venerdì 20 febbraio 2026

Una visita inesperada

 



Mi hijo llegó a casa y me dijo que el chico con el que salía su hermana le había llamado, para decirle que quería darle una sorpresa y presentarse al día siguiente en Firenze sin decirle nada. Además le pedía que fuera a buscarlo a la estación, en cuanto llegara el tren de Milán. Teníamos que procurar que ella estuviera en casa a las cinco de la tarde, pero no podíamos decirle nada.

Aquella bochornosa tarde de julio estaba echada en la cama leyendo un libro, cuando oí que se movía la llave en la cerradura.

Hola familia, ¿qué tal?dijo nuestro hijo desde la puerta.

Aparte del bochorno, bien! le dije yo desde mi cuarto.

Voy a ducharme porque me muero de calor.

Su hermana seguía en su habitación trabajando en la tesis de final de carrera, como tenía la puerta cerrada no se enteró de nada.

Escuché las ruedecitas de la maleta del novio moviéndose por el pasillo y me mantuve callada. Luego, un grito de sorpresa y felicidad inundó toda la casa. Ella lloraba de alegría. Cuando fui a su cuarto para saludar al invitado inesperado todavía se estaban besando y seguían abrazados.

Mi hija me dijo que recibir aquella visita había sido para ella una emoción tan grande que todavía no se lo creía, ya que en realidad no iban a verse hasta principios de septiembre, cuando empezaran las clases en la Universidad Autónoma de Madrid, donde los dos estudiaban.

Ha sido un milagro ver aparecer a la persona que quiero y añoro tanto dijo ella.

Volví a mi cuarto y me puse de nuevo a leer, pero mis pensamientos ya no estaban relacionados con la lectura sino con otra llegada inesperada, la de U, a Barcelona cuarenta años atrás.


En febrero de 1977 encontré un trabajo con el que podía pagar mis gastos. Consistía en seleccionar y ordenar montañas de facturas para un banco en una oficina un poco destartalada situada en un barrio periférico del norte de Barcelona. Mientras lo hacía pensaba en lo mucho que echaba de menos a U. y en lo que daría por estar a su lado. Él estudiaba arquitectura en Firenze y yo Ciencias químicas en Barcelona, donde compartía apartamento con otras estudiantes. En noviembre de 1976, hubo una huelga general en la Universidad Central de Barcelona y para mí fue un momento muy especial. Dejé los libros de química en las estanterías y empecé a sentirme libre. Con mis compañeras de piso invitábamos a amigos a cenar, salíamos por la noche a menudo, dormíamos casi toda la mañana y por la tarde leía echada en la cama. El azar quiso que en aquellos días de libertad conociera a U. quien, aprovechando que en su facultad tampoco había clases, pues los estudiantes la habían ocupado, había salido de Génova en barco hacia Barcelona, con cuatro duros y un papel doblado en el bolsillo, que unos amigos, que había conocido en Venecia aquel verano, le habían dado para invitarle a Barcelona. En el papel había sus direcciones.

No terminaba de gustarme la carrera que había escogido. Sabía que tendría que estudiar mucho, pero a eso ya estaba acostumbrada, lo que no me gustaba era estar todo el día rodeada de conceptos abstractos y fórmulas químicas. Lo que quería era tener los pies en el suelo y tocar con las manos la vida, cosa que comprendí más tarde cuando me trasladé a estudiar Paleontología en Firenze.

Estaba en tercero de Químicas y quería especializarme en bioquímica, ya que la vida y sus misterios me interesaban mucho. Pero los dos primeros cursos habían sido, además de difíciles, muy aburridos; sin embargo, el tercero se presentaba aún peor, ya que las clases teóricas y las prácticas, no me dejaban ni un minuto libre para leer o salir con mis amigos. Por las noches deseaba leer una novela, pero cuando abría el libro me sentía culpable, porque sabía que debía estudiar. Me faltaba tiempo y eso me agobiaba. Sentía que aquella carrera me ahogaba.

Por las mañanas solía ir a clase y algunas tardes trabajaba, pero un día no fui a la facultad porque me habían pedido que clasificara facturas por la mañana. Ese mismo día, U. después de viajar casi 24 horas en barco, llegó al puerto de Barcelona a media mañana. Tocó muchas veces el timbre, del apartamento de la calle Maestro Nicolau, que yo compartía con otras estudiantes, pero nadie le abrió. Se sentó en las escaleras y se puso a leer mientras me esperaba. Hacia las dos volví a casa y mientras subía lentamente las escaleras pensando en lo qué iba acocinar, lo vi sentado en los peldaños más altos de la cuarta planta, cerca de la puerta de casa.

Me invadió una emoción tan fuerte que no podía creer lo que veían mis ojos. En aquel momento se abrió la puerta y apareció una compañera de piso que salía corriendo para ir a clase.

¿No has oído el timbre le pregunté.

Lo siento mucho, pero cuando duermo profundamente no hay quien me despiertedijo ella bajando las escaleras deprisa.

Abrí la puerta y entramos abrazados. El mundo cambió, la tarde se volvió noche y la noche tarde.


Aquel bochornos día de julio se refrescó al atardecer después de una tormenta típica del verano. Abrí las ventanas y pensé que teníamos que celebrar las sorpresas de la vida.

Los chicos salieron por su cuenta y celebraron aquel encuentro inesperado. Puse la mesa para dos y preparé manjares a base de verduras, corté lonchas de queso, tosté pan y descorché una botella de vino. Cuando U. volvió del trabajo y vio la mesa tan bien puesta y las velas encendidas, no entendía lo qué se estaba celebrando. Sin embargo, cuando le conté que nuestra hija había tenido una visita inesperada aquella tarde, recordó en seguida la suya de la primavera de 1977 en Barcelona, que tanto me había sorprendido y maravillado.









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