Desde que conocieron a la chica peruana, los jueves fueron diferentes para Hugo y Fiorella. Bueno empecemos por el principio:
¿Quiénes son Hugo y Fiorella? Son una pareja de setentañeros que hace cinco años se jubilaron. Él era pintor y profesor en una academia de arte, ella enfermera. Son argentinos de origen italiano que huyeron de dictadura militar de Videla, en 1976; no eran activistas políticos, pero tenían amigos que sí lo eran y temían represalias.
Desde que ya no les quedaba familia, iban poco a Argentina. Hacía más de diez años que no cruzaban el Atlántico. Tenían tres hijos que vivían en otras ciudades de España, pero el mediano se había instalado en Roma hacía poco. Visitaban a menudo a sus hijos y a sus nietos, que ya eran cuatro. Los dos se mantenían bastante jóvenes, intentaban salir con los amigos y hacer deporte: ella iba a clases de pilates y él practicaba ciclismo los fines de semana. También les gustaba leer e ir al cine.
Una muchacha paraguaya, Juana, se ocupaba de la limpieza de su apartamento en el Ensanche de Barcelona, que habían comprado con mucho esfuerzo y una hipoteca. Venía una vez por semana, generalmente los miércoles y limpiaba a fondo. Hugo se ocupaba de la colada, tendía la ropa y limpiaba los cristales de las ventanas; además era manitas y le gustaba hacer arreglos. Fiorella planchaba y limpiaba la cocina y el cuarto de baño a diario. También se ocupaba de la compra. Ambos cocinaban.
Juana tenía una niña pequeña a la que acompañaba a la escuela todas las mañanas, por lo que empezaba a trabajar a las nueve y media. Pero con el tiempo, la niña empezó a ir sola al colegio, y Juana tocaba el timbre de su casa a las ocho en punto. Era muy pronto para ellos, una verdadera lata, tenían que levantarse pronto, desayunar deprisa y salir de casa. Fiorella iba al gimnasio y Hugo daba una vuelta en bicicleta. Sin embargo, para no dejar sin trabajo a Juana, no se quejaron y aguantaron varios años, hasta que la muchacha paraguaya encontró un empleo fijo cerca de su casa.
Fiorella habló con una vecina y esta le dio el teléfono de Ana, una chica peruana de unos veinticinco años, que iba a limpiar su casa. Les gustó enseguida y quedaron en que iría los jueves a las dos y media. Ana era decidida y muy organizada. Les contó que era viuda y que no podía tener hijos. Vivía con unas primas en Badalona y cogía el tren para ir a trabajar a Barcelona. Trabajaba doce horas al día y siempre estaba de buen humor. Además de limpiar, cuidaba a unos niños. Les daba la cena y los acostaba todos los días, porque los padres llegaban del trabajo a las nueve. Ana decía que era una barbaridad, que los niños vieran tan poco a sus padres. A ella le encantaban los niños, era cariñosa y tenía mucha paciencia. Emanaba simpatía y serenidad.
Antes de que Ana llegara a su casa, nunca salían juntos a pasear, solo lo hacían con amigos. Sin darse cuenta con el tiempo se habían distanciado. Pero con la llegada de Ana las cosas cambiaron.
Se adaptaron al nuevo horario de limpieza de la casa y, sin proponérselo, empezaron a pasear juntos. Salían los jueves hasta las cinco y media, cuando Ana se iba.
Unos jueves iban a una exposición, otros al cine y otros daban un paseo cerca de la playa de la Barceloneta. En fin los jueves se transformaron en una costumbre muy agradable. Una tarde en que habían ido a una terraza a tomar algo, pues era el primer día soleado de febrero, hablaron sobre su llegada a Barcelona y comentaron lo pequeño que era el altillo donde vivían. Recordaron la cama donde yacían y las noches de pasión, abrazados. El recuerdo de sus cuerpos jóvenes despertó en ambos el deseo de tocarse.
Volvieron a casa contentos por la charla íntima y cuando Francisca estaba a punto de poner la llave en la cerradura, le preguntó a Hugo:
—¿Tienes planes? Yo tendría que arreglar unos papeles —continuó—, pero si quieres hacemos algo juntos, como meternos en la cama.
Hugo se sonrojó un poco, pues su mujer rara vez le proponía sexo, y le contestó:
—Me encantaría.
Sus cuerpos habían envejecido, pero las tardes de los jueves, cuando Ana ya había terminado la limpieza y se metían en la cama, les hacían sentirse jóvenes y ufanos, como cuando tenían veinte años y llegaron a España.
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