lunedì 10 giugno 2013

Bichos - insetti














No me podía sacar de la cabeza la imagen de nuestro planeta envuelto en una capa de insectos enormes que, enlazados uno al lado de otro, estaban cubriendo nuestro cielo.
Teníamos poco tiempo para salvar la Tierra y todo el mundo corría.
Mis ojos miraban hacia arriba y veían a aquellos bichos que estaban inmóviles como si supieran que el solo hecho de ser tan feos ya nos asustaría. Cuando empezaba a dolerme el cuello de tanto espiarlos agachaba la cabeza y en el suelo seguía viendo lo que no quería ver: una multitud de recintos cuadrados de casi un metro de lado, hechos con ladrillos y pintados de blanco en los que había muchos huevos de insecto.
Ni para arriba ni para abajo podíamos escaparnos de aquellos isópteros.
De repente vi a lo lejos la boca de un pasillo subterráneo y empecé a correr para alcanzarlo. Tenía que cruzar las incubadoras de insectos para salvarme pero antes de penetrar por aquel cubículo miré hacia el cielo y vi que quedaba sólo un trocito de azul.
Sentía que iba creciendo rápidamente dentro de mí un terror y una angustia que me impedían mover las piernas. Intenté menear el cuerpo y me senté.
Abrí los ojos. Estaba sudada y atemorizada pero estaba en mi cama. Cogí el despertador y vi que eran las cuatro de la madrugada.
Quizás mi sueño estaba relacionado con el viaje que debía hacer aquella misma tarde.
Por la mañana iría a dar clases al Instituto. Luego tenía que presentarme al ambulatorio para una mamografía y a media tarde cogería el autobús para el aeropuerto.
Ya hacía casi cinco meses que había fallecido mi padre, por consiguiente tenía que ir a mi pueblo natal de la costa catalana, para arreglar algunos documentos relacionados con su testamento.
Por teléfono les había dicho a mis hermanos, quienes siguen viviendo en el pueblo donde nacimos, que me gustaría alojarme en la vieja casa de nuestro padre.
Mi hermana que es la más sufridora de la familia, empezó diciéndome que, qué iba a hacer allí sola, que la casa se estaba cayendo de vieja y que habría muchos bichos.
Entonces me acordé de una noche de primavera en la que mi padre y yo luchábamos con un ejercito de hormigas gigantes con alas. El las llamaba termitas, pero no se si se trataba de aquella especie.
Eran insectos muy feos que salían a través del zócalo de la entrada y del pasillo de la planta baja y que a millares invadían las baldosas.
Nosotros armados con escobas e insecticidas, a lo largo de la noche, matamos a muchas de ellas, pero no conseguimos exterminarlas.
Al día siguiente mi padre llamó a un albañil para que tapase todos los agujeros y pequeñas fisuras que había en la pared. Creo que desde entonces los bichos habían desaparecido de nuestra casa.
Sin embargo el recuerdo de aquellos insectos había sido una pesadilla para mí y para mi padre, por eso temía hallarlos de nuevo.
Entrar en la casa donde había nacido y escuchar aquel gran silencio fue triste para mí, pues en ella desde hacía tres siglos había habido vida. Desde la muerte de mi padre estaba deshabitada, solo el enorme gato de mi madre moraba en el jardín. Mi hermana cada día iba a darle de comer al pobrecito.
Abrí todas las ventanas para que entrara aire y la luz de la calle, luego limpié la habitación donde iba a dormir y el cuarto de baño.
Durante aquellos días las horas pasaron rápidas yendo de una oficina a otra, ya que siempre salían pegas. Los trámites fueron largos y pesados pero al final firmamos las escrituras.
El último día llegamos a casa de mi hermana agotados, pusimos la mesa y calentamos una sopa de espárragos, que había preparado ella la noche anterior. Hacia las dos y media mientras sorbía la primera cucharada de aquel delicioso manjar sonó el teléfono. Era un empleado del ayuntamiento quien nos comunicaba, que ya estaba preparada la documentación para el cambio de nombre del nicho cementerio.
Nos pusimos a reír los tres, ya que la situación era cómica: nosotros nos preocupábamos por la sucesión y segregación de los inmuebles heredados y el empleado nos recordaba indirectamente donde iríamos a parar una vez muertos.
Volví al caserón ya más relajada después de haber reído con mis hermanos.
Entrando vi de nuevo algunos bichos que corrían por todo el pasillo, pero esta vez no me impresionaron, quizás porque aún no eran muchos y sobre todo porque era como si el sueño de los insectos me hubiera preparado para volver a verlos.
Antes de hacer la maleta llamé al albañil para que arreglara las quiebras de la pared.
Mi hermano me acompañó al aeropuerto hacia el atardecer de un día de primavera muy raro porque frío y lluvioso.
Un locutor en la radio declaraba que hacía más de doscientos años que no se había hecho un mes de mayo tan malo.
Al llegar le dije que no bajara del coche y que me dejara en la entrada del aeropuerto pues llovía a cántaros y no deseaba que él se mojase.
Nada más despegar me dormí leyendo el libro que había sido mi fiel compañero durante aquel viaje. Me despertó el temblor ligero de mi asiento. Me levanté y fui al pequeño lavabo. Mientras me echaba un poco de agua en la cara una fuerza vertical me sacudió violentamente.
El capitán anunció que cruzábamos una zona con turbulencias fuertes y que teníamos que sentarnos y abrocharnos en seguida los cinturones.
Fui corriendo a mi asiento, cerré los ojos e intenté sacarme de la cabeza el miedo que me invadía mientras mi cuerpo botaba.
En aquellos momentos el único pensamiento que me distrajo y me ayudó fue el de los bichos.
Esos insectos, que hacía unos días me habían asustado tanto, lograron calmarme y que dejara de pensar en que el avión iba a estrellarse. Me imaginé que bajo las nubes había un montón de bichos, quienes enlazados formaban una capa elástica y resistente, que seguramente impediría que nos cayéramos al suelo.

Insetti
Non riuscivo a togliermi della testa l'immagine del nostro pianeta avvolto da uno strato di insetti giganti che, legati tra di loro, oscuravano lentamente il nostro cielo.
Avevamo poco tempo per salvare la Terra e quindi tutte le persone correvano.
Guardavo, con la testa in su, quegli enormi insetti che restavano immobili come se sapessero che il loro brutto aspetto ci avrebbe spaventati.
Quando ho cominciato a sentire dolore nella base del collo ho piegato la testa e ho visto quello che non avrei voluto vedere: una miriade di recinti quadrati di circa un metro di lato, costruiti con mattoni e dipinti di bianco nei quali c'erano molte uova di insetto.
Non potevamo scappare da quegli isotteri né all’ in su né all’ in giù.
All'improvviso ho visto in lontananza l'entrata di un corridoio sotterraneo e ho cominciato a correre per raggiungerla. Dovevo attraversare le incubatrici di insetti per potermi salvare, ma prima di infilarmi attraverso quel cunicolo, ho guardato verso il cielo e ho visto che rimaneva solo un pezzettino azzurro.
Sentivo che aumentava dentro di me la paura e l'angoscia che mi impedivano di muovere le gambe.
Ho cercato di svincolarmi e mi sono trovata a sedere. Ero sudata e impaurita ma almeno ero nel mio letto. Ho guardato la sveglia e ho visto che erano le quattro del mattino.
Forse il mio sogno aveva qualcosa a che vedere con il viaggio che quello stesso pomeriggio dovevo intraprendere.
La mattina sarei andata a scuola per fare lezione ai miei alunni. Dopo dovevo andare all'ambulatorio a fare una mammografia di controllo e nel primo pomeriggio avrei preso l'autobus per l'aeroporto.
Erano purtroppo quasi cinque mesi che era morto mio padre, quindi dovevo andare al paese della costa catalana dove sono nata per sistemare alcuni documenti richiesti per l'apertura del suo testamento.
Al telefono avevo detto ai miei fratelli, i quali ancora vivono nello stesso paese dove siamo nati, che volevo dormire nella vecchia casa di mio padre.
Mia sorella, che è quella più ansiosa della famiglia, mi ha detto:
- soffrirai di solitudine, inoltre la casa cade a pezzi ed è piena di bichos.
Allora ho ricordato una sera di primavera nella quale mio padre ed io lottavamo con un esercito di gigantesche formiche alate. Lui le chiamava termiti, ma non so se si trattava di quella specie.
Erano insetti piuttosto brutti che spuntavano lungo il battiscopa dell'entrata e del corridoio del pianterreno coprendo quasi tutto il pavimento.
Noi due, con delle scope e l'insetticida, in quella lunga notte ne abbiamo ammazzate tante, ma non siamo riusciti a sconfiggerle.
Il giorno successivo mio padre ha chiamato un muratore per fargli chiudere tutti i buchi e le piccole fessure che si erano formate nelle pareti. Credo che da allora le termiti siano sparite dalla nostra casa, ma il ricordo di quegli insetti era per mio padre e per me un incubo, per questo temevo di ritrovarli.
Era la prima volta che entrando in quella casa sentivo un gran silenzio  Essa era stata ininterrottamente abitata per più di tre secoli; dalla morte di mio padre era disabitata, per dire il vero era rimasto un unico inquilino: l'enorme e vecchio gatto di mia madre, che vivacchiava nel giardino. Mia sorella tutti i giorni andava a dargli da mangiare.
Ho spalancato tutte le finestre per fare entrare l'aria e la luce della strada e ho messo a posto una camera da letto e il bagno.
In quei giorni le ore sono trascorse in fretta dato che dovevamo recarci nei vari uffici amministrativi per risolvere i tanti problemi che via via sorgevano.
La messa a punto della documentazione è stata più lunga del previsto ma finalmente l'ultimo giorno siamo riusciti a firmare il testamento. Quando siamo arrivati a casa di mia sorella eravamo stanchi e affamati. Abbiamo apparecchiato e riscaldato una minestra di asparagi, che lei stessa aveva cucinato il giorno prima.
Verso le due e mezza, mentre assaggiavo la prima cucchiaiata è suonato il telefono.
Era un impiegato del comune, il quale ci comunicava che erano pronti i documenti necessari per il cambiamento di proprietà della tomba della nostra famiglia.
Ci siamo messi tutti a ridere di quella comica situazione: noi eravamo tutti presi e preoccupati per la successione e segregazione di beni immobili e quel impiegato ci ricordava che avevamo  eredidato anche un posto al cimitero.
Sono ritornata alla vecchia casa più rilassata dopo le risate fatte con i mie fratelli.
Nell'entrata ho rivisto alcuni insetti che si muovevano per il corridoio, ma questa volta no mi hanno impressionata, forse anche perché erano pochi e soprattutto perché il sogno degli insetti mi aveva preparato alla loro apparizione.
Prima di fare la valigia ho chiamato il muratore perché venisse a mettere a posto le fessure della parete.
Mio fratello mi ha accompagnato all'aeroporto verso l'imbrunire di un giorno di primavera molto strano perché freddo e piovoso.
Alla radio dicevano che era più di duecento anni che non si era visto un mese di maggio così brutto.
Appena arrivati gli ho detto di non scendere dalla macchina e di lasciarmi all'entrata dell'aeroporto giacché veniva un diluvio e non volevo che lui si bagnasse.
Subito dopo il decollo mi sono addormentata con in mano il libro che era stato il mio fedele compagno di viaggio. Mi sono svegliata di colpo in seguito a un intenso tremolio.
Mi sono alzata e recata nella piccola toilette. Mentre mi stavo sciacquando il viso una grande forza verticale mi ha sbatacchiata violentemente.
Ho sentito la voce del capitano che annunciava che stavamo attraversando una zona con delle forti turbolenze e quindi che dovevamo rimanere nei nostri sedili e allacciarci le cinture.
Sono andata di corsa al mio posto, dopo un po' ho chiuso gli occhi per tentare di scacciare dalla testa il terrore che sentivo mentre il mio corpo rimbalzava.
In quel momento l'unica cosa che mi ha aiutata è stato pensare agli insetti.
Quegli animaletti, che pochi giorni prima mi avevano tanto spaventata, sono riusciti a calmarmi e a non farmi temere che l'aereo avrebbe potuto precipitare.
Avevo immaginato che sotto le nuvole ci fosse una miriade di insetti i quali, legati tra loro, formavano uno stato elastico e resistente, che sicuramente ci avrebbe impedito di cadere.



 

lunedì 20 maggio 2013

La postina inamorata - La cartera enamorada















Aquel día  iba en bicicleta bajando por una de las calles del casco antiguo de la ciudad. Via della Condotta era muy estrecha por lo tanto iba despacio para no chocar con los turistas que paseaban. Mientras pedaleaba intentaba despejar mi cabeza. Las clases que había dado en el Instituto habían resultado agotadoras. Eran las dos y media de la tarde y tenía un poco de hambre. De pronto vi a lo lejos a una mujer de unos cuarenta años, ni gorda ni flaca, que descendía de un furgoneta de correos.
Llevaba una camiseta amarilla con delante unas letras que decían Poste italiane y unos pantalones deportivos azul marino. Noté que sus manos tocaban su barriga y que andaba un poco doblada hacia delante. Parecía que le doliera el vientre. Su cara reflejaba a través de una mueca un ligero dolor.
Había dejado el coche parado en medio de la calle y se dirigía a un quiosco que había muy cerca. Pasé por su lado y le pregunté si necesitaba ayuda. Ella sonriendo me contestó:
- E' solo mal di amore
-¿Seguro que se encuentra bien? Le dije creyendo no haber entendido sus palabras
- Grazie,  ma è solamente mal di amore, volvió a decirme.
Me alejé y seguí pensando en el motivo por el cual aquella mujer sufría mal de amor. Al llegar a casa me preparé una ensalada y después de comer me senté en el sofá rojo para descansar un rato.
Me dormí mientras la historia de la novela que estaba leyendo, Anna Karenina, se entrecruzaba con la de la chica de correos.
Por la noche mi marido y yo fuimos a un bar cerca de la plaza Santa Croce a tomar un aperitivo con unos amigos.
Les conté la historia de la postina y cada uno interpretó el mal de amor a su manera.
Uno pensó que el novio la había abandonado, otro dijo que podía haber tenido una inflamación a causa de un acto de amor muy intenso y el último imaginó que las punzadas se debían a los nervios que tenía esperando a su amante a escondidas del marido.
- ¿Qué es lo que  has imaginado tù? Me preguntaron ellos.
Les conté la historia que por tarde entre sueños había tejido:
Aquella mujer hacía poco tiempo que había conocido a la persona a quien iban dirigidas las cartas azules que cada semana depositaba en el buzón de un viejo apartamento en Via dei Neri.
Cada lunes al tomar entre sus manos la carta azul, la que sobresalía entre montones de sobres publicitarios, sentía un gran bienestar imaginando que dentro alguien habría escrito algo de bueno.
Una mañana muy soleada estaba a punto de echar la carta en el buzón cuando oyó la voz dulce de un señor que le decía con acento argentino.
- ¿Puede entregarme la carta por favor? Va a ser la última que recibiré, dijo luego flojito.
- Lo siento, pues me gustaba mucho traerle sus cartas. Era la única rutina que alegraba mi trabajo. Le contestò entregándole el sobre azul.
Aquel señor argentino, que a ella le pareciò muy atractivo, la invitó a tomar una cerveza y le contó que las cartas azules eran de su madre, quien había muerto hacía pocos días. Sin embargo antes de morir había escrito aquella carta. El había ido a Buenos Aires para el entierro y habìa vuelto la noche anterior.
La carta de la madre quizás había viajado en el mismo avión que el hijo, pensó la postina.
Hacía solo tres días que se habían conocido pero la cartera ya estaba enamorada y por eso se notaba muy rara: a ratos, cuando pensaba en él, sentía en el vientre punzadas de felicidad.
Cuando ya de noche volviamos a casa paseando lentamente por las callejuelas casi desiertas que corren detràs de la iglesia de Santa Croce,  mi marido me preguntò:
- Por qué estàs sonriendo?
Yo le contestè que seguìa pensando en la postina inamorata

La cartera enamorada
Aquell dia anava en bicicleta baixant per un dels carrers del casc antic de la ciutat.  Via della Condotta era molt estreta per tant anava a poc a poc per no xocar amb els turistes que passejaven. Mentre pedalejava intentava aclarir el meu cap. Les classes que havia donat a l'Institut havien resultat esgotadores. Eren dos quarts de tres de la tarda i tenia una mica de gana. Tot d'una vaig veure  de lluny a una dona d'uns quaranta anys, ni grossa ni prima, que descendia d'un furgoneta de correus.Portava una samarreta groga amb davant unes lletres que deien Poste italiane i uns pantalons esportius blau marí. Vaig notar que les seves mans tocaven la seva panxa i que caminava una mica doblegada cap endavant. Semblava que li fes mal el ventre. La seva cara a través d'una ganyota reflectia un lleuger dolor.Havia deixat el cotxe aturat al mig del carrer i es dirigia a un quiosc que hi havia molt a prop. Vaig passar pel seu costat i li vaig preguntar si necessitava ajuda. Ella somrient em va contestar:
- E' solo mal di amore.
- Segur que es troba bé? Li vaig dir creient no haver entès les seves paraules. 
- Grazie, ma è solamente  mal di amore, va tornar a dir-me.Em vaig allunyar i vaig seguir pensant en el motiu pel qual aquella dona patia mal d'amor. En arribar a casa em vaig preparar una amanida i després de dinar em vaig asseure al sofà vermell per descansar una estona.Em vaig adormir mentre la història de la novel·la que estava llegint, Anna Karenina, s'entrecreuava amb la de la noia de correus. 
Al vespre el meu marit i jo vam anar a un bar a prop de la plaça de Santa Croce a prendre un aperitiu amb uns amics. Els vaig explicar la història de la postina inamorata i cada un va interpretar el mal d'amor a la seva manera.Un va pensar que el company l'havia abandonat, un altre va dir que podia haver tingut una inflamació a causa d'un acte d'amor molt intens i l'últim va imaginar que les punxades es devien als nervis que tenia esperant al seu amant d'amagat del marit.
- Què és el que has imaginat tu? Em van preguntar ells.
Els vaig explicar la història que per tarda entre somnis havia teixit:Aquella dona feia poc temps que havia conegut a la persona a qui anaven dirigides les cartes blaves que cada setmana dipositava a la bústia d'un vell apartament a Via dei Neri. Cada dilluns al prendre entre les seves mans la carta blava, la qual sobresortia entre munts de sobres publicitaris, sentia un gran benestar imaginant que dins algú hauria escrit alguna cosa de bo. Un matí molt assolellat estava a punt de tirar la carta a la bústia quan va sentir la veu dolça d'un senyor que li deia amb accent argentí.
- Pot donar-me  aquesta carta si us plau? Serà l'última que rebré, va dir després fluixet.
- Ho sento, m'agradava molt portar-li les seves cartes. Era l'única rutina que alegrava la meva feina. Li va contestar donant-li el sobre blau. Aquell senyor argentí, que a ella li va semblar molt atractiu, la va convidar a prendre una cervesa i li va explicar que les cartes blaves eren de la seva mare, qui havia mort feia pocs dies. No obstant això abans de morir havia escrit aquella carta. Ell havia anat a Buenos Aires per l'enterrament i habìa tornat la nit anterior. La carta de la mare potser havia viatjat en el mateix avió que el fill, va pensar ella.
Feia només tres dies que s'havien conegut però la cartera ja estava enamorada i per això es notava molt rara: a estones, quan pensava en ell, sentia al ventre punxades de felicitat. 
Quan ja de nit tornavem a casa passejant lentament pels carrerons gairebé desertes que corren al darrera de l'església de Santa Croce, el meu marit em va preguntar: 
- Per què estàs somrient?  
 Jo li vaig contestar que estava pensant en la postina inamorata






venerdì 3 maggio 2013

Cara amica




Cara amica,

è da molti giorni che volevo scriverti una lettera, ogni volta mi dicevo di aspettare un momento tranquillo, ma questo pomeriggio ho deciso di non rimandare più, per questo ho preso la mia macchina da scrivere, così chiamo il mio vecchio computer, ed eccomi qua.

Questa notte i miei pensieri erano veramente ingarbugliati, non potevo dormire e ho pensato a lungo a  te.

Da un po' di tempo, la sera, quando vado a letto cerco di fare un elenco delle cose belle che ho e questo mi fa capire che, a quasi sessant’anni, sono una donna fortunata, soprattutto perché non ho rimpianti:
Ti ricordi, quando, tanti anni fa, ho lasciato la nostra città, nonostante il parere contrario di tutta la mia famiglia, perché mi ero innamorata di Lui? Penso di aver fatto la cosa giusta nonostante  i sensi di colpa, che non mi abbandonano mai, per aver recato tanta sofferenza  e dolore  ai  genitori. Negli anni ho allacciato nuove amicizie, ma non ho perso i vecchi amici come te, ai quali continuo a scrivere. Ho un lavoro che mi piace in un ambiente gratificante e poco competitivo, almeno per adesso, ma è stata dura crescere i figli senza l'affetto e l'aiuto dei nonni.

Sto bene in compagnia, ma continuo ad amare anche la solitudine, m'immergo spesso nella lettura di romanzi che mi fanno capire cosa vuol dire vivere e  morire, per questo cerco di pensare alla mia morte con serenità accettando che tutto finisce e che noi siamo di passaggio.

Tuttavia, ieri sera sentivo un intreccio di emozioni incontrollabili e il mio elenco di cose belle  ha cominciato a sgretolarsi piano piano.

Durante tutta la serata sono stata incollata con Lui davanti alla televisione per seguire le votazioni dei parlamentari per eleggere il Presidente della Repubblica italiana.

Ho percepito tra i membri del Parlamento invidie, competitività alle stelle, ambizione malsana, egoismo personale, giochi di potere, alleanze sleali, tradimenti, ecc.,  ed  io  ho cominciato ad agitarmi.

Verso mezzanotte sono andata in camera e mentre leggevo alcune pagine del romanzo di Tolstoj Anna Karenina, per distrarmi da tutta quella negatività, a un certo punto mi ha colpito questo brano:

Ella stessa sentiva che alla vista di lui la gioia le splendeva negli occhi e increspava le sue labbra in un sorriso, e non poteva spegnere l'espressione di questa gioia”

E subito ho percepito una cosa strana, come se la passione d'amore che sentiva la protagonista vedendo Vronskij, colui che le scatenava quel nuovo sentimento, entrasse in me.

Dopo mezz'ora, è venuto lui a letto ed è crollato subito dalla stanchezza in un sonno così profondo, che, quando mi sono avvicinata e l'ho abbracciato da dietro, lui non se ne è accorto.

Mi sono sentita un po' abbandonata perché era nato improvvisamente in me un gran bisogno di carezze e di amore.

- Forse Lui non mi ama, per questo si è addormentato subito? Mi sono detta.

Allora l'eco dei tradimenti dei vari esponenti dei partiti politici a cui avevo assistito in quel triste pomeriggio si sono mescolati e trasformati in infedeltà amorosa nella mia testa. Che confusione!

E' stato allora che ho pensato alla forza e al coraggio che hai avuto dopo aver lasciato tuo marito. Ho capito, per un attimo, il malessere che poteva sentire una donna spezzata, trovandosi all'improvviso senza amore.

Mi sono alzata e tutti quei sentimenti negativi mi hanno seguita come un cagnolino scodinzolante, ho cominciato ad andare in su e in giù per il corridoio, ho preso un bicchiere d'acqua e mentre camminavo la mia lista continuava a sbriciolarsi.

Perché mi ero impuntata su quel desiderio?

Mi sono addormentata verso le tre di notte e al risveglio ero molto stanca e confusa.

Sono schizzata dal letto, perché quel sabato dovevo andare al lavoro presto. La doccia calda mi ha rasserenata. Ero in leggero anticipo e prima di uscire di casa ho voluto salutare quel corpo immobile sotto le coperte. Gli ho raccontato quella passione di Anna Karenina che la notte prima era uscita dal libro de era entrata in me. Lui sentendo quelle parole mi ha abbracciata e risucchiata nel nostro letto.

Dopo, sono andata di corsa a scuola un po' spettinata ma con un sorriso sulle labbra e con un’ espressione di gioia che mi ha accompagnata per tutto il giorno.

Ma ora parliamo di te: come stai? Ti sei già abituata  al tuo nuovo appartamento? Spero che presto tu riesca ad apprezzare le cose belle della tua vita.

Hai fatto bene a cercarti un'altra sistemazione, dopo aver scoperto il tradimento di tuo marito. Penso che sia stato molto doloroso prendere questa decisione. Sebbene i vostri figli siano ormai grandi, immagino che sia stato un gran cambiamento per tutti i membri della tua famiglia, quando gli hai detto:

La mamma se ne andrà a stare  per un periodo in una piccola casa vicina a voi. Vostro padre ed io abbiamo bisogno di stare un po' separati. 

So che parli malvolentieri della tua drastica decisione e credo di capire che non ne potevi più di sentirti tradita e non amata.

Al telefono mi hai raccontato che ogni venerdì sera sei felice perché vai a prendere Giulia e passate insieme tutto il fine settimana.

Lei è ancora piccola e ha bisogno di me, soprattutto in questo primo anno di scuola superiore, Giorgio invece se la può cavare da solo. Ha tanti amici e tra poco prenderà il diploma di maturità. Ricordo che mi hai detto sussurrando come se tu parlassi con te stessa.

Hai fatto bene a lasciarli col padre nella grande casa. Sebbene i tuoi figli abbiano una gran nostalgia di te, almeno si trovano nel proprio ambiente e poi tu mi hai sempre detto:

Mio marito ha tanti difetti, ma una gran bella qualità: è un buon padre.

Raccontami come trascorri le tue giornate. Spero che il tuo lavoro in ospedale, nel nuovo reparto di cardio-pediatria, anche se molto faticoso e impegnativo, continui a darti tante soddisfazioni.
La sera, sono sicura, piano piano ti sentirai meno sola. Vedrai che presto conoscerai nuove persone e che la vita ti regalerà tante emozioni anche se piccole come per esempio quella che ho sentito io qualche giorno fa:

Ero andata al supermercato, al banco dei formaggi un commesso del viso tondo sorridendo mi ha domandato:

Scusi, lei ha insegnato all'Istituto Alberghiero di Firenze? Perché credo che sia stata la mia professoressa per due anni.

Si,  ho lavorato in quella scuola a metà degli anni novanta. Che piacere essere riconosciuta da un allievo che ho avuto in classe quasi venti anni prima! gli ho risposto mentre cercavo di fare mente locale.

Sono Carlo Talenti e ho un bel ricordo di lei, mi piacevano molto le sue lezioni di scienze e con lei mi trovavo a mio agio a differenza di altri professori che, insieme alla mia poca voglia di studiare, hanno contribuito a farmi lasciare la scuola, mi ha detto quel giovanotto dai capelli brizzolati.

Grazie per avermi riconosciuta e salutata, d'ora in avanti verrò a trovarti quando farò la spesa.
Mentre dicevo  quelle parole, mi è tornato in mente il ragazzo paffutello che, alla fine di ogni lezione, veniva prima con timidezza e poi con disinvoltura a parlare con me di alcuni argomenti che avevamo trattato.

Sono contenta di averti scritto questa lettera, perché muovendo le dita sulla tastiera, le nostre storie si sono  intrecciate.

Peccato, che abitiamo in città così lontane, vorrei tanto poterti abbracciare e dirti che ti voglio tanto, tanto bene, invece dovrò aspettare l'estate per  rincontrarti.
Spero che un giorno, quando ti capiterà di sentire una sorta di passione d'amore, forse leggendo Anna Karenina, troverai vicino a te una persona che ti abbraccerà.
Emma