mercoledì 18 luglio 2018

Serena y los adolescentes











Serena trabaja desde hace más de treinta años con adolescentes e intenta siempre que puede entenderlos, suele ponerse en su lugar, sin embargo a veces le cuesta, sobre todo en las épocas del año en que está agobiada por los exámenes, reuniones o la cantidad de clases que le toca preparar. Durante las vacaciones de verano suele tener más tiempo, cuando se cansa de leer bajo la sombrilla o de dar paseos se dedica a contemplar todo lo que ocurre a su alrededor. A veces anota sus vivencias para no olvidarse.
Serena estaba echada en la arena de una playa del sur de la Toscana el día en que recordó a Alicia. Unos muchachos, a pocos metros de de ella, tonteaban con unas chicas, quienes reían y chillaban sin parar. Esa escena la llevó al verano de sus dieciseis años. Lo que más le gustaba en aquel entonces era ir a la playa por la mañana, de pequeña iba con su tía, hermanos y primas y desde hacia un par de años su madre le permitía ir con sus amigas. Otra cosa que le encantaba era la hora de la siesta.
Cada día se bañaba y nadaba un rato, luego se tumbaba en la arena y charlaba con sus compañeras o quizás leía un libro, siempre que los chicos de su pandilla no empezaran a darles la lata, tirándoles cubos de agua o arrastrándolas hacia la orilla. Pero a ella no le importunaban mucho, pues no chillaba como sus amigas.
Después de la comida iba a su cuarto y se sentaba en la cama, toda la casa estaba silenciosa, sólo se oían los ronquidos del padre, quien dormía boca arriba por el cansancio, pues cada día solía madrugar. La madre y la tía se sentaban en el patio, bajo la sombra de la parra y daban algunas cabeceadas. El abuelo desaparecía en el jardín. Su hermano corría por la calle con los amiguetes y la hermana mayor, trabajando como trabajaba de secretaria, no paraba nunca por casa. Aquel verano fue exageradamente bochornoso, hizo un calor tan pegajoso que su madre, quien nunca se había quejado, decía que se le mojaban los cabellos y que le ardían los pies. En el dormitorio diminuto que compartían  las hermanas  no soplaba ni siquiera una débil corriente de aire.
Había aprobado todas las asignaturas, tenía pendientes sólo unos pocos deberes de vacaciones, la mayor parte de las tareas las había terminado en junio, porque ella solía anticipar y nunca postergar los quehaceres. Le gustaba estar sola en aquella parte de la casa, pues en la cocina y en el patio hacían vida los mayores. Serena leía todos los libros que encontraba por casa, desgraciadamente eran pocos. A la hermana mayor de Alicia le llegaba por correo cada mes una novela y al terminarla se la prestaba a Serena. Eran tochos de literatura rusa o francesa del siglo pasado. Serena recordaba el desasosiego que en aquella época le dio una novela rusa en la que el protagonista mata a una vieja usurera.
- No entiendo porque para sobrevivir hay que hacer daño a alguien, se decía una tarde echada en la cama.
Poco a poco iba recordando detalles de aquella tarde: había una lagartija que se estaba colando por la pared de la ventana, pero sus aspavientos consiguieron ahuyentarla; dejó el libro encima de la cama, como si fuera un vaso lleno de barro, para que se depositara en el fondo todo el sufrimiento y pudiera luego reanudar la lectura; miró el reloj y vio que ya eran casi las cuatro, tenía poco tiempo para cambiarse e ir al estanco donde trabajaba los veranos. Pensó en Alicia pues había quedado con ella y otra amiga a las ocho de la tarde, para ir a dar una vuelta por el paseo marítimo.
Alicia era alegre y llamativa, se salía siempre con la suya cuando quería conquistar a un muchacho. Últimamente se veían mucho menos, pues Alicia no le perdonaba a Serena que días atrás no hubiera querido ir con ella a una discoteca.
Por eso Alicia aquella tarde, mientras paseaban, le había echado un chasco a Serena, diciéndole:
- Eres una chica extraña, no te gusta saltar clases, ni dejar de hacer deberes, no vas nunca detrás de los chicos, no te pintas, no vas a la peluquería, no te haces la manicura, no te gusta depilarte y no hablemos de trasnochar, no aguantas las chorradas de la pandilla en los bares de copas a las tantas de la madrugada, por eso nos dejas plantados. No fumas, no bebes cervezas u otras bebidas alcohólicas. No bailas en las fiestas, ni deseas subir a las motos de los muchachos. No tienes amigas íntimas, no te enfadas con nadie. No eres rebelde con tus padres. No necesitas un novio de turno para sentirte guapa. No te quejas. En fin eres un bicho raro y me sacas de quicio.
Serena, mirando de nuevo al grupo de chicos que estaba a su lado,  quienes en aquel momento, levantaban cantidad de arena, jugando a pelota, se dijo:
- Cuando Alicia se burlaba de mí yo me sentía distinta, pero no desgraciada. Me hubiera gustado tener agallas para decirle que  yo tampoco soportaba su manera de ser.
Serena también recordó que en aquellas horas lentas de la siesta, además de leer, escribía cartas a desconocidos. Generalmente eran chicas de su edad, que vivían en otras regiones de la península, sus direcciones las encontraba en las revistas que le prestaba una compañera del colegio, luego se le apareció algo que su memoria había casi anulado: una carta que ella le escribió a un chico que estaba en la cárcel de Carabachel; el muchacho le contestó diciéndole que iba a estar muchos años en la prisión pues había cometido un crimen gordo, por eso ella depositó la carta del preso encima de la mesita de noche para que se quedara quieta y soltara lentamente la amargura de una vida encarcelada.
Serena miró el móvil, tenía dos mensajes y no se había dado cuenta de que eran casi las siete de la tarde, recogió la sombrilla y todas sus cosas, mientras el grupo de adolescentes se alejaba haciendo barullo. Los observó hasta que desaparecieron de su vista y sonriendo  dejó de pensar en si misma y se puso  a reflexionar sobre la adolescencia en general:
- Influye por supuesto el ADN,  luego el carácter que se ha ido forjando, la educación recibida, la suma de experiencias vividas, posibles acontecimientos que puedan perturbar el bienestar y muchas cosas más, se dijo.
Se fue andando hacia un chiringuito donde su marido y unos amigos la estaban esperando.
Por la noche, después de cenar volvieron a casa en coche, conducía su marido, hablaron un poco y luego se pusieron a escuchar un concierto de música jazz que daban  por la radio.
Serena volvió a pensar en Alicia, hacía muchos años que no coincidían y no sabía nada de ella, pero si la tuviera delante le diría:
- Quizás tengas razón soy bastante rara, sigo siendo prudente, no me gusta conducir, a menudo me desoriento y me pierdo por barrios que no conozco, sin embargo lo hago porque no quiero depender de nadie; a veces soy impulsiva sobre todo por lo que se refiere a los sentimientos, otras veces suelo dudar pero al final estoy orgullosa de mis decisiones; no me apetece mandar, la política no me interesa pero creo aún en la humanidad a pesar de los horrores y de las guerras; no se andar con tacones altos, no consigo engalanarme, ni arreglarme el pelo; no soy aventurera, más que descubrir lugares me encanta conocer a nuevas personas; disfruto de la vida con mi pareja y la maternidad ha sido una experiencia que me ha convertido en una mejor persona y a propósito de adolescentes sigue gustándome trabajar con ellos.







martedì 10 luglio 2018

Palomas












Los pensamientos a veces vuelan hacia adelante y construyen de antemano escenas que nunca tendrán lugar. Cuando parece que todas las piezas se van encajando, pueda que acontecimientos mínimos logren darle la vuelta completa a la vida, eso es lo que le pasó a Inés un invierno a principios de los años ochenta.
Inés estaba muy ilusionada buscando apartamento. Ella y su novio contaban con poco dinero, la mayor parte les había dado la familia y algo tenían ahorrado. Ella sabía que no llegaba ni siquiera para un departamento de dos piezas, sin embargo no había perdido la esperanza de encontrar una ganga. Querían establecerse en el centro de la ciudad, a pesar de que supieran que allí las viviendas estaban empezando a subir. Pasaron los meses y seguían sin dar con un piso decente, o eran demasiado caros o eran pocilgas, hasta que una mañana les llamó  el agente de una de las inmobiliarias que les había atendido tiempo atrás.
- Tenemos un piso semiocupado en el centro de la ciudad, tiene un dormitorio, un comedor-salón, una cocina y un aseo, hay que reformarlo, pero con poco dinero lo pueden arreglar. Es ideal para una pareja ¿Les interesaría a ustedes ir a verlo?
- Depende. ¿Qué quiere decir semiocupado? Le contestó Inés
- Pues que aún está alquilado, pero que los inquilinos se van a ir muy pronto, dijo el empleado de la agencia.
- ¿Qué significa muy pronto?
- No sé, unos meses, un año al máximo. A los inquilinos el contrato ya les ha caducado, pero siendo de los antiguos no se les puede desahuciar. Vive en él una familia bastante joven con un hijo pequeño. Ella está embarazada y por eso van a mudarse dentro de poco, pues ya no caben.
- Bueno, deme una cita para mañana por la tarde
- De acuerdo. Veámonos en la esquina, entre Via Palazzuolo y Via dell'Albero
Al día siguiente al atardecer ella y su novio fueron a verlo.
La vivienda no estaba mal, era bastante espaciosa, a pesar de que el salón no tuviera ventanas, de que el cuarto de baño fuera muy pequeño y que las escaleras para llegar al segundo piso fueran un poco empinadas. El empleado de la inmobiliaria intentaba convencerlos, diciéndoles:
- No se lo dejen escapar, el piso es barato y céntrico, además los señores Santini nos han asegurado que dentro de pocos meses van a dejar la vivienda. Hay que darse prisa pues a pesar de que haga solo dos días que está en venta nos están llegando cantidad de ofertas.
Inés y su novio se lo pensaron durante todo el fin de semana y el lunes decidieron comprarlo.
El apartamento tenía además de las carencias e imperfecciones evidentes, dos grandes defectos: el primero lo vieron enseguida, pero siendo jóvenes no les asustó para nada el hecho de que el piso estuviera ubicado en una calle ruidosa y con vida nocturna; el segundo lo descubrieron cuando los inquilinos se marcharon.
Inés estaba contenta el día en que fueron a firmar las escrituras a la Notaría. Soñaba con una vida placentera junto a su novio en aquel piso. Se lo imaginaba nuevo, la cocina luminosa, con una barra larga que separaba cocina y comedor, el cuarto de baño con una super ducha y los suelos del dormitorio y del salón de madera, de listones largos y anchos. Todo ello lo había ideado su novio, que era arquitecto y que ya tenía listos los planos de la reforma.
Llevaban viviendo juntos cinco años, pero siempre compartiendo piso con otros estudiantes.
- Ha llegado el momento de irnos a vivir solos, no podemos esperar a que los señores Santini desalojen, quien sabe cuando se marcharán; tenemos que buscarnos otro piso, aunque sea pequeño, da igual, le propuso una tarde Inés a su novio.
Los dos se las arreglaron para ir a ver apartamentos en sus ratos libres. Tuvieron suerte y por una serie de coincidencias lograron instalarse en una planta baja, con poca luz, pero señorial con techos abovedados y muy altos.
A veces  Inés iba a dar una vuelta en bicicleta por via Palazzuolo para ver si veía signos de algún traslado, sin embargo nunca había camiones de mudanzas estacionados en la calzada. Para no desanimarse se fijaba en las tiendas, bares y restaurantes cercanos y se veía a ella misma entrando con un capazo en aquellos establecimientos. A dos manzanas notó un garaje inmenso donde entraban y salían continuamente automóviles de matrículas extranjeras.
- Cuando vengan mis padres ya tendrán donde dejar el coche, se dijo, mientras se imaginaba a sus padres que aparcaban allí su atomóvil verde.
Los señores Santini siguieron en el apartamento, el alquiler era tan bajo que no no tenían prisa en dejarlo. Inés fue pasando por aquella calle una vez por semana con la esperanza de que la familia Santini se hartara de vivir apretada en unos pocos metros cuadrados.
Durante cuatro años todo siguió igual, hasta que una noche les llamó el señor Santini para decirles que iban irse del piso, pero que querían un buen traspaso antes de dejar libre la vivienda.
Inés y su novio al principio se vieron perdidos, pero luego lo pensaron bien y decidieron arriesgarse diciéndole al señor Santini:
- No tenemos dinero para un traspaso, hemos esperado tanto que ya no nos importa hacerlo un año más; si no quieren irse, allá  ustedes, pero si  se marchan lo único que podemos pagarles es la mudanza.
A los inquilinos no les gustó mucho la propuesta, sin embargo a regañadientes la aceptaron.
Inés el día tan esperado fue a ver a escondidas el camión que cargaba todos los enseres de la familia Santini.
A la mañana siguiente, con las llaves en la mano, fueron al piso vacío. Al abrir la puerta se quedaron paralizados como si les hubieran echado un cubo de agua fría: todo estaba sucio, sobre todo las paredes y los suelos. No se atrevían a entrar. Sacaron muchas bolsas de basura y algunos cachivaches que los señores Santini habían dejado adrede por los agravios recibidos.
- ¡Qué asco de patio interior! No me había dado cuenta de la suciedad y de los excrementos de palomas que se han ido acumulando, dijo el novio.
Inés se asustó al oír aquellas palabras, sabía por experiencia que cuando a él no le acababa de gustar una cosa, no había quien le convenciera.
- Verás que después de la reforma será un piso precioso.
- No vale la pena gastarse dinero en un edificio tan destartalado y lleno de caca de palomas, le dijo él mirando y remirando el patio con cara de asco.
Fueron a hablar con los dueños de las otras viviendas de la comunidad y se dieron cuento de que a nadie le interesaba arreglar los patios y el reboce de las paredes.
En casa tuvieron ya un poco de roce pues Inés no lograba convencer a su novio de que iban a estar bien en aquel piso.
- Yo no voy a ir a vivir donde abriendo las ventanas vea escombros y estiércol. Yo me sacaría ese apartamento de encima, lo vendemos y compramos otro, dijo él la mar de convencido.
- ¿Venderlo? Estás loco, con lo que nos ha costado echar a los señores Santini.
- Si te lo miras bien, ahora sin inquilinos el apartamento tiene más valor.
- ¡Ay que locura, no me lo puedo creer! Volver a empezar de nuevo me asusta, yo viviría aquí una época y al cabo de unos años lo vendemos y ya está.
- Mira lo que te digo o el apartamento o yo, escoge tú. Yo no me  quedo a vivir aquí ni un sólo día.
- No te pongas así, no lo tenemos que decidir ahora, pensémoslo bien, dijo ella con la voz un poco apagada.
- Lo siento Inés, pero no quiero que pasemos nuestra vida en este cuchitril, si hacemos obras, seguro nos vamos a quedar años y años en él y eso me enoja y me hace sentir fatal.
- Pues vendámoslo y no hablemos más de ello, dijo Inés decidida.
- Me ocupo yo de ponerlo en venta, ya verás que encontraremos algo mejor, dijo él acariciándola.
Inés, mientras sacaba la mesa y ponía los cacharros en el lavaplatos, pensó en las palomas, las que le habían dado un vuelco a su vida,  jamás pisaría el suelo de madera de aquel piso que con tanta ilusión habían comprado, ni se ducharía en el pequeño cuarto de baño, ni desayunaría en  la barra de la cocina, ni entraría en las tiendas cercanas y ni siquiera sus padres estacionarían el coche en el garaje de aquel barrio,  sin embargo se dio cuenta de una cosa: vivieran donde vivieran, estaba segura de que iban a intentar ser felices y disfrutar lo que la vida les ofreciera.







domenica 17 giugno 2018

Historias de pies












Cada vez que Irene pasaba por aquella acera se ponía contenta. Hacía unos meses que tres chicas treintañeras habían abierto un local de belleza en el barrio. Una era peluquera, la otra se ocupaba de las manicuras y la última, la rubia, hacía con esmero sea manicuras que pedicuras.
Las tres se llamaban Martina ¡Qué casualidad! Para distinguirse se habían puesto sobrenombres. La más alta y de abundantes carnes, llevaba una melena castaña y todo el mundo la llamaba Marti: le encantaba cortar el pelo, cuando lo hacía se reía y era más locuaz. A quien Irene conocía menos era a Tina, una morena de mediana estatura, era  maquilladora, depiladora y masajista. Trili, la más menuda, era su preferida, pues tenía muy buena maña para la pedicura, además de ser muy simpática.
Irene no acostumbraba a ir mucho a los salones de belleza, pero una mañana, quien sabe por qué, se paró en aquella acera y al darse cuenta del nuevo establecimiento, entró dejándose llevar para que le pintaran las uñas de las manos de color granate.
Desde entonces iba cada mes a arreglarse las manos y tal vez los pies. El local era pequeño, pero acogedor. Aún no lo tenían todo listo, sin embargo cada vez iban ganando nuevos clientes del barrio.
Poco a poco Trili le fue contando a Irene las peripecias de su vida laboral. La tres chicas, desde que tenían diecisiete años, trabajaban en uno de los salones de belleza más prestigiosos de la ciudad. Cada una tenía pendiente un pleito contra doña Ramona, la dueña, quien no les había pagado los impuestos de la seguridad social como les llevaba prometiendo. Trili era la única que trabajando había conseguido el título de Bachillerato. Las otras Martinas se conformaron con el título profesional que habían sacado sin esfuerzo.
- Mi sueño ahora es el de poder estudiar podología en la Universidad, pues me encanta todo lo que esté relacionado con los pies, le dijo Trili entusiasmada.
Las tres se habían casado a los veinte y pocos años y mira por donde, todas ellas estaban separadas, Marti y Trili tenían un hijo. Irene notaba que las tres chicas se querían y respetaban por las bromas y la guasa que se hacían. Habían abierto aquel local con mucha ilusión y poco dinero, pero al menos no tenían una dueña que les timara, repetían sin cesar. Cada una llevaba su contabilidad y gestionaba a sus clientes. Era como si fueran tres empresas separadas y un solo alquiler. A Irene le pareció una buena manera de trabajar y colaborar entre socias. Todo eso se lo contó Trili haciéndole la manicura, sin embargo durante la segunda sesión, mientras le limaba las uñas de los pies, hablaron de cosas más personales:
- ¿Tienes hermanos?
Aquella pregunta le gustó a Irene, pues sintió como si la aquella chica, que apenas conocía, tuviera interés por ella y le contó que tenía una hermana diez años mayor, con quien durante algunos años tuvo poca relación, pues su hermana se había casado muy joven y vivía bastante lejos, pero desde que pasó lo que pasó se habían acercado mucho.
- ¿Qué pasó? Le preguntó Trili a Irene.
- Pues que se me murió mi primer hijo a los seis meses.
- ¿Y cómo ocurrió?
- ¿Has oído hablar de la muerte de cuna? También llamada muerte súbita, es la muerte repentina de un bebé que aparentemente estaba sano. Se produce durante el sueño. Los bebés simplemente dejan de respirar. Mi niño murió en la guardería, nos avisaron a mí y a mi marido a las cuatro de la tarde.
- Debió de ser horroroso, dijo atónita y apenada Trili.
- Si, ya lo creo, para una madre es lo peor que le puede pasar; te sube la leche para amamantar y no tienes quien te chupe los pezones, la ropa doblada en los cajones ya no sabes a quien ponerla, la cuna está vacía, los biberones y chupetes ya no sirven para nada y sobre todo no sabes a quien dar todo el amor y el cariño que te sigue creciendo por dentro. Pero afortunadamente mi marido y yo logramos apoyarnos mutuamente y luego el azar  hizo que, a los pocos días de la desgracia, me llegara un telegrama comunicándome que había ganado oposiciones. La vida da muchas vueltas, por eso pudimos empezar de nuevo.
A raíz de aquella charla confidencial Trili se animó contándole a Irene los sucesos de su vida:
- Mis padres se separaron cuando mi hermano y yo éramos pequeños. Mi madre en seguida se juntó con Papi a quien quisimos desde el principio, pero lo malo fue que mi padre desapareció de nuestras vidas, sabes, sólo nos llamaba en las fiestas de guardar, cumpleaños, Navidad y el día de nuestro santo.
- ¡Pobre, lo debiste echar de menos! Le dijo Irene, interrumpiéndola con suavidad.
- Cuando falleció mamá de cáncer a los cincuenta y cinco años, tras la muerte repentina de Papi de accidente, apareció nuestro padre. Fíjate que ella ya había tenido un cáncer de mama años atrás, parecía que lo había superado del todo, en cambio le detectaron otro tumor en el páncreas; creo que al morir Papi, su sistema inmunitario dejó de luchar.
Irene se quedó pasmada al oír tantas desgracias, mientras Trili seguía diciendo:
- Mi hermano acogió bien a nuestro padre, yo en cambio tuve que sofocar toda mi rabia y dolor atrasados. Fue muy duro el camino, pues en aquella época yo me estaba separando de Dani, una historia de amor que duró cinco años, quizás la más larga de mi vida, mira por donde, en cambio con el padre de mi hija vivimos juntos sólo un año.
- Perder a la madre tan joven debió ser muy duro para ti, le dijo Irene mientras sacaba, de la palangana de agua tibia, un pie y ponía el otro.
- Pues sí, de la noche a la mañana me quedé sin padres y sin pareja, Margarita, mi hija, aún sufrió más que yo, pues desaparecieron de su vida las personas mayores que la cuidaban y que pasaban más tiempo con ella, desde aquel momento sólo podía contar conmigo. Menos mal que coincidió con que mi niña empezaba párvulos y yo durante una temporada, intenté trabajar menos.
-  Los niños suelen superar los cambios más deprisa que los mayores, le dijo Irene, sonriendo para animarla.
- Poco a poco he logrado aceptar a mi padre, quien a veces cuida a la nieta, cuando no pueden los abuelos paternos, quienes se están portando de maravilla. Este verano Marga va a quedarse en casa de mis suegros, quienes regentan un bar en la zona del puerto. A pesar de todas las calamidades estoy contenta porque toda la familia me ha ayudado,  a parte  Juana, la hija de Papi, quien siempre me pone trabas. Ella es un poco mayor que yo y se siente superior, por eso me manda siempre y cuando puede me echa broncas en lugar de darme una mano.
- Quizás tu hermanastra no sea mala, sólo que también ella lo pasó mal y puede que los celos todavía  se la estén devorando, le dijo Irene.
- Nosotros también lo pasamos fatal, sobre todo cuando desmontamos la casa, fue una cosa penosa, pero mi hermano y yo nunca nos peleamos al repartirnos los pocos  enseres de la vivienda, en cambio  Juana, demostró su codicia queriéndolo todo, incluso se llevó unos juegos de sábanas gastadas que ya estaban para tirar y no digamos las cuatro cosas de valor que había. Se emperró en decir que los anillos, los brazaletes y  los collares de perlas habían sido de su abuela. Se le notaba enojada, pero no sé con quién, quizás aún con  su padre porque había vivido tantos años con nuestra madre. Nosotros le dimos lo que reclamaba, pero nos sentimos a disgusto. Desde aquel día no hemos vuelto a saber nada más de ella.
- En todas las familias nacen malentendidos e incluso riñas para  apoderarse de joyas, que en realidad muchas veces son sólo piezas de bisutería o de manteles antiguos y sábanas un poco raídas por las polillas o de prendas de lencería del ajuar de alguna abuela, observó Irene.
- Menos mal que en amores no me puedo quejar. Sin quererlo poco a poco me  fui enamorando de mi  mejor amigo, se llama Manuel. Nos veíamos de vez en cuando,  me encantaba ir con él a tomar una copa, él me contaba sus cosas y yo las mías.  Hace un par de meses que llevamos saliendo juntos, pero por ahora cada uno sigue viviendo en su casa, no quiero darle más disgustos a Marga. No sé si te he dicho que Dani era cuatro años más joven que yo y que a veces no conseguía ir tras él,  pues siempre se empeñaba en trasnochar. Manuel en cambio tiene treinta y tres años, es más trabajador y no quiere salir tanto de juerga. Quizás finalmente mi vida esté siguiendo un nuevo cauce. ¡Eso espero! Dijo Trili terminando su relato.
- ¡Qué bonito enamorarse de un amigo! Le dijo Irene.
- Estoy contenta porque nos llevamos la mar de bien, el único problema es  su madre,  la pobre está mal de nervios y a Manuel le monta unos tinglados, que no veas.
- Todo se arreglará, estoy segura. Eres una muchacha muy lista, por suerte has ido aprendiendo de todas las penas, inconvenientes y demás percances del pasado, le susurró Irene a Trili, mientras le estaba pintando las uñas de los pies.
Irene aquella mañana estaba un poco agobiada, no por el trabajo pendiente que siempre se le iba acumulando, sino porque se sentía rara, como más sufridora. A pesar de que sus hijos vivieran fuera de casa, estaba preocupada por ellos sin un motivo real,  pensaba continuamente  en las jaquecas que  tenía su hijo, porque trabajaba demasiado y en la hija  que  llevaba una vida ajetreada, salía mucho y dormía poco; también estaba intranquila por su marido, quien últimamente detestaba a su jefe y cada dos por tres estaba de mal humor. Sin embargo poco a poco, escuchando a Trili, Irene notó que sus  angustias se le iban esfumando. La misma impresión de sosiego tuvo Trili hablando con ella.