domenica 19 marzo 2017

Películas de antaño


Aquel domingo hacía frío, pero por la tarde salió el sol, por eso Elvira convenció a su marido, quien leía tranquilamente echado en el sofá, para que saliera a dar un paseo con ella.
Se dirigieron a un mercado de antigüedades que quedaba bastante cerca de su casa, donde había muebles, libros, ropa de segunda mano y demás cacharros.
El marido solía pararse largo rato en los tenderetes de libros, a Elvira también le gustaba darles una ojeada, pero cuando estaba al aire libre prefería observar a la gente que pasaba. Sin embargo aquel día  le llamó la atención un puesto destartalado de libros viejos. El vendedor, quien llevaba un traje un poco arrugado, estaba sentado en una tumbona con un libro en las manos. Por sus muecas ella dedujo que leía una obra cómica o burlesca.
Para que el lector no se sintiera observado Elvira tomó un libro al azar, era un tomo ilustrado de la historia del cine. Hojeándolo descubrió fotogramas de antiguas películas de su infancia.
Se vio, los domingos por la tarde, yendo  con sus amigas a la sala cinematográfica, ubicada en la calle mayor del pueblo; allí se reunían con una pandilla de adolescentes quienes bromeando, bromeando se empujaban y se daban patadas; ellas reían por cualquier cosa, mientras comían caramelos, chicles o pipas. Cuando se apagaban las luces Elvira no se dejaba distraer por el barullo, aislándose y concentrándose en la historia que salía en la pantalla. Las amigas, una tras otra, se fueron emparejado. En cambio Elvira a los  dieciseis años seguía sola. Se le ponían los pelos de punta y un gran bienestar, cuando sus amigas le decían que a un tal chico le gustaba ella, sin embargo e Elvira no quería liarse con él, lo tenía muy claro.
Prefería a los chico forasteros, cuanto de más lejos mejor, pero eso no se lo decía a sus compañeras porque solían enamorarse de los paisanos y se hubieran reído de ella, cosa que hacían a menudo cuando a Elvira no le apetecía pintarse o ponerse prendas llamativas. Para las chicas de sus edad era un deshonor no tener novio, por eso las más espabiladas no se dejaban escapar a los guapos, conformándose las demás con los feos.
Quizás esteís pensando que Elvira era una chica un poco rara; en realidad lo era, pero no de una rareza patológica, sino que era sensible, observadora, afable con todo el mundo, intentaba amoldarse a cualquier persona o situación, pero también se deleitaba estando sola, quizás porque de pequeña, para huir de riñas o malhumores familiares, se entretenía leyendo o escribiendo en un cuarto de la casa donde nunca iba nadie. Tampoco le gustaba lucir, sufría al depilarse, se avergonzaba enseñando las piernas cuando le tocaba llevar minifaldas y tardó años en ponerse bikini, pues se sentía más a gusto en bañador.
A su madre y a Luisa, su hermana mayor, les encantaba arreglarse por eso ponían un grito al cielo, viéndola tan deslucida y le chillaban:
- No puedes salir de casa con esos tejanos descoloridos. ¿Qué dirá la gente?
Por suerte llegaron los pogres y la ropa de los jóvenes se volvió más informal, pero esa moda no les tocó a las chicas de la generación de Luisa, quienes ya estaban demasiado acostumbradas a acicalarse.
Al final la madre  tuvo que resignarse y dejar de regañar a Elvira y más tarde a Matilde, la hija menor, quien cogió de lleno la moda hippie, llevando siempre con desaliño faldas largas, jerséis anchos, zuecos y  bolsos de paja.
Elvira tenía seis años menos que Luisa y seis más que Matilde, por eso no le  fue fácil llevarse bien ni con una ni con otra.
Cuando eran pequeñas, Luisa  a menudo le tomaba el pelo a Elvira y la hacía llorar, contándole historias tristes o de miedo; a su manera la quería, sin embargo estaba resentida con ella, pues de hija única le había tocado una hermanita, que al nacer prematura había atraído todos los mimos de la madre y sobre todo de tía Encarnación, quien en aquella época estaba soltera y vivía con ellos.
Elvira, de mayor finalmente había entendido porque Luisa a veces la enojaba y la zahería con palabras mordaces; también logró comprender su falta de paciencia y las broncas que armaba con la madre, casi cada noche, mientras lavaban juntas los platos de la cena.
“Mi hermana estaba celosa de mí y para más inri tía Encarnación se casó pocos meses después de mi nacimiento; pobre Luisa, de princesa de la casa, pasó a ser la cenicienta”, pensó.
Con Matilde las cosas no fueron mejor, pues pasaba de todo, hacía lo que le daba la gana. Elvira sufría por ella, la veía demasiado libre, a los quince años ya fumaba porros a escondidas. Hizo el último año de Bachillerato en un Instituto privado de una ciudad cercana, pero pocos meses antes de terminar el curso volvió al pueblo y se puso a trabajar en la tienda de bolsos que la madre y tía Encarnación regentaban. Había sido el abuelo materno el que había fundado aquella casa donde se trabajaba el cuero, pero esa era otra historia.
A medida que pasaban los años Elvira siguió yendo al cine con alguna amiga sin novio, hasta que lo cerraron porque toda la juventud iba de discotecas. Por suerte en el pueblo había una sala parroquial, en la que hacían teatro los sábados y cine forum entre semana. A ella le encantaba ver películas, por lo tanto se espabiló para ir a alguna sesión de cine.
Al ver la fotografía de la película Los amores de una rubia de Milos Forman, se  le apareció de nuevo la protagonista, quien  antes de hacer el amor por primera vez con un chico recién conocido, mira  hacia la ventana y le pide al amante que baje la persiana;  luego otra escena en la que la chica rubia con la maleta que va a Praga para ir a buscar  al muchacho.
Aquella imagen le trajo el recuerdo de la noche en que vio esa película, a las nueve se levantó de la mesa y salió  diciendo que iba estudiar  a casa de una compañera. Mintió porque a la madre no le gustaba que fuera al cine sola.  Se sentó  en la sala casi desierta y esperó con paciencia a que llegara la gente, pues sabía que empezaban siempre con retraso. Al final de la película se fue corriendo a casa perdiéndose debate, todo ello porque debía madrugar para ir al Instituto.
La voz del marido la sacó de su ensimismamiento:
- ¿Vamos a aquel chiringuito a tomar algo?
Mientras se disponía a dejar el libro que tenía entre sus manos  vio una novela de Alberto Moravia,  La romana.
- Espera un momento que quiero dar un vistazo a un libro, le dijo Elvira a su marido.
Era una edición de los años setenta, las páginas amarillentas estaban bien ecuadernadas. Empezó a leer el primer capítulo y otros recuerdos perdidos volvieron a menearse por su cabeza.
Se vio, primero con una maleta en el tren que la llevaba al colegio mayor para estudiantes de la capital, luego por las mañanas ocupada en ir a clases, por las tardes agobiada con las prácticas de laboratorio o estudiando cosas que entendía poco y por las noches bostezando con los libros abiertos sobre el escritorio. Su cara era  triste mientras pensaba en que sus pasatiempos favoritos iban menguando.
A veces salía con alguna amiga o estudiaba con un grupo de compañeros de la facultad, por eso poco a poco fue cogiendo confianza en sí misma y se lo fue pasando bien, descubriendo la ciudad y conociendo a personas nuevas, pero no le sobraba el tiempo ni para leer o ni para ir al cine.
Una mañana en que no había clases por una vaga universitaria, Elvira se fue al cine.
Era una sala pequeña. Entró casi sin saber  que película ponían, a tientas se sentó en una butaca libre de la última fila. Sentía la barriga revuelta por la emoción. Ir sola al cine de mañanas, le parecía una empresa heroica.
Era una película italiana, La Romana, contaba la historia de una chica buena, sensible y guapa, quien por una serie de desventuras, desilusiones y sobre todo pobreza, decidió ser prostituta.
Elvira levantó la cabeza del libro y vio a su marido que le hacía señas para que se apresurara. Compró la novela de Moravia, se la puso en el bolso y se dirigió hacia la terraza donde él había hallado una mesa libre.
Tomaron una cerveza y Elvira le dijo al marido:
- Si le contara a un psiquiatra cuáles son las películas de antaño que más  recuerdo, quizás encontraría algún significado.
- Déjate de psiquiatras, disfruta la bebida y la tarde maravillosa, le dijo su marido.
Elvira pensó que tenía razón, era realmente una tarde bonita y llena de coincidencias.


venerdì 3 marzo 2017

El intercambio- Lo scambio




Por las mañanas, cuando tenía una hora libre, iba al laboratorio o a un aula vacía para preparar las clases del día siguiente, pero antes pasaba por la sala de profesores. Me tomaba un té, pero no penséis en taza de verdad, sino en un vaso de plástico con agua caliente teñida de marrón, luego charlaba con los profesores más simpáticos que en realidad eran pocos.
Una mañana me fijé en una compañera que estaba escribiendo y borrando constantemente algo. Creo que era un suplente anual, porque recordaba haberla visto por primera vez durante un claustro al empezar el año escolar, era joven respecto a la plantilla de profesores, tenía unos cuarenta años.
De golpe me miró y sonriendo me dijo:
—¿Por que me ha tocado?
Yo amablemente le pregunté:
—¿El qué?
—Organizar un intercambio entre mis estudiantes y los de una escuela extranjera. Por desgracia tengo que encargarme yo,aunque haga sólo seis meses que trabaje en la escuela y conozca poco a los alumnos.
—¡Me imagino el montón de trabajo que tienes! —Le comenté.
—Fuimos a Finlandia la semana pasada y ahora tengo que programar los siete días en que los estudiantes finlandeses se alojarán en nuestra ciudad, haciéndoles gastar lo menos posible.
Como tenía ganas de hablar, le pregunté:
— ¿Cómo fue vuestro viaje a Helsinki?
—La salida fue desastrosa, en el aeropuerto nos informaron que nuestro vuelo llevaba retraso debido a una tormenta de nieve en Amsterdam, donde teníamos el enlace; mientras los altavoces nos daban la mala noticia, una estudiante empezó a vomitar en una papelera de la sala de espera, luego siguió haciéndolo en el cuarto de baño. Después de dos horas, finalmente a bordo, cuando parecía que todo salía bien, otra alumna se desmayó, sin ninguna causa aparente; entonces sí que nos asustamos, pero afortunadamente volvió en sí al cabo de poco.
Luego tomó aire y de un tirón continuó diciendo:
—Pasamos una semana en una ciudad finlandesa tranquila a unos cien kilómetros de la capital. Los profesores y las familias finlandesas recibieron muy bien a nuestros estudiantes, en realidad sólo una chica tuvo problemas, porque su compañera finlandesa era muy extraña, nunca hablaba y tenía miedo de todo, pero esto hubiera sido lo de menos, si no hubiéramos descubierto que la madre las había dejado solas durante dos noches.
—Los intercambios son muy interesantes porque, tanto los profesores como los chicos, entramos en un mundo nuevo, con distintas formas de hacer las cosas, de pensar, de vivir, de enseñar, de divertirse, por no hablar de las costumbres, las tradiciones, el idioma, la comida y en vuestro caso también el clima muy diferente. Por desgracia, a menudo surgen problemas.
Escuchando las palabras de la profesora joven, traté de imaginar a la madre de la chica finlandesa: una mujer alta, rubia, con rasgos muy marcados, casi masculina. Me gustó pensar en que la madre antes de salir de casa había dejado la nevera llena y había recomendado a su hija que se portara bien. Luego pensé que el padre ya no vivía con ellas y que la madre trabajaba en una fábrica de papel como encargada, quizás a raíz de su empleo tuvo que irse a Helsinki, para intentar resolver los problemas que habían surgido tras la crisis económica.
No hace falta deciros que en cuando me cuentan el comienzo de una historia me gusta inventarme el final.
Dejamos de hablar mientras yo pensaba en todo eso, mi compañera se puso de nuevo a escribir, apuntando los precios de las entradas de los museos, de las visitas guiadas y de los billetes del autocar.
No quise compartir con ella mis pensamientos, pues me avergonzaba un poco imaginar historias ajenas; nos despedios y me fui hacia un aula al final del pasillo.
La imagen de la madre finlandesa que dejó sola a su hija me trajo el recuerdo del intercambio que hicimos años atrás con una escuela de Madrid. Para que no se perdieran las historias y los personajes que flotaban por mi cabeza, tomé un cuaderno y empecé a escribir:

Éramos tres profesoras con unos cuarenta estudiantes. Nuestro viaje empezó mal, porque una de las chicas, Arora, no quería embarcarse de ninguna manera; dentro de poco vais a entender las razones de su obstinación. Estábamos a punto de perder el vuelo, por eso tuvimos que obligarla a subir las escaleras del avión, a pesar de que llorara y se quejara.
La escuela del intercambio se hallaba en el centro de la ciudad, era antigua y prestigiosa; nos dijeron que allí habían estudiado personajes famosos, si no recuerdo mal, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. Pero los tiempos habían cambiado y a aquel Instituto iban estudiantes de todo tipo, incluso algunos con situaciones familiares difíciles, pero eso aún no lo podíamos saber.
Al llegar a Madrid, rodeada de estudiantes alegres y de familias chillonas que recogían a nuestros alumnos, pensé en que estaba contenta de volver a España. También durante los días siguientes, en la escuela con los compañeros españoles, me sentí a gusto, como si no hubiera dejado nunca mi país.
Alquilamos un pequeño apartamento no muy lejos de la escuela. La noche de nuestra llegada tuvimos de nuevo un susto: a medianoche sonó el teléfono.
—¿Quién será a estas horas, nos dijimos antes de contestar?
Era Aurora, quien llorando nos dijo que quería marcharse de aquel apartamento porque no se sentía segura, pues tenía miedo del novio de la chica que le daba alojamiento. En aquel apartamento no había adultos, excepto el novio, quien bromeando, bromeando había invitado a Aurora a acostarse con ellos. Llamamos a María Jesús, la encargada del intercambio, quien de inmediato corrió hacia allá y se llevó a Aurora en coche a su casa.
Nos sentimos culpables porque no le dimos mucha importancia a su rabieta en el aeropuerto. Aurora nos dijo que escribiéndose con la chica española había olido algo raro en ella y que por eso estaba angustiada .
La chica descarada se disculpó diciendo que todo había sido una broma y que su madre había tenido que salir corriendo de viaje, sin embargo María Jesús no la creyó y buscó a otra familia para Aurora.
Después de aquel día surgieron otras rarezas:
A Camilla, una chica rubia y elegante, hija del dueño de una pequeña empresa textil de Prato, le había tocado una estudiante tan delgada que parecía un poco enfermiza. El padre era un guardia de segurid, que había tomado una semana de vacaciones para dedicarse a las muchachas. Al cabo de dos días Camilla no podía aguantar más al padre obsesivo quien no las dejaba solas ni un minuto. La madre había muerto hacía un par de años y la casa estaba siempre a oscuras, pero eso no era lo que le molestaba a Camilla, sino los ruidos que de noche oía. Sólo había un cuarto de baño y estaba pegado a la habitación de las chicas, Camilla  sospechaba que alguien vomitara, pero no estaba segura, porque por la mañana todo estaba en orden. Una noche se levantó para ver quién arrojaba. Encendió la luz del baño y descubrió que era el que el perro estaba vomitando. Camilla siguió en aquella vivienda y se las arregló para buscar el lado divertido del perro anoréxico.
Y luego hubo la historia  de Gabriele, que era un tipo tranquilo y complaciente, a quien le encantaba estudiar idiomas y lo único que deseaba era poder hablar español. Al entrar dejó la maleta en la sala pintada de verde y en seguida se dio cuenta de que la gente que  vivía en  aquella casa era un poco rara. El chico que lo alojaba le dijo que sus padres hacía dos meses que se mudaron fuera de la ciudad y que él seguía viviendo allí para no tener que cambiar de Instituto; tenía dieciocho años y siendo espabilado había alquilado dos habitaciones a otros estudiantes. Cuando Gabriele nos habló de su vivienda, tuvimos que llamar otra vez a María Jesús, quien convenció a la abuela del chico a que fuera a vivir con ellos una semana. Gabriele estaba contento porque la  viejecita era muy agradable y una gran cocinera. En seguida  descubrió  que los inquilinos de su piso eran un grupo de homosexuales muy divertido, pero eso nosotros lo supimos más tarde.
Otro alumno, Paolo, fue a casa de un chico muy sensible pero un poco delicado, sufría ataques de pánico y tenía cicatrices en las manos y en los brazos, sin embargo sus  profesores nos dijeron que a veces le fallaba su autoestima, pero que últimamente estaba la mar de bien. El problema era que a Paolo, quien llevaba siempre un bocadillo en la mochila, le daban  poco de comer y él se moría de hambre. Hubierais tenido que ver la cara que ponía cuando nos contaba en que consistía el desayuno frugal de cada mañana. La cena junto al padre era un poco más abundante, pero todavía insuficiente para nuestro estudiante. Después se supo que al padre,  que era guardia civil,  lo  habían trasladado a Madrid de un pueblo del sur  y  que la madre era una bailarina de flamenco que no había querido marcharse con ellos.
Lo último que recuerdo es el asunto de la familia chilena donde fue a vivir Carla. A ella le encantaban todos los miembros de aquella familia numerosa, empezando por su compañera y acabando por la  madre.
—La madre es alegre y muy  cariñosa conmigo; me ha  dicho que ha vivido en  muchas ciudades europeas y suramericanas, por eso   es tan abierta —nos decía nuestra alumna.
Un día también nos habló con entusiasmo de Santiago, el hermano mayor, quien hacía de guía, llevando a grupos de muchachos extranjeros por los bares y locales de moda.
Ya que no teníamos quien nos acompañara a Toledo, pensamos en que Santiago podía hacerlo y resultó ser un chico especial. Durante el viaje de ida en autocar, nos contó que sus abuelos habían huido de la España de Franco y sus padres del Chile de Pinochet. Estudiaba historia del arte en la Universidad y se buscaba la vida trabajando para poder independizarse. Tal vez otra guía más profesional habría sabido a la perfección la historia artística de Toledo, pero él nos transmitió  entusiasmo y eso fue lo que nos gustó.

Sonó la campana, así que cerré el  cauderno y me dirigí hacia el aula donde tenía que dar clases.


Lo scambio
Le mattine in cui avevo una ora libera, di solito andavo in laboratorio o in qualsiasi altra aula vuota a preparare le lezioni del giorno successivo, ma prima mi fermavo nella sala dei docenti, prendevo un tè, un bicchierino con acqua colorata da macchinetta e scambiavo qualche parola con gli insegnanti più comunicativi, che a dire il vero erano pochi.
Una mattina mi colpì una collega, che stava prima scrivendo e poi cancellando qualcosa; credo fosse una supplente annuale, perché ricordavo di averla vista per la prima volta al collegio d'inizio anno scolastico, avrà avuto una quarantina d'anni.
A un certo punto mi guardò e sorridendo mi disse:
- Chi me lo ha fatto fare?
Io gentilmente le domandai:
- Cosa?
- Organizzare uno scambio tra i miei studenti e quelli di una scuola straniera. Purtroppo è toccato a me, nonostante sia l'ultima arrivata e conosca poco i ragazzi.
- Immagino la mole di lavoro che hai avuto! Commentai io.
- Siamo stati in Finlandia la settimana scorsa e adesso devo programmare i sette giorni in cui gli studenti finlandesi soggiorneranno da noi, facendo loro spendere il meno possibile.
Visto che aveva voglia di chiacchierare, le domandai:
- Come è andato il vostro viaggio a Helsinki?
- La partenza è stata disastrosa, prima dell'imbarco ci hanno comunicato che il nostro volo aveva notevole ritardo a causa di una bufera di neve ad Amsterdam, città dove avevamo lo scalo; mentre gli altoparlanti ci davano la brutta notizia, una studentessa ha cominciato a vomitare dentro un cestino della sala d'attesa, poi ha continuato a farlo in bagno. Dopo due ore, finalmente a bordo, quando sembrava che tutto andasse per il verso giusto, un altra allieva è svenuta, senza nessuna causa apparente; allora si che ci siamo spaventati, ma per fortuna è tornata in sé dopo poco.
Poi ha preso fiato e ha continuato a raccontare:
- Dopo è andato tutto liscio. Abbiamo trascorso una settimana in una tranquilla cittadina finlandese a un centinaio di chilometri dalla capitale. I professori e tutte le famiglie hanno accolto molto bene i nostri studenti; a dire il vero solo una ragazza ha avuto qualche difficoltà perché la sua corrispondente era molto strana, non parlava mai ed era timorosa di tutto, ma questo non sarebbe stato niente, se non avessimo scoperto che la madre le aveva lasciate due giorni da sole.
- Sono molto interessanti gli scambi perché, sia noi che gli studenti, entriamo in un altro mondo, con diversi modi di fare, di pensare, di vivere, di insegnare, di divertirsi, per non parlare di abitudini, tradizioni, lingua, gastronomia e nel vostro caso anche di clima. Purtroppo spesso sorgono dei problemi.
Mentre dicevo quelle parole ho cercato d'immaginare la madre della ragazza finlandese: una donna alta, bionda, di tratti un po' duri, quasi maschili. Ho voluto pensare che prima di partire avesse lasciato il frigo pieno e si fosse raccomandata alla figlia di essere brava. Ho pensato anche che il padre, non abitasse più con loro e che la madre lavorasse in una cartiera come capo reparto, forse per motivi di lavoro si era dovuta recare a Helsinki.
Non c'è bisogno che vi dica che quando mi viene raccontato l'inizio di una storia mi piace trovare il seguito.
Mentre in silenzio pensavo a tutto ciò, la mia collega si era rimessa a fare i conti dei vari costi dei biglietti dei musei, visite guidate, pullman e quant'altro.
Mi sono ben guardata da condividere con lei i mie pensieri, perché me ne vergognavo un po'; l'ho salutata e sono andata verso un'aula libera in fondo al corridoio.
L'immagine della madre finlandese che lasciava da sola la figlia mi aveva riportato a  un altro scambio cui avevo partecipato sette anni prima. Per non fare scappare le storie e personaggi che stavano svolazzando nella mia testa ho preso un quaderno e ho cominciato a scrivere:

Eravamo tre professori con  una quarantina di studenti.
La partenza é stata faticosa, perché una delle ragazze, Aurora, non voleva imbarcarsi in nessun modo; continuando a leggere capirete le ragioni della sua ostinazione. Rischiavamo di perdere il volo, quindi l'abbiamo costretta a salire le scalette dell'aereo, nonostante piangesse e si dibattesse.
La scuola con cui facevamo lo scambio si trovava nel centro della città, era antica e prestigiosa, ci avevano detto che lì avevano studiato personaggi illustri, se non ricordo male, Antonio Machado e Juan Ramón Jiménez.
Ma i tempi erano cambiati e quel Istituto era frequentato da ragazzi di tutte tipi, addirittura alcuni con situazioni famigliari difficili, ma questo non lo potevamo ancora sapere.
Appena arrivati, in mezzo agli studenti allegri e alle famiglie chiassose che prendevano in consegna i nostri alunni, ho pensato che ero contenta di essere tornata in Spagna. Anche nei giorni successivi, a scuola con i colleghi spagnoli, mi sono sentita a mio agio, come se non fosse mai partita dal mio paese.
Avevamo affittato he un piccolo appartamento non lontano dalla scuola. La notte del nostro arrivo abbiamo avuto la prima sorpresa: a mezzanotte è suonato il telefono.
- Chi sarà a quest'ora, ci siamo dette prima di rispondere?
Era Aurora che piangendo ci chiedeva di andare a prenderla perché non si sentiva sicura in quella casa, temeva di essere molestata dal fidanzato della sua corrispondente. In quell'appartamento non c'erano adulti, tranne che il ragazzo che aveva scherzosamente invitato la nostra alunna a entrare nel letto della coppia.
Abbiamo chiamato, María Jesús, la referente degli scambi, la quale subito si è precipitata lì, ha caricato Aurora in macchina e l'ha portata a casa sua.
Noi ci siamo sentite in colpa perché non avevamo capito in aeroporto la causa della bizza di Aurora. Dalle mail scambiate con la sua partner aveva annusato che c'era qualcosa di strano ed era a disaggio.
La ragazza spagnola si era scusata, dicendo che era tutto uno scherzo e che sua madre era dovuta partire all'improvviso, ma credo che María Jesús non si sia fidata di lei, sistemando poi Aurora in un'altra famiglia.
Dopo quella mattina sono capitate altre stranezze o cose buffe ai nostri studenti, eccone alcune di cui riesco a ricordare:
A Camilla, una bella ragazza bionda e raffinata, figlia di un piccolo imprenditore pratese, era capitata una studentessa così pallida da sembrare un po' malaticcia. Il padre, che lavorava come guardia giurata, aveva preso una settimana di ferie per stare dietro alle ragazze. Dopo due giorni Camilla non ne poteva più delle troppe attenzioni di quel padre ossessivo che non le lasciava mai da sole. La madre era morta da un paio d'anni e la casa era sempre in penombra, ma questo non era quello che disturbava Camilla, piuttosto i rumori che sentiva la notte.
C'era un solo bagno ed era attaccato alla cameretta delle ragazze, a Camilla sembrava di sentire qualcuno che ci vomitava, ma non ne era sicura, dato che ogni mattina tutto sembrava a posto. Una notte si alzò per vedere chi faceva quei versi. Accese la luce del bagno e scoprì il cane che stava vomitando.
Camilla rimase in quella casa e riuscì a trovare il lato comico del cane anoressico.
Poi c'è stata la vicenda di Gabriele, ragazzo mite e accomodante, che amava molto le lingue e non vedeva l'ora di parlare spagnolo. Appena lasciò la valigia nella sala tutta dipinta di verde pisello, capì che in quella casa ci doveva abitare gente un po' bizzarra.
Gabriele venne a sapere che i genitori del ragazzo spagnolo che lo ospitava si erano trasferiti da qualche mese fuori città e che lui ci continuava a vivere per non dover cambiare scuola; essendo maggiorenne si sapeva gestire bene e aveva affittato due  camere ad altri studenti.
Appena Gabriele ci raccontò della sua situazione abitativa, ci toccò richiamare María Jesús, la quale fece arrivare la nonna del corrispondente, che per fortuna abitava abbastanza vicino. Gabriele ne fu contento perché quella anziana donna era, oltre che simpatica, una grande cuoca. Ben presto capì che era capitato in una divertente comunità omosessuale, noi invece siamo venute a saperlo, molto tempo dopo.
Anche a Paolo capitarono dei fatti insoliti, Lui, ragazzo paffutello che aveva sempre un panino a portata di mano fu sistemato in casa di un bravo ragazzo, il quale era molto sensibile e in passato aveva avuto sofferto di attacchi di panico. Ci colpirono le sue cicatrici nelle mani e nelle braccia, i suoi professori ci dissero che era un po' fragile e mancava di autostima, ma che in quel periodo stava proprio bene. Il problema era che mangiava veramente poco, quindi Paolo moriva dalla fame. Dovevate vedere la sua faccia nel raccontarci la magra colazione che faceva tutte le mattine. La cena che preparava il padre del ragazzo inappetente era un po' più abbondante, ma sempre insufficiente per il nostro allievo. Dopo abbiamo saputo che a causa del lavoro del padre nell'arma dei carabinieri si erano trasferiti da poco tempo in città e che purtroppo la madre che era una ballerina di flamenco non aveva voluto seguirli.
Ancora vedo la faccia sorridente di Carla dicendoci che aveva avuto una gran fortuna ad essere ospitata da una famiglia di origine cilena. Era veramente contenta e si trovava molto bene con la ragazza, sua coetanea e con tutti membri di quella famiglia numerosa .
- La madre è speciale, ha vissuto in diverse città dell'Europa e dell'America Latina, forse per questo è così aperta, disse la nostra allieva.
Una mattina ci parlò a lungo di Santiago, il fratello maggiore della sua corrispondente, il quale lavorava ogni tanto come guida turistica e si era specializzato ad accompagnare la sera gruppi di ragazzi forestieri per i bar e locali di moda.
Dato che dovevamo andare a visitare Toledo e non avevamo ancora una guida, abbiamo pensato a Santiago, il quale risultò essere un ragazzo in gamba. In pullman, durante il viaggio di andata, ci raccontò che i suoi nonni erano scappati dalla Spagna di Franco e i suoi genitori dal Cile di Pinochet. Lui studiava storia dell'arte all'Università e si arrangiava lavoricchiando per poter essere indipendente. Magari un'altra guida ci avrebbe spiegato con più professionalità la storia e l'arte di Toledo, ma lui ci mise passione, per questo siamo rimasti sodisfati.

Era suonata la campanella, quindi chiusi il quaderno e mi recai verso l'aula nella quale dovevo fare lezione.












giovedì 2 febbraio 2017

El mantel rojo












Primero puso el mantel rojo sobre la mesa, luego el jarrón con las rosas del jardín. Eran flores que duraban poco, los pétalos iban cayendo lentamente, pero a Isabel le encantaban. El gusto por los floreros lo había descubierto gracias a Luís,  su marido. Él, que pasó su infancia en un apartamento de un segundo piso, apreciaba las flores, reconocía muchas especies de árboles y se fijaba en todo lo verde, en cambio ella que había crecido en una casa con patio y corral, no le daba mucho valor. Aquel talento Luís lo había heredado de su madre, quien a pesar de haber tenido una vida dura, al quedarse viuda a los cuarenta años con pocos recurso y dos hijos pequeños, le gustaba pasear por la campiña y recoger ramilletes de flores. La mamá de Isabel había crecido en el campo, pero no le interesaban mucho las plantas, pues a ella le hubiera encantado vivir en la ciudad, sin embargo pocos años antes de fallecer empezaron a gustarle las flores. Isabel recordaba aquel cambio repentino en su manera de ser, incluso se volvió más detallista y cariñosa con los hijos y nietos.
De pequeña, su madre le contaba que la abuela y la bisabuela cuidaban y regaban las macetas del patio; una cancela de madera lo separaba del amplio corral, que daba a una calle secundaria por donde salían y entraban los carruajes. Pegados al muro había un gallinero, una cuadra para el mulo y otra para el cerdo. En un rincón un estercolero emanaba hedor y un cobertizo albergaba cajas, hoces, palas u otros utensilios para labrar la tierra. Al otro lado, a lo largo de la tapia, las dos mujeres habían plantado con esmero flores y otras plantas ornamentales.
Tras fallecer la bisabuela y la muerte repentina de la abuela, el jardín empezó a quedar descuidado. Fue una desgracia para todo el mundo ya que la abuela era alegre, trabajadora y muy ordenada. Tenía sólo cincuenta y siete años cuando un mal misterioso se apoderó de sus entrañas.
La madre de Isabel, tampoco tuvo mucha suerte, una infección pulmonar, que por un pelo no se la llevó al otro  mundo, la dejó delicada por toda la vida
El jardín, donde Isabel jugaba con sus hermanos, se convirtió más que nada en un almacén polvoriento lleno de utensilios para la labranza de la tierra; los gallineros desaparecieron poco a poco, lo mismo pasó con el estercolero. A finales de los años sesenta el carro y el mulo fueron substituidos por un coche y las azadas por un tractor. Isabel se acordaba que a menudo apoyada en la cancela observaba con tristeza los vehículos que entrando y saliendo destrozaban lo poco que quedaba del jardín de las abuelas.
- ¿Por qué nadie de mi familia cuida el jardín? Se preguntaba.
A ella le encantaba invitar a sus amigas a jugar en el corral de su casa, pero a veces se avergonzaba de tanto descuido.
La madre de Luís, cuando se jubiló, decidió mudarse, porque deseaba plantar rosales. Sus hijos la ayudaron a conseguir una vivienda adosada con jardín. Logró disfrutar algunos años cuidando sus rosas, incluso cuando iba perdiendo la cabeza, algunas veces salía al jardín para admirar sus flores.
Tras la muerte de la madre, Luís y sus hermanos no quisieron vender la casa de los rosales. El hermano de Luís, quien seguía viviendo en el pueblo, cada dos por tres iba a abrir la casa y a cuidar el jardín. Las rosas florecían sanas y bellas.
Isabel había llegado en coche a media mañana. Antes de salir de la ciudad había pasado por el taller mecánico, pues uno de los faros no le funcionaba, luego fue a la gasolinera, no tan solo para poner gasolina sino también para que le miraran el nivel del aceite del motor. Mientras el empleado le limpiaba los cristales ella se acordó de lo que hacía su padre antes de emprender un viaje y pensó en que había heredado muchas cosas de él.
Preparó la comida a base de hortalizas. Para postre pensó que iban a tomar una tajada de sandía. Pues tenéis que saber que la sandía que había llevado, no había parado de rodar por el maletero, cada vez que surgía una curva, por eso Isabel fue conduciendo despacio y con cuidado para que no se partiera.
A Luís le encantaba ir al pueblo en bici. Llegaba cansado, no sólo por los 50 kilómetros que había recorrido sino por el desnivel de la calzada. La carretera cruzaba un puerto de montaña de mil metros de altitud.
Aquel día mientras Luís se duchaba, Isabel mirando el mantel rojo pensó en la mesa  de la cocina de su infancia,  donde nunca ponían manteles, un hule era más páctico, en ella cada tarde hacía los deberes.
En el caserón había un comedor donde jamás ningún comensal se había sentado, lo usaban solo para recibir a las visitas importantes; cuando era pequeña, hurgando en los cajones del aparador, había visto algunos manteles blancos, los mismos que tras morir la madre, el padre se los entregó a los hermanos para que se los repartieran. A pesar de que nadie los hubiera estrenado,  el tiempo y la humedad los habían estropeado un poco, pues habían surgido   sombras amarillentas, pero los encajes de la bisabuela aún  eran preciosos.
Durante los años en los que estuvo compartiendo piso con otros estudiantes tampoco  acostumbraban poner mantel sobre la mesa.
En 1983 Isabel y Luís se casaron y alquilaron una vivienda amueblada en el centro de la ciudad. Una nave abovedada, donde entraba la luz de la calle a través de una gran ventana, era el salón-comedor, donde había un sofá destartalado, dos butacas orejeras y una mesa redonda con cuatro sillas; a través de una escalera de madera se subía a un altillo, donde había una cama matrimonial y una pequeña ventana. Justo debajo había una cocina y un cuarto de baño, ambos con una ventana que daba a un patio enorme. También había cerca de la entrada un trastero muy útil para poner bicicletas. Era perfecto para una pareja.
La primera noche en que cenaron allí pusieron la mesa con un mantel floreado que les regaló la madre de Luís y prepararon con esmero un plato de pasta. En aquella época Isabel empezó a aprender algo de cocina y a saborear cada vez más las noches entrañables con Luis. Él guisaba los primeros platos cuando tenían invitados y ella se había especializado en tortillas de patatas y ensaladas. La mesa redonda era ideal para sobremesas y tertulias con amigos.
El trabajo de Luís era un poco monótono y a él le aburría, pero siendo un empleo a tiempo indeterminado no se quejaba. Ella daba clases en un colegio y estudiaba para oposiciones, pues aún no tenía plaza fija. Fueron años felices en los que Isabel y Luís empezaron a conocerse de veras, hasta que pasó lo que pasó. Isabel tocando lentamente las rayas blancas que se entrecruzaban y formaban cuadros en la tela roja del mantel recordó el desconsuelo y el dolor atroz que sintieron tras la muerte del hijo recién nacido.
Isabel siguió mirando concentrada las rayas blancas, era como si en aquel momento se diera cuenta de que estaban descoloridas.
- ¿Te acuerdas? Lo compramos el día en que descubrimos que estaba de nuevo embarazada, le dijo a Luís mientras salía del cuarto de baño envuelto en  un albornoz azul.
Aquel mantel,  ideal para la mesa rectangular del piso nuevo, soportó las manchas de las papillas del primer bebé y  del segundo, que llegó al cabo de dos años.
A medida que pasaba el tiempo iban comprando otros manteles, pero el rojo era el que más les gustaba.
Los niños crecían y el mantel se iba gastando por eso Isabel decidió llevarlo a la casa de campo.
- ¿Por qué tanta añoranza? Se preguntó cuando iba sacando la mesa.
Luego pensó que podía meter el mantel en la lavadora con algunas toallas. Mientras la máquina ronroneaba, se sentó en una tumbona del jardín. Aprovechó el tibio sol otoñal y leyendo se durmió.
Se despertó con una poco de frío y entró en casa. Luís había salido y ella empezó a tender la ropa.
Antes de que se pusiera el sol, salió a dar una vuelta. Se citaron,  en la plaza del pueblo, luego fueron a tomar una copa en la taberna. El dueño del establecimiento había estudiado con Luís. Aquel día había pocos parroquianos, por lo tanto se sentó con ellos. Les contó que se sentía otra persona desde que se había separado de su mujer. Los problemas económicos lo habían paralizado. Sin embargo ahora estaba reaccionando y ni siquiera sentía tanto odio hacia su esposa.
- No sé lo que me ocurre, ya no me interesan las mujeres, no quiero volver a vivir con una de ellas, quiero dedicarme a todo lo que nunca he podido hacer, sin tener que dar cuentas a nadie. Les dijo despidiéndose de ellos.
Volvieron a casa un poco pensativos, ella no sabía si alegrase e apenarse por el tabernero.
Isabel salió al jardín para recoger la ropa tendida y notó en seguida que había desaparecido el mantel rojo. Todo lo demás estaba intacto.
Se puso como loca buscándolo por los matorrales.
Tuvo que resignarse y aceptar que alguien había cogido el mantel. Entró en casa y le dijo a Luís:
- Nos han robado el mantel.
- ¿Qué dices? No puede ser, está tan deslucido que no hay quien lo quiera, dijo él.
- Estaba  anocheciendo, por eso quien se lo ha llevado no ha notado que era viejo.
Mientras se lo decía, Isabel sacó de uno de los cajones de la  vitrina un mantel verde, que no poseía tanta historia como el que acababan de perder, pero que con el tiempo iba a alcanzarla.