venerdì 1 settembre 2023

Pinar del Río - Cap 9 (en español)

 

A medianoche del primer sábado de luna llena, Felipe le envió a Mariano un coche de caballos para que fuera a recogerlo. Lo conducía un joven mulato, llamado Mauricio, la mano derecha de Felipe. El coche se dirigió hacia Caimito, que estaba a una hora de distancia de la finca donde se escondía Felipe.

Durante el trayecto, Mauricio le contó a Mariano que la casa donde por el momento vivían estaba deshabitada, había sido abandonada por los amos, tras la pandemia y en ella se habían instalado ellos, los revolucionarios pacíficos, como se definía Felipe.

- ¿Y no tenéis miedo de que os descubran y de que os arresten a todos?

- No nos van a denunciar, el dueño de la finca se ha unido a nosotros. Nadie sabe que estamos aquí, pero por seguridad cambiamos de campamento muy a menudo.

- Veo que confiáis en mí. Yo jamás os delataré, apuntó Mariano.

- Felipe confía ciegamente en ti... pero te podrían arrestar y con métodos violentos hacerte cantar. Por eso viajamos de noche para que no te ubiques.

- No te preocupes, yo no tengo un gran sentido de la orientación, ahora mismo no sé en qué dirección vamos.

- Tranquilo, hemos tomado todas las precauciones, le dijo Mauricio.

- Espero que tarde o temprano logréis acabar con la esclavitud.

- Pues mira, algunos terratenientes ya están dando la libertad a los esclavos, sin embargo, hay otros que todavía siguen comprándolos y explotándolos como animales.

Gracias a la inteligencia y paciencia, a la diplomacia y capacidad de actuar de Felipe, bueno, y también de los abogados que trabajan con él, obtendremos la abolición de la esclavitud.

- ¿Y qué me dices de la independencia de Cuba? Le preguntó Mariano.

- Ojalá lo logremos pronto.

- Admiro a los independentistas que no empuñan armas.

Mauricio calló, pues él temía que, tarde o temprano, protestas y pleitos acabarían implicando a los revolucionarios en batallas feroces contra los españoles. Cuando estaban a punto de llegar, pensó en Céspedes que, si al principio esperaba alcanzar una Cuba libre sin derramar sangre, después tuvo que armar a sus seguidores y formar un ejército.

Felipe recibió a Mariano con afecto y alegría, lo abrazó como lo hacía en la Habana, dándole golpecitos en la espalda. Hablaron, bromearon y se trataron como si se hubieran visto el día anterior, en realidad desde su último encuentro habían pasado seis años.

Al cabo de dos horas, Olivia, la mujer mulata que Felipe liberó de la esclavitud, entró en el salón donde a oscuras los dos hombres estaban sentados.

Felipe tardó cinco años en preparar la estrategia para obtener la libertad de Olivia. Logró que una mujer de confianza entrara a formar parte de la servidumbre de la hacienda, de donde él había salido y en donde Olivia era una de las tantas esclavas que recogían hojas de tabaco. Aquella mujer les fue allanando el terreno, pero sobre todo les ayudó la fiebre amarilla, pues en aquella finca, como en las de la vecindad, hubo muchos muertos, entre ellos falleció el dueño. La viuda, como su marido, odiaba a quienquiera que quisiera liberar a los esclavos negros y no fue fácil llegar a un acuerdo con ella.

La dueña del tabacal, más que tener aversión hacia Felipe, la tenía hacia su cuñado, él que les dio la libertad a los esclavos que había heredado de su padre. Sin embargo, la viuda, tras la muerte de su marido, a causa de los problemas económicos que se le presentaban, cedió. Felipe, a través de un intermediario, pues ella no quería verle la cara, consiguió comprar a Oliva. La chica, desde que adquirió la libertad, estaba tan agradecida con Felipe que lo seguía a donde fuera sin rechistar, aunque su vida corriera peligro.

Faltaba poco para la salida del sol cuando Olivia desapareció del salón y se fue a la cocina, dejando a solas a los dos amigos. Felipe y Mariano pasaron todo lo que quedaba de la noche hablando sin cesar. Mariano le contó sus progresos como socio de la tienda de comestibles y del próspero comercio de semillas. Felipe le hizo un resumen de todo lo que había hecho en aquellos cinco años, no paraba de estudiar y de presentar peticiones al gobierno español para que Cuba obtuviera la independencia y para que se aboliera la esclavitud.

Felipe y sus colaboradores habían conseguido que el 18 de febrero de 1880 el Boletín oficial del Estado español emitiera una ley que cesaba el estado de esclavitud en Cuba. Sin embargo, esta ley llevaba una serie de condiciones que ralentizaban el fin efectivo del régimen de esclavitud. Es decir, esa ley no convertía a los esclavos inmediatamente en personas libres, los transformaba en libertos, quienes tenían que pagar una cantidad de dinero elevada a sus patrones para ser completamente libres. Se estableció para los negros recién liberados un periodo de patronato de ocho años, durante los que tenían que seguir trabajando para sus antiguos amos en condiciones muy parecidas a la esclavitud, ya que estaban permitidos los castigos físicos.

- ¿No estás satisfecho con lo que habéis conseguido?

- Hemos conseguido bien poco, le contestó Felipe.

- Algo es algo, verás que tarde o temprano España tendrá que alinearse a las leyes de los demás países.

- ¿Te parece normal que la libertad tenga un precio económico? Eso no puede ser. Estamos exigiendo que el Ministerio de Ultramar acabe con ese sistema ridículo de libertos.

- Vas a lograrlo, Felipe.

- Estoy un poco cansado, Olivia y yo todavía tenemos que escondernos, pero cuando consiga que sea abolida definitivamente la esclavitud, me podré morir tranquilo.

- No digas eso, Felipe. Tú vas a conseguir que mejore la ley de abolición de la esclavitud. Y más adelante que Cuba sea libre, sin derramar sangre.

- Eso sí que será difícil, yo confío en José Martí, como confiaba en Céspedes, pero la memoria histórica me dice que la resistencia pacífica al final conduce a las armas.

- Todos confiábamos en Céspedes.

Felipe se encendió un cigarrillo y casi susurrando le dijo que Carlos Manuel de Céspedes, además de ser un hombre rico y apuesto, que había vivido en Europa y hablaba varios idiomas, era una persona culta y sensible, un poeta, con ideales muy nobles, capaz de estar al día de los adelantos científicos y técnicos, doctrinas filosóficas y movimientos artísticos y literarios y que en la república que deseaba fundar quería una ley que organizara la educación primaria universal, blancos y negros juntos, con profesores ambulantes y escuelas con talleres.

- Sí, era una persona especial, exclamó Mariano, pensativo.

- Para mí era un amigo, pero yo no lo seguí cuando cogió las armas y se unió a otros separatistas más belicosos,

- Sin embargo, el levantamiento de Céspedes fue la mecha que encendió la batalla para obtener la abolición de la esclavitud, ¿no?

- Sí, pero a un precio muy caro. Los esclavos se alistaron en las filas del ejército rebelde voluntaria o forzadamente y fueron carne de cañón. Y aunque en las tropas pelearan blancos y negros en el mismo bando, hubo mucha discriminación racial, le contestó Felipe.

- Dicen que en los dos bandos hubo más de cien mil muertos, entre los caídos en batallas y a causa de enfermedades tropicales. Muchos jóvenes soldados del ejército español recién llegados a Cuba se enfermaban y morían sin llegar a participar en la batalla.

- Sí, fue una verdadera matanza, calló unos segundos y luego Felipe retomó el discurso. - Recuerdo que Céspedes escribió: Entre los sacrificios que me ha impuesto la Revolución, el más doloroso para mí ha sido el sacrificio de mi carácter. - Yo no voy a sacrificarme, la libertad hay que conseguirla sin derramar sangre. Si José Martí declara la guerra a España, yo me retiraré de la organización.

- Te admiro, pero llevas demasiados años escapando. Ha llegado la hora de pensar más en ti y en Olivia.

- Lo intentaré. No sé cuándo podremos volver a vernos, te prometo que en cuánto mejoren las cosas te buscaré, le dijo Felipe.

Al amanecer se despidieron y Mauricio lo acompañó de nuevo a La Habana.

Al cabo de algunos meses, a finales de 1880, Ángel Hernández, dueño de una hacienda de Pinar del Río, se presentó en la tienda de los tres hermanos.

- Me han dicho que trabaja para vosotros un tal Mariano Defaus.

- Sí, voy a buscarlo, está en la trastienda, le dijo Pedro.

Pedro abrió la cortina y llamó a Mariano.

- Tienes visita, le dijo.

- Buenos días, soy Ángel Hernández. He oído que usted es un gran experto en semillas de cereales.

- No hay para tanto, le contestó Mariano, satisfecho por aquellas palabras.

- Yo no sé nada de cereales. Desde que nací a mi alrededor sólo he visto tabacales. ¿Usted sabe mucho, no? Le preguntó sonriendo el terrateniente.

- Bastante. Mi familia cultivaba en España cereales,

Ángel le siguió haciendo otras preguntas y al final le dijo:

- Quiero sembrar trigo en la tierra que he heredado de mi padre e ir sacando las plantas de tabaco. Le necesito a usted para que trabaje en mi hacienda.

Ángel, a los veinte años, le dijo a su padre que quería ir a estudiar a España. Él no vio con buenos ojos que su heredero se fuera tan lejos, pero, siendo una persona inteligente, al final le dio su consentimiento y le costeó los estudios de medicina. Su hermano, en cambio, se quedó en la hacienda para ocuparse de la plantación de tabaco.

El primer día que Ángel asistió a una autopsia se desmayó, la sangre lo mareaba, él pensaba que se iba a acostumbrar, sin embargo, con el tiempo no mejoró su malestar. Aceptó que no tenía dotes para ser médico, pero terminó la carrera para no dejar las cosas a medias. En Madrid conoció a Nieves Herrera, una tarde en que fue al barrio de Lavapiés a comprar un cántaro. Nieves pertenecía a una familia de alfareros, moldeaba piezas y las vendía en la tienda. Ángel, al entrar en la alfarería, se quedó prendado mirando a la hija del alfarero, que estaba arreglando las piezas de barro de los anaqueles. Desde entonces Ángel cada tarde iba a ver a Nieves y un día le declaró su amor. Nieves tenía dieciocho años, Ángel veintidós cuando se casaron. Vivieron pocos meses en Madrid, pues al cabo de poco Ángel tuvo que volver a Cuba con su esposa tras la muerte de sus padres y de su único hermano a causa de la fiebre amarilla.

Ángel aquel día también le dijo a Mariano que tenía buenos capataces y buenos jornaleros, sólo le faltaba un especialista en cereales.

- Le ofrezco un buen trabajo. Si vemos que todo marcha bien y que nos entendemos, podríamos llegar a ser socios.

- ¿Y por qué quiere sustituir las plantaciones de tabaco por campos de trigo?

- Todos me van diciendo que estoy loco, que con el tabaco se gana mucho más, pero yo ya me he consultado con expertos agrarios. Me dijeron que mi tierra es buena para los cereales y que la rotación de los cultivos le iría bien, pues hace demasiados años que se explota sólo con plantas de tabaco... La pobre tierra está que no puede más, por eso quiero dar un cambio radical en la finca. Además aborrezco la esclavitud y no quiero ganarme la vida explotando de forma inhumana a los negros.

- Ya. Tiene toda la razón.

- El azar me ha llevado a poseer una hacienda que tenía que ser para mi hermano; yo le estoy agradecido a mi destino, pero quiero cambiarlo. Les he dado la libertad a todos los esclavos, pero muchos de ellos se han quedado a trabajar conmigo, cobrando un sueldo. Nieves, mi mujer, me apoya en ese proyecto un poco descabellado.

- Lo voy a pensar. Gracias por su oferta, le contestó Mariano, sin poder decir nada más de lo emocionado que estaba.

- Si usted acepta mi propuesta, tendrá un buen sueldo y un porcentaje de la renta de la cosecha. ¡Ah! Se me olvidaba, hay una casita para usted al lado de la nuestra.

Al catalán le cayó bien aquel humilde terrateniente, que no se parecía en nada a los dueños de las fincas de los alrededores. No se lo podía creer que le ofreciera tanto conociéndolo tan poco. Sin embargo, le sabía mal aceptar el empleo y dejar plantados a los tres hermanos. Se había acostumbrado tanto a ellos que le daba pena marcharse. Pau, el mayor, ya se había recuperado de la embolia que sufrió meses atrás, iba a la tienda a despachar, hacía pedidos y llevaba las cuentas. Tras reflexionar varios días, les comentó la oferta que le había brindado Ángel Hernández y les propuso lo siguiente:

- Seguiré siendo vuestro socio. Pero os pondré un ayudante que pagaré yo y cada dos o tres meses volveré a La Habana para ayudaros.

- Corres más detrás de los negocios que de las mujeres. Yo estaría más tranquilo si te escaparas tras una mulata, le dijo Pedro riendo.

- Estamos contentos de que te requieran en una hacienda tan importante. Es una gran oportunidad para ti y yo estoy muy orgulloso de cómo has salido adelante, le dijo Pepe, el hermano taciturno.

- Te echaremos de menos, gracias por todo lo que has hecho por mí, le dijo lentamente Pau, que aún le costaba hablar con la boca torcida.

- A ver si en Pinar de Río encuentras a la esposa con que tanto sueñas.

- No te burles de mi, Pedro. Tendré mucho trabajo y poco tiempo para las mujeres. Cuidaos entre vosotros y no os metáis en líos, les dijo Mariano abrazándolos.

El cuatro de febrero de 1881, Mariano subió al tren, llevaba sólo una maleta y un pequeño baúl con todas sus pertenencias, se sentó en un vagón de tercera clase y esperó que la locomotora se pusiera en marcha hacia San Cristóbal. Mariano, como su padre, José Defaus Ballesté, era puntual, solía ir a la estación una hora antes de que el tren saliera.

Mientras miraba por la ventanilla las idas y venidas de la gente en los andenes, pensó en su primer viaje en tren a Barcelona, corría el año 1872.

- ¡Cuántas vueltas ha dado mi vida desde entonces!, murmuró.

Mariano estaba ilusionado e impaciente por mudarse a la finca de Ángel Hernández. Sin embargo, sentía un leve dolor de barriga, el mismo que notó el día en que se marchó de Malgrat. Dio la culpa de aquel leve malestar al hecho de que estaba alejándose de La Habana, del puerto donde tantas veces imaginó que zarparía para volver a su tierra.

Siguió hasta Pinar del Río en una diligencia de caballos, pues todavía no se había acabado de construir aquel tramo ferroviario, que en 1894 fue inaugurado.

Mariano llegó al atardecer, allí lo esperaba un coche de caballos guiado por un cochero que lo llevó a la finca de Ángel Hernández, llamada Esperanza, situada entre Las Ovas y Puerta de Golpe, a pocos kilómetros de Pinar del Río.

- “Esperanza será mi hogar. Me gusta ese nombre”, pensó viéndolo escrito sobre la verja de la entrada.

Los dos esposos lo estaban esperando. Lo acogieron como si fuera uno más de la familia y le entregaron la llave de la casita donde él iba a vivir. La primera cosa que hizo Mariano en la nueva morada, fue escribir una carta a Isabel.


Finca Esperanza, 4 de febrero, de 1881

Querida Isabel,

te envío mi nueva dirección para que puedas escribirme. Ya no vivo en la Habana. Me ofrecieron un buen trabajo en una finca llamada Esperanza, que está a pocos kilómetros de Pinar del Río...

Las cosas me están saliendo bien. Sin embargo, estoy apenado por haberte dejado y siento el vacío de tu ausencia. Me arrepiento de mis indecisiones. María, cansada de esperarme, se casó con el viudo Valls y yo ahora, ya ves, me he quedado solo. Los dueños de la hacienda Esperanza se portan muy bien conmigo. He tenido suerte.

¿Cómo estás? ¿Y tu tía? Hace mucho que no recibo una carta tuya. ¿Quizás no haya quien te la escriba? Espero que encuentres un hombre que te quiera y te respete, te lo mereces.

Un abrazo de tu sincero amigo.

Mariano Defaus Moragas







domenica 20 agosto 2023

María - Cap 8 ( en español)

 


Desde que Mariano empezó a tomarle cariño a Isabel, pensaba menos en María, la chica catalana que conoció en el barco. Saliendo con aquella muchacha cubana, perdió la costumbre de sentarse en la puerta de la farmacia, esperando con ansiedad a que llegara el cartero. Hasta que una mañana le llegó la carta que tanto esperaba. Rasgó el sobre y sacó las dos hojas de papel fino con mucha ilusión. Leyó con impaciencia las primeras líneas y se enteró de que María había estado muy enferma, se paró y suspiró, pero luego, a medida que seguía leyendo, le faltó el aire y tuvo que sentarse.

La señora Valls, fue la primera de la finca en contagiarse y falleció antes de que llegara el médico. María enfermó pocos días después y estuvo varias semanas entre la vida y la muerte. El señor Valls, tras enterrar a su mujer en la parte del jardín más apartada de la finca, se ocupó de María día y noche, no quiso de ninguna manera que nadie más la atendiera. La cuidó con esmero y poco a poco ella se fue restableciendo.

Cuando María ya estaba del todo recuperada, el señor Valls y Alfredo, el mayordomo, cayeron enfermos, uno detrás de otro. Los dos hombres habían vivido muchos años bajo el mismo techo, primero en Cataluña y luego en Cuba. Alfredo había visto nacer a su dueño y le tenía un gran aprecio, habría dado su vida por él. A pesar de sus evidentes síntomas de calentura e ictericia, Alfredo cuidó a su amo, hasta que se desmoronó y empezó a delirar, entonces María se ocupó de ellos. De noche estaba horas y horas a la cabecera de los dos hombres, les ponía trapos mojados en la frente, les daba agua y les susurraba que poco a poco iban a curarse. María rezaba para que se pusieran buenos. De día descansaba unas horas, dejando a los dos enfermos en manos de una sirvienta que ya había pasado la enfermedad.

El señor Valls, después de una semana de fiebre altísima, empezó a bajarle la fiebre, pero tuvo que guardar cama algunos días más, pues estaba muy débil y con la piel tan amarilla que no se sabía si viviría, pero al final se salvó. Alfredo, como la mayor parte de la servidumbre, no tuvo la misma suerte, murió en los brazos de Ramón Valls, quien quiso enterrarlo junto a Eulalia, su esposa, aun sabiendo que ella lo detestaba.

La fiebre amarilla causó muchos muertos, sobre todo en las plantaciones donde los esclavos vivían amontonados en barracones. Durante más de dos siglos (del XVII al XIX) la fiebre amarilla fue una misteriosa enfermedad que asolaba las zonas tropicales de América y África causando devastadoras epidemias. Nadie sabía de dónde había salido aquella plaga, ni cómo curarla.

Tuvieron que pasar algunos años hasta que las universidades empezaran a ocuparse de la pandemia, entre 1883 y 1897, varios científicos creyeron haber identificado al agente causante, pero sus teorías no encontraban consenso. Unos años más tarde, un equipo de cirujanos y microbiólogos cubanos empezó a trabajar en torno a una hipótesis: los mosquitos servían como huésped intermedio del parásito de la fiebre amarilla. A comienzos del siglo XX, distintas investigaciones buscaron identificar la causa de la transmisión, pero a través de unos métodos ciertamente cuestionables, pues algunos médicos y voluntarios, que se dejaron inocular los gérmenes de la enfermedad, dieron su salud y su vida por la ciencia y sólo muchos años más tarde se descubrió que ese parásito era un virus.

Después de la epidemia, la finca de los Valls cayó en desgracia y los pocos criados y jornaleros que se salvaron huyeron. Gran parte del ganado, caballos, vacas, bueyes y toros, fue robado, algunas reses murieron, otras escaparon. María también hubiera podido abandonar la granja, sin embargo, no tuvo agallas para hacerlo. Sintió el impulso de escapar e ir a buscar a Mariano a La Habana, pero al final decidió no moverse de allí, para ayudar al señor Valls, que se había quedado completamente solo. María, la chica enclenque, a quien llegando a Cuba le daba miedo cualquier cosa, se puso al frente de la hacienda ganadera de los Valls.

Los meses iban pasando. Ramón Valls se recuperó completamente y con la ayuda de María empezó a ocuparse de las tareas de la granja. Compraron ganado, caballos, vacas, bueyes y cerdos, contrataron a una nueva cocinera, a un puñado de criados y a una patrulla de jornaleros y de nuevo pusieron en marcha los corrales.

En aquellos días el señor Valls no paraba de alabar a María, diciéndole que había sido su ángel salvador. Sentía ternura y amor por aquella chica tan leal que le había salvado la vida y la hacienda. Al cabo de pocas semanas le pidió que fuera su esposa. María, después de la muerte de la señora Valls, empezó a tenerle apego a Ramón Valls. El haberse cuidado mutuamente durante la enfermedad los unió férreamente. Eran felices como dos niños a quienes se les ha dado libertad, después de un castigo, se sentían a sus anchas sin la enfadosa e impertinente señora Valls, que jamás había soportado vivir en Cuba y que se enojaba y reñía con todo el mundo. María aceptó sin titubeos la propuesta de matrimonio de su amo.

Leyó tres veces la última parte de la carta, para intentar vislumbrar un destello de esperanza, pero no lo logró.


… me sentía sin fuerzas, pero tenía que resistir, pues en la granja íbamos cayendo uno a uno. No te puedes imaginar lo horrible que fue, no sabíamos en dónde enterrar a los muertos. Pero ahora, gracias a Dios, todo ha pasado. La carta en la que me pedías si quería ser tu esposa, me llegó hace pocos días, me alaga que me aprecies tanto, pero en su día tomé mi decisión de casarme con Ramón Valls y no creo que de haber recibido tu carta antes hubiera cambiado algo. Ramón se ha portado muy bien conmigo, le estoy muy agradecida y estoy empezando a amarle. En el barco yo también me sentí atraída por ti, pero luego estuvimos separados demasiado tiempo. Yo te estuve esperando cinco largos años, pero todo cambió tras la fiebre amarilla. Me gustaría que vinieras a la finca. Ramón sabe que nos escribimos y estaría contento de que vinieras a vernos. Es muy buena persona. Espero que estés bien y que logres realizar tus proyectos.

Te recordaré siempre.

María Plana y Tarrades


Mariano estuvo dos días reflexionando antes de contestar a María, cuando lo hizo le prometió que cuando la guerra acabara alquilaría un coche de caballos para ir a verla, pero que en aquel entonces no podía hacerlo, pues la situación política de Cuba en lugar de mejorar iba empeorando.

- Voy perdiendo a las personas que más quiero. He tardado demasiado en ir a buscar a María... tenía que haberme decidido antes, se dijo desconsolado.

Sin embargo, al cabo de unas semanas reaccionó y se animó pensando en que ya era hora de volver a Cataluña.

- He de preparar bien mi vuelta a casa, se dijo bastante convencido, a pesar de que temía que llegando a España lo podían detener.

En 1876 se dio por terminada la tercera guerra carlista, pero en realidad hasta principios del año 1878 en Cataluña se siguió luchando, sobre todo a través de guerrillas sanguinarias que provocaron centenares de muertes en los dos bandos. Por consiguiente, Mariano tuvo que demorar otro año más su visita a María y su salida de Cuba.

Siguió trabajando en la Farmacia, pero a regañadientes, pues no se llevaba muy bien con Josep, el sobrino de José Sarrá que se encargó de la farmacia después de la muerte del tío. Ignacio, el otro sobrino, volvió a España, airado, pues su tío no lo había nombrado en el testamento. Mariano echaba de menos a su antiguo benefactor y amigo, que había vuelto a Barcelona, para cuidar a su mujer enferma, sin embargo, fue él, y no su esposa, que a los pocos meses falleció de un ataque al corazón. Antes de que José Sarrá se muriera, Mariano le escribió algunas cartas, pero nunca le comentó el mal carácter de su sobrino, pues no quería apenarlo.

Josep era un hombre joven e inteligente pero muy nervioso, dormía poco y trabajaba de noche buscando remedios para las enfermedades tropicales. Llevaba siempre una bata blanca y no se sacaba nunca sus anteojos de miope, valía mucho como químico farmacéutico, pero no sabía tratar a la gente, era huraño y quisquilloso con todo el mundo. Gritaba y no tenía paciencia con nadie, solo se deleitaba haciendo experimentos en su laboratorio o limpiando las jaulas de sus pajaritos. Mariano a veces lo observaba y no entendía cómo un hombre tan cariñoso con sus canarios fuera tan malhumorado con sus empleados. Era un solterón empedernido que cada mañana se enfadaba con la cocinera, que era por cierto una mujer mulata, muy cumplidora y agradable.

Mariano oía los reproches que Josep hacía a la cocinera: - No entiendo qué te cuesta hornear una hogaza y prepararme un par de rebanadas de pan con tomate. ¡Te sale una birria! Y no es culpa de la harina o del agua de La Habana.

Luego se calmaba y le decía sin gritar tanto:

- Hace semanas que te lo llevo diciendo, ponle maña, pero tú como si nada.

El sobrino del señor Sarrá había cambiado varias veces de cocinera, pero siempre estaba insatisfecho y se quejaba de todas.

- ¡Pobres cocineras! ¡ Y qué paciencia que tenemos que tener todos con ese hombre protestón! Se decía Mariano cada vez que oía su voz chillona.

A Mariano Josep le hablaba en catalán y a él no le gritaba casi nunca; era sobre todo con la servidumbre que sacaba su mal carácter.

Un día Mariano oyó en la Farmacia que un cliente, un señor de Reus, le decía a Josep que buscaba un contable. Mariano no se lo pensó dos veces y al día siguiente fue al almacén del comerciante catalán, que compraba tejidos en Cataluña y los vendía en Cuba, para hablar con él.

A principios de 1878 consiguió un empleo en el despacho del señor de Reus y alquiló un cuartucho en la calle de San Ignacio.

Tras algunas peripecias, logró dejar la farmacia, pero a Josep le molestó mucho que se fuera.

- ¡Qué desfachatez! ¿Así nos pagas por todo lo que los Sarrá hemos hecho por ti? Si sales por esa puerta, olvídate de mí, jamás podrás volver, le gritó Josep.

Mariano se marchó alterado por las palabras del farmacéutico, olvidándose que había escondido sus monedas de plata en una viga de la trastienda. Para poder recuperarlas, tardó varios meses, tuvo que sobornar a un criado, pues Josep ordenó a la servidumbre que no lo dejaran entrar por ningún motivo.

El señor barrigón de Reus resultó ser un refunfuñón, pero Mariano aguantó varios meses trabando en su despacho, pues no quiso de ninguna manera reconocer que se había equivocado dejando la farmacia. María seguía escribiéndole cartas, lo invitó varias veces a la finca pero Mariano fue postergando la visita.

El rey Alfonso XII, hijo de Isabel II, después del fracaso de la República reinó en España y en 1878, puso definitivamente fin a las guerrillas carlistas. En Cuba, el conflicto entre la madre patria y los separatistas tuvo también unos años de tranquilidad. Por fin, en febrero de 1878, se firmó un deslucido pacto entre los españoles y los separatistas, agotados por la contienda, un acuerdo sin valor que no resolvía nada y concedía muy poco a la causa rebelde. Indignado y desilusionado, Maceo dio a conocer su disconformidad en la Protesta de Baraguá, pero, tras un breve intento frustrado de reanudar la guerra en 1879 (la llamada guerra chiquita), tanto Gómez como él desaparecieron en un exilio prolongado.

Mariano, aprovechando el período de paz en ambos países, pensó de nuevo en que había llegado el momento propicio para dejar el empleo de contable y volver a España; sin embargo, las cosas fueron de otra manera.

Mariano estaba esperando que Miguel y el Capitán regresaran a La Habana para embarcarse en su navío, pero una mañana se presentó Pedro, en la oficina donde Mariano trabajaba, para ofrecerle que entrara en la sociedad comercial que fundó años atrás con sus hermanos. Le dijo que lo necesitaban, pues Pau, su hermano mayor, había caído enfermo. Una embolia cerebral le había dejado paralizada la parte derecha del cuerpo. Desde siempre él se dedicaba a comprar género y a llevar las cuentas.

- Pepe y yo sólo sabemos despachar, por eso te necesitamos, le suplicó Pedro.

Mariano no podía perderse aquella oportunidad, por eso postergó de nuevo su viaje a Barcelona y se trasladó a vivir a la calle Mercaderes, al lado de la tienda de los tres hermanos. Estaba satisfecho, finalmente podía dedicarse al comercio de semillas.

Telegrafió a Miguel para que le trajera semillas de España. Cuando Miguel y el Capitán llegaron a La Habana, fue una gran alegría para él poder abrazarlos y descargar la mercancía que les había pedido. Pagó con sus monedas de plata los sacos de semillas y en seguida los fue vendiendo. Más tarde también comerció con patatas de siembra y poco a poco la tienda empezó a florecer.

En 1880 recibió una carta de Felipe. La carta llegó a la tienda una mañana de primavera. Estuvo muchas horas sin leerla, pues tenía miedo, recordando el desengaño que tuvo leyendo la tan esperada carta de María. Por la noche, a solas, abrió el sobre y empezó a leerla.

Felipe le contaba que vivía escondido en la campiña, que no le podía decir dónde y le hablaba entusiasmado de José Martí.


… Cuando ha llegado la hora, ha aparecido el hombre que necesitábamos. José Martí es sencillo, generoso y listo, es un poeta, un visionario e intelectual (ha estudiado en Cuba y en España). Se ha convertido para todos los que queremos una Cuba libre en una figura patriótica. Entregado por entero a la causa de la resistencia pacífica, Martí escribe, dialoga, eleva peticiones y organiza la independencia de Cuba… Yo le ayudo y creo en él. Espero que se llegue nunca más a las armas…

Me haré vivo dentro de poco, si todo sale bien, vendrá a buscarte un coche de caballos, al anochecer del primer sábado de luna llena.

Un abrazo.

Felipe























lunedì 31 luglio 2023

Isabel - Cap. 7 (en español)

 


Tras la caída de Céspedes en batalla en 1874, la guerra entre españoles y separatistas se prolongó cuatro años más, hasta el punto de que la economía cubana se desplomó y hubo más de 200.000 víctimas. En España las cosas no iban mejor, la tercera guerra carlista tampoco tenía fin.

Para Mariano, la caída de Céspedes y con ello la desaparición de Felipe, fue un golpe duro. Aquel año y los cuatro que vinieron fueron los más negros de su vida, se sentía huérfano de amigos, pues tampoco veía mucho a Miguel y al Capitán, quienes por aquel entonces, empezaron a hacer nuevas rutas, más seguras y rentables, hacia Colombia y Venezuela.

Estaba insatisfecho por el poco éxito que tuvo su búsqueda de trabajo en el ramo comercial, pero estaba muy agradecido con el farmacéutico Sarrá y siguió trabajando en su farmacia hasta que José Sarrá, tras enfermar su esposa, se trasladó definitivamente a Cataluña a finales de 1876.

José Sarrá sabía que era un mal momento para embarcarse, además Josep, uno de sus sobrinos y socio suyo, con quien siempre se había avenido mucho, empezaba a hacer rarezas, pero no podía dejar a su mujer sola en Barcelona. En el puerto, Mariano se emocionó despidiéndose de la persona que más le había ayudado a huir de España y a instalarse en La Habana, tuvo que esforzarse para no llorar.

- Volver, volver... he de hacerlo pronto, pues no quiero entrar en un hoyo negro sin lograr salir de él, se dijo.

Regresó a casa cabizbajo, sin el señor Sarrá se sentía aún más desamparado, pero se animó pensando que todavía tenía a María y se puso a escribirle una carta.

Mientras lo hacía le cayó una lágrima, se desahogó contándole su ansiedad. Al despedirse le prometió que en cuanto tuviera un buen trabajo la sacaría de la mansión de los Valls.

Mariano aquel día también escribió una carta a su madre, pero evitó contarle los acontecimientos nefastos de la isla. Escribiendo se apaciguó.

Luego se quedó embobado mirando la pluma estilográfica que le regaló su padre el día que cumplió dieciséis años y pensó en las palabras que él le dijo entregándole aquel valioso regalo:

- Ya eres un hombre y pronto vas a sustituirme en muchas mansiones. Serás tú el que lleve adelante la Sociedad Granos y Semillas José Defaus Ballesté. Recuerda que los hombres de negocios llevan consigo una pluma buena.

En las semanas sucesivas Mariano estuvo impaciente, esperando que el cartero le entregara una carta. Sin embargo, desde que la situación política empeoró, las cartas se iban retrasando mucho. Un día le llegaron dos cartas de su madre, varios meses después de haber recibido la última.

Desde que dejaron de llegarle las cartas de María, la cara de Mariano denotaba pesadumbre y melancolía. Él había idealizado a María, la chica tímida que había conocido y tratado bien poco en el barco, sólo en los últimos días de la travesía se contaron, bajo las estrellas, las peripecias de sus vidas desarraigadas.

En las primeras cartas no se atrevió a pedirle que se casara con él, pero carta tras carta iba preparando el terreno. En la última se lo pidió, pero no recibió respuesta.

Durante aquellos largos meses no salía mucho de casa y cuando lo hacía no lograba relacionarse con otras mujeres. Por otro lado, Pau, Pepe y Pedro, llevaban una vida desenfrenada, cada noche se emborrachaban y se gastaban todo lo que ganaban en los prostíbulos.

La primera vez que los tres hermanos le dijeron a Mariano que jamás se iban a casar, pensó que bromeaban, pero muy pronto comprobó que la cosa iba en serio.

Una noche salió a tomar una copa de ron con ellos. Pedro en seguida se lió con la muchacha más guapa del local. Pau, el hermano mayor, se puso a bailar con una mujer de unos cincuenta años pero muy llamativa. Pepe, el taciturno, aquella noche estaba dicharachero y parecía que no tenía prisa en buscarse una chica. Se sentaron en una mesa del fondo del local y le contó la historia de su familia:

Los tres hermanos se criaron solos. El padre estuvo en la cárcel mucho tiempo, lo detuvieron a finales de los años treinta por sus ideas progresistas, Pedro no tenía ni siquiera un año. La madre y la abuela, mujeres andaluzas, tiraron adelante como pudieron, pero la tienda iba perdiendo clientela cada día y ellas se desesperaban. Pasaron muchas estrecheces y los niños sufrieron sin padre. Crecieron entre sacos de patatas, lentejas y garbanzos, la tienda era su hogar y los tres empezaron a ayudar a su madre. El padre volvió a casa cuando los tres ya eran mayorcitos. Al cabo de varios años, cuando las cosas en la tienda iban mejorando, lo detuvieron de nuevo, durante La Gloriosa, la revolución que destronó a la reina Isabel II, pero él estuvo poco tiempo en la cárcel. Era un hombre idealista que creía en la revolución, pero era muy impulsivo. Ninguno de los tres hermanos se le parecía a él, no les interesaba la política. No querían tener hijos para que sufrieran como ellos.

- Estando siempre juntos podéis echaros una mano. Se os ve muy unidos, le dijo Mariano.

- Eso sí, nos ayudamos en todo.

Él se sentía solo y desamparado, el señor Sarrá, Miguel y Felipe, sus amigos del nuevo mundo, estaban muy lejos.

- Bueno, solo, solo, no estoy, los tres hermanos intentan sacarme de casa, a su manera me ayudan, se dijo para animarse.

Sin embargo, sintió un malestar raro, como si estuviera mareado a pesar de que había bebido bien poco. Se levantó, mientras Pedro estaba sentándose de nuevo en la mesa.

Dejó plantados a los hermanos y cruzó de prisa el umbral de la puerta de la taberna.

- Pero, hombre, quédate un rato más, ahora viene lo mejor, le gritó Pedro.

Mariano empezó a correr. Cuando llegó a casa se echó a la cama, pero le costó dormirse, preguntándose obsesivamente, por qué María seguía sin contestarle.

Los meses iban pasando y Mariano cada vez estaba más insatisfecho de la vida que llevaba; sin embargo, una noche se dejó convencer por los tres tenderos para ir de parranda con ellos.

- Esta vez no dejaré que te escapes, le dijo Pedro.

Entraron en una taberna llena de gente, donde se bailaba al son de melodías caribeñas que tocaban dos músicos negros. Una mulata sacó a bailar a Mariano. Era guapa, pero no tan llamativa como las otras mujeres que se movían de forma insinuante. Llevaba el pelo recogido en un moño, un vestido sencillo y mostraba una sonrisa cautivadora.

Le fue enseñando a Mariano pasos de baile que no conocía. Él se dejó llevar por aquella muchacha tan atractiva. Los dos bebieron más de la cuenta y terminaron medio borrachos en un camastro de una pensión del puerto. Mariano era la primera vez que se acostaba con una desconocida y se sintió culpable, como si hubiera cometido una acción mala o injusta.

Isabel, así se llamaba la muchacha que yacía a su lado, era la criada de una modista española. En seguida le contó que por las noches iba a bailar a los tugurios del puerto, para ganar algún dinero que enviaba a su tía. Los hombres le daban propina, pero aquella noche ella no quiso aceptar ni una moneda de Mariano. Desde entonces, él a menudo iba a verla bailar, ella seguía sin querer que él le pagara nada, sin embargo, Mariano le traía regalos, manjares, enseres para la casa o productos de la farmacia que ella casi siempre los vendía en el mercado negro del puerto.

Un atardecer, mientras paseaban, Isabel le contó a Mariano que era hija de Awelia, una esclava que llegó de África a los diez años.

- Me horroriza pensar que unos pocos seres humanos arrancaron a miles de africanos de su tierra, les quitaron la libertad y los trataron con tanta crueldad, le contestó Mariano, pensando en Felipe.

- Y lo malo es que aún siguen haciéndolo, me duele pensar en que todos los negros y mulatos que vivimos en la isla o somos esclavos o descendemos de ellos.

- Me avergüenza haber nacido en la misma tierra que algunos esclavistas, le dijo Mariano apenado.

- Mi madre, como te puedes imaginar, pasó las penas del infierno, pero sus agallas le salvaron la vida.

Awelia, que en seguida todos llamaron Amelia, fue atrapada por unos negreros, llevada a Cuba y vendida a un terrateniente español que poseía una enorme plantación de caña de azúcar. Ella nunca había visto a tantas personas juntas trabajando, ni tantas extensiones de tierra cultivada, lindadas por hileras de plátanos. Le dieron un machete para que cortara cañas de sol a sol. Los esclavos cantaban para no morirse de dolor, pues además de ser obligados a trabajar como animales, eran tratados a latigazos. Amelia no se desesperó, intentó adaptarse al régimen de aquella prisión. Las mujeres de su barracón al principio la acogieron con recelo, pero pronto se dieron cuenta de que valía para cuidar a los niños que caían enfermos; la chiquilla observaba y aprendía muy deprisa cualquier tarea sin rechistar. Escuchando a los capataces aprendió español. La muchachita en pocos meses creció de golpe.

Un atardecer, Amelia se quedó petrificada de terror cuando uno de los esclavos se suicidó tirándose dentro de un abrevadero de refinamiento del jugo de azúcar. También le impresionaron las enfermedades que provocaban la muerte de los esclavos, una de las mayores causas era la deshidratación. También tuvo que superar su pavor hacia las ratas y serpientes que corrían entre las cañas.

A los quince años Amelia se quedó embarazada, no supo nunca quién era el padre de su hija, pues fue violada varias veces por los capataces. Sus compañeras de barracón le dijeron al saberlo:

- Cándida te puede ayudar a abortar.

Amelia no escuchó a aquellas mujeres, pero fue a hablar con Cándida, la partera del ingenio azucarero, para que la ayudara a parir. La niña nació sana y, tras pedir permiso a los dueños, se la entregó a Rogelia, una mujer bondadosa que iba a la finca a predecir el futuro de los señores. Cada mes la adivina le traía a la niña, para que pasara un rato con su verdadera madre. Los amos estaban de acuerdo en que Rogelia criara a la niña, pero seguiría siendo de su propiedad y cuando pudiera trabajar tendría que volver a la finca, esos eran los tratos. Amelia consiguió que registraran a su hija con el nombre de Isabel.

Amelia, un día, rescató a un recién nacido que estaba ahogándose en una acequia. La niñera lo dejó en la vera del canal de riego mientras se bañaba, el niño que tenía siete meses y que era muy vivaracho se dio la vuelta y se cayó al agua. Volviendo a las barracas, agotada después de una jornada infernal, solía encontrar a la niñera que paseaba y se le acercaba para juguetear con el niño. En aquella ocasión fue muy rápida en salvar al bebé, nadie supo cómo se lo hizo.

Como recompensa, el dueño le dio la libertad a su hija Isabel. Amelia era feliz, había conseguido que su hija fuera libre, la cosa que más anhelaba. Rogelia crió a la niña. Isabel heredó de su madre la belleza y la fuerza de carácter. Pasaron los años e Isabel se transformó en una chiquilla muy guapa. Amelia le recomendó que no se pusiera vestidos escotados, no sólo para no atraer a los hombres blancos, sino también a los jóvenes esclavos que a veces no lograban contener sus impulsos sexuales y acosaban con violencia a las esclavas.

A Isabel no le valió de nada ser pudorosa y modesta; una tarde fue violada por uno de los capataces, uno de los hombres que también había ultrajado a Amelia.

Isabel se lo ocultó a su madre para que no se apenara, pero se prometió a sí misma que tarde o temprano iba a vengarse de aquel hombre malvado, cosa que nunca lograría hacer.

Pocos meses más tarde, los amos de la hacienda la enviaron a la Habana, a casa de una prima de ellos, una modista. Limpiaba, cocinaba y se ocupaba de la compra. La modista le daba de comer y de dormir y a veces le caía alguna moneda.

- Mi madre estaba muy orgullosa de mí, para ella que yo fuera la criada de una española era un salto social muy grande, pero nunca supo que yo bailaba en las tabernas, eso no le hubiera gustado. Murió de una fiebre misteriosa pocos años más tarde, en la barraca de la hacienda donde había vivido la mayor parte de su vida, dijo Isabel con tristeza.

- A mis padres, tampoco les hubiera gustado saber que estoy saliendo contigo, le dijo Mariano.

- ¿Por qué soy mulata?

- No, qué va, no es por eso, es porque no he sido sincero contigo.

- ¿Qué quieres decir?

- Te he ocultado que tengo un compromiso con otra mujer, con María, una chica catalana que conocí en el barco, era y sigue siendo la doncella de una señora rica, la señora Valls. Nos carteamos, le he prometido que la sacaría de la finca y que me casaría con ella.

- Aunque hayas tardado tanto en decírmelo, ahora has sido sincero, te lo agradezco. Muchos de los hombres con quienes he salido me han usado y, cuando se han cansado de mí, me han dejado plantada sin darme explicaciones.

- Isabel, cuanto lo siento, quisiera no estar comprometido con otra, le dijo Mariano.

- No te preocupes por mí. Dentro de pocos días voy a dejar la ciudad.

- ¿Por qué ? ¿Y vas a dejar plantada a la modista ? ¿Y adónde vas a ir?

- Ya llevo tiempo pensando en irme a Santa Clara, donde vive mi tía Rogelia, para ir a cuidarla. Ella me crió, se lo debo. Me daba apuro decírtelo. Por la modista no te preocupes, el otro día me comunicó que va a cerrar el taller y va a regresar a España.

- Isabel, eres muy valiente, te admiro. Has sido y sigues siendo muy valiosa para mí, no quiero perderte.

- No nos perderemos. Encontraré a alguien que me escriba mis cartas... También me daba vergüenza decirte que soy completamente analfabeta.

- No te preocupes, yo te escribiré, le susurró Mariano, besándola en la boca por última vez.