venerdì 12 maggio 2017

Lluvia en la ventana



Viajar es como abrir una puerta hacia el mundo, se van conociendo nuevas personas, lugares, costumbres, comidas, melodías y mucho más; la vida luego nos parece más llevadera. Frida recordaba haber leído esas frases en algún libro. Eran palabras sabias, sin embargo ella estaba segura de que cada cual tenía su propio concepto de viaje y por consiguiente alcanzar bienestar, cuando uno se trasladaba por aire, mar o tierra, dependía de tantas cosas.
Esos pensamientos bailaban por su cabeza aquella tarde, sentada en el sofá mientras leía una novela de un joven escritor americano, donde el personaje principal, Jonathan, cuya familia hebrea había huido de Ucrania a causa de la guerra, emprendía un azaroso recorrido en furgoneta por la tierra de sus antepasados. Sus dos compañeros de viaje eran muy raros: el abuelo, quien hacía de chófer, estaba medio ciego, su nieto, el narrador de aquellas hazañas,  y una perrita que olía fatal. Iban en busca de la mujer que quizás salvó de los nazi al abuelo de Jonathan. El único indicio que tenían era una fotografía antigua, donde detrás alguien había escrito un nombre de mujer y el de una aldea, que no estaba señalada en los mapas.
A menudo por la tarde  Frida estaba sola y se recreaba a sus anchas. Los hijos, ya mayores, volvían a la hora de cenar y su marido también paraba poco por casa, pues su trabajo le absorbía mucho.
Se dirigió hacia la ventana, vio que lloviznaba y sin darse cuenta sus labios pronunciaron la primera estrofa de una poesía de Antonio Machado:
Son de abril las aguas mil
sopla el viento achubascado
y entre nublado y nublado
hay trozos de cielo añil.
En aquel instante por su cabeza pasó un revoltijo de recuerdos:
Se vio de pequeña sentada en un pupitre, llevaba uniforme, calcetines largos hasta las rodillas, una falda plisada y un jersey de lana, todo ello de color azul marino. La maestra les hacía recitar aquella poesía con una cantilena melancólica. A Frida le costaba mucho aprender las cosas de memoria, sin embargo aquella estrofa le gustaba tanto que se le quedó grabada.
Se volvió a sentar en el sofá, siguió leyendo las aventuras trágicas y grotescas de aquel viaje estrafalario por tierras de Ucrania, poco a poco le llegaron lo olores densos de aquella furgoneta que se le mezclaron con la fragancia de naranja de sus viajes de antaño:
Se le aparecieron unas piernas delgadas que, mientas iban entrecruzándose lentamente, primero una rodilla y luego la otra, movían unos zapatos marrones, los cuales dejaban ver las suelas donde había una marca de goma verde con un gorila. En el asiento de al lado había una bolsa con un bocadillo y dos naranjas. Su tez iba volviéndose cada vez más blanca. Apoyando la frente en el cristal frío de la ventanilla, para aliviar su malestar, se entretenía mirando las gotas de lluvia que se deslizaban por los cristales.
Aún recordaba lo mal que lo pasaba vomitando en una bolsa de plástico sentada en la primera fila del autocar, mientras los demás niños cantaban.
Iba a casi todas las excursiones que organizaba la escuela o una sociedad recreativa del pueblo, porque quería ver otros lugares, a pesar de que supiera que se iba a marear como una sopa.
Con sus padres nunca fue de viaje, pues ellos empezaron a salir del pueblo, cuando  Frida y sus hermanos fueron mayorcitos. A medida que pasaba el tiempo iban haciendo rutas más largas y pocos años antes de jubilarse incluso se apuntaron a un crucero por el Mediterráneo. Ni sus padres  jamás se habían imaginado viajar con hijos adolescentes, ni a  Frida se ocurrió nunca la posibilidad de hacerlo con ellos.
- Sólo creciendo empecé a apreciar eso que dicen, de que viajando uno aprende mucho, se dijo pensando en la primera vez que salió de España con su amiga Magda.
Frida y Magda, se conocieron en la facultad Biología, el primer día de curso. A las dos les había tocado el turno de tardes y ambas hubieran querido ir de mañanas, pues eran madrugadoras. Al cabo de unos meses Frida se fue con su maleta al piso Magda, quien vivía con su hermana y una amiga. Había una cama libre en el cuarto de Magda, pues una chica que vivía con ellas había vuelto al pueblo.
Frida se fue contenta al piso de estudiantes y enseguida se adaptó al ritmo de sus compañeras, quizás porque ya estaba acostumbrada a compartir habitación, primero con su hermana y luego con las demás compañeras del colegio mayor donde se alojaba.  Frida y Magda se hicieron amigas estudiando juntas, cuchicheando y riendo flojo para no despertar a una de las compañeras de piso, quien hacía prácticas de enfermería y tenía que dormir de día al hacer guardias de noches.
Las dos eran inexpertas en temas de amores, sin embargo eran extrovertidas, curiosas y deseaban conocer a gente nueva.
Por Semana Santa decidieron irse de viaje juntas. Cogieron un autobús que iba directo de Barcelona a París.
Frida se pasó largo rato pegada en el cristal de la ventana al cruzar la frontera francesa, pues tuvieron que esperar un montón a que controlaran los pasaportes.  Ella se entretuvo mirando las gotas de lluvia que caían y pronunciando en voz baja la única estrofa que sabía de memoria. Cuando finalmente el autocar se puso en marcha tuvo una decepción, al ver que aquel país vecino era igual que el suyo: el mismo paisaje, las mismas casas e incluso sus habitantes tenían rasgos muy parecidos a los de la gente de su tierra.
Frida se acomodó cerca del conductor, y para no marearse miraba siempre hacia adelante. Pasaron muchas horas sentadas en asientos incómodos, comiendo bocadillos y pelando naranjas.
Hacía algunos meses que ella soñaba con enamorarse. Antes de ir a vivir al piso de estudiantes, no le importaba no tener pareja, pero en aquella época no sabía lo que le ocurría, no es que quisiera tener novio formal, lo que anhelaba era conocer el mundo de la sexualidad.
Se lo pasaron bien a su manera, pero al no disponer de mucho dinero, prefirieron gastarlo en entradas de museos y monumentos. Cada día para comer compraban una barra de pan, se sentaban en un banco de un parque y abrían una lata de atún o de sardinas.
Les encantó ver París, sobre todo pasear por las calles del barrio latino. Se alojaban cerca de la plaza de la Bastilla, eso les permitió ir andando por todas partes. Por la noche comían algo en un lugar barato y se acostaban temprano de lo rendidas que estaban. Una tarde en una plaza conocieron a dos chicos franceses, bien plantados. Al principio les parecieron simpáticos y agradables. Hablaron un rato con ellos y luego fueron juntos a tomar una bebida. Poco a poco fueron descubriendo que los chicos eran  engreídos y que carecían de cultura, sobre todo cuando el más espabilado dijo:
- Los españoles sois alegres pero falsos, sin embargo aún son peores los italianos, porque son los mayores cantamañanas y charlatanes que hay sobre la tierra.
- ¿Por qué odiarán tanto a los italianos? Se preguntó  Frida.
Las tonterías que dijeron aquellos chicos parisinos fueron otra decepción para ella y enseguida le dijo a su amiga:
- Vayámonos, esos dos son unos fanfarrones.
Quien le iba a decir, sentada en el autobús de vuelta hacia Barcelona que unos meses más tarde se iba a enamorar de un chico italiano.
Frida se levantó del sofá y fue a la cocina para preparase una taza de té.
Mientras sorbía despacio la infusión pensó en el viaje itinerante, por el Norte de Italia, que habían hecho en coche con su marido pocas semanas atrás. Recordó, que a media tarde él le dijo:
- Ahora nos pararemos en Sabbioneta, una ciudad amurallada totalmente nueva, dibujada según la visión funcional y moderna del Renacimiento. Estoy seguro de que te va a encantar.
Luego pensó en lo que les había ocurrido al llegar a Mantova. Dejaron el coche en un aparcamiento cerca de las viejas murallas y se fueron andando hacia el hotel. Estaba anocheciendo, por los callejones había poca gente, pero ellos enseguida apreciaron la belleza de la ciudad. En la recepción del hostal les dijeron que no había ninguna reserva a nombre suyo.
- Madre mía ¿Y ahora qué hacemos? Dijo Frida.
Comprobaron que había habido un fallo en el sistema automático por lo que su reserva estaba registrada para el mes siguiente.
Los dos, con la maleta a cuestas, fueron yendo a todos los hoteles de la zona y llamando a los turismos rurales más cercanos, pero la ciudad durante aquel fin de semana estaba tan abarrotada de forasteros que no lograron encontrar  habitación libre.
- Dormiremos en el coche, se dijeron.
Frida se sentía tranquila junto a su marido, no se había desesperado, al contrario, pensaba que las adversidades hacían parte del viaje.
Un empleado de un pequeño hotel fue muy amable con ellos, fue él quien les contó muchas cosas de la ciudad mientras seguía ayudándoles a buscar hospedaje y el que a las nueve de la noche  halló  un cuarto  libre.
- ¡Qué suerte que tuvimos! Se dijo  Frida sonriendo.
Cuando se desvanecieron aquellos los recuerdos,  cogió de nuevo el libro y antes de abrirlo pensó en las vueltas que había dado su vida desde que decidió trasladarse a  Florencia y luego casarse con aquel chico italiano que conoció por azar en Barcelona. Estaba contenta de seguir viviendo con él en Toscana, donde la mayor parte de la gente era amable, alegre y de fiar.
Miró por la ventana, aún seguía lloviendo.









giovedì 4 maggio 2017

Vellutata di asparagi - Crema de espárragos













Ingredienti per 4 persone

Brodo di verdura

4 patate medie

Un mazzo di asparagi

Una cipolla ( o  porri)

Olio di oliva

Granella di mandorle tostatie  (o di pistacchio / pinoli)

Pepe

  1. Tritate la cipolla e fatela appassire in una casseruola con l'olio.
  2. Tagliate le punte degli asparagi alla lunghezza di circa tre centimetri, tenetele da parte e bollitele per qualche minuto. Tagliate i gambi a pezzetti
  3. Unite gli asparagi spezzettati, le patate tagliati a cubetti e fateli insaporire per qualche minuto con la cipolla.
  4. Aggiungete il brodo vegetale bollente fino a ricoprire, aggiungete il sale e fate cuocere per circa 15- 20 minuti con il coperchio (puó essere usato come brodo anche l'acqua di cottura delle punte).  Poi frullate tutto.
  5. Aggiungete le punte di asparagi e e fate cuocere il tutto per altri quattro minuti
  6. L'aggiunta della granella di mandorle tostate o di pistacchi e  di un po' di pepe renderà la vellutata ancora più sfiziosa.

Crema de espárragos
Ingredientes para cuatro personas:
4  patatas medianas
Un manojo de espárragos
Una cebolla ( o puerro)
Caldo vegetal
Aceite de oliva
Pimienta
Almendras ( pistachos  o piñones) picados

  1. Picar una  cebolla, ponerla en una cazuela con aceite  y  sofreirla
  2. Cortar las puntas de espárragos de unos tres centímetros y dejarlos de lado, luego hervirlas unos minutos ( el agua de la cocción puede usarse como caldo vegetal)
  3. Cortar los tallos de los espárragos en rodajas pequeñas.
  4. Poner en la cazuela los espárragos, las patatas cortadas en cubitos y dejar cocer unos  pocos minutos.
  5. Añadir el caldo de verduras hirviendo, hasta que cubra las verduras, añadir sal y cocer durante unos 15- 20  minutos con la tapa.  Luego  triturarlo con la batidora.
  6. Añadir las puntas de los espárragos y dejarlo hervir pocos minutos más a fuego lento
  7. Antes de servir si se le añade un picadillo de almendras tostadas o pistachos y un poco de pimienta hará que la crema sea aún más sabrosa.




lunedì 17 aprile 2017

El abogado gandul
















Conchita llegó temprano, no había nadie en el apartamento, cosa un poco rara, pues al atardecer solían empezar las idas y venidas, los portazos y el bullicio. Se deleitó entrando despacito para poder escuchar el silencio del hogar. Se sacó el abrigo, lo colgó en el perchero y se fue hacia el salón.
Sabía que poco a poco irían llegando los demás, primero Damián, su marido, luego los muchachos, por eso le gustaba tanto gozar a su manera de los pocos momentos de soledad.
Su primer instinto al abrir la puerta fue tumbarse en el sofá, poner un disco de música jazz y abrir el libro que estaba leyendo, bueno, uno de los tantos que había empezado a leer en aquellos días.
Luego pensó que era mejor apresurarse e ir preparando la cena.
- Al menos cuando lleguen los demás el primer plato ya va a estar apañado, luego en un santiamén aliñaré un poco de ensalada y haré una tortilla, se dijo.
A Conchita no le gustaba dejar cosas pendientes, por eso siempre se hacía listas de lo que tenía que hacer. Otra cosa que a ella le encantaba era ver la mesa puesta cuando por la noche era la última en llegar a casa. Dado que a ella le gustaba tanto aquel gesto, pensaba en que también los demás iban a apreciarlo, por eso se esmeraba en poner con cuidado el mantel,  servilletas,  cubiertos, vasos y platos.
Al acabar las tareas de la cocina se fue al dormitorio y cogió los cuatro libros que tenía encima de la mesita de noche. Puso la pila encima del sofá y empezó a hojearlos. En cada uno, hacia la mitad, había un punto, era un billete de tren o la entrada de un cine. Le gustaba recordar las noches en que ella y Damián iban a ver algún espectáculo. No es que salieran mucho, pues a ambos les gustaba estar en casa y se entretenían haciendo mil cosas; por ello cuando salían, era un  acontecimiento para Conchita.
Observó aquel montón de libros, tomó el de arriba, cuyo título era Los intrusos de Georges Simenon, lo había empezado hacía una semana y por cierto la noche anterior había leído dos capítulos. No sabía porque su mano lo escogía cuando quería relajarse. En realidad en las novelas de Simenon siempre había alguien que moría, pero todo trascurría lentamente y era eso lo que Conchita necesitaba para cerrar los ojos.
Recordaba que la historia se desarrollaba en una ciudad francesa del Norte. A Conchita  le  gustaba imaginar que el protagonista,  un abogado a quien sólo le apetecía holgazanear, fumando y bebiendo vino tinto cerca de una estufa de cerámica, viviera en Rouen, quizás porque ella había ido recientemente a aquella ciudad. El abogado, tras haber sido abandonado por su  esposa quince años atrás, casi nunca salía de casa, trabajaba cada vez menos y se pasaba el día  leyendo libros de filosofía o ensayos políticos; tenía una hija ventiañera con quien almorzaba y cenaba cada día, pero sin apenas dirigirle la palabra; una criada bajita, que odiaba al abogado y hacía las tareas domésticas de mala gana, se ocupaba de todo; hasta que una noche el abogado oyó ruidos extraños en el piso de arriba del caserón destartalado donde vivían.
Cogió la segunda novela, Música para feos de Lorenzo Silva y recordó que lo había comprado en una librería de Barcelona porque le gustaba el título. Se acordó enseguida que los protagonistas, Mónica y Ramón, se conocieron por azar y de que su historia de amor era muy especial; Mónica no sabía  de que trabajaba Ramón, sólo  había entendido que iba a irse fuera del país por cuatro meses a raíz de una especie de misión secreta; por la cabeza de Mónica pasaban mil dudas, pero de una  cosa  estaba cierta: la música estaba de su parte.  Ramón le decía que por el momento no podía decirle cuál era su oficio, tenía confianza en él, pero todo aquel misterio  la entristecía y asustaba. Leyendo  el libro de Silva, Conchita temía que algo malo iba a  sucederle a la pareja, por eso lo dejó para volver a tomarlo más adelante.
Agarró el tercero y recordó que se lo había traído su hija de Madrid. Era una novela de Almudena Grandes, Las tres bodas de Manolita. Al principio a Conchita le daba un poco de cosa empezarlo, siendo una novela de más de setecientas páginas; lo hizo un día que tenía la gripe. Sentada en la cama o en el sofá, envuelta en una manta, le iba enganchando aquella historia tan dura de Manolita y de otros personajes,  que como ella estaban en el bando de los perdedores, recién terminada la guerra civil española. Después de haber leído tres cuartas partes de la novela tuvo que volver al trabajo, por lo cual sólo podía leerla antes de acostarse. Un poco se le hacía incómodo sostener aquel tocho echada en la cama, pero sobre todo lo dejó porque sufría cuando el Orejas, el delator, merodeaba por el barrio madrileño donde vivía Manolita.
- ¿Por qué hace más de un año que la Autobiografía erótica di Aristide Gambia de Domenico Starnone yace en el fondo de la pila? Se preguntó Conchita.
- Quizás porque a veces se me hace un poco aburrido, a pesar de que haya algunos trozos impregnados de erotismo. Se contestó a sí misma
Estaba lleno de historias de sexo, de amor y sobre todo había cantidad de desenlaces, eso también le entristecía y por eso arrinconaba su lectura.
Por último, La romana de Alberto Moravia. Lo compró en un mercadillo, lo hizo porque de joven vio la película basada en esa novela. A Conchita al principio le encantó y le pareció que estaba muy bien escrito, pero también lo dejó porque le daba pena la protagonista, quien un día decidió que iba a ser prostituta al desmoronarse el sueño de su boda con un cantamañanas. La desilusión y la pobreza la llevaron a pensar que lo único que podía hacer era ganar dinero vendiendo su cuerpo.
- ¿Por qué últimamente comienzo a leer un libro y luego lo dejo sedimentar día tras día? Se dijo casi riñiéndose, como si fuera culpable.
- Sin embargo luego los voy terminando; cada uno tiene su tiempo, añadió para consolarse de aquella costumbre suya, tan descabellada.
De repenete se le ocurrió  que también guardaba una novela empezada en la bolsa de deportes: Ti prendo e ti porto via, de Niccolò Ammaniti. Sus dos personajes principales, cuando ella abría la cremallera de la bolsa en los vestidores, parecía que quisieran salir para contar su historia. Ponía el libro en otra bolsita pequeña junto a la cantimplora, el móvil y los auriculares y se iba hacia la sala de las bicicletas. Mientras pedaleaba, leía aquel libro y se sumergía en las desventuras que acaecían a los dos bichos raros  de un pueblo de la costa toscana. Pietro, un niño sensible y  desafortunado, a quien unos gamberros de su clase lo pegaban, le gastaban bromas pesadas y una noche lo obligaron a entrar en la escuela para que escribiera en las paredes frases obscenas de una profesora. Graziano, un trotamundos extravagante, quien un día, mientras trabajaba tocando la guitarra en un local nocturno, tuvo una revelación casi divina: Erica, uno de sus tantos ligues, era la chica ideal para casarse. Graziano decidió volver al pueblo para darle a su madre la gran noticia, sin embargo la chica, que quería ser actriz y se metía en la cama con quien pudiera ayudarla a introducirse en el mundo del espectáculo, jamás llegó al pueblo. Graziano para no defraudar a su madre y a los amigos, se puso a buscar desesperadamente otra novia.
- ¡Qué desastre! ¡Cuántas historias voy dejando sin terminar! Se dijo de nuevo, pero esta vez riendo y sin sentirse culpable.
Luego miró con satisfacción la mesa puesta y ya relajada tomó el primer libro del montón, leyó dos páginas y cuando iba por la tercera sus párpados se le fueron cerrando poco a poco.
Se le apareció el abogado de Rouen sentado en su escritorio. Sus manos se movían con destreza al ponerse un poco de vino tinto en una copa, primero sorbiéndolo poco a poco y después tomándoselo de un trago. Luego con un gesto delicado encendió un cigarrillo y le dijo a Manolita, quien estaba sentada en frente de él, que iba a ayudarla a encontrar al Orejas, el delator fascista, pues había descubierto su punto débil, gracias a Adriana, la Romana.
Al cabo de poco entró en el despacho el secretario del abogado, Aristide, que como segundo empleo escribía autobiografías eróticas para quien se lo pidiera; llevaba una larga barba blanca y caminaba con un bastón, sin embargo su voz estaba llena de ímpetu, cuando empezó a darles consejos a Mónica y a Ramón, quienes estaban sentados silenciosos en el fondo de la sala. Aristide le dijo al abogado que hacía todo ello para que la historia de amor de aquella pareja no se acabara, como en cambio había sucedido con todas las suyas.
Luego el abogado, leyendo unos papeles, les anunció a los presentes que Adriana desde aquel día, ya no hacía de puta, pues se había casado con Graziano.
También les dijo que había logrado sacar a Pietro del calabozo donde lo habían metido por todo el follón de la escuela, pues había demostrado que los culpables eran  dos alumnos maleantes y el bedel mentiroso.
Conchita se despertó al oír el ruido de la llave en la cerradura.
La puerta se abrió y cuando entró Damián,  le dijo:
- Siéntate, quiero contarte  el sueño que he tenido para no olvidarlo.
- Espera,  me quito el abrigo, dejo la cartera en el estudio y vuelvo enseguida, le dijo él.
Conchita cogió un cuaderno y un bolígrafo  que  había encima de la mesa, cerca del sofá y mientras esperaba a Damián se puso a escribir:
Ésta es la historia disparatada de un abogado que a pesar de ser gandul logra meterse dentro de los libros inacabados y consigue rematarlos.