domenica 11 novembre 2018

Cena con ópera













Hay días que nacen enrevesados, incluso puede que se vuelvan agobiantes y no hay quien los cambie, sin embargo otros que al principio parecen aburridos o insignificantes al final se vuelven especiales. Eso le pasó a Paula aquella noche.
Su vida, como la de cada uno quien trabaje, iba deprisa, se le escapaba de las manos. Los hijos casi treintañeros se habían ido de casa, la mayor vivía en otro país, al pequeño le costó más mudarse, pero lo estaba consiguiendo.
Su marido últimamente no paraba nunca por casa, estaba ocupado mañana y tarde; en realidad estaba jubilado, sin embargo, siendo muy mañoso ayudaba a unos y a otros a reformar la vivienda.
En aquella época estaba acabando las obras del apartamento del hijo pequeño. Dinero había poco, tras la entrada que habían debido pagar para comprar la vivienda y no digamos la hipoteca; por eso las obras se las iban haciendo poco a poco ellos mismos, con la ayuda de un albañil y un electricista.
Paula trabajaba como profesora, pero intentaba recortarse ratos para sus aficiones, eso le frenaba el tiempo inexorablemente escurridizo.
De vez en cuando le gustaba quedarse en casa, preparando clases, escuchando la radio, leyendo o  dedicándose a la cocina. Aquel día volvió del trabajó más tarde de lo que había previsto. En casa no había nadie. Pensó con añoranza en los días en que su marido le preparaba la cena y se dijo:
- ¡Qué gusto llegar a casa y oler un guiso apetitoso!
Luego se imaginó otro escenario, en donde ella vivía sola, como algunas de sus amigas recién separadas. Seguramente de estar sola no hubiera puesto la radio, habría encendido el televisor, para sentirse más acompañada. Ni siquiera hubiera empezado a preparar la cena, ni a poner la mesa. Habría comido una tontería, quizás un poco de pan  tostado, tomate y queso.
En lugar de sentarse y recalentar alguna vianda del congelador, empezó a guisar unas verduras y a poner en una vasija un poco de requesón, mantequilla y trufas ralladas.
Puso la radio y la gran sorpresa para Paula fue que anunciaron que a las ocho en punto darían en directo la obra lírica, Cenerentola de Rossini, la misma que ella y su marido irían a ver aquel fin de semana.
Esa coincidencia que le brindaba el azar la puso de buen humor, subió el volumen de la radio y esperó a que empezara el primer acto.
Aquel día, que había nacido insignificante,  estaba volviéndose más interesante.
Llegó su marido cansado, pero satisfecho de lo que había hecho. Le contó a Paula que estaba montando los muebles de la cocina y que no era nada fácil.
- ¡Qué olorcito más bueno! Me voy a duchar. Dentro de diez minutos  ya voy a estar listo. Tengo un hambre de lobo.
Paula puso la mesa con un mantel de los buenos y abrió una botella de vino tinto joven.
Era un miércoles y la mesa parecía la de un día de fiesta.
- ¿Pongo la tele y apago la radio? Le preguntó él
- No, esta noche quiero cenar con una ópera lírica, le dijo ella.
Mientras Paula estaba sirviendo los platos, el locutor acabó de contar la historia de la obra y empezó la entrada del primer acto con una música estupenda.
Paula se estremeció y sintió un gran placer en sus entrañas.
El marido le dijo:
-  ¡ Paula, hoy te ha salido muy buena la pasta! ¿Por qué estás tan  contenta ? ¿Te ha ocurrido algo de bueno?
- Si, he caído en la cuenta de que  a pesar de que haga más de cuarenta años que compartimos mesa y cama, aún logramos disfrutar cenando juntos. 








giovedì 1 novembre 2018

Apuntes de Lanzarote














Alicia, el verano en que cumplió sesenta años, se obstinó en ir de vacaciones a Lanzarte. Quería cambiar, pues desde hacía cantidad de años solía veranear en un pueblo de la costa catalana. Todo el mundo le iba hablando de las Canarias, pero ella aún no había estado en las islas. Los españoles suelen ir allá en invierno por el clima suave o en verano porque hace fresquito, algunas parejas escogen una de las islas para su viaje de novios, además todo el año desde la península salen vuelos bastante baratos.

Se acordó de Juan, el marido de su hermana, a principios de los años setenta ya salían juntos. Él les traía regalos a los pequeñajos de casa, cada vez que volvía de Las Palmas, tras ir a jugar a baloncesto con el equipo de primera división, donde jugó dos o tres temporadas.

Sus padres, cuando se jubilaron, también fueron a pasar unos días a las islas y volvieron aún más cargados de cosas: calculadoras, relojes, perfumes, cartones de tabaco, puros, etc. Sin embargo los que más apreciaron la naturaleza de aquellas tierras volcánicas fueron Tomás, el hermano de Alicia y Celia, su cuñada. Los dos estaban enamorados de Lanzarote, fueron un par de veces, en temporada baja. Disfrutaron, bañándose y tomando el sol y el viento en las enormes playas o haciendo excursiones, subiendo los lomos de las montañas volcánicas hasta a los cráteres; pero de eso hacía muchos años. A Tomás le gustaba tirar fotos con su cámara profesional cuando salía de casa, Celia también fotografiaba los paisajes lunares y cada dos por tres se las enviaba. Alicia, cada vez que miraba las fotos de la pareja, caminando por aquellos paisajes lunares, con sus mochilas a cuestas, le entraban ganas de ir.

Escribió a su hija porque sabía que hacía poco que había ido con su novio a ver a una amiga que trabajaba en Lanzarote.

Blanca le envió un correo con apuntes de viaje, pero no suyos, sino de Jorge, uno de sus compañeros de piso. Jorge, era chico madrileño, que trabajaba en el sector de la moda, le gustaba mucho viajar y hacía poco que había ido de vacaciones a la isla con un amigo. Jorge al cabo de pocos meses se fue de Madrid para ir a vivir a Barcelona, por eso Alicia nunca llegó a conocerlo, para darle las gracias.

Los apuntes de Jorge empezaban así:


 Aquí tenéis una lista de las cosas de Lanzarote que no se pueden perder:

El Parque Natural de Timanfaya: Lanzarote es una de las islas Canarias que más recientemente ha sufrido erupciones (creo que la última ha sido en la isla de la Palma pero en 1730 hubo la super erupción en Lanzarote que creó lo que ahora es el parque de Timanfaya). El tema consiste en: vas en coche hasta un punto en el que todo el mundo tiene que dejar su transporte personal y subirse en un bus que te explica y te recorre el parque, merece mucho la pena porque el paisaje es increíble. Lago Verde, El Golfo, Salinas del Janubio y Hervideros: está todo en la misma zona.

El Lago Verde es un lago verde que es así porque tiene unos minerales que lo hacen de ese color y es super guay de ver.

El Golfo es el pueblo que está al lado del Lago Verde y donde se come de maravilla. Os recomiendo totalmente el restaurante "Plácido": son majísimos y la comida es super buena. Lo típico para que comáis allí es pescado "Vieja" (es un pescado de las aguas de las islas Canarias que se alimenta de gambas y tal, así que os podéis imaginar que tiene un sabor muy fino mmmm!). Además en Plácido preparan las "Lapas" más ricas que he comido en todo Lanzarote. También os recomiendo "gamba de Lanzarote". El vino denominación de Lanzarote es bueno el blanco (os recomiendo la marca Bermejo, tiene una botella muy bonita bastante característica El tinto no merece tanto la pena.

Salinas del Janubio: son unas salinas que están también por la zona, espectacular paisaje.

Los Hervideros: son unas rocas-cuevas-paredes que se llaman así porque cuando hay mucha marejada, el agua choca y la espuma que sale hace el efecto como si estuviera hirviendo... muy chulo, a ver si tenéis suerte y pilláis el agua enfadada jeje. Jameos del Agua y Cueva de los Verdes: están uno al lado del otro. Es lo que os conté del Jameo el otro día en el bar. Cada acceso vale una entrada separada. Si pasáis de entrar en los dos, os recomiendo y es mucho mejor los Jameos del AguaLos martes y sábados los Jameos están abiertos también por la noche.

Isla de La Graciosa: para mí un must 100%. Hay que ir en barquito desde el Norte de Lanzarote, del puerto de Órzola, Hay dos compañías que hacen el trayecto de mar, es mucho mejor la de Biosfera Express porque te explican todo y te dan mapita de la isla, super majos. La otra linea marítima se llama "romero" y son como más funcionales, pasan del turista.

Si os queréis quedar a dormir (merece la pena una noche, para ver la "vida nocturna en una isla de 200 habitantes, hjehje") hay una pensión llamada Enriqueta que sale baratísimo (es super super sencilla pero limpia).

Recomendaciones para la Graciosa: hacer rutas en bici (sobre todo la que llega a "Playa de Las Conchas") y llevar gafas para bucear un poquito. 

Comer no se come especialmente bien así que lo mejor es bocatas y pasar el día por las playas (hay una panadería en el pueblo que hace bocatas muy ricos). 

Museo/Fundación César Manrique: yo soy fan de este sitio. Es lo que fue su casa en Lanzarote, que ya antes de morir la convirtió en Fundación y tiene obras de arte tanto suyas como de otros artistas: Chillida, creo que algún Picasso... Está en el pueblo de Tahíche. Y la casa en Haría es simplemente genial. Tenéis que ir

Arrieta y Punta Mujeres: pueblo del Norte 100% auténtico y a penas invadido por el turismo. Hay una playa en Arrieta y un montón de piscinitas naturales por Punta Mujeres (lo ideal es ir andando por Punta Mujeres y elegir la piscinita que más os guste para daros un chapuzón) Allí para comer os recomiendo "El Amanecer", un restaurante que está en Arrieta. Tiene una terraza al fondo donde se está muy bien si no hay viento. 

Femés: es uno de los pueblos más altos de Lanzarote, está por el sur subido en una montaña. No tiene prácticamente nada super especial más que eso, que está muy alto y hay bonitas vistas. Y ... hay un restaurante donde se come "Cabrito" buenísimo. Jeje. Y un flan casero de Postreee mmmmmmmmmmmmmm No recuerdo el nombre del restaurante pero recuerdo que tiene como una terraza de madera color verde... creo que era Casa Emiliano, pero confirmad lo de la terracita de madera... Cabrito rico rico. Creo que hay que pagar en efectivo!

La Geria: es la zona de cultivo de vides y bodegas. Paisaje muy bonito para hacer en coche. Hay un "museo del vino" por la zona, yo no he estado pero seguro que está genial. 

Arrecife: es la capital y no tiene mucho mucho que ver, pero merece la pena ir 2 ó 3 horillas si tenéis muchos días. Además tiene una especie de fortaleza que entra hacia el mar que es bastante bonita para dar un paseo. Luego, hay un hotel de 5 estrellas muy alto (el único edificio alto de la isla) que tiene un restaurante en el último piso con unas vistas al mar que flipas. El restaurante es carillo para ser Lanzarote, pero comparado con Madrid es parecido.

Famara: playas guays sobre todo para hacer surf. (Parque de los cactus)

Otros consejillos:

Comida: pescado típico: Vieja (ya os lo he contado arriba) y Cherne (es de la familia del mero y todos esos); papas arrugadas y mojo (un clásico) ; lapas (yo las comería solo en "Plácido" en el Golfo), son como mejillones pero más durillos; Cabrito frito: todo un clásico de la isla, como os decía arriba, en Femés está muy rico pero es un plato que podéis encontrar en más lugares; flan: no sé por qué hay mucho flan casero por ahí, muy rico. Normalmente lo ponen con nata pero podéis pedirlo sin nata;

Vino: vino blanco en general: personalmente el que más me gusta es el Bermejo (que os decía más arriba también) y también es mítico el Vino de Yaiza.

Cuándo no ir a la playa: en la medida de lo posible intentad encajar vuestros planes para ir a la playa entre lunes y viernes porque hay menos gente. El fin de semana podéis hacer otros planes que no impliquen playa.

Compras: lo que sigue saliendo barato en Canarias además del tabaco son las colonias y perfumes.

                                                                                                                          

Alicia imprimió los apuntes y se los puso dentro de un libro en la maleta. Ella y su marido siguieron todas las indicaciones de Jorge, menos la del cabrito, porque no comían carne.

Gracias a Jorge no sólo disfrutaron ellos, sino que lo hicieron también sus amigos, los que iban yendo a Lanzarote, pues Alicia, antes de que salieran de viaje les enviaba un correo con los apuntes.

Si Jorge supiera que su borrador había dado la vuelta al mundo estaría la mar de contento, pensó Alicia una tarde mirando las fotos de Lanzarote. 









 


domenica 21 ottobre 2018

La vida anodina de Marta














La conocí una tarde de otoño a finales de los años ochenta. Fue ella quien por primera vez tocó el timbre de mi nuevo apartamento. Al descolgar el interfono una voz de mujer me dijo:
- Hola, soy Marta, una compañera de trabajo de Victoria, ella me ha dado tu dirección. ¿Tú eres Elisa, no? ¿Me invitas a tomar una taza de té?
Yo le dije que sí, que yo era Elisa, pero que en casa no tenía té, pues hacía poco que me había mudado y terminé diciéndole que con mucho gusto la invitaba a tomar un zumo de fruta.
Esperé a mi invitada en la puerta, subió las escaleras de dos en dos, sin embargo al entrar me pareció una chica sosegada. Marta, tomando pequeños y frecuente sorbos de zumo de naranja, me contó que vivía sola en un apartamento pequeño. Había logrado alquilarlo a un buen precio, pues los dueños eran los padres de una profesora de su Instituto. Estaba cerca de la escuela donde daba clases, tras haber ganado oposiciones y por consiguiente una plaza para la enseñanza. Su marido se había quedado a vivir en Firenze porque allí tenía un buen trabajo. También me dijo que aquella misma tarde había comprado una bicicleta de segunda mano.
Noté que a Marta al atardecer le gustaba vagabundear por el centro de la ciudad.
-¿Has visto la muralla tan bien conservada? Traza un perímetro hexagonal, rodeando completamente, como si los ciñera, todos los lugares relevantes de la ciudad, el Duomo, la plaza Dante, el museo arqueológico, el teatro y todos los edificios antiguos, me dijo entusiasmada.
Luego me contó que había dado conmigo, leyendo el nombre de la placa de una calle:
- Via dell'Unione, me suena ¿Quién me ha hablado de esta calle? Se preguntó, pero en seguida se percató de que había sido una compañera de trabajo.
Y luego se dijo:
- Ya me acuerdo, Victoria, la profesora de Mates que cada mañana madruga tanto para llegar a la escuela, porque tiene dos hijitos pequeños y no los quiere dejar toda la semana solos; si, ella me dijo que en esa calle había alquilado un piso una amiga suya, también profesora y de Livorno como ella.
Bajó de la bici, la amarró con cadena y candado, que también había comprado aquella misma tarde y la estacionó en la parte más ancha de la acera, cerca de la esquina.
Victoria le había dado una nota con mi dirección, pero Marta se la dejó olvidada dentro de un libro, por eso tuvo que ir a preguntar a la tienda de ultramarinos, a pocos pasos de la esquina, por si sabían algo de la nueva inquilina.
Nadie le supo decir nada, pero al salir de la tienda vio a un señor anciano asomar por la puerta, apoyado en su bastón. Andaba a pasitos lentos, pero decididos, mientras iba saludando a unas mujeres que entraban. Había oído su charla con la dependienta, por eso le dijo que el señor Rappezzi había alquilado su apartamento a una maestra forastera. El viejecito la acompañó hasta el número seis.
Sigo preguntándome de donde le salió a Marta el ímpetu para ir a casa de una desconocida de la que ni siquiera sabía bien cuál era su dirección.
Estuvimos charlando mucho rato, yo le conté que también había ganado oposiciones como ella y que el año anterior estuve trabajando de suplente en una escuela de la Isla de Elba, porque allí  tenemos una casita a orillas del mar, que mi difunta abuela dejó en herencia a mi madre.
- Es un sitio precioso en verano, sin embargo desierto en invierno. Me espabilé mucho viviendo sola sin mis padres quienes se metían mucho conmigo aunque fuera de buena fe, pero mi vida isleña en los días de mal tiempo era triste por eso he aceptado la plaza en Grosseto aunque esté lejos de mi ciudad, dije todo eso de corrido, sin respirar, como si tuviera miedo de que alguien me oyera.
Me acuerdo de que también le dije que era la primera persona que llamaba a la puerta de mi piso.
Al despedirnos planeamos ir juntas alguna que otra tarde al cine o al teatro. Me dejó el número de teléfono de sus vecinos, los señores Tognazzi, los dueños de su apartamento. Ya que yo tenía la suerte de tener teléfono en casa, le di mi número. Quedamos en que nos llamaríamos.
Si tengo que decir la verdad, fui yo quien llamó primero. Dejé el recado a la señora Tognazzi y Marta me llamó al cabo de un rato.
Me dijo que estaba liada preparando clases. Me contó que cada tarde dedicaba unas horas a las tareas de sus alumnos. No quería tener cosas pendientes, por eso sólo al atardecer se sentía libre y salía a dar una vuelta en bici. Luego se preparaba la cena a base de verduras, generalmente guisaba más de lo necesario, porque lo que le sobraba le servía para la comida del día siguiente. Se acostaba temprano, ponía la radio, que le había regalado su marido y luego abría el libro que había dejado el día anterior en la mesilla de noche. La vida anodina de Marta se repartía entre el trabajo y las tareas en casa.
Una tarde me dijo que al día siguiente podíamos quedar para ir a ver una película, basada en una novela de Milan Kundera, que hacía tiempo que deseaba ver y no la quería perder. Aún me acuerdo del título: La insoportable levedad del ser.
Era una historia de amor, o sea de celos, de sexo, de traiciones y también de las debilidades y paradojas de la vida cotidiana, de dos parejas cuyos destinos se entrelazaban irremediablemente.
Nos gustó mucho a las dos, ella había leído el libro y disfrutó sentada en una de las butacas destartaladas del cine más antiguo de la ciudad. Al salir, antes de montar en bicicleta, me preguntó:
- ¿Tú has tenido un grande amor?
Yo le conté lo que me pasó cuando me dejó mi primer novio y de lo mucho que sufrí, pues yo ya me había montado mi futuro, ya me veía casada con él. Era muy guapo e inteligente, estudiaba para notario, tenía bastantes años más que yo. Yo era una chiquilla a su lado, él era un ser perfecto. Se llamaba Octavio, era ambicioso y tenaz. Vivía lejos de mi ciudad, nos veíamos sólo en verano. Los últimos meses, antes de que me abandonara, algo le pasó a Octavio, pues por teléfono se le notaba una voz rara. A principios de verano me llamó diciéndome que estaba estudiando muchas horas para las oposiciones y que estaba muy nervioso y agobiado, no sabía lo que le pasaba, por eso necesitaba un poco de tiempo para reflexionar y que era mejor dejar de vernos por una temporada. Aquel verano no apareció por la playa. En otoño, supe por mis padres que Octavio se iba a casar con otra chica. Me sentí engañada. Fue una gran decepción, mi modelo de hombre se había desmoronado.
También le conté que después de Octavio  tuve  algún que otro amante, pero sin importancia.
- Mi vida de pareja era y sigue siendo un desastre, le dije
Luego seguí diciéndole:
- Creo que soy yo quien tiene la culpa, no consigo amoldarme a los hombres. Quisiera saber por qué me dejó Octavio, en qué me equivoqué yo. A raíz de aquello tengo miedo de volver a sufrir y no me abandono nunca al amor. ¡Mi inseguridad me mata!
- Pero que dices, seguro que tu te enamoras de chicos que no cuajan contigo. Todo es culpa del azar. La vida da muchas vueltas ¡Verás que buena  sorpresa te vas a llevar muy pronto!
Ella me contó cómo diez años atrás, por casualidad en una mesa de una terraza del café Zurich de Barcelona, había conocido a un chico italiano y que por una serie de coincidencias, habían acabado juntos. Luego, siguió diciendo que por él había dejado su país y que estaba contenta de haberlo hecho, a pesar de que sus padres no estaban conformes y de las complicaciones que tuvo al trasladarse a estudiar a Italia.
También me dijo que él se parecía al protagonista de la película, por eso aquella noche me hablaba de él, pues un poco lo añoraba.
Su última frase me quedó grabada:
- Es la primera vez que vivo sola y me gusta, a pesar de la situación emocional de la que estoy saliendo y que espero superar.
Entonces me habló de su hijo que había muerto hacía sólo unas pocas semanas.
-Te lo cuento porque me apetece y no porque cuando paso por la calle todos los conocidos me preguntan : ¿Dónde está el cochecito? Y a mí me toca responder: el niño falleció pocos días después de nacer.
Yo no sabía que decir,  me parecía una barbaridad que en nuestra época aún se murieran recién nacidos. Cambié de tema pues me daba un no sé que pensar en la muerte de su hijo, sin embargo ella siguió hablándome de su desgracia:
- Me tuvieron que retirar la leche, pues él niño vivía entubado en una incubadora.
- No pienses más en ello, le repetía yo sin cesar.
- No pude abrazarlo, era pequeño, pero su carita era bonita. Tenía una anomalía cromosómica muy rara en todas sus células, nos diagnosticaron que viviría como máximo algunos meses.
- Mejor que se haya muerto, vivir como un vegetal en una incubadora hubiera sido terrible para él y para vosotros. Ahora yo te veo bien, haces buena cara. Sino no me lo hubieras dicho, nunca hubiera imaginado que acababas de perder a un hijo. Le dije yo.
- Pues mira, me cae el pelo, serán las hormonas, por eso me lo he cortado, así cuando me lo lavo no veo tantos cabellos en el plato de la ducha.
- Te queda bien el pelo corto, le dije yo, ni siquiera para hacerle un cumplido, ya que en realidad a su cara le favorecía aquel corte.
Por suerte al final logré que cambiáramos de tema y empezamos a hablar de lo mucho que nos gustaba a las mujeres que nos hicieran cumplidos y nos mimaran y ella me contó:
- La primera tarde en que daba una vuelta por esa ciudad, un chico que iba detrás de mí en bici me echó un piropo: “¡Qué cuello tan bonito que tienes!”; Nadie había apreciado nunca mi pescuezo, creo que por eso me gustó tanto.
- Al final lo reconocí, era Michele, el hermano de una compañera mía de la facultad, un chico muy guapo, quien conocía apenas. Lo había visto sólo una vez en la plaza San Marco de Firenze, iba con su hermana, dijo eso sonriendo.
Mientras hablaba pensé en el hecho insólito de que una mujer quien ha perdido su niño se estremezca cuando un hombre es galante con ella. Yo de ella no sé si hubiera atendido a un desconocido. Creo que en sus condiciones no habría ni salido a dar un paseo y ni siquiera hubiera aceptado la plaza para la enseñanaza en una ciudad tan lejos de casa.
- ¡Soy feliz con mi vida insignificante! Me dijo al despedirnos.
Ya en aquellos días empecé a envidiar la vida anodina de Marta. No hacía nada de especial, al contrario, pasaba horas y horas leyendo o escuchando la radio. Eso era eso lo que más me gustaba de ella, se entretenía con sus pequeñeces.
- ¿Cómo podía ser feliz una chica a quien se le acababa de morir un hijo? Quise descubrirlo, pero cada vez que salíamos juntas me sorprendía con su entusiasmo.
- ¿Sabes que voy a dar clases de español a algunas profesoras de mi Instituto? Eso me ayudará a pagar el alquiler, me dijo una tarde.
Mi renta de alquiler era mucho más alta que la de Marta, porque mi piso era más céntrico y totalmente reformado; yo también, como ella, hubiera tenido la oportunidad de dar clases particulares de Matemáticas para mis gastos extras, que eran muchos, sin embargo no me apetecía, prefería echar la siesta y luego salir.
La vida insignificante de Marta influyó en mí positivamente, recuerdo aquel año en Grosseto, cómo una época de tránsito entre mi vida ajetreada de antes y la más pausada de después. Las dos teníamos treinta años entonces, aún no sabíamos lo que la vida nos reservaba.
Al terminar el curso, seguimos en contacto, recibí alguna carta suya y yo la llamé alguna que otra vez, pero poco a poco nos distanciamos y la perdí de vista.
Ahora que tengo sesenta y tres años me gustaría saber que ha sido de su vida. ¿Aún sigue con él? ¿Habrá tenido otros hijos?
Cuando tengo que tomar decisiones, sobre todo en relación con mi vida de pareja, pienso en Marta y me digo:
- ¿Qué haría ella en mi lugar?
Esa pregunta me da sosiego, luego me escucho atentamente a mí misma e intento entenderme, para resolver mis líos amorosos.
Sé que ella me diría:
- Déjate de hombres casados, aunque te gusten no te enredes, mejor estar soltera que sentirse compartida y además  con sentimiento de culpa hacia la esposa de él.
Hace meses que estoy buscando a Marta en el listín telefónico o por Internet, pero no hay rastro de ella, parece que haya desaparecido.
Tengo miedo de ir más a fondo con mis pesquisas. A veces pensando en ella me digo:
- Quizás esté jubilada y se haya ido a vivir con su marido a su país de origen o puede ser que se haya separado de él y viva en el campo lejos de los medios de comunicación o tal vez se haya quedado viuda y se dedique a los nietos en algún país lejano, pero lo peor sería que hubiera fallecido.
Tal vez sea mejor no saberlo, porque me gusta pensar en que Marta sigue adelante con su vida anodina, la que tanto le gustaba.