltas. Tu madre te ha dicho que se han casado y que ella está embarazada, pues ya está, concluyó Nieves.

Mariano hubiera querido enviarle una fotografía de Nieves a su madre, pero el día de la boda el fotógrafo que había contratado no se presentó. Más tarde se supo que había tenido un accidente cayendo del árbol mientras recogía ciruelas y que lo habían llevado al hospital. El pobre fotógrafo se quedó paralizado en una silla de ruedas. El suyo era el único estudio de fotografía que había en Pinar del Río y por consiguiente, desde su cierre, para retratarse había que desplazarse a la Habana. Nieves se negó rotundamente a emprender un viaje tan largo para que le tiraran una fotografía. Teresa y José tuvieron que imaginar la belleza de Nieves a través de las descripciones en las cartas de su hijo.

Mariano salía poco de la finca, una vez por semana iba a Las Ovas o a Pinar de Río, según lo que necesitara, y cada dos meses, como les había prometido a los tres hermanos, iba a La Habana, para revisar las cuentas de la tienda. Hasta que un día les dijo a los tenderos:

- Ya es hora de que salga de vuestra sociedad. Ya no me necesitáis.

Los tres hermanos aceptaron su propuesta, pero le prometieron que irían a visitarlo cada año en verano, para pasar unos días con él y Nieves. Y así lo hicieron durante toda su vida.

Las cartas de Teresa Moragas seguían llegando con regularidad a la finca Esperanza y Mariano tampoco dejó nunca de escribir a su madre. Las cartas que le escribía la madre al hijo en invierno eran más largas que las que escribía en verano. En la última de aquel invierno nombró muchas veces a su hijo Isidro, confesándole a Mariano que estaba afligida porque tenía pocas noticias suyas. También le contó con alegría que el embarazo de Teresita seguía su curso natural y que todos estaban impacientes por saber si iba a ser niño o niña. Le contó también que la cosecha había sido bastante mala, pero que la venta de semillas había ido mejor y terminó quejándose del mal tiempo y de la fuerte marejada.

Releyendo la última parte, Mariano se acordó de la frase que su abuelo, Mariano Defaus Segarra, pronunciaba enfáticamente cuando en invierno el fuerte oleaje del mar lo asustaba.

- Si el agua salada llegara a nuestros terrenos, estaríamos perdidos para siempre.

El pequeño Mariano más de una noche soñó con olas gigantes que llegaban hasta el pueblo y se despertó sudado y asustado por aquella pesadilla.

En las cartas que escribió Mariano a su madre durante aquellos largos meses le iba contando anécdotas de la vida cotidiana de la finca, de lo contento que estaba de haberse casado con Nieves y de la suerte que tenía con Ángel, su ahijado, al que quería como si fuera su verdadero hijo. Sin embargo, no le habló nunca de su regreso a España, ella tampoco lo mencionó.

A finales del verano de 1885, a Mariano le llegó un telegrama de su madre con una noticia buena y dos malas:

Teresita ha dado a luz a una niña. La escarlatina se ha llevado a Luisa y a Rosa. Agustí murió en Cuba.

Pocos días antes del nacimiento de la niña, Agustí, el marido de Marieta, murió tras una emboscada en un campamento militar cerca de Santiago de Cuba, Luisa y Rosa cayeron enfermas de escarlatina, el médico les dijo que les pusieran cataplasmas y que no dejaran que la fiebre subiera, pero la fiebre subió hasta cuarenta grados y no hubo manera de que bajara. Luisa y Rosa, de diecisiete y quince años respectivamente, murieron a pocas horas de distancia.

Mariano decidió de nuevo volver a España, pero pocas horas después desistió pensando en Nieves y en su ahijado.

Al cabo de algunas semanas le llegó un sobre que contenía el recordatorio del entierro de sus dos hermanas y una fotografía de Francisco y Teresita con la recién nacida en brazos, a quien le pusieron el nombre de Teresa, como la madre y la abuela. Teresa Defaus Moragas en aquella carta le volvió a decir a Mariano que no se preocupara: que estaban todos bien, que Teresita, Francisco y Marieta se cuidaban de todo, que la niña era muy vivaracha y que les daba mucha alegría, después de aquellas desgracias.

Nieves lo consolaba como podía. Cada noche le preparaba una infusión de tila, para que descansara bien. Nieves y Mariano, dormían en cuartos separados; no querían consumar el matrimonio por respeto al difunto. En aquella época en que parecía que las desgracias no tenían fin, ambos se dieron cuenta de que entre ellos había algo más que una amistad, sin embargo, ninguno se atrevió a confesar al otro sus propios sentimientos.

Los días en la finca Esperanza volvieron a cundir, la rutina y las tareas cotidianas daban a la pareja un sentimiento de prosperidad y de bienestar.

Por la mañana Mariano enseñaba a leer y a escribir a Angelito y a los otros niños de la finca. Disfrutaba con los chiquillos. Le gustaba pasar por los pupitres de sus discípulos para ver cómo habían llevado a cabo los ejercicios. Se acordaba de la escuela primaria de Malgrat y aplicaba con esmero las buenas técnicas de enseñanza de su antiguo maestro.

El día en que fue a La Habana para cerrar los negocios con los tres tenderos, compró un libro de pedagogía que leyó en el tren con mucho fervor. Cuando llegó a la finca, le dijo a Nieves:

- Me siento satisfecho ayudando a los niños a resolver un problema. Y a escribir una redacción o una poesía.

- Es de admirar lo que estás haciendo. Seguro que tú eras un alumno modelo.

- Cuando era pequeño iba muy contento a la escuela, pero a los doce años tuve que dejar los libros para empezar a trabajar. Por suerte el maestro me daba clases particulares por las tardes. Con él aprendí mucho en aquellos años. Por la mañana ayudaba a mi padre en el campo, pero no me gustaba labrar la tierra, yo hubiera querido viajar y salir del pueblo. Al atardecer me divertía saliendo con una pandilla de muchachos que se metían siempre en líos que terminaban en escaramuzas.

- Seguro que eran líos de mujeres, a ver si me cuentas tus trastadas de los catorce o quince años. Yo no sé casi nada de ti. Sólo me contaste que huiste de España a causa de la guerra.

- Un día te lo voy a contar, le dijo Mariano con sofoco, pues hablar de aquel tema lo avergonzaba.

- !Mamá! Gritó el pequeñito correteando hacia ellos.

Mariano aquella noche sintió desazón recordando aquellos años juveniles. La llegada del niño lo había salvado, pero sabía que tarde o temprano tendría que contarle a Nieves su secreto.

Por otra parte, Nieves también seguía su rutina horneando hogazas de pan y cociendo piezas de barro. Un día empezó a pintar platos con colores vivos, naranja con el borde azul, violeta y amarillo y, por último, verde y rojo.

- ¿Por qué no vendes esas piezas, son preciosas, le dijo Mariano?

- Tienes razón, en casa tenemos vajillas y jarros de sobra.

- El tendero del bazar El siglo de Pinar del Río, podría ser tu primer comprador.

Nieves siguió el consejo de Mariano y sus vasijas empezaron a venderse bien.

La hacienda Esperanza progresaba; sin embargo, ni Mariano ni Nieves querían agrandarla. Las ganancias no eran muchas, pero suficientes para amos y trabajadores. Ellos ya lo sabían desde el principio que los cereales no daban para hacerse ricos, pero no era ese el objetivo que perseguían.

- Amasando el pan y oliendo las hogazas recién horneadas, me siento feliz. Y claro, también dando forma y color a mis lozas, le confió un día Nieves a Mariano.

- Yo soy aún más feliz a tu lado, le contestó Mariano, mirándola intensamente.

Ni el uno ni el otro volvieron a sacar el tema del viaje a España, colocaron en el desván la vieja maleta de cartón, la que había cruzado en 1873 el Atlántico y durante muchos años se olvidaron de ella.














sabato 16 settembre 2023

Teresa Moragas - Cap.11 (en español)

 


Aquel día funesto de febrero de 1873, quieta en el portal, Teresa Moragas Gibert miró con tristeza a su marido y a su hijo mayor, que salían de casa para ir a la estación, pero no se podía imaginar lo que su esposo estaba tramando. Los dos desaparecieron al doblar la calle Ollers, hacia la plaza de la iglesia. José Defaus Ballesté llevaba la maleta y Mariano la mochila. Ambos hablaron poco durante el trayecto. El padre acompañó al muchacho en el andén donde salía el tren para Barcelona. Mientras esperaban, José le entregó un sobre con un documento oficial.

- He tenido que ocultar esa vergüenza, le reprendió.

Mientras Mariano leía el documento, José siguió diciéndole:

- El alcalde me ha ayudado para que nadie sepa lo de la denuncia. A los quintos sorteados para el servicio militar, se les llama de forma escalonada. Según él, a ti te va a tocar en verano; sin embargo, para todo el pueblo, ahora tú has huido para no alistarte y no por otro motivo. ¿Entendido?

- Lo siento, padre, no me atreví a confesarle que el alguacil me denunció.

- ¡Siempre te metes en líos! Me tienes que prometer que vas a asentar la cabeza.

El tren llegó y la conversación quedó zanjada, pero durante todo el viaje Mariano pensó en las chiquilladas que había armado con Pepito, su amigo, y se prometió que de ahora en adelante iba a ser más juicioso.

Teresa no era una mujer apocada y miedosa, al contrario, hubiera sido valiente si hubiera tenido la oportunidad de salir de pueblo, pero en aquella época las mujeres tenían que estar calladas y hacer lo que su padre había establecido para ellas. Se casó con José Defaus Ballesté sin apenas conocerlo. Antes de la boda sólo lo vio un par de veces en el baile de la fiesta mayor del pueblo. Pero por suerte José siempre la respetó y, aunque en casa mandara él, a ella también le dejaba decidir algunas cosas. Mariano se parecía a ella, era amable, soñador, sensible, valeroso, fiel y cumplidor.

- ¿De dónde nos ha salido Mariano con ese carácter? Le preguntó José, su marido, una noche de principios de aquel año fatídico, hablando flojo, para que los cuatro hijos varones, que dormían en la alcoba de al lado, no le oyeran.

- Mariano es un muchacho de brío, le dijo Teresa.

- A ver si tantos bríos le llevaran por mal camino.

- No exageres. Es un buen chico, le contestó Teresa.

- Le gustan mucho los trenes y los barcos. Tengo miedo de que se nos vaya lejos de aquí.

- A mí también me sabría mal, pero será lo que Dios quiera, se atrevió a decir Teresa.

- No creo que nos abandone. lo decía por decir. pero lo que más me preocupa ahora es que su quinta sea llamada. Corren voces de que faltan voluntarios en el ejército y que van a reclutar a jóvenes de diecisiete años.

- No te preocupes, José, Mariano aún no ha cumplido diecisiete años. A él no le va a tocar, le dijo su esposa, no del todo convencida.

Teresa aquella noche durmió poco y mal, pues temía que su hijo mayor tarde o temprano sería llamado a las armas; sin embargo, se levantó temprano y como siempre preparó el desayuno para toda la familia. Mientras tomaba una taza de leche caliente donde iba mojando trocitos de pan seco, le dijo a su marido que había soñado con una cosa muy rara:

- El patio estaba inundado de agua, llovía a cántaros y todas las plantas se iban ahogando y muriendo. De golpe, unas ranas muy gordas salieron de los charcos y entraron en casa. ¿Quién sabe lo que quiere decir este sueño?

- ¡No quieren decir nada los sueños! Lo único que creo es que va a llover, le dijo José riendo.

Teresa sonrió, pero no le confesó que aquella noche apenas había pegado ojo por el temor de perder a Mariano.

Al cabo de unos días, el cartero trajo un aviso oficial para Mariano. Con aquel sobre en la mano, Teresa se derrumbó y se echó a llorar. Cuando llegó su marido, los pequeños lloraban junto a ella. Al verlo, intentó serenarse, pero no lo consiguió e hipando le entregó la carta. Mientras José la leía, tuvo que sentarse. Mariano iba rezagado detrás de José y, tras ver la cara crispada de su padre, supo que habían llegado malas noticias. Cuando José se repuso, abrazó a Mariano y le dijo que la familia Defaus era muy estimada en el pueblo y que seguro que alguien les ayudaría.

Teresa dejó que su marido fuera a ver al alcalde, pero no creía en que aquel buen hombre pudiera ayudarles.

- No es hijo de una viuda. Tampoco tiene defectos físicos. No es posible que sea reformado, se dijo.

Sollozó de alegría y de pena, cuando supo que Mariano podía escaparse a Cuba, bajo la protección del farmacéutico Sarrá.

Las primeras semanas fueron para Teresa muy duras, tenía que encerrarse en el lavadero para que nadie la viera llorar.

La casa de los Defaus era antigua, la había construido un tatarabuelo de José Defaus Ballesté a mitades del siglo dieciocho. En la planta baja había dos cuartos, el primero, con una ventana que daba a la calle que le daba mucha luz, donde las mujeres por la tarde se sentaban a coser. El otro más oscuro, con una ventanita alta que daba a la escalera, se usaba como trastero. Las alcobas estaban en el primer piso, al que se accedía por una escalera bastante empinada. En el comedor había un aparador, una mesa de madera oscura con patas torneadas y seis sillas tapizadas, en las que los pocos huéspedes que entraban en la casa se sentaban. Tras el comedor, había una sala de paso, la galería, que conducía a la gran cocina, donde la familia se reunía en invierno al calor de los fogones de leña y el gran hogar. La cocina daba al patio a través de una puertecita. En el patio había un pozo, un lavadero y un retrete, llamado comuna. La comuna, consistía en una tabla de madera con un agujero central donde uno se podía sentar para orinar y evacuar el vientre. Colgado de la pared del lavadero había un barreño grande para tomarse baños. Teresa cuidaba con esmero el patio lleno de grandes macetas con plantas y flores. Más allá del patio había el establo para el caballo, el gallinero, la pocilga y otros corrales.

Antes de que llegara el documento de reclutamiento, José le explicó a su esposa cómo se las había arreglado para que ni ella ni la gente del pueblo supiera que el juzgado de Arenys había convocado a su hijo. El alcalde lo avisó y él pudo esconder a todo el mundo la primera requisitoria del juzgado. Al principio a Teresa le supo mal que su marido no hubiera tenido confianza en ella, pero al llegar, poco después, la convocatoria para que Mariano se alistara en el ejército, aceptó el astuto plan de su esposo.

A las pocas semanas de la huida de Mariano llegó la segunda requisitoria del juzgado, en la que citaban de nuevo a Mariano. Para Teresa fue otro disgusto.

- No te preocupes por lo del juzgado, voy a presentarme yo. Ya verás que lo arreglaré todo, le dijo José.

- No paran de llegarnos malas noticias, le dijo ella sollozando.

Sin embargo, cuando Teresa recibió la primera carta de Mariano, volvió a sonreír. Se la leía a todo el mundo y dejó de ir a llorar al lavadero. Para ella, aunque no quisiera admitirlo, Mariano era su hijo favorito. Desde que se había embarcado estaba loca de alegría cuando recibía sus cartas, leyéndolas, lo sentía cerca y le contestaba en seguida, se diría que vivía sólo para eso.

- ¡Qué exagerada eres, mujer! Deja de pensar en Mariano y goza de los hijos que todavía tienes en casa. Le regañaba su marido, casi cada noche antes de dormirse.

- No lo consigo. Necesito saber de su vida y carteándome con él es como si yo también estuviera en Cuba. Además tengo la corazonada de que va a volver pronto. Mientras tanto, no quiero que se sienta solo. Por eso le cuento anécdotas de nuestra familia, para que se sienta cerca de casa.

- ¡Pobre cartero, cada mañana lo agobias esperando carta!, le dijo José y tras un bostezo zanjó la conversación, apagando la luz.

Corrió mucha agua por el puente, desde la mañana en que Teresa se despidió de Mariano. Ella cada vez tenía más miedo de no volver a ver a su hijo, pero no se lo confesó a nadie, al contrario, les decía a todos que Mariano iba a volver pronto.

En una carta del 15 de mayo de 1877, Teresa le contó a Mariano los pormenores de la boda de María, su segunda hija, a quien todos llamaban Marieta. Ella tenía diecinueve años y su novio, Agustí Riera Nualart, un muchacho de Malgrat, tenía veintiuno. Agustí era el hijo menor de una familia de labradores. Sabiendo que la tierra de su padre la iba a heredar su hermano mayor, buscó trabajo fuera de la aldea. Encontró un empleo de masovero en una gran masía de una finca agrícola y ganadera de un pueblecito cerca de Girona. Marieta fue a ver a su madre y llorando le dijo que no quería alejarse de su pueblo natal. Teresa tuvo que convencerla para que se marchara con Agustí.

- Si os quedáis en Malgrat os vais a morir de hambre, le dijo con firmeza y con dulzura a la vez.

Pero eso no se lo contó a Mariano. Teresa no estaba de acuerdo con la ley de herencias que regía en Cataluña, la cual disponía que todos los bienes eran para el heredero, generalmente el mayor de los hijos varones, y sólo les tocaba una pequeña legítima a los demás hijos. Ella sabía que no podía cambiar las reglas que habían establecido sus antepasados, sin embargo, cuando escribía a Marieta, le enviaba dinero, para remediar un poco aquellas desigualdades.

A Marieta no le gustaba escribir, prefería que su marido, la llevara dos o tres veces al año con un carro a Girona y luego ella cogía la diligencia para ir a ver a sus padres.

Isidro también tenía índole aventurera como Mariano, pero era más impulsivo y a menudo obraba sin cautela. Teresa se había enterado de que se entendía con una mujer de mala fama.

- Isidro, recuerda que una mujer buena y leal es un tesoro real, le dijo un día Teresa.

- ¿Por qué me dice eso, madre? Yo aún no tengo mujer, le contestó Isidro.

- Te lo digo porque cuando la tengas pensarás en mis palabras.

Teresa no le contó a su marido la verdad, sólo le dijo que temía que Isidro se descarrilara. José decidió que se embarcara como marinero en uno de los navíos que anclaba en el astillero de Malgrat. Isidro, antes de cumplir dieciséis años, en un día gris de principios de invierno, fue obligado a embarcarse en un navío que mercanceaba por el sur de Francia.

Teresa pensaba en que iba a enloquecer perdiendo a otro hijo, pero no sufrió mucho, sabiendo que a Isidro iba a volverlo a ver cada dos o tres meses y que a su hijo le iría muy bien alejarse de aquella mujer de dudosa reputación.

Una noche, cuando Teresa y José se estaban acostando, ella le habló de la última carta que le había escrito a Mariano:

- Le conté que Isidro se embarcó hace pocas semanas y que lo vamos a ver de ahora en adelante. Antes de que te duermas, te voy a leer un trocito de mi carta.

- Ya me la leerás mañana, ahora tengo mucho sueño, le contestó él.

José leía de muy buena gana las cartas que les llegaban de Cuba, pero evitaba con cualquier escusa que su mujer le leyera las que ella escribía a Mariano, pues se emocionaba al oír todo lo que Teresa le contaba de él y de sus hijos y le daba vergüenza que su esposa lo viera llorar.

Joan, su segundo hijo varón, fue llamado a las armas a principios de 1878, cuando acababa de cumplir dieciocho años. Hacía cinco años que Mariano se había escapado a Cuba y todavía estaban escarmentados, por eso Teresa y José no intentaron hacer nada para evitar que lo reclutaran y dejaron que las cosas siguieran su curso natural.

Teresa en sus cartas de aquella época le contaba bien poco de Joan, pues no quería apenarlo. Estuvieron muchos meses con escasas noticias del soldado, hasta cuando Joan volvió con una herida en la pierna y con una enfermedad pulmonar. Desde que regresó del frente se había vuelto más taciturno, pasaba muchas horas sólo en el campo, se sentaba bajo un árbol y meditaba. Su hermano Francisco, que tenía cuatro años menos que él, durante bastantes meses tuvo que dejar el seminario donde estudiaba para ocuparse de los cultivos y de las cosechas. José y Teresa estaban preocupados por Joan, pues parecía que estuviera atrapado en otro mundo del que no lograba salir. Sin embargo, Teresita, su prometida, una chica de una aldea cercana, nunca dejó de darle ánimos y él poco a poco se fue recuperando, empezando de nuevo a labrar la tierra y a salir con sus amigos.

Fue entonces cuando Teresa le contó a Mariano que Joan estaba mucho mejor de su enfermedad y que pronto se iba a casar con Teresita. Corría el año 1882. Aquel mismo año Mariano le envió una foto a su madre y le anunció que había encontrado un nuevo trabajo en una hacienda de Pinar del Río.

Mientras Mariano esperaba con ansiedad la carta, en que su madre le describiera la ceremonia y la fiesta de bodas de Teresita y Joan, no se podía imaginar la conversación que sus padres tuvieron antes de acostarse.

- Ayer le escribí una carta muy larga a Mariano, contándole que nos gusta mucho nuestra nuera.

- ¡No paras de escribir! Le contestó José.

- Todavía no he ido a la oficina de correos, pero mañana temprano quiero ir para que la carta salga lo antes posible. Te voy a leer la primera hoja.

- ¡Cuánta prisa! Bueno, léeme sólo un trocito, ¡qué tengo mucho sueño!

Teresa empezó a leer:


Malgrat, 1 de diciembre de 1882.

Estimado Mariano,

espero que cuando leas esta carta goces de buena salud. Nosotros, gracias a Dios, estamos bien. Finalmente puedo darte una buena noticia: la boda de Joan con Teresita fue un éxito. Joan, que aún está delicado de salud, estaba la mar bien e iba muy elegante. Ella estaba radiante de alegría, llevaba una mantilla blanca, que le hacía resaltar sus cabellos negros y su piel morena y la hacía todavía más guapa.

Isidro fue a la boda; al final le dieron un permiso. Marieta también estaba con su marido. Yo estaba muy contenta, con todos mis hijos en casa. Sólo faltabas tú. Pero sé que cuando puedas vas a volver.

No sufras por nosotros, estamos bien. La cosecha este año ha sido buena, los negocios de tu padre también van mejorando, esperemos que ahora que ha acabado la guerra todo se arregle.

Joan ha tenido mucha suerte, casándose con Teresita, es una buena chica y rebosante de alegría, incluso quiere pintar las paredes de la cocina y variar de lugar los muebles del comedor. Yo, cuando me casé con tu padre, no pude cambiar nada de la casa; mi suegra, tu abuela, mandaba como un general y también tu abuelo era de armas tomar cuando se enfadaba con ella. Tú ya no te debes de acordar mucho de ellos, murieron cuando tenías diez años.

A tu cuñada Teresita, no le asusta trabajar y en la cocina es un portento. Se quedó huérfana de su madre de muy pequeña y aprendió pronto a llevar una casa. Tu padre y yo estamos muy contentos de nuestra nuera. Con ella ha llegado alegría y si tú vieras el jardín, no lo reconocerías, en pocos días ha plantado numerosas matas y flores que le han regalado las vecinas. Se lleva muy bien con el vecindario. ¿Te acuerdas de Marcelina, la vieja vecina cascarrabias de la casa de al lado? Pues con ella se porta de maravilla y a ella no le grita.

Teresita es muy cariñosa con las pequeñas y ellas están muy contentas. Desde que se casó Marieta hace cinco años, Rosa y Luisa han tenido que espabilarse y crecer solas, yo por la mañana me ocupo de las tareas de casa y por la tarde de las del campo, por eso no tengo tiempo de entretenerme con ellas.

Francisco ya tiene diecisiete años y le gusta estudiar. Siguiendo los consejos del cura y del maestro, como te conté en otra carta, Francisco, después de la escuela primaria, se fue a estudiar a Girona. Se aloja en el seminario, donde había estado Isidro, pero dice que no quiere ser sacerdote. Cada verano vuelve a casa para la cosecha. Es muy trabajador, pero por la noche no va al café como todos los hombres del pueblo, se queda leyendo en casa, es tímido y solitario. Todo lo contrario que Isidro, que no paraba nunca en casa. Ahora lo vemos poco a Isidro, la última vez que vino me enfadé con él, pues se había hecho un tatuaje horroroso en el brazo. Tu padre también estaba enfuriado, le gritó que nadie de nuestra familia se había tatuado jamás. Ya ves, por un lado, me preocupa Francisco porque sale poco y, por el otro, Isidro porque es demasiado impulsivo, pero he de aceptar que cada hijo tiene su carácter, ¿no?

Me gusta recibir tus cartas y deseo que el trabajo nuevo en la finca de Pinar del Río te vaya muy bien. El otro día hice tu plato cubano preferido, “Moros y cristianos”. A todos al principio les pareció una cosa rara, pero a medida que lo iban comiendo apreciaron su bondad.

Espero que puedas regresar pronto; sin embargo, entiendo que ahora quieras sacar provecho de tu nuevo trabajo. Quizás dentro de un par de años podrás volver. Me encanta la foto que nos enviaste.

Eres un hombre elegante. ¡Qué bonito el traje que llevas! Te pareces un poco a mi padre. Tus ojos azules son de la familia Moragas y tu boca carnosa es de los Gibert… Teresa miró a su marido, que yacía a su lado con los ojos cerrados. Ella saltó la página en la que contaba recuerdos graciosos de la familia Moragas, de su tía Gertrudis y de sus primas solteronas y siguió leyendo la parte final de carta en voz alta, a pesar de que sabía de qué ya nadie la estaba escuchando… Perdona si te cuento tantas cosas, pero tú ya sabes cuánto me gusta hablar de mis antepasados y de mi parentela.

A tu padre le duele la espalda, se tiene que poner una faja para labrar la tierra, yo le digo siempre que no se esfuerce, que deje que los muchachos se ocupen de todo. Sale poco, con lo que le gustaba antes ir al café, pues desde que se murió el Veterinario, uno de sus mejores amigos, está un poco deprimido. No quiero entristecerte hablándote de enfermedades y muertes. Te esperaremos siempre con los brazos abiertos. Tu madre que te quiere mucho.

Teresa Moragas Gibert

Teresa se puso a llorar sin hacer ruido y apagó la luz, pero le costó dormirse y, mientras reprimía los sollozos, no se podía imaginar que un año más tarde le enviaría a Mariano una carta que nunca hubiera querido escribir.