domenica 17 giugno 2018

Historias de pies












Cada vez que Irene pasaba por aquella acera se ponía contenta. Hacía unos meses que tres chicas treintañeras habían abierto un local de belleza en el barrio. Una era peluquera, la otra se ocupaba de las manicuras y la última, la rubia, hacía con esmero sea manicuras que pedicuras.
Las tres se llamaban Martina ¡Qué casualidad! Para distinguirse se habían puesto sobrenombres. La más alta y de abundantes carnes, llevaba una melena castaña y todo el mundo la llamaba Marti: le encantaba cortar el pelo, cuando lo hacía se reía y era más locuaz. A quien Irene conocía menos era a Tina, una morena de mediana estatura, a quien le gustaba pintar uñas con toques artísticos y puntitos brillantes. Trili, la más menuda, era su preferida, pues tenía muy buena maña para la pedicura, además de ser muy simpática.
Irene no acostumbraba a ir mucho a los salones de belleza, pero una mañana, quien sabe por qué, se paró en aquella acera y al darse cuenta del nuevo establecimiento, entró dejándose llevar para que le pintaran las uñas de las manos de color granate.
Desde entonces iba cada mes a arreglarse las manos y tal vez los pies. El local era pequeño, pero acogedor. Aún no lo tenían todo listo, sin embargo cada vez iban ganando nuevos clientes del barrio.
Poco a poco Trili le fue contando a Irene las peripecias de su vida laboral. La tres chicas, desde que tenían diecisiete años, trabajaban en uno de los salones de belleza más prestigiosos de la ciudad. Cada una tenía pendiente un pleito contra doña Ramona, la dueña, quien no les había pagado los impuestos de la seguridad social como les llevaba prometiendo. Trili era la única que trabajando había conseguido el título de Bachillerato. Las otras Martinas se conformaron con el título profesional que habían sacado sin esfuerzo.
- Mi sueño ahora es el de poder estudiar podología en la Universidad, pues me encanta todo lo que esté relacionado con los pies, le dijo Trili entusiasmada.
Las tres se habían casado a los veinte y pocos años y mira por donde, todas ellas estaban separadas, Marti y Trili tenían un hijo. Irene notaba que las tres chicas se querían y respetaban por las bromas y la guasa que se hacían. Habían abierto aquel local con mucha ilusión y poco dinero, pero al menos no tenían una dueña que les timara, repetían sin cesar. Cada una llevaba su contabilidad y gestionaba a sus clientes. Era como si fueran tres empresas separadas y un solo alquiler. A Irene le pareció una buena manera de trabajar y colaborar entre socias. Todo eso se lo contó Trili haciéndole la manicura, sin embargo durante la segunda sesión, mientras le limaba las uñas de los pies, hablaron de cosas más personales:
- ¿Tienes hermanos?
Aquella pregunta le gustó a Irene, pues sintió como si la aquella chica, que apenas conocía, tuviera interés por ella y le contó que tenía una hermana diez años mayor, con quien durante algunos años tuvo poca relación, pues su hermana se había casado muy joven y vivía bastante lejos, pero desde que pasó lo que pasó se habían acercado mucho.
- ¿Qué pasó? Le preguntó Trili a Irene.
- Pues que se me murió mi primer hijo a los seis meses.
- ¿Y cómo ocurrió?
- ¿Has oído hablar de la muerte de cuna? También llamada muerte súbita, es la muerte repentina de un bebé que aparentemente estaba sano. Se produce durante el sueño. Los bebés simplemente dejan de respirar. Mi niño murió en la guardería, nos avisaron a mí y a mi marido a las cuatro de la tarde.
- Debió de ser horroroso, dijo atónita y apenada Trili.
- Si, ya lo creo, para una madre es lo peor que le puede pasar; te sube la leche para amamantar y no tienes quien te chupe los pezones, la ropa doblada en los cajones ya no sabes a quien ponerla, la cuna está vacía, los biberones y chupetes ya no sirven para nada y sobre todo no sabes a quien dar todo el amor y el cariño que te sigue creciendo por dentro. Pero afortunadamente mi marido y yo logramos apoyarnos mutuamente y luego el azar  hizo que, a los pocos días de la desgracia, me llegara un telegrama comunicándome que había ganado oposiciones. La vida da muchas vueltas, por eso pudimos empezar de nuevo.
A raíz de aquella charla confidencial Trili se animó contándole a Irene los sucesos de su vida:
- Mis padres se separaron cuando mi hermano y yo éramos pequeños. Mi madre en seguida se juntó con Papi a quien quisimos desde el principio, pero lo malo fue que mi padre desapareció de nuestras vidas, sabes, sólo nos llamaba en las fiestas de guardar, cumpleaños, Navidad y el día de nuestro santo.
- ¡Pobre, lo debiste echar de menos! Le dijo Irene, interrumpiéndola con suavidad.
- Cuando falleció mamá de cáncer a los cincuenta y cinco años, tras la muerte repentina de Papi de accidente, apareció nuestro padre. Fíjate que ella ya había tenido un cáncer de mama años atrás, parecía que lo había superado del todo, en cambio le detectaron otro tumor en el páncreas; creo que al morir Papi, su sistema inmunitario dejó de luchar.
Irene se quedó pasmada al oír tantas desgracias, mientras Trili seguía diciendo:
- Mi hermano acogió bien a nuestro padre, yo en cambio tuve que sofocar toda mi rabia y dolor atrasados. Fue muy duro el camino, pues en aquella época yo me estaba separando de Dani, una historia de amor que duró cinco años, quizás la más larga de mi vida, mira por donde, en cambio con el padre de mi hija vivimos juntos sólo un año.
- Perder a la madre tan joven debió ser muy duro para ti, le dijo Irene mientras sacaba, de la palangana de agua tibia, un pie y ponía el otro.
- Pues sí, de la noche a la mañana me quedé sin padres y sin pareja, Margarita, mi hija, aún sufrió más que yo, pues desaparecieron de su vida las personas mayores que la cuidaban y que pasaban más tiempo con ella, desde aquel momento sólo podía contar conmigo. Menos mal que coincidió con que mi niña empezaba párvulos y yo durante una temporada, intenté trabajar menos.
-  Los niños suelen superar los cambios más deprisa que los mayores, le dijo Irene, sonriendo para animarla.
- Poco a poco he logrado aceptar a mi padre, quien a veces cuida a la nieta, cuando no pueden los abuelos paternos, quienes se están portando de maravilla. Este verano Marga va a quedarse en casa de mis suegros, quienes regentan un bar en la zona del puerto. A pesar de todas las calamidades estoy contenta porque toda la familia me ha ayudado,  a parte  Juana, la hija de Papi, quien siempre me pone trabas. Ella es un poco mayor que yo y se siente superior, por eso me manda siempre y cuando puede me echa broncas en lugar de darme una mano.
- Quizás tu hermanastra no sea mala, sólo que también ella lo pasó mal y puede que los celos todavía  se la estén devorando, le dijo Irene.
- Nosotros también lo pasamos fatal, sobre todo cuando desmontamos la casa, fue una cosa penosa, pero mi hermano y yo nunca nos peleamos al repartirnos los pocos  enseres de la vivienda, en cambio  Juana, demostró su codicia queriéndolo todo, incluso se llevó unos juegos de sábanas gastadas que ya estaban para tirar y no digamos las cuatro cosas de valor que había. Se emperró en decir que los anillos, los brazaletes y  los collares de perlas habían sido de su abuela. Se le notaba enojada, pero no sé con quién, quizás aún con  su padre porque había vivido tantos años con nuestra madre. Nosotros le dimos lo que reclamaba, pero nos sentimos a disgusto. Desde aquel día no hemos vuelto a saber nada más de ella.
- En todas las familias nacen malentendidos e incluso riñas para  apoderarse de joyas, que en realidad muchas veces son sólo piezas de bisutería o de manteles antiguos y sábanas un poco raídas por las polillas o de prendas de lencería del ajuar de alguna abuela, observó Irene.
- Menos mal que en amores no me puedo quejar. Sin quererlo poco a poco me  fui enamorando de mi  mejor amigo, se llama Manuel. Nos veíamos de vez en cuando,  me encantaba ir con él a tomar una copa, él me contaba sus cosas y yo las mías.  Hace un par de meses que llevamos saliendo juntos, pero por ahora cada uno sigue viviendo en su casa, no quiero darle más disgustos a Marga. No sé si te he dicho que Dani era cuatro años más joven que yo y que a veces no conseguía ir tras él,  pues siempre se empeñaba en trasnochar. Manuel en cambio tiene treinta y tres años, es más trabajador y no quiere salir tanto de juerga. Quizás finalmente mi vida esté siguiendo un nuevo cauce. ¡Eso espero! Dijo Trili terminando su relato.
- ¡Qué bonito enamorarse de un amigo! Le dijo Irene.
- Estoy contenta porque nos llevamos la mar de bien, el único problema es  su madre,  la pobre está mal de nervios y a Manuel le monta unos tinglados, que no veas.
- Todo se arreglará, estoy segura. Eres una muchacha muy lista, por suerte has ido aprendiendo de todas las penas, inconvenientes y demás percances del pasado, le susurró Irene a Trili, mientras le estaba pintando las uñas de los pies.
Irene aquella mañana estaba un poco agobiada, no por el trabajo pendiente que siempre se le iba acumulando, sino porque se sentía rara, como más sufridora. A pesar de que sus hijos vivieran fuera de casa, estaba preocupada por ellos sin un motivo real,  pensaba continuamente  en las jaquecas que  tenía su hijo, porque trabajaba demasiado y en la hija  que  llevaba una vida ajetreada, salía mucho y dormía poco; también estaba intranquila por su marido, quien últimamente detestaba a su jefe y cada dos por tres estaba de mal humor. Sin embargo poco a poco, escuchando a Trili, Irene notó que sus  angustias se le iban esfumando. La misma impresión de sosiego tuvo Trili hablando con ella.







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