sabato 17 dicembre 2016

Cartas de la madre














Durante veinte años las cartas de la madre le fueron llegando sin faltar cada semana.
El cartero en bicicleta las traía los jueves o los viernes. Alguna que otra vez la carta no aparecía en el manojo de la bolsa de piel de correos, entonces Laura decía a Lucio:
- ¡Qué raro que no hayan llegado noticias de mamá!, pero por sus adentros sentía una especie de alivio, luego se arrepentía y se sentía culpable.
En otras ocasiones le llegaban dos cartas seguidas.
Laura se había fijado que después de algunas cartas rutinarias, en las que su madre, hablaba poco de ella misma, llegaba una carta más larga cargada de congoja, a la que ella llamaba  carta mala. Por eso primero las leía deprisa para no sufrir y luego volvía a hacerlo despacio. Por la noche en voz alta le recitaba a Lucio algunos trocitos que se había aprendido de memoria, sobre todo  los que la madre describía la vida cotidiana de la familia o contaba anécdotas de la gente del pueblo. La parte quejumbrosa se la ahorraba siempre.
Aquella noche de otoño Laura estaba un poco acatarrada, le apetecía quedarse sola en casa, por eso le dijo a Lucio que fuera sólo al concierto.
Cenó  y luego se sentó en el sofá con el paquete de cartas de la madre, que días atrás había sacado de un cajón del desván.
Hacía casi diez años que su madre había fallecido. Su muerte se produjo a raíz de una caída. Estuvo tres horas echada en el jardín sin poder moverse, antes que el marido pudiera llamar a una ambulancia.
Cogió una de ellas al azar y empezó a leer  aquella letra tan bonita.

Querida hija:
Estoy sentada en la cocina, la casa está callada, tu padre se ha ido a jugar a cartas al Casino. Hoy como cada sábado te escribo al salir de misa. ¡Qué buena invención el poder ir a santificar la fiesta en las tardes de los sábados! Me encanta anticipar las cosas y no tener nada pendiente.
Mi papá me predicaba siempre: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, yo he seguido su enseñanza toda la vida, al pie de la letra.
Cuando éramos jóvenes tu tía y yo cada domingo teníamos que levantarnos temprano para ir a la iglesia. Tu abuela Carla madrugaba incluso los domingos, a las ocho, cuando en invierno empezaba a amanecer, hacía adrede ruido con potes y cacerolas y a las nueve en punto nos empezaba a echar de la cama diciéndonos:
- Chicas, el cura no os va a esperar, la misa está a punto de empezar.
La función comenzaba a las diez, pero ella no soportaba que nos desperezásemos largo rato bajo las sábanas.
Las dos hermanas salíamos deprisa con los ojos aún soñolientos, las cabezas tapadas con mantillas negras y el misal en la mano. Lo único que me gustaba era estar quieta en mi banco observando a los chicos del pueblo y a los pocos forasteros que caían durante las fiestas. Ahora todo el mundo se sienta donde le apetece, antes los hombres se ponían a la derecha y las mujeres a la izquierda. Yo me quedo en los bancos de  atrás para que no me vean, desde que tú te marcharse al extranjero, ya no me gusta arreglarme y salir de casa. Sólo voy a misa los sábado para no encontrar a nadie que me diga:
-¿Tú hija está casada o no? ¿Aún vive con  el francés?
Me siento inferior cuando oigo esas palabras, quisiera fundirme y desaparecer, no sé qué contestar. No te quiero apenar siempre con la misma historia. Hay que aceptar todo lo que viene, ¿no? Pero tú ya sabes como soy yo, me deprimo pensando en la desgracia que me ha tocado.
Me tomo todas las pastillas que me ha recetado el médico, pero no me animan, siento una gran tristeza.
Los domingos, tú me dirás, te puedes quedar un rato más en la cama al lado de papá. Él sigue odiando a los curas. ¿te acuerdas que sólo pisaba la iglesia para ir a entierros? Ahora he conseguido que entre cuando nos invitan a  bodas,  bautizos o  comuniones. No para nunca por casa con la excusa del trabajo y de la tertulia con los amigos. Toda la vida he tenido miedo de que tu padre tuviera otras mujeres, sé que no te lo debería decir a ti. ¿A quién se lo podría confesar?Ya no me queda  nadie con quien conversar.
Hablando de bodas, ¿te acuerdas de tu amiga Consuelo, la única que se ha quedado soltera?, pues dicen que se va a casar. El novio es el socio de toda la vida de su padre, las malas lenguas comentan que es una boda concertada. El otro día me dio recuerdos para ti.
Cada noche les preparo la cena a los nenes de Carolina. Estoy contenta de ser abuela, pero tengo poca paciencia y con con todos mis achaques ya no tiro. No se como decirle a tu hermana que no puedo ocuparme de los peques, pues ella la pobre se mata trabajando y no se merece ese disgusto: “Una yaya que no quiere  ser yaya”
La chica los va a buscar al colegio, luego hacia las siete me los trae a casa. Comen en un santiamén y después juegan o miran la tele. Dan la lata, sobre todo el pequeño que es muy vivaracho; el mayor era más tranquilo  ¿te acuerdas de lo entretenido que estaba este verano haciendo rompecabezas? ahora también se ha puesto pesado porque está celoso del hermanito. Menos mal que a las nueve  vienen a recogerlos.
Carolina no ha tenido mucha suerte, dejando el trabajo en la peluquería y abriendo la tienda de ropa con otra socia. Es demasiado duro para ella cargar cajas y trastos, le duele la espalda y creo que tendrá que operarse de hernia lumbar que le acaban de diagnosticar.
Bueno, no hablemos más de males.
¿Tú cómo estás?¿ Ya te cuidas? ¿Te abrigas?
¿Cuándo vamos a volver a vernos? ¿Vendréis para estas fiestas? 
Tu padre no quiere emprender viajes, yo no me atrevo a venir sola. ¿Qué diría la gente de una esposa que viaja sin el marido? A veces me imagino cómo podría ser  marcharme del pueblo en tren, sin embargo en seguida me lo saco de la cabeza como si fuera un pecado.
Come mucho, que la última vez te vi un poco flaca.
Un abrazo
Tu madre
PS: Cuando nos veamos no hables de esa carta, quémala, no quiero que ellos sepan que me gustaría huir de la vida que me toca vivir.

Laura en seguida pensó que las  cartas de la madre empezaban y terminaban siempre de la misma manera.
Recordaba que cada vez que leía una  carta mala se entristecía pues le sabía mal que ella no fuera feliz y se sentía un poco culpable, sin embargo aquella  noche tras leerla  de nuevo, se sintió libre de culpa.
Se preparó una taza de manzanilla, se sentó de nuevo en el sofá y al cabo de poco oyó que alguien abría la puerta. Lucio entró en la sala sonriendo. Dijo que le había gustado mucho el concierto  jazz y que  había encontrado un par de amigos.
- Ya son casi las doce ¡Qué tarde que es! Me he distraído leyendo la correspondencia de mi madre y se me ha pasado el tiempo volando.
- Lo sé que te gusta leer  en tu rinconcito del sofá, pero mañana hay que madrugar, venga, vamos a dormir, dijo Lucio.
En la cama se pusieron a charlar. A Laura le encantaba hablar de sus cosas con Lucio. Con la vida que llevaba, siempre corriendo  entre el trabajo, los hijos,  la compra y el perro, no tenía muchas ocasiones para estar a solas con él.
- Esta noche he caído en la cuenta  que al marcharme de casa no le causé tanto daño a mi madre como pensaba, quizás hice que su vida opresiva diera una vuelta y gracias a nuestra correspondencia sus emociones, sea positivas que negativas, fluyeran de nuevo.
- Menos mal que de vez en cuando eres sabia y no te echas la culpa de todo, dijo él.
A Laura la imagen de la madre siguió rodándole por la cabeza, le daba un poco rabia que ella no hubiera tenido agallas para marcharse unos días de casa y  decirles a todos que estaba harta de preparar comidas, lavar y planchar la ropa  ajena, sin embargo antes de cerrar los ojos pensó satisfecha que a pesar de todas sus debilidades su madre había tenido la fuerza  de escribirle sin faltar una carta cada semana.









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