venerdì 20 settembre 2024

La cita de los jueves

 


Cuando Elisa se levantaba de la cama se dejaba llevar por la inercia. Salía de casa puntual e iba andando al trabajo. Por la tarde volvía de la oficina agotada. Se sentaba en el sofá, se quitaba los zapatos y, mientras se hacía masajes en los pies hinchados, se reñía en voz alta:

Si voy estresada y tengo dolor de cabeza, es por mi culpa; debería rechazar las tareas del despacho que tocarían a mis compañeros. Si he engordado tanto, es por mi culpa; debería llevar una vida menos sedentaria. Si mis viejas amigas ya no me llaman, es por mi culpa; tendría que estar menos angustiada y ser más comunicativa.

Hacia las ocho de la tarde, solía pedir por teléfono una pizza o se calentaba un plato preparado que sacaba del congelador. Se sentaba delante de la televisión y se tragaba sin gusto aquella comida rápida. Mientras buscaba una película divertida en la tele o en alguna plataforma, seguía dándole vueltas a todo lo que le había salido mal durante el día. Se acostaba tarde, pues le gustaba leer antes de meterse en la cama.
Por la mañana se despertaba más animada, ya que se sentía menos culpable y trataba de convencerse de que muchas veces la culpa era de los demás, otras de nadie. Acababa de cumplir sesenta años. Se quedó viuda a los cincuenta y cinco. Durante los primeros tiempos, siguió saliendo con los amigos de antes, cuatro parejas muy unidas que se conocían desde que eran jóvenes. Cada sábado iban a cenar a un restaurante. Eran cariñosos con ella; sin embargo, a su lado se sentía todavía más desamparada y cada semana le pesaba un poco más salir con ellos.
Además del amor de Fabio, su fiel marido, echaba de menos los largos viajes que hacían juntos. Había intentado viajar con un grupo de colegas, pero no era lo mismo; no sentía ni emoción, ni alegría, como cuando viajaba por el mundo con su esposo.
Desde que se quedó viuda, cada jueves por la mañana la llamaba Carlos, el mejor amigo de Fabio, y le decía con su voz profunda: —Iré a tu casa hacia las cinco.
Elisa sospechaba que Fabio, antes de morir, le hubiera pedido a Carlos que fuera a verla cada semana. El primer día que se citaron, Elisa se sintió incómoda a solas con Carlos, pero poco a poco se acostumbró a sus visitas semanales.
A Elisa le gustaba el aroma del café que cada jueves se difundía por la cocina. Le recordaba a Fabio preparando meticulosamente la pequeña cafetera; sin embargo, no le gustaba el sabor del café; prefería el té.
La bandeja que ella colocaba sobre la mesa del salón contenía dos tazas de porcelana blanca, con sus respectivos platillos y cucharitas, la cafetera, una gran tetera, dos servilletas de algodón amarillo y un plato con mantecados que Elisa compraba en una prestigiosa tienda del centro. Tan pronto oía el timbre, ponía un disco. Le encantaba
Kind of Blue, de Miles Davis.

Mientras tomaban el café y el té a pequeños sorbos, charlaban de esto y de aquello. Más que nada hablaba Elisa de los hijos, que mientras tanto se habían casado y de las pequeñas satisfacciones que le daban sus nietos; también se quejaba de sus compañeros de trabajo… Al final, casi siempre recordaba a su difunto marido, pero nunca mencionaba los meses trágicos de su enfermedad. Sus charlas duraban unos cuarenta minutos.
Carlos estaba casado, tenía dos hijos treintañeros y era director de un hotel de cuatro estrellas. Elisa se preguntaba cómo era
posible que un hombre tan ocupado tuviera tiempo para ir a verla cada semana. Carlos no faltó nunca a sus citas, excepto una vez, pero le avisó el día anterior con una llamada telefónica. Al cabo de un año, Elisa comenzó a tenerle confianza y un día le habló de sus desasosiegos y sentimientos de culpa.
— ¡Pero qué dices, mujer,
tú no tienes la culpa de nada! Deberías dejar de atormentarte con esos pensamientos negativos. Tienes que alejarte de tu entorno habitual para conocer a otras personas, le dijo él.
Elisa lo miró fijamente y con una voz temblorosa le contestó:
—No
es fácil. No tengo la edad para conocer a gente nueva, ni mucho menos para tener otra pareja. Yo sin Fabio me siento perdida.
—¡No digas tonterías, eres joven y bonita, aún tienes tiempo para empezar otra
vida! Le contestó él.
Al despedirse, Elisa lo abrazó más fuerte que otras veces.

Pasaron varios meses sin cambios ni percances; sin embargo, un jueves Carlos llegó a casa de Elisa con antelación y mientras sorbía lentamente su café, tomó las riendas de la conversación.
—¿Te acuerdas de
l día que me hablaste del malestar que sientes y de las pocas ganas que tienes de alternar con otras personas?
— Claro.
— Elisa, te voy a contar
una historia y luego me dices lo que piensas de ella.
Carlos se sentó en
una de las butacas y empezó a hablar:

El otro día se presentaron en mi despacho dos octogenarios. Se quedaron quietos de pie frente a mí, mientras yo hablaba por teléfono. Los observaba desde el escritorio, escuchando a una clienta que se quejaba del ruido que hacía el aire acondicionado de su habitación. Los dos tenían la mirada fija en el suelo. Cuando colgué el teléfono, siguieron callados. Al cabo de poco, el hombre, que era apuesto, a pesar de su edad, comenzó a hablar, mientras que la mujer, que también conservaba un poco de su aspecto juvenil, permaneció en silencio. Empezó elogiando el hotel, luego la ciudad y siguió así durante unos minutos. Se sentó en una silla y me dijo:
—Nuestra cama se rompió. Saltamos encima de ella. Lo sentimos mucho.
—Pero no nos hicimos nada; al contrario, fue muy divertido, dijo la esposa, que se había animado y vuelto de repente más comunicativa.
Lo importante es que nadie se haya hecho daño, les dije yo.

Quién sabe lo que pasó en la habitación de los viejecitos, pensé, pero no quise darle importancia, pues había previsto cambiar las camas. Los trasladé a otra habitación sin pedirles explicaciones. Me dieron las gracias varias veces y se marcharon aliviados.
Los dos ancianos antes de dejar el hotel volvieron a mi despacho para darme de nuevo las gracias y una propina, que no acepté. Llamé a un taxi y mientras los acompañaba hacia el aparcamiento, me di cuenta que ambos eran muy ágiles. El hombre con una mueca, que luego se convirtió en una risa contagiosa, me dijo:
—A pesar de la edad, nosotros todavía tenemos una vida sexual activa.
—Hacer el amor es bueno para la salud: refuerza el corazón y los huesos, disminuye el estrés y combate el dolor de cabeza, dijo ella haciendo hincapié en cada palabra, mientras sonreía.
—El sexo es el elixir de la larga vida; es mucho mejor que un antidepresivo, concluyó él.
Mientras me saludaban con un apretón de manos, me impresionó de nuevo el brillo de alegría de sus ojos.

Elisa se levantó para girar el disco, se sirvió otra taza de té y dijo lacónicamente:
— Es un relato realmente divertido.
— No solo es divertido, para mí es un ejemplo de cómo tomarse bien la vida. Yo estoy seguro de que aprendemos a vivir a través de la vida de los demás. El enfoque que dan los otros a cualquier percance o dicha, nos puede iluminar y encaminar.
— No exageres.
— ¿Qué habrías hecho tú en su lugar? Le preguntó Carlos.
—A mí nunca me va a pasar eso.
—Pero mujer, trata de ponerte en la situación emocional de la viejecita, le dijo Carlos.
— Pues… Estaría avergonzada, pero al mismo tiempo sería feliz con un marido tan apasionado, le contestó después de reflexionar un poco.
—Mira, a ti te iría bien abrirte al mundo y quién sabe, podrías conocer a otro hombre.
—Estas cosas solo les suceden a los demás.

Al cabo de una semana, Carlos volvió a insistir para que Elisa saliera más y conociera a personas nuevas, y, después de dejarle hablar de sus cosas, le dijo:

Voy a contarte otra historia de un cliente del hotel. A mí me impresionó mucho y creo que de ella podemos sacar buenas cosas.

Me encantan tus relatos.

Carlos se levantó de la butaca, fue a coger un cigarrillo de su chaqueta y sin encenderlo empezó a contar:

El otro día me llamó la camarera del primer piso, la que se encarga de limpiar y cambiar las camas, para decirme que hacía dos horas que sonaba una alarma en la habitación 108; se detenía, pero al cabo de unos minutos volvía a empezar. Me preguntó si debía entrar o no para ver si pasaba algo. Le dije que no se preocupara, que yo me encargaría de ello. Llamé a la puerta de la habitación 108 y después de unos minutos me abrió un hombre de mediana edad, con el pelo despeinado y con cara de pocos amigos. Yo le dije: — Buenos días. Su despertador no para de sonar. ¿Qué pasa?
—Todo bien, me contestó él.
— ¿Necesita algo? Insistí.
— No… Pero usted se preguntará por qué enciendo y apago la alarma continuamente.
—De hecho, me lo estoy preguntando,
le contesté yo.
—En casa, cuando leo, me
lo coloco cerca para escuchar su tic tac. De vez en cuando pongo la alarma. El sonido del reloj es lo único que me hace compañía y me apacigua.
—Venga conmigo, un café le sentará bien, le dije yo.
El hombre, que todavía llevaba puesto el pijama, aceptó mi invitación sin protestar. Me dijo que iba a bajar dentro de unos quince minutos. Creo que se duchó y se arregló un poquito, pues su aspecto había mejorado. Le ofrecí un capuchino y un cruasán en
la cafetería del hotel. Comenzó a hablar mientras se secaba con una servilleta la espuma de leche pegada en sus labios.
Me dijo que desde hacía dos meses no salía de casa y
que tampoco nadie lo visitaba, ni amigos ni familiares. Le venían ataques de pánico cuando intentaba abrir la puerta y salir; sentía un dolor fuerte en el pecho, que lo hacía retroceder y tumbarse en el sofá. Después de una hora se sentía mejor. Hacía la compra a través de Internet. Había obtenido la jubilación anticipada y no tenía problemas económicos. Su rutina precaria se alteró por un extraño sueño, que en seguida me contó: “Me vi remando una barca en un mar cuyas olas eran cada vez más altas. Sufría y me afanaba, sintiéndome a la deriva. A un cierto punto, como por arte de magia, llegué a una cala, donde había un hotel. Era un edificio pequeño, con un gran letrero, que decía Hotel Plácido. Caminé por la arena de la playa un largo trecho; me sentía bien, como nunca antes, pero esa sensación duró poco; tras el sonido insistente del despertador abrí los ojos”.

También me dijo que aquel bienestar onírico le había dado el impulso para buscar, en la guía telefónica, un hotel que tuviera el mismo nombre que el del sueño. Reservó una habitación, hizo la maleta y tomó el primer tren disponible para la costa. No sabía cómo había logrado salir de casa. Solo recordaba que mientras abría la puerta escuchaba el sonido del despertador que se había metido en su bolsillo de la americana y que de vez en cuando encendía y apagaba.
Lo animé, diciéndole que había sido muy valiente, pero que ahora tenía que salir del hotel.

¡Qué historia increíble! ¿Y realmente logró salir? Preguntó Elisa.
—Sí, lo empujé con cuidado a la puerta giratoria y se dejó llevar; sin embrago, con una mano iba tocando su despertador del bolsillo, con la otra me agarraba el brazo. Luego tomó un taxi, pero no sé a dónde se fue. Por la tarde regresó y me dijo que partiría al día siguiente, a Brasil, donde había encontrado otro hotel con el mismo nombre.
— ¿A Brasil? No me lo puedo creer, exclamó Elisa.
—¿Qué harías tú si no lograras salir de casa? Le preguntó Carlos.
— ¡No quiero ni pensarlo! Yo también he tenido ataques de pánico, pero me da cosa hablar de ello. No quiero revivir aquellos momentos.

Carlos leyó en algún sitio que después de la muerte de un ser querido es necesario dejar salir sentimientos y emociones, de lo contrario el dolor queda atrapado dentro. El jueves sucesivo fue a ver a Elisa con la intención de hablar de ello.
— ¿Por qué no me cuentas algo de ti?

Pero si yo siempre te hablo de mí, le contestó Elisa.

¡No de lo que estás haciendo ahora, sino de tu vida de antes! Háblame de los desengaños que has tenido y de tus alegrías. Dicen que contarlo en tercera persona es más fácil. Inténtalo, por favor.
Cuando Carlos ya estaba seguro de que ella no le diría nada, Elisa se puso a hablar.
—Lo intentaré, empezaré desde que conocí a Fabio; otro día te contaré mi vida antes de Fabio.

Ella bajó de tono su voz chillona y empezó a contar con esmero su relato:

Elisa se casó con Fabio a los veintidós años. Él tenía casi diez años más que ella. A los veinticinco ya tenían dos hijos. ¿Por qué se casó tan pronto? Se lo preguntaba a menudo, sin saber darse una respuesta. Ella desde el principio apreció su amabilidad y generosidad. Fabio se convirtió en su faro: él decidía lo que tenía que hacer y a donde ir; además solucionaba todos los problemas. Se dio cuenta de lo mucho que lo amaba cuando él enfermó.
A Elisa le pesaba su trabajo aburrido y la guerra que le daban los niños. A veces soñaba con dejarlo todo y huir a otra ciudad. Los días le parecían áridos y tristes. Para ahuyentar los
pensamientos negativos, corría al gimnasio, a la esteticista o al peluquero; sin embargo, sólo se sentía bien cuando hacía la maleta y se iba con su marido de viaje, no importaba a dónde fuera.

¿Estás al tanto? Quizás me estoy haciendo un lio, saltando de un tema a otro. Le preguntó Elisa.

Lo haces muy bien, todo está claro; anda, sigue, dijo Carlos.

Fabio era un hombre ambicioso y capaz. En poco tiempo salvó la empresa de monturas de gafas de su suegro, que estuvo apunto de quebrar. Elisa era coqueta. Le gustaba ir bien vestida. Todo le quedaba bien, pues estaba bien delgada. Su cara era bonita, pero a ella no le gustaba su nariz respingada. Quiso operarse, a pesar de que su marido se lo había desaconsejado. Tuvo una infección que la obligó a estar varios días vendada, pero superó estoicamente el dolor y las molestias respiratorias. Cuando desaparecieron los hinchazones y los moretones, descubrió que su nariz era demasiado pequeña y sus fosas nasales desproporcionadamente anchas. Cada vez que se miraba al espejo se desanimaba. Se encerró en su habitación. Pasaba horas sentada en pijama en el sillón o en la cama. Comía poco y casi no hablaba.
Fabio se asustó y tuvo que idear un plan para hacerla salir de casa. Le habló de un hotel de lujo en una isla exótica; luego le mostró las fotografías de unas
playas de ensueño y el programa detallado del viaje. En menos tiempo del que pensaba, convenció a su esposa para ir al Caribe.
A regañadientes vendió algunas acciones y confió la gestión de la fábrica a un
empleado de confianza y le aconsejó a Elisa que solicitara a su jefe una excedencia del trabajo. Con los bolsillos cargados de dinero partieron.
Elisa por la mañana iba a la playa; llevaba un sombrero de paja y unas gafas de sol llamativas. Todos la miraban como si fuera una actriz famosa. Ella se sentía atractiva y dejó de pensar en su nariz. Leía bajo la sombrilla mientras se dejaba acariciar por la arena blanca.
Fabio, con la excusa de que el sol le hacía daño, se quedaba en el hotel trabajando. Elisa volv
a estar de buen humor, le contaba a su marido las cosas divertidas de la playa y hablaba risueña con los huéspedes del hotel.
Después de tres semanas regresaron a casa, pero poco después, Elisa
le pidió a Fabio que la llevara al Sudeste Asiático… En primavera cruzaron Rusia en tren. En verano fueron a Estados Unidos. El invierno llegó y decidieron ir a Australia. Después de un año viajando por el mundo, decidieron detenerse. Los largos viajes habían ayudado a Elisa a encontrar su equilibrio. Al regresar a casa, contrariamente a lo que todos habrían esperado, Elisa volvió a su trabajo. Se sentía satisfecha, hasta que una noche Fabio comenzó a toser y a escupir sangre. Descubrieron que tenía un cáncer muy agresivo. Fabio en seguida comprendió que le quedaban pocos meses de vida; en cambio, Elisa no quería aceptar la enfermedad de su marido. Se empeñaba en convencerse a sí misma, a pesar de los diagnósticos de los especialistas, de que él se curaría. En el hospital, Elisa no pudo despedirse de él. Seguía repitiéndole que pronto volvería a casa; cuando él entró en un estado de inconsciencia, lo acarició, lo besó y le dio las gracias por el amor incondicional que le había ofrecido. Ella organizó el funeral y se ocupó de todos los trámites burocráticos. Muchas personas fueron a darle el pésame. A veces era ella quien consolaba a los demás, pero no soportaba a los que la compadecían.
Uno de los hijos trabajaba en Suiza y el otro en Canadá. Esperaron una semana antes de marcharse. Elisa hubiera querido decirles: —No os vayáis todavía, pero no lo hizo; era demasiado orgullosa, para aceptar que le daba miedo quedarse sola en casa. Estaba enojada y triste, pero no quería que nadie se diera cuenta. Se aguantó y jamás lloró delante de los demás. Se esforzaba por no decepcionar a sus hijos, ellos nunca notaron su infelicidad; cuando les llamaba, intentaba estar alegre. Poco a poco se acostumbró a no depender de nadie. En realidad, ella necesitaba sólo a Fabio. Estaba aferrada a él y no conseguía empezar una nueva vida sin él.

No me mires así, le dijo Elisa, tomando aliento.
— ¿Así cómo? Le respondió
Carlos.
—Como si hubiera cometido errores terribles en mi vida.
—¡Que va!, te miro con asombro y admiración.
—No me tomes el pelo.

No estoy bromeando, de verdad. Ya sé que no es fácil superar los malos momentos; mientras me hablabas pensé en la historia del hombre de los relojesSi te contara lo que pasé en la peor época de mi vida, pero dejémoslo…

Elisa no prestó atención a las últimas palabras de Carlos. Estaba ensimismada pensando en Fabio.

Las semanas iban transcurriendo sin novedades, ni sobresaltos. Carlos seguía visitando cada jueves a Elisa, pero ella se dio cuenta de que algo le estaba pasando, pues disimulaba mal su tristeza y dejó de contarle historias.
Un día Carlos la
convidó a comer a su casa. A ella le asombró aquella invitación y le preguntó:
—¿Y tu esposa? Últimamente no me hablas nunca de ella, ¿os ha pasado algo?
— Disculpa si no te dije
nada. Laura y yo lo hemos pasado muy mal, pero ahora las cosas se están arreglando.
— ¡Tranquilo!
Ya me lo contarás otro día.

No, mejor ahora, me irá bien desahogarme contigo.
Carlos se aclaró la voz y le dijo:
—Laura hacía tiempo que
estaba muy rara… Cuando yo le decía que se había vuelto huraña, ella le daba la culpa a la menopausia. Pero cada día estaba más malhumorada e irascible; me reprochaba mis retrasos o mis ausencias nocturnas, cosa que antes nunca lo hacía. Al principio llegaba tarde a casa a causa de los problemas del hotel, pero después empecé a ir a locales nocturnos. Nuestro hogar me oprimía. Trataba de estar en casa lo menos posible. Regresaba cuando Laura ya estaba acostada. Empecé a jugar a las cartas. Un cliente me introdujo en un club exclusivo donde se jugaban sumas elevadas. La mayoría de las veces perdía bastante dinero. Luego me enganché rápidamente a las tragaperras y a otros juegos de azar.
No me di cuenta de
que Laura tenía una depresión. Las pastillas que tomaba le daban la fuerza para levantarse e ir a trabajar, pero al llegar a casa se encerraba en el dormitorio. Yo no lograba hablar con ella y cada día nos distanciábamos más. Después de unos meses, Laura comenzó a sentirse mejor, pero yo ya estaba perdido en mi mundo.
Laura empezó a sospechar que yo tenía una doble vida y, cuando descubrió mi adicción al juego, se enojó por todas las mentiras que le había dicho; yo, para defenderme, la traté mal. Y le grité:
Voy a jugar de noche por tu culpa.
Estaba furioso, cosa rara en mí. Laura cogió sus cuatro cosas, las puso en la maleta y se fue de casa. Me quedé paralizado largo rato delante de la puerta, luego me encerré
en mi habitación y me puse a llorar. Acostado en la cama, miré el espacio del colchón que ella había dejado vacío y reflexioné sobre las causas del desastre de nuestra vida de pareja: me di cuenta de que había dedicado demasiadas horas al trabajo y había dado por sentado que Laura siempre estaría a mi lado. Pasaron varias horas y me quedé dormido. Al amanecer de repente abrí los ojos. Salí de casa con la intención de hacer algo para no perderla. Estaba desesperado, corría de un lado a otro; fui a buscarla por todas partes; la encontré al anochecer en casa de una prima suya. Hablamos toda la noche; le prometí que haría todo lo posible para dejar de jugar. Nuestros hijos no se enteraron de nada, viven lejos y los vemos poco. Ella no quiso volver a casa. Yo sufrí mucho, hasta que empecé la terapia de grupo.
— ¿Vas a un psicólogo?
— Sí, comencé hace poco. Voy una vez a la semana. Somos un grupo de seis personas, todos con adicciones o problemas emocionales. Él nos ayuda para que hablemos de nuestras experiencias, miedos, insatisfacciones y ansiedades. Intenta que nos ayudemos mutuamente.

Carlos guardó silencio durante algunos segundos y luego añadió:
—Ahora trabajo menos y por la tarde trato de ir a pasear o al cine con Laura.
— Me alegra saber que estáis tratando de volver juntos, pero me siento culpable por nuestra cita de los
jueves. ¡Ese tiempo lo ha ido robando a tu mujer! dijo Elisa.
— ¿Pero qué dices? Nuestras citas de los jueves me dan valor
para seguir adelante. Contigo olvido mis problemas. Nos ayudamos mutuamente. ¿No te pareces?
— ¡Si lo dices tú!
— Fue Laura quien tuvo la idea de invitarte a cenar. También estará su hermana y
Miguel, un primo. Los dos son muy simpáticos… Una tarde, al salir del edificio de mi psicólogo, coincidí con Miguel. Él se mudó al piso de la segunda planta hace muy poco. Ni yo ni Laura lo sabíamos. Hacía tiempo que no nos veíamos.
— ¿Miguel es
primo de tu esposa?
—Sí, pero en realidad son primos de segundo grado. ¡Anímate y ven a cenar con nosotros! Yo prepararé el primer plato y Laura el segundo.
— Está bien, voy a ir. ¿Qué os
puedo llevar?
— No nos hace falta nada, pero si quieres, lleva una botella de vino.

Elisa llegó puntual a la cena y se sentó al lado de Miguel, quien se había separado recientemente de su esposa. Toda la noche la pasó a su lado y descubrió que tenían muchas cosas en común; a él también le gustaba viajar por el mundo. Aquella noche, inesperadamente, se divirtió mucho.
Miguel
no le habló ni de su hijo ni de la carpintería. Lo hizo varias semanas después. Cuando acabó el espectáculo se fueron a cenar y Miguel, después de haber tomado algunas copas de vino, le contó que hacía poco había inaugurado, con la ayuda del ayuntamiento, un taller de carpintería para la recuperación de los chicos y chicas del barrio en situación de riego. Su bisabuelo, su abuelo y su padre eran carpinteros; él decidió romper la tradición familiar, siendo ingeniero. Cuando murió su padre, heredó la carpintería; la cerró y cuando se jubiló, invirtió todos sus ahorros en aquel proyecto. Le confesó que tenía miedo de fracasar. Al final le habló del accidente grave que tuvo su hijo y también le dijo que acababa de divorciarse de su esposa. Elisa, después de la tercera copa de vino, aflojó su tensión y le habló de la enfermedad de su difunto marido y de su difícil relación con la comida. Y desde entonces empezaron a salir juntos los viernes al atardecer.
Una noche, Elisa se quedó a dormir en el apartamento
de Miguel. La casa era grande, con muchas ventanas y balcones. Estaba decorada con pocos muebles modernos. Los muebles del dormitorio eran minimalistas, pero la cama era una pieza antigua. No era una cama con dosel, pero era bastante alta del suelo. Miguel le contó que era de su bisabuela y que la noche de bodas ella se escondió debajo de la cama y no quería salir de ninguna manera. El pobre esposo se metió debajo de la cama y con delicadeza, caricias y remilgos logró sacarla.

¡Vaya con tu bisabuela!

Aquí nacieron todos sus hijos, dijo Miguel pensando en su abuelo.

Elisa con la excusa de que quería ducharse se encerró en el cuarto baño. Se sentó en el borde de la bañera y se preguntó: —¿Lograré acostarme con un hombre después de tanto tiempo?
Se dio una ducha caliente y se tranquilizó.
Miguel
ya estaba bajo las sábanas cuando Elisa salió del baño. Ella se quedó unos segundos mirándolo y luego con un salto se lanzó sobre la cama. La cama crujió. Ambos estallaron en risas. Elisa después del amor le contó a Miguel la historia de los dos viejecitos que hundieron una cama.

Carlos, después del período de crisis, delegó muchas de sus tareas del hotel al subdirector. De vez en cuando, cuando salía del trabajo, sentía el impulso de ir a jugar, pero se sentaba en un banco y esperaba a que le pasara. Se quedaba quieto mirando las manecillas del reloj. Era el reloj de su padre. Lo había encontrado en un cajón. El tic tac lo calmaba. Después de unos minutos se levantaba y se iba a casa.
Laura y Carlos, al anochecer, se citaban para pasear junto al río. En casa hablaban poco. En cambio, al aire libre entablaban largas conversaciones. A Laura le habría gustado que Carlos
le hablara de Elisa y saber qué se decían cada jueves. Pero una vez se lo preguntó, él se mantuvo en lo vago y parecía molesto, así que no insistió.
A veces Carlos
invitaba a Elisa a pasear con ellos. Laura hubiera querido decirle a su marido que se sentía incómoda con la viuda, pero no lo hacía. Viéndolos juntos, sentía un malestar extraño; aquella mujer, que sólo sabía llamar la atención con sus quejas y suspiros aburridos, la irritaba. Miguel iba pocas veces con ellos, sólo los días en que cerraba antes la carpintería.
Una tarde, mientras caminaban, tocaron el tema
de la comida.
Ayer Miguel vino a mi casa. Preparó espaguetis con tomate y espárragos, y de segundo, filetes con pimienta verde. Todo era delicioso, dijo Elisa.
— Pero, ¿no eras una vegetariana empedernida?
le preguntó Laura.
— Antes lo era, ahora no. Pero sigo comiendo poca carne.
Carlos
notó el tono sarcástico de Laura y para cortar la tensión les dijo: ¿Alguna vez os he hablado del hombre que solo comía carne?
—No, dijo Elisa.
—Yo tampoco sé nada, respondió Laura.
Se sentaron en un banco y Carlos les contó a las dos mujeres la historia del hombre carnívoro:

Tuvimos un cliente que cada semana reservaba una mesa para cenar y una habitación por una noche. Desde el primer día me intrigó, pues se parecía a un huésped solitario y muy raro que iba cada año a la pensión de mis padres cuando era pequeño. Una noche me senté en su mesa mientras fumaba un cigarro. Él era tímido, pero comenzó a charlar conmigo de cosas sin importancia. Después de varias semanas, me di cuenta de su inmensa soledad.

¡Cuántas personas solas hay en los hoteles!, exclamó Laura.
— ¡Sí, y cada una con sus rarezas! Dijo Carlos.
El rostro de Elisa se iluminó, pues le encantaba escuchar la voz de Carlos. Laura miró de reojo a Elisa. Hubiera querido que no estuviera. Sentía que esa mujer le quitaba la veneración que en aquellos
días Carlos le tenía.

Carlos siguió el relato:

A él le gustaba cocinar, pero sobre todo comer. Salía cada lunes y miércoles a comprar pan y antes de volver a casa daba un pequeño paseo alrededor de la plaza. Los viernes iba al mercado, a su carnicería de confianza, donde compraba carne picada, filetes de ternera, chuletas de cordero y costillas de cordero. Tenía una cocina bien equipada y muy ordenada. Detrás de la puerta, colgó varios delantales. Debajo de la escalera puso un congelador donde conservaba sus chuletones de carne. Su madre le había enseñado a cocinar la carne de ternera, que según ella era la mejor; sin embargo, su especialidad era el estofado de jabalí.

¿Pero cómo era físicamente ese gran comilón de carne? le pidió Elisa.
—No me interrumpas, de lo contrario pierdo el hilo, le contestó
Carlos.

Era un hombre del montón, calvo y rechoncho, pero siendo alto se notaba menos su gordura. Cuando bebía vino, sus mejillas regordetas se le llenaban de manchas rojas. Casi siempre llevaba la misma ropa: en invierno un suéter de lana beige y unos pantalones de pana marrones, en verano una camiseta blanca y unas bermudas grises. Vivía solo. Por las tardes se cortaba un puro por la mitad, lo encendía y se sentaba en su sillón preferido, devorando novelas. Trabajó muchos años como contable en una gran fábrica de géneros de punto. Desde que se jubiló, no se relacionaba con nadie, salvo con una compañera de la oficina. La mujer llevaba tiempo separada, pero su vida era complicada, pues su ex marido, que era un cantamañanas, cada vez que se metía en un lio le pedía ayuda.
El hombre gordo invitaba a su colega
a almorzar cada domingo. Preparaba la mesa con un cuidado maníaco y servía con elegancia los apetitosos platos, nombrando con satisfacción la lista de los ingredientes.
Para él, ella era más que una amiga, pero nunca logró comunicarle
sus sentimientos. Aunque ella se sentía atraída por la vida tranquila y rutinaria de aquel hombre, sin embargo, le molestaba su falta de vitalidad y coraje. Durante dos años, el hombre siguió invitando a la mujer cada domingo, hasta que un día sufrió un ataque de gota y el médico le prohibió comer carne. Llamó de inmediato a la mujer para contarle que estaba enfermo y se quejó con ella del régimen que tenía que hacer.
—Debes seguir los consejos del médico. Prométeme que lo harás, le dijo ella.
— Lo intentaré, pero ¿qué pasará con nuestra cita?
— Podemos seguir viéndonos como antes, si de ahora en adelante de tu mesa desaparece la carne. De lo contrario, no cuentes conmigo. Si quieres, te voy a enseñar
a cocinar platos vegetarianos. Ven a mi casa, de verdad, incluso podrías hacerlo mañana, estoy libre.
El hombre, día tras día, se arreglaba para salir e ir a casa de la mujer, pero no lo lograba; sin embargo, cada domingo s
eguía preparando suculentos asados y guisos. Ponía la mesa con esmero para un único comensal y se comía él solo todos los manjares que había preparado.

¡Qué asco cocinar tanta carne! Me da ganas de vomitar solo pensando en ello, dijo Elisa.
— ¡No exageres! Dijo Carlos.
— En mi opinión, el
hombre debería haber ido de inmediato a ver a la mujer. Él, a pesar de sus obsesiones, le habría llevado a ella un soplo de novedad, como los meteoritos que, al caer en planetas lejanos, dañan la superficie pero a veces esparcen semillas de vida, dijo Laura.
¡Qué inspirada que estás hoy, Laura!. Pues mira, yo también fui estúpido metiéndome en los juegos de azar. No siempre es fácil actuar con sabiduría, dijo Carlos.
—Pero ahora, gracias a la terapia de grupo, has salido de eso, ¿verdad?
Le preguntó Elisa.
—Intento hacer lo que puedo, dijo Carlos, un poco nervioso.

Laura, cada vez que oía
las palabras Juegos de azar, se sentía incómoda y trataba de cambiar de tema, así que le preguntó:
—¿Por qué los protagonistas de tus historias son siempre hombres?
—Porque al hotel llegan hombres solos; las mujeres suelen ir
acompañadas, respondió Carlos.

Desde que Laura había descubierto la doble vida de Carlos, se había obsesionado con Elisa y se preguntaba: ¿Cómo es posible que mi marido mime y proteja a una mujer tan superficial como Elisa? ¿Por qué todavía va a verla cada jueves? ¿Qué tiene Elisa que yo no tenga?
Al principio
les dio poca importancia que su marido visitara a la viuda cada semana; sin embargo, desde que su matrimonio se estaba quebrando, empezó a echarle la culpa de lo sucedido a Elisa. Pero siempre se arrepentía y alejaba aquellos malos pensamientos. Para convencerse de que no estaba celosa, de vez en cuando invitaba a Elisa a tomar algo en una cafetería e intentaba sonreír cuando algún domingo Carlos le proponía salir con ella y Miguel. Una tarde, mientras las dos parejas paseaban por un parque, se tropezaron con un vagabundo que dormía en una vereda, entonces Laura le preguntó a Elisa:
—¿Te acuerdas de la mujer con dos bolsas repletas de cosas que encontramos el otro día a la salida de la cafetería?
—Sí, llevaba un vestido un poco descuidado, pero se notaba que había sido una mujer hermosa, respondió Elisa.
—A mí me impresionó. Cuando tú te fuiste a la oficina, la volví a ver, pues
estuve paseando por las callejuelas del centro; casi me perdí, dijo sonriendo.
Laura escondía a todo el mundo
que a menudo se desorientaba. Comenzaba a sudar cuando no reconocía las calles. Sufría sintiéndose perdida. Cogía poco el coche, solo iba a los lugares donde conocía bien el recorrido. Había leído que se trataba de una especie de dislexia geográfica, una gen que se hereda de los padres. Su padre quizás también era disléxico y no era muy bueno conduciendo, se hacía un lío, cuando llevaba a su madre a un consultorio nuevo. Su madre era hipocondríaca y le gustaba mucho que los especialistas la visitaran. Su pobre padre estaba un poco agobiado, pero le hacía de chófer, pues su esposa no se había sacado nunca el permiso de conducir.
—A mí también me intrigan las personas sin hogar, dijo Miguel.
—En cambio, yo no quiero saber nada de eso. He tenido tantos problemas en la vida que no quiero
ponerme en el lugar de las personas que sufren, concluyó Elisa.

En cambio, Elisa se conmovía y sentía ternura por las personas sin hogar, por eso siguió hablando de aquella mujer:

— La vi sentada en un banco de un jardín público. Cuando me acerqué, se estaba recogiendo con elegancia los mechones de su pelo cano en un moño. De una bolsa sacó un libro. Me senté a su lado para leer el periódico. Al cabo de poco le dije:—Hoy, se está bien al sol.

Seguro que se incomodó. Es mejor no hablar con los vagabundos, le dijo Elisa.
Que va, al contrario, me sonrió y comenzó a hablarme de sus peripecias, como si me conociera de toda la vida, dijo Laura.
—Vamos, cuéntanos la
historia de esa mujer, le pidió Carlos.
Laura no estaba acostumbrada a contar relatos
y tardó unos segundos en hablar:

Se quedó viuda pocos días después de cumplir sesenta y cinco años; su marido estaba delicado de salud, pero su muerte fue inesperada. Ella sospechaba que su esposo hubiera abusado de tranquilizantes; encontró una caja vacía unos días después, escondida en el cajón de la mesita de noche. No estaba del todo convencida, pero cuando se enteró de que su marido tenía deudas, comprendió su gesto extremo, a pesar de que los doctores dijeran que se trató de un infarto de corazón.
En pocos meses lo perdió todo: su
casa fue hipotecada y luego embargada, y las cuentas bancarias se fueron agotando. La mujer nunca había trabajado. Ella confiaba en su marido y le había dado carta blanca para invertir lo poco que había heredado de su familia.
Era una mujer sosegada, con pocas ambiciones. Se había encerrado en su mundo, abandonando a sus amigas, y
le importaba poco lo que sucedía afuera de su casa. Le gustaba dormir y se levantaba de la cama tarde. A veces se quedaba mucho tiempo quieta frente a la televisión en camisón, otras se sentaba en el sillón para leer un libro. No teniendo hijos, tenía poco que hacer en casa. Por la mañana se ocupaba de las tareas del hogar. A primera hora de la tarde planchaba, mientras veía una serie de televisión y luego otra más; al atardecer preparaba la cena y esperaba sentada en el sofá a que su marido, que trabajaba fuera de la ciudad, llegara.
Salía solo a comprar fruta y verdura
a la tienda de al lado. Su marido la acompañaba al supermercado en coche, una vez por semana para la compra grande. Solía congelar una hogaza de pan para tenerlo fresco todos los días. No era infeliz; la rutina le daba seguridad; sus días estaban marcados por los programas de televisión. Le gustaban sobre todo las películas de amor y las telenovelas.
Justo después de la muerte de su marido y de perder el apartamento, se mudó
a casa de su hermana en una ciudad cercana. Desde el principio comprendió que su cuñado no la quería en su vivienda. Después de unos pocos meses, inventó la historia de que una vieja amiga, recién enviudada, le pidió que fuera a vivir con ella.
Tomó el tren y se fue lejos. Hacia
el sur donde el clima era más templado. De vez en cuando llamaba a su hermana para que no se preocupara por ella. Cuando fueron nimbando sus pocos ahorros, comenzó a pasar la noche en el dormitorio municipal. Cada mañana tenía que dejar el catre libre para volver al atardecer y poder dormir allí otra noche. Se duchaba en los baños públicos. Pasaba la mayor parte del tiempo al aire libre. Siempre que podía dejar las maletas en algún lugar seguro, iba a la biblioteca a pedir prestado algún libro.
Cuando estaba
triste y desanimada, intentaba reaccionar pensando que en unos meses cobraría la jubilación de su marido, con la que podría alquilar una habitación en una pensión.

Qué historia tan triste, le dijo Elisa mirando el reloj.

Sigo pensando que a través de las historias de los demás, vamos aprendiendo a vivir, dijo Carlos.

Elisa saludó apresuradamente a Carlos y a Laura porque se le había hecho tarde. A mitad de camino, le llamó Miguel, para decirle que había tenido un imprevisto y que no iría a su casa. Elisa al principio se lo cogió mal, estaba contrariada, pero poco a poco se fue conformando; se sentó en la terraza de un bar y tomó un zumo de naranja y un sándwich.
—Hacía años que no me sentaba para comer sola en
un local, se dijo Elisa, recordando que nunca pedía nada cuando salía a comer con sus amigas, solo tomaba un vaso de agua y picaba alguna cosa de los platos compartidos.
A Elisa tardaron algunos años en diagnosticarle su enfermedad. En aquel entonces
se sabía poco de la anorexia y, cuando lo descubrieron, para ella fue aún más difícil mantenerla bajo control, pero lo consiguió. Elisa sabía que la anorexia, poco o mucho, la acompañaría toda la vida. Como los alcohólicos que no pueden beber ni una gota de alcohol, ella no podía ayunar. Debía seguir los horarios de las comidas y no saltarse ni una. Tenía que comer aunque no tuviera hambre.

Aquella misma noche, mientras Carlos y Laura regresaban a casa, hablaron poco. Carlos se puso a trabajar en el ordenador, pues tenía cosas pendientes del hotel y sin darse cuenta trasnochó. Laura tardó en dormirse pensando en la pregunta que le hizo la mujer sin hogar: —¿A qué se dedica usted? Y en lo que le contestó ella: Soy enfermera. Me gusta trabajar en el hospital, pero he pasado por un momento difícil. No quisiera desearle a nadie la pena que sentí cuando una noche volví a casa cansada y él no estaba. Eso siguió pasando cada día. Me acostaba angustiada. Tomaba somníferos. Él regresaba a casa a altas horas de la noche. Casi no hablábamos, apenas nos mirábamos y no hacíamos el amor desde hacía varios meses. A mí me dolía que él durante varios años, cada jueves, fuera visitar a la viuda de su mejor amigo; quién sabe qué se decían o qué hacían. Estaba desesperada, pero quería salvar nuestro matrimonio. Sin embargo, llegó un día en que ya no me quedaban fuerzas para luchar y caí en una depresión. Después de largas vicisitudes, que no voy a contarte, ahora estoy mejor y estamos tratando de empezar de nuevo.
Luego pensó en una tarde que invitó a Elisa a merendar en un bar; fue la primera vez que le pareció menos quejica. Ella
solía tomar lentamente un café con leche, escuchando a Elisa que sorbiendo su té no dejaba de contar cosas de su trabajo. Aquella tarde tuvo el valor de preguntarle de qué hablaban cada jueves ella y Carlos.
—Tu marido
me contaba anécdotas del hotel, yo en cambio le hablaba de cosas sin importancia; la mayor parte del tiempo me quejaba. Él me escuchaba, ¡pobre Carlos!
—¿Y de mí hablaba?
— Muy poco, me contaba de los clientes de su hotel… Entre nosotros no hubo nada. Te aseguro
que Carlos ha sido siempre un amigo para mí.
Laura recordaba lo aliviada que se sintió tras escuchar aquellas palabras. Seguía sin lograr
dormirse, pero no estaba nerviosa, al contrario, de buen humor. Entonces tuvo una idea audaz. Cuando Carlos se acostó, ella todavía estaba despierta y le dijo entusiasmada que había solucionado el problema de su vecina, una anciana que vivía sola y que desde hacía tiempo buscaba a una mujer de confianza, a quien ofrecer alojamiento a cambio de una pequeña ayuda en las tareas del hogar. A Carlos no le sorprendió para nada el altruismo de su esposa, la conocía bien, y la apoyó con entusiasmo.
—Mañana voy a llamarla, pero seguro que tendré que
dejarle un mensaje en el contestador, está tan sorda, que a todas horas sube el volumen del televisor y nunca oye el teléfono, ni mucho menos el timbre.

Elisa por la noche se sint un poco sola y para no echar de menos a Miguel empezó a leer un libro. Se puso el disco Kind of Blue de Miles Davis que tanto le gustaba, pero después de la primera canción lo quitó. Cogió otro disco, Ascenseur pour l’échafaud, del mismo autor y lo escuchó cerrando los ojos. Recordó la película, cuyo título en español era Ascensor para el infierno; la vio con Miguel en un cine de arte y ensayo. Buscó noticias de aquella película en Internet y se enteró que Davis esbozó pocas y rudimentarias secuencias armónicas para la película en la habitación de su hotel en París.
— En las habitaciones de los hoteles suceden muchas cosas, pensó recordando a los personajes extravagantes del Hotel Plácido.
Entonces le pasó por la cabeza la imagen de
Laura a quien había considerado una mujer insignificante; no le interesó nunca su vida; sin embargo, en los últimos tiempos comenzó a apreciar a esa mujer amable con quien de vez en cuando se citaba en un café. Se dio cuenta de que Laura le gustaba más cuando estaba sola.
Antes de irse a la cama, la llamó Miguel, quien la tranquilizó y le dijo que le contaría de persona lo que le había pasado, que era demasiado largo y complicado por teléfono
y se pusieron de acuerdo en verse al día siguiente. Ella durmió poco, pues estaba impaciente por saber cuál era el misterio de Miguel.
Aquella
mañana de domingo Elisa se despertó temprano y salió de casa para dar un paseo, antes de su cita con Miguel. Mientras caminaba, reflexionaba sobre las vueltas que había dado su vida en pocas semanas. Un poco le tenía miedo a los cambios, pero a la vez se daba cuenta de que con ellos estaba mejor. Miguel llegó a su casa puntual. Elisa había preparado un buen desayuno, pero no sacó la cafetera de Fabio. Preparó una bandeja con dos tazas y dos platillos de un azul intenso, una tetera del mismo color, dos vasos llenos de zumo de naranja y la tarta de mermelada de higos que había comprado en la pastelería de la esquina.
Antes de sentarse, se acercó al tocadiscos y volvió a poner
su disco preferido de Miles Davis.
—Este es
uno de los discos favoritos de mi hijo, le dijo Miguel.

Anda, Miguel, cuéntame lo que te pasó ayer, estoy impaciente por saberlo.

No te preocupes, no pasó nada de grave. Fui a ver a mi hijo.

¿Le ha pasado algo más a tu hijo? ¿Dónde está ahora?... Yo no paro de hablarte de mis hijos, tú en cambio nunca me hablas de él. La noche del teatro me mencionaste el accidente que tuvo, pero no sé nada más.
Miguel
aclaró la voz y le dijo: —Quizás las cosas habrían sido diferentes si él no hubiera sido hijo único. Mi esposa no quiso tener más. A los tres meses del parto, ella regresó al trabajo, y el bebé fue criado por una niñera que vivía con nosotros. Desde el principio, no le gustaba el colegio y no se aplicaba; nosotros nunca lo aceptamos. Mi esposa y yo habíamos sido buenos estudiantes y no entendíamos que a él le costara tanto estudiar. Nuestros respectivos trabajos nos ocupaban mucho tiempo; yo en aquella época era director de una gran empresa, ella abogada en un gabinete importante de la ciudad. No parábamos nunca en casa; contratamos a una mujer que se encargara de nuestro hijo: lo acompañaba a la escuela, lo iba a recoger y le ayudaba a hacer los deberes.
Cuando en el instituto comenzó a suspender asignaturas, buscamos a otros profesores que vinieran a casa a darle clases particulares. Pero cuanto más lo presionábamos, peor iba la cosa. Cambió varios colegios
y repitió dos años. Dejó los estudios antes de terminar el bachillerato. Ahí lo perdimos. Empezó a salir con gente rara y se fue de casa. Nosotros dos nos avergonzábamos de él y no sabíamos qué hacer. Él siempre rechazó nuestra torpe ayuda. No quería nuestro dinero, pero de vez en cuando nos llamaba. Estábamos desesperados, hasta que supimos que se había ido a vivir cerca de la costa, a una comunidad fundada por un maestro espiritual hindú. Estábamos un poco más aliviados sabiendo dónde estaba, sin embargo, él seguía sin querer vernos. Un día, él y un compañero de la comunidad tuvieron un accidente de tráfico muy grave. Nuestro hijo se salvó, pero perdió la movilidad de las piernas.
Nuestro matrimonio se había terminado desde
hacía tiempo, pero no queríamos admitirlo porque nos faltaba la fuerza para superar una separación. Solo queríamos que nuestro hijo volviera a casa, pero él ya nunca más quiso volver a vivir con nosotros. Hace un año le propuse a mi esposa que comenzáramos los trámites para el divorcio y que vendiéramos nuestra vivienda y compráramos dos apartamentos pequeños. Ella no quería, pero al final aceptó. Miguel se calló unos segundos, tomó aliento y luego siguió hablando:
Una vez al mes vamos juntos a visitar a nuestro hijo. Ayer fuimos. Él nos pidió que le lleváramos su colección de discos. Entonces, cuando estábamos a punto de marcharnos, nos pidió que nos quedáramos a cenar. Fue la primera vez. Por eso no pude ir a verte.
— ¡Cuánto
sufrimiento! Pero me parece una buena señal que os pidiera que os quedarais a cenar, dijo Elisa.
— Esperemos. Durante la cena me preguntó por la carpintería. Cosa que no había hecho nunca. Lo noté más comunicativo y no nos rechazó como antes.

Elisa se alegró mucho por Miguel y se puso a reír.

¡Y yo que me imaginaba que estabas con otra mujer!

¡Qué tonta que eres!

Carlos aquel mismo domingo por la mañana fue con su esposa a casa de la anciana vecina, que inmediatamente aceptó la propuesta de Laura. Quería conocer a la mujer sin hogar, así que Laura corrió a buscarla para darle la buena noticia.
Carlos
se sentó para tomar el café que le ofreció la vecina. La anciana señora era habladora y estaba muy contenta de tener a alguien quien la escuchara y comenzó a contarle trocitos de su vida.
Carlos estaba tan cansado que se durmió. La señora no se ofendió, pues se dio cuenta de que repetía siempre las mismas cosas; al contrario, sintió ternura por aquel hombre.

Desde que Elisa empezó a salir con Miguel, Carlos iba saltando alguna cita del jueves con cualquier excusa. Y poco a poco las visitas de Carlos a casa de Elisa fueron espaciándose cada vez más. Elisa al principio no le dio mucha importancia; le pareció casi natural; sin embargo, a medida que pasaban las semanas lo echó de menos.

Las dos parejas se llamaban de vez en cuando y salían a pasear a lo largo del río; sin embargo, una tarde en que Miguel fue a ver a su hijo, Elisa invitó a Carlos a su casa, para que escuchara un disco inédito de Miles Davis. Él llegó puntual. Mientras tomaban café él y té ella, Elisa le preguntó: —¿Fue mi marido quien te pidió que vinieras a verme cada jueves?
—No, Fabio sólo me recomendó que te cuidara.
—Estaba segura de
que le habías prometido algo.
—¡Qué va! No le prometí
nada.

¿Y por qué venías a verme cada jueves?

Porque desde la primera cita me di cuenta de que me sentaba bien hablar contigo y que ibas a ser tú quien iba a cuidar de mí.

Elisa no se quedó convencida de la explicación de Carlos y para disimularlo se puso a reír. Cuando él se marchó, ella se dijo que nunca iba a desvelar el misterio de la cita de los jueves; pero pensándolo bien se dio cuenta de que le importaba poco, pues ella había salido ganando, y de mucho.






19












 

 

 

 

 

















Cada mañana cuando Elisa se despertaba, se dejaba llevar por la inercia. Salía de casa puntual e iba andando al trabajo. Por la tarde volvía de la oficina agotada. Se sentaba en el sofá, se quitaba los zapatos y, mientras se hacía masajes en los pies hinchados, se reñía en voz alta:
—Si voy estresada y tengo dolor de cabeza, es por mi culpa; debería rechazar las tareas del despacho que tocarían a mis compañeros. Si he engordado tanto, es por mi culpa; debería llevar una vida menos sedentaria. Si mis viejas amigas ya no me llaman, es por mi culpa; tendría que estar menos angustiada y ser más comunicativa.
Hacia las ocho de la tarde, solía pedir por teléfono una pizza o se calentaba un plato preparado que sacaba del congelador. Se sentaba delante de la televisión y se tragaba sin gusto aquella comida rápida. Mientras buscaba una película divertida en la tele o en alguna plataforma, seguía dándole vueltas a todo lo que le había salido mal durante el día. Se acostaba tarde, pues le gustaba leer antes de meterse en la cama.
Por la mañana se despertaba más animada, ya que se sentía menos culpable y trataba de convencerse de que muchas veces la culpa era de los demás, otras de nadie. Acababa de cumplir sesenta años. Se quedó viuda a los cincuenta y cinco. Durante los primeros tiempos, siguió saliendo con los amigos de antes, cuatro parejas muy unidas que se conocían desde que eran jóvenes. Cada sábado iban a cenar a un restaurante. Eran cariñosos con ella; sin embargo, a su lado se sentía todavía más desamparada y cada semana le pesaba un poco más salir con ellos.
Además del amor de Fabio, su fiel marido, echaba de menos los largos viajes que hacían juntos. Había intentado viajar con un grupo de colegas, pero no era lo mismo; no sentía ni emoción, ni alegría, como cuando viajaba por el mundo con su esposo.
Desde que se quedó viuda, cada jueves por la mañana la llamaba Carlos, el mejor amigo de Fabio, y le decía con su voz profunda: —Iré a tu casa hacia las cinco.
Elisa sospechaba que Fabio, antes de morir, le hubiera pedido a Carlos que fuera a verla cada semana. El primer día que se citaron, Elisa se sintió incómoda a solas con Carlos, pero poco a poco se acostumbró a sus visitas semanales.
A Elisa le gustaba el aroma del café que cada jueves se difundía por la cocina. Le recordaba a Fabio preparando meticulosamente la pequeña cafetera; sin embargo, no le gustaba el sabor del café; prefería el té.
La bandeja que ella colocaba sobre la mesa del salón contenía dos tazas de porcelana blanca, con sus respectivos platillos y cucharitas, la cafetera, una gran tetera humeante, dos servilletas de algodón amarillo y un plato con mantecados que Elisa compraba en una prestigiosa tienda del centro. Tan pronto oía el timbre, ponía un disco. Le encantaba
Kind of Blue, de Miles Davis.

Mientras tomaban el café y el té a pequeños sorbos, charlaban de esto y de aquello. Más que nada hablaba Elisa de los hijos, que mientras tanto se habían casado y de las pequeñas satisfacciones que le daban sus nietos; también se quejaba de sus compañeros de trabajo… Al final, casi siempre recordaba a su difunto marido, pero nunca mencionaba los meses trágicos de su enfermedad. Sus charlas duraban unos cuarenta minutos.
Carlos estaba casado, tenía dos hijos treintañeros y era director de un hotel de cuatro estrellas. Elisa se preguntaba cómo era
posible que un hombre tan ocupado tuviera tiempo para ir a verla cada semana. Carlos no faltó nunca a sus citas, excepto una vez, pero le avisó el día anterior con una llamada telefónica. Al cabo de un año, Elisa comenzó a tenerle confianza y un día le habló de sus desasosiegos y sentimientos de culpa.
— ¡Pero qué dices, mujer,
tú no tienes la culpa de nada! Deberías dejar de atormentarte con esos pensamientos negativos. Tienes que alejarte de tu entorno habitual para conocer a otras personas, le dijo él. 
Elisa lo miró fijamente y con una voz temblorosa le contestó:
—No
es fácil. No tengo la edad para conocer a gente nueva, ni mucho menos para tener otra pareja. Yo sin Fabio me siento perdida.
—¡No digas tonterías, eres joven y bonita, aún tienes tiempo para empezar otra
vida! Le contestó él. 
Al despedirse, Elisa lo abrazó más fuerte que otras veces.
La semana siguiente Carlos llegó a casa de Elisa con antelación. Mientras sorbía lentamente su
café, tomó las riendas de la conversación.
—¿Te acuerdas de lo que hablamos la semana pasada?
— Claro.
— Elisa, te voy a contar una historia y luego me dices lo que piensas de ella.
Carlos se sentó en la butaca de Fabio y empezó a hablar: —El otro día se presentaron en mi despacho
dos octogenarios. Se quedaron quietos de pie frente a mí, mientras yo hablaba por teléfono. Los observaba desde el escritorio, escuchando a una clienta que se quejaba del ruido que hacía el aire acondicionado de su habitación. Los dos tenían la mirada fija en el suelo. Cuando colgué el teléfono, siguieron callados. Al cabo de poco, el hombre, que era apuesto, a pesar de su edad, comenzó a hablar, mientras que la mujer, que todavía conservaba un poco de su aspecto juvenil, permaneció en silencio. Empezó elogiando el hotel, luego la ciudad y siguió así durante unos minutos. Se sentó en una silla y me dijo:
—Nuestra cama se rompió. Saltamos encima de ella. Lo sentimos mucho.
—Pero no nos hicimos nada; al contrario, fue muy divertido, dijo la esposa, que se había animado y vuelto de repente más comunicativa.
Lo importante es que nadie se haya hecho daño, les dije yo.

Quién sabe lo que pasó en la habitación de los viejecitos, pensé, pero no quise darle importancia, pues había previsto cambiar las camas. Los trasladé a otra habitación sin pedirles explicaciones. Me dieron las gracias varias veces y se marcharon aliviados.
Los dos ancianos antes de dejar el hotel volvieron a mi despacho para darme de nuevo las gracias y una propina, que no acepté. Llamé a un taxi y mientras los acompañaba hacia el aparcamiento frente al hotel, me di cuenta que ambos eran muy ágiles. El hombre con una mueca, que luego se convirtió en una risa contagiosa, me dijo:
—A pesar de la edad, nosotros todavía tenemos una vida sexual activa.
—Hacer el amor es bueno para la salud: refuerza el corazón y los huesos, disminuye el estrés y combate el dolor de cabeza, dijo ella haciendo hincapié en cada palabra, mientras sonreía.
—El sexo es el elixir de la larga vida; es mucho mejor que un antidepresivo, concluyó él.
Mientras me saludaban con un apretón de manos, me impresionó de nuevo el brillo de alegría de sus ojos.

Elisa se levantó para girar el disco, se sirvió otra taza de té y dijo lacónicamente:
— Es un relato realmente divertido.
— No solo es divertido, yo estoy seguro de que las historias de los demás nos enseñan a vivir.
— No exageres.
— ¿Qué habrías hecho tú en su lugar? Le preguntó Carlos.
—A mí nunca me va a pasar esto.
—Pero mujer, trata de ponerte en la situación emocional de la viejecita, le dijo Carlos.
— Pues… Estaría avergonzada, pero al mismo tiempo sería feliz con un marido tan apasionado, le contestó después de reflexionar un poco.
—Mira, a ti te iría bien abrirte al mundo y quién sabe, podrías conocer a otro hombre.
—Estas cosas solo les suceden a los demás.

Al cabo de una semana, Carlos volvió a casa de Elisa y, después de dejarle hablar de sus cosas, le dijo:

Voy a contarte una historia de un cliente muy raro. A mí me ha impresionado mucho y creo que de ella podemos sacar buenas cosas.

Me encantan tus relatos.

Carlos se levantó de la butaca, fue a coger un cigarrillo de su chaqueta y sin encenderlo empezó a contar: El otro día me llamó la camarera del primer piso, la que se encarga de limpiar y cambiar las camas, para decirme que hacía dos horas que sonaba una alarma en la habitación 108; se detenía, pero al cabo de unos minutos volvía a empezar. Me preguntó si debía entrar o no para ver si  pasaba algo. Le dije que no se preocupara, que yo me encargaría de ello. Llamé a la puerta de la habitación 108 y después de unos minutos me abrió un hombre de mediana edad, con el pelo despeinado y con cara de pocos amigos. Yo le dije: — Buenos días. Su despertador no para de sonar. ¿Qué pasa?
—Todo bien, me contestó él.
— ¿Necesita algo? Insistí.
— No… Pero usted se preguntará por qué enciendo y apago la alarma continuamente.
—De hecho, me lo estoy preguntando.
—En casa, por lo general, cuando leo me coloco el despertador cerca de mí para escuchar su tic tac. De vez en cuando pongo la alarma. El sonido del reloj es lo único que me hace compañía y me apacigua.
—Venga conmigo, un café le sentará bien, le dije yo.
El hombre, que todavía llevaba puesto el pijama, aceptó mi invitación sin protestar. Me dijo que iba a bajar dentro de unos quince minutos. Creo que se duchó y se arregló un poquito, pues su aspecto había mejorado. Le ofrecí un capuchino y un cruasán en el bar del hotel. Comenzó a hablar mientras se secaba con una servilleta de lino blanco la espuma de leche pegada en sus labios.
Me dijo que desde hacía dos meses no salía de casa y tampoco nadie lo visitaba, ni amigos ni familiares. Le venían ataques de pánico cuando intentaba abrir la puerta y salir; sentía un dolor fuerte en el pecho, que lo hacía retroceder y tumbarse en el sofá. Después de una hora se sentía mejor. Hacía la compra a través de Internet. Había obtenido la jubilación anticipada y no tenía problemas económicos. Su rutina precaria se alteró por un extraño sueño, que me contó minuciosamente:
me vi remando una barca en un mar cuyas olas eran cada vez más altas. Sufría y me afanaba, sintiéndome a la deriva. A un cierto punto, como por arte de magia, llegué a una cala, donde había un hotel. Era un edificio pequeño, con un gran letrero, que decía Hotel Plácido. Caminé por la arena de la playa un largo trecho; me sentía bien, como nunca antes, pero esa sensación duró poco; tras el sonido insistente del despertador abrí los ojos.

Me dijo que aquel bienestar onírico le había dado el impulso para buscar, en la guía telefónica, un hotel que tuviera el mismo nombre que el del sueño. Reservó una habitación, hizo la maleta y tomó el primer tren disponible para la costa. No sabía cómo había logrado salir de casa. Solo recordaba que mientras abría la puerta escuchaba el sonido del despertador que se había metido en el bolsillo de la chaqueta y que de vez en cuando encendía y apagaba.
Lo animé, diciéndole que había sido muy valiente, pero que ahora tenía que salir del hotel.
—Qué historia increíble. ¿Y realmente logró salir? Preguntó Elisa.
—Sí, lo empujé con cuidado en la puerta giratoria y se dejó llevar; sin embrago, con una mano iba tocando el despertador que tenía en el bolsillo, con la otra me agarraba el brazo. Luego tomó un taxi, pero no sé a dónde se fue. Por la tarde regresó y me dijo que partiría al día siguiente, a Brasil, donde había encontrado otro hotel con el mismo nombre.
— ¿A Brasil? No me lo puedo creer, exclamó Elisa.
—¿Qué harías tú si no pudieras salir de casa? Le preguntó Carlos.
— ¡No quiero ni pensarlo! Yo también he tenido ataques de pánico, pero da una cosa hablar de ello. No quiero revivir aquellos momentos.

La semana siguiente Carlos, después de tomar un café, le preguntó a Elisa:

¿Quieres que te cuente lo que me pasó el otro día en el hotel?

Sí, me gustan mucho tus relatos

A media mañana me llamó la camarera del primer piso, la que se encarga de limpiar y cambiar las camas y me dijo que hacía dos horas que en la habitación 108 sonaba una alarma; de vez en cuando se paraba, pero al cabo de unos minutos volvía a empezar. Me preguntó si debía entrar.
Le dije que no se preocupara, que yo me encargaría de ello. Llamé a la puerta de la habitación 108 y después de unos minutos me abrió un hombre de mediana edad en pijama, con el pelo despeinado y con cara de pocos amigos. Yo le dije: —Buenos días. Su despertador no para de sonar. ¿Qué pasa?
—Todo bien, me contestó.
— ¿Necesita algo? Insistí.
— No… Pero usted se preguntará por qué enciendo y apago el despertador, me contestó.
—De hecho, me lo estaba preguntando.
—En casa cuando leo, me coloco el despertador cerca para escuchar su tic tac. De vez en cuando conecto la alarma. El sonido del reloj es lo único que me hace compañía y me tranquiliza.

Venga conmigo, un café le sentará bien.
El hombre aceptó mi invitación sin protestar. Me dijo que bajaría dentro de unos quince minutos. Creo que se duchó y arregló un poquito, pues su aspecto mejoró mucho. Le ofrecí un capuchino y un cruasán en el bar del hotel. Comenzó a hablar, mientras se secaba con una servilleta de lino blanco la espuma de leche pegada en sus labios.
Me contó que hacía meses que no salía de casa y que nadie lo visitaba, ni amigos ni familiares. Tenía ataques de pánico cuando intentaba abrir la puerta y salir; sentía un dolor fuerte en el pecho, que lo hacía retroceder y tumbarse en el sofá. Al cabo de una hora se sentía mejor. Hacía la compra a través de Internet. Había obtenido la jubilación anticipada y no tenía problemas económicos.

Su rutina precaria se alteró por un extraño sueño, que me contó después de haberse callado unos minutos:
Se vio remando
una barca, en un mar cuyas olas eran cada vez más altas. Sufría y se afanaba, sintiéndose a la deriva. A un cierto punto divisó tierra y llegó a una playa, donde había un hotel. Era un edificio pequeño, pero el letrero, que decía Hotel Plácido, se veía de lejos. Caminó sobre la arena durante un largo trecho; se sentía bien, como nunca antes le había pasado, pero esa sensación duró poco, pues el sonido insistente del despertador le hizo abrir los ojos.
Me dijo que aquel bienestar onírico le había dado el impulso para buscar, en la guía telefónica, un hotel que tuviera el mismo nombre que el del sueño. Reservó una habitación, hizo la maleta y tomó el primer tren disponible para la costa.
No sabía cómo había logrado salir de casa. Sólo recordaba que mientras abría la puerta escuchaba el sonido del despertador que se había metido en el bolsillo de la chaqueta y que de vez en cuando encendía y apagaba.
Lo animé, diciéndole que había sido muy valiente, pero que ahora debía salir del hotel.
¡Qué historia tan increíble! ¿Y realmente logró salir ? Le preguntó Elisa.
—Sí, con mi ayuda entró en la puerta giratoria; con una mano tocó el despertador que tenía en el bolsillo y con la otra me agarró. Luego tomó un taxi, pero no sé a dónde se fue. Por la tarde regresó y me dijo que el día siguiente iría a Brasil, donde había encontrado otro hotel con el mismo nombre. — ¿A Brasil? No puedo creerlo, exclamó Elisa.
—¿Qué harías tú si no pudieras salir de casa? Le preguntó Carlos.
—No quiero ni pensarlo. Yo también tuve ataques de pánico, pero no puedo hablar de ello. Fueron momentos malos.

Carlos leyó en algún sitio y le quedó grabado que después de la muerte de un ser querido es necesario dejar salir sentimientos y emociones, de lo contrario el dolor queda atrapado dentro. El jueves sucesivo fue a ver a Elisa con la intención de hablar de ello.
— ¿Por qué no me cuentas algo de ti?

¿Qué quieres decir con eso? Pero si yo siempre te hablo de mí, le contestó Elisa.

¡No de lo que estás haciendo ahora, sino de tu vida de antes! Háblame de tus desengaños y de tus alegrías. Dicen que contarlo en tercera persona es más fácil. Va, inténtalo, no te cuesta nada.
Cuando Carlos ya estaba seguro de que ella no le diría nada, ella se puso a hablar.
—Lo intentaré, empezaré desde que conocí a Fabio; otra vez te contaré mi vida antes de Fabio.

Ella bajó de tono su voz chillona y empezó con esmero su relato:

Elisa se casó con Fabio a los veintidós años. Él tenía casi diez años más que ella. A los veinticinco ya tenían dos hijos. ¿Por qué se casó tan pronto? Se lo preguntaba a menudo, sin saber darse una respuesta. Ella desde el principio apreció la amabilidad y generosidad de su esposo. Fabio se convirtió en su faro: él lo decidía y lo arreglaba todo. Se dio cuenta de lo mucho que lo amaba cuando él enfermó.
A Elisa le pesaba su trabajo aburrido y la guerra que le daban los niños. A veces soñaba con dejarlo todo y huir a otra ciudad. Los días le parecían áridos y tristes. Para ahuyentar los
pensamientos negativos, corría al gimnasio, a la esteticista o al peluquero; sin embargo, sólo se sentía bien cuando hacía la maleta y se iba con su marido de viaje, no importaba a dónde fueran.

¿Estás al tanto? Quizás me estoy haciendo un lio, saltando de un tema a otro. Le preguntó Elisa.

Lo haces muy bien, todo está claro; anda, sigue, dijo Carlos. 
Fabio era un hombre ambicioso y capaz. En poco tiempo salvó la pequeña empresa de monturas de gafas de su suegro, que estuvo apunto de quebrar. Elisa era coqueta. Le gustaba ir bien vestida. Todo le quedaba bien, pues estaba delgada. Su cara era bonita, pero a ella no le gustaba su nariz respingada. Quiso operarse, a pesar de que su marido se lo había desaconsejado. Tuvo una infección que la obligó a estar varios días vendada, pero superó estoicamente el dolor y las molestias respiratorias. Cuando desaparecieron los hinchazones y los moretones, descubrió que su nariz era demasiado pequeña y sus fosas nasales desproporcionadamente anchas. Cada vez que se miraba al espejo se desanimaba. Se encerró en su habitación. Pasaba horas sentada en pijama en el sillón o en la cama. Comía poco y casi no hablaba. 
Fabio se asustó y tuvo que idear un plan para hacerla salir de casa. Le habló de un hotel de lujo en una isla exótica; luego le mostró las fotografías de unas
playas de ensueño y el programa detallado del viaje. En menos tiempo del que pensaba, convenció a su esposa para ir al Caribe. 
A regañadientes vendió algunas acciones y confió la gestión de la fábrica a un hombre de confianza y
le aconsejó a Elisa que solicitara a su jefe una excedencia del trabajo. Con los bolsillos llenos de billetes partieron. 
Elisa por la mañana iba a la playa; llevaba un sombrero de paja y unas gafas de sol llamativas. Todos la miraban como si fuera una actriz famosa. Ella se sentía atractiva y dejó de pensar en su nariz. Leía bajo la sombrilla mientras se dejaba acariciar por la arena blanca. 
Fabio, con la excusa de que el sol le hacía daño, se quedaba en el hotel trabajando. Elisa volvía a estar de buen humor, solía
contarle a su marido las cosas divertidas que le habían sucedido en la playa y también hablaba risueña de los huéspedes del hotel.
Después de tres semanas regresaron a casa, pero poco después, Elisa
le pidió a su marido que la llevara al Sudeste Asiático… En primavera cruzaron Rusia en tren. En verano fueron a Estados Unidos. El invierno llegó y decidieron ir a Australia. Después de un año viajando por el mundo, decidieron detenerse. Los largos viajes habían ayudado a Elisa a encontrar su equilibrio. Al regresar a casa, contrariamente a lo que todos habrían esperado, Elisa volvió a su trabajo. Se sentía satisfecha, hasta que una noche Fabio comenzó a toser y a escupir sangre. Descubrieron que tenía un cáncer muy agresivo. Fabio en seguida comprendió que le quedaban pocos meses de vida; en cambio, Elisa no quería aceptar la enfermedad de su marido. Se empeñaba en convencerse a sí misma, a pesar de los diagnósticos de los especialistas, de que él se curaría. En el hospital, Elisa no pudo despedirse de él. Seguía repitiéndole que pronto volvería a casa; cuando él entró en un estado de inconsciencia, lo acarició, lo besó y le dio las gracias por el amor incondicional que le había ofrecido. Ella organizó el funeral y se ocupó de todos los trámites burocráticos. Muchas personas fueron a darle el pésame. A veces era ella quien consolaba a los demás, pero no soportaba a los que la compadecían.
Los hijos tenían casi treinta años cuando Fabio murió; uno trabajaba en Roma y el otro en Canadá. Esperaron una semana antes de marcharse. Elisa hubiera querido decirles: —No os vayáis todavía, pero no lo hizo; era demasiado orgullosa, para aceptar que le daba miedo quedarse sola en casa. Estaba enojada y triste, pero no quería que nadie se diera cuenta. Se aguantó y jamás lloró delante de los demás. Se esforzaba por no decepcionar a sus hijos. Cuando les llamaba, se alegraba y se acostumbró a que vivieran lejos. En realidad, ella necesitaba sólo a Fabio. Estaba aferrada a él y no conseguía empezar una nueva vida sin él.
No me mires así, le dijo Elisa, tomando aliento.
— ¿Así cómo? Le respondió
Carlos.
— Como si hubiera cometido errores terribles en mi vida.
—¡Que va!, te miro con asombro y admiración.
—No me tomes el pelo.

No estoy bromeando, de verdad. Ya sé que no es fácil superar una depresión; mientras me hablabas pensé en la historia del hombre del despertador… Y podría contarte la peor época de mi vida, pero dejémoslo.

Las semanas pasaban y Carlos seguía visitando cada jueves a Elisa. Ella se iba dando cuenta de que algo le pasaba a Carlos, pues dejó de contarle historias; le notaba que disimulaba su tristeza, pero no entendía qué le sucedía.
Un día Carlos la invitó a cenar a su casa. A ella le asombró y le preguntó:
—¿Y tu esposa? Últimamente no me hablas nunca de ella, ¿os ha pasado algo?
— Disculpa si no te dije
nada. Laura y yo lo hemos pasado muy mal, pero ahora las cosas se están arreglando.
— ¡Tranquilo!
Ya me lo contarás otro día.

No, mejor ahora, me irá bien desahogarme contigo.
Carlos se aclaró la voz y le dijo:
—Laura hacía tiempo que
estaba muy rara… Cuando yo le decía que se había vuelto huraña, ella le daba la culpa a la menopausia. Pero cada día estaba más malhumorada e irascible; me reprochaba los retrasos y las ausencias nocturnas, cosa que antes nunca lo hacía. Al principio llegaba tarde a casa a causa de los problemas del hotel, pero después empecé a ir a locales nocturnos. Nuestro hogar me oprimía. Trataba de estar en casa lo menos posible. Regresaba cuando Laura ya estaba acostada. Empecé a jugar a las cartas. Un cliente me introdujo en un club exclusivo donde se jugaban sumas elevadas. La mayoría de las veces perdía bastante dinero. Luego me enganché rápidamente a las tragaperras y a otros juegos de azar.
No me di cuenta de
que Laura tenía una depresión. Las pastillas que tomaba le daban la fuerza para levantarse e ir a trabajar, pero al llegar a casa se encerraba en el cuarto de los invitados. Yo no lograba hablar con ella y cada día nos alejábamos más. Después de unos meses, Laura comenzó a sentirse mejor, pero yo ya estaba perdido en mi mundo.
Laura empezó a sospechar que yo tenía una doble vida y, cuando descubrió mi adicción al juego, se enojó por todas las mentiras que le había dicho; yo, para defenderme, la traté mal. Y le grité:
Voy a jugar de noche por tu culpa.
Estaba furioso, cosa rara en mí. Laura cogió sus cuatro cosas, las puso en la maleta y se fue de casa. Me quedé paralizado largo rato delante de la puerta, luego me encerré
en mi habitación y me puse a llorar. Acostado en la cama, miré el espacio del colchón que ella dejó vacío y reflexioné sobre las causas del desastre de nuestra vida de pareja: me di cuenta de que había dedicado demasiadas horas al trabajo y había dado por sentado que Laura siempre estaría a mi lado. Pasaron varias horas y me quedé dormido. Al amanecer de repente abrí los ojos. Salí de casa con la intención de hacer algo para no perderla. Estaba desesperado, corría de un lado a otro; fui a buscarla por todas partes; la encontré al anochecer en casa de una prima suya. Hablamos toda la noche; le prometí que haría todo lo posible para dejar de jugar. Nuestros hijos no se enteraron de nada, viven lejos y los vemos poco. Ella no quiso volver a casa. Yo sufrí mucho, hasta que empecé la terapia de grupo.
— ¿Vas a un psicólogo?
— Sí, comencé hace poco. Voy una vez a la semana. Somos un grupo de seis personas, todos con adicciones o problemas emocionales. Él nos ayuda para que hablemos de nuestras experiencias, miedos, insatisfacciones y ansiedades. Intenta que nos ayudemos mutuamente.

Carlos guardó silencio durante algunos segundos y luego añadió:
—Ahora trabajo menos y por la tarde trato de ir a pasear o al cine con Laura.
— Me alegra saber que estáis tratando de volver juntos, pero me siento culpable por nuestra cita de los
jueves. ¡Ese tiempo lo ha ido robando a tu mujer! dijo Elisa.
— ¿Pero qué dices? Nuestras citas de los jueves me dan valor
para seguir adelante. Contigo olvido mis problemas. Nos ayudamos mutuamente. ¿No te pareces?
— ¡Si lo dices tú!
— Fue Laura quien tuvo la idea de invitarte a cenar. También estará su hermana y
Miguel, un primo. Los dos son muy simpáticos… Una tarde, al salir del edificio de mi psicólogo, coincidí con Miguel. Él se mudó al piso de la segunda planta hace muy poco. Ni yo ni Laura lo sabíamos. Hacía tiempo que no nos veíamos.
— ¿Miguel es
primo de tu esposa?
—Sí, pero en realidad son primos de segundo grado. ¡Anímate y ven a cenar con nosotros! Yo prepararé el primer plato y Laura el segundo.
— Está bien, voy a ir. ¿Qué os
puedo llevar?
— No nos hace falta nada, pero si quieres, lleva una botella de vino.
Elisa llegó puntual a la cena y se sentó al lado de Miguel, quien se había separado recientemente de su esposa. Toda la noche la pasó a su lado y descubrió que tenían muchas cosas en común; a él también le gustaba viajar por el mundo. Aquella noche, inesperadamente, se divirtió mucho.
Miguel
no le habló ni de su hijo ni de la carpintería. Lo hizo varias semanas después cuando fueron al teatro. Cuando acabó el espectáculo se fueron a cenar y Miguel, después de haber tomado algunas copas de vino, le contó que hacía poco había inaugurado, con la ayuda del ayuntamiento, un taller de carpintería para la recuperación de los chicos y chicas del barrio en situación de riego. Su bisabuelo, su abuelo y su padre eran carpinteros; él decidió romper la tradición familiar, siendo ingeniero. Cuando murió su padre, heredó la carpintería; la cerró y cuando se jubiló, invirtió todos sus ahorros en aquel proyecto. Le confesó que tenía miedo de fracasar. Al final le habló del accidente grave que tuvo su hijo y también le dijo que acababa de divorciarse de su esposa. Elisa, después de la tercera copa de vino, aflojó su tensión y le habló de la enfermedad de su difunto marido y de su difícil relación con la comida. Y desde entonces empezaron a salir juntos los viernes al atardecer.
Una noche, Elisa se quedó a dormir en el apartamento
de Miguel. La casa era grande, con muchas ventanas y balcones. Estaba decorada con pocos muebles modernos. Los muebles del dormitorio eran minimalistas, pero la cama era una pieza antigua. No era una cama con dosel, pero era bastante alta del suelo. Miguel le contó que era de su bisabuela y que la noche de bodas ella se escondió debajo de la cama y no quería salir de ninguna manera. El pobre esposo se metió debajo de la cama y con delicadeza, caricias y remilgos logró sacarla.

¡Vaya con tu bisabuela!

Aquí nacieron todos sus hijos, dijo Miguel pensando en su abuelo.

Elisa con la excusa de que quería ducharse se encerró en el cuarto baño. Se sentó en el borde de la bañera y se preguntó: —¿Lograré acostarme con un hombre después de tanto tiempo?
Se dio una ducha caliente y se tranquilizó.
Miguel
ya estaba bajo las sábanas cuando Elisa salió del baño. Ella se quedó unos segundos mirándolo y luego con un salto se lanzó en la cama. La cama crujió. Ambos estallaron en risas. Elisa después del amor le contó a Miguel la historia de los dos viejecitos del hotel.

Carlos, después del período de crisis, delegó muchas de sus tareas del hotel al subdirector. De vez en cuando, cuando salía del trabajo, sentía el impulso de ir a jugar, pero se sentaba en un banco y esperaba a que le pasara. Se quedaba quieto mirando las manecillas del reloj. Era el reloj de su padre. Lo había encontrado en un cajón. El tic tac lo calmaba. Después de unos minutos se levantaba y se iba a casa. 
Laura y Carlos, al anochecer, se citaban para pasear junto al río. En casa hablaban poco. En cambio, al aire libre entablaban largas conversaciones. A Laura le habría gustado que Carlos
le hablara de Elisa y saber qué se decían cada jueves. Pero la vez que se lo había preguntado, él se había mantenido en lo vago y parecía molesto, así que no insistió.
A veces Carlos
invitaba a Elisa a pasear con ellos. Laura hubiera querido decirle a su marido que se sentía incómoda con la viuda, pero no lo hacía. Viéndolos juntos, sentía un malestar extraño; aquella mujer, que sólo sabía llamar la atención con sus quejas y suspiros aburridos, la irritaba. Miguel iba pocas veces con ellos, sólo los días en que cerraba antes la carpintería.
Una tarde, mientras caminaban, tocaron el tema
de la comida.
Ayer Miguel vino a mi casa. Preparó espaguetis con tomate y espárragos, y de segundo, filetes con pimienta verde. Todo era delicioso, dijo Elisa.
— Pero, ¿no eras una vegetariana empedernida? preguntó
Laura.
— Antes lo era, ahora no. Pero sigo comiendo poca carne.
Carlos
notó el tono sarcástico de Laura y para cortar la tensión les dijo: ¿Alguna vez os he hablado del hombre que solo comía carne?
—No, dijo Elisa.
—Yo tampoco se nada, respondió Laura.
Se sentaron en un banco y Carlos les contó a las dos mujeres la historia del hombre carnívoro:
Tuvimos un cliente que cada semana reservaba una mesa para cenar y una habitación por una noche. Desde el primer día me intrigó, pues se parecía a un huésped carnívoro que iba cada año a la pensión de mis padres cuando era pequeño. Una noche me senté en su mesa mientras fumaba un cigarro. Él era tímido, pero comenzó a charlar conmigo de cosas sin importancia. Después de varias semanas, me di cuenta de su inmensa soledad.
-¡Cuántas personas solas hay en los hoteles!, exclamó Laura.
- ¡Sí, y cada una con sus rarezas! Dijo Carlos.
El rostro de Elisa se iluminó, pues le encantaba escuchar la voz de Carlos. Laura miró de reojo a Elisa. Hubiera querido que no estuviera. Sentía que esa mujer le quitaba la veneración que en aquellos
días Carlos tenía por ella.

Carlos siguió el relato:
A él le gustaba cocinar y sobre todo comer. Salía cada lunes y miércoles a comprar pan y antes de volver a casa daba un pequeño paseo alrededor de la plaza. Los viernes iba al mercado, a su carnicería de confianza, donde compraba carne picada, filetes de ternera, chuletas de cordero y costillas de cordero. Tenía una cocina bien equipada y muy ordenada. Detrás de la puerta, colgó varios delantales. Debajo de la escalera puso un congelador donde conservaba sus chuletones de carne. Su madre le había enseñado a cocinar la carne de ternera, que según ella era la mejor, pero su especialidad era el estofado de jabalí.
—¿Pero cómo era físicamente ese
comedor de carne? le pidió Elisa.
—No me interrumpas, de lo contrario pierdo el hilo, le contestó
Carlos.
Era un hombre del montón, calvo y rechoncho, pero siendo alto se notaba menos su gordura. Cuando bebía vino, sus mejillas regordetas se le llenaban de manchas rojas. Casi siempre llevaba la misma ropa: en invierno un suéter de lana beige y unos pantalones de pana marrones, en verano una camiseta blanca y unas bermudas grises. Vivía solo. Por las tardes se cortaba un puro por la mitad, lo encendía y se sentaba en su sillón preferido, devorando novelas. Trabajó muchos años como contable en una gran fábrica de géneros de punto. Desde que se jubiló, no se relacionaba con nadie, salvo con una ex compañera de la oficina. La mujer llevaba tiempo separada, pero su vida era complicada, pues su ex marido, que era un cantamañanas, cada vez que se metía en un lio le pedía ayuda.
El hombre gordo invitaba a su ex colega
a almorzar cada domingo. Preparaba la mesa con un cuidado maníaco y servía con elegancia los apetitosos platos, nombrando con satisfacción la lista de los ingredientes.
Para él, ella era más que una amiga, pero nunca logró comunicarle
sus sentimientos. Aunque ella se sentía atraída por la vida tranquila y rutinaria del hombre, le molestaba su falta de vitalidad y coraje. Durante dos años, el hombre siguió invitando a la mujer cada domingo, hasta que un día sufrió un ataque de gota y el médico le prohibió comer carne. Llamó de inmediato a la mujer para contarle que estaba enfermo y se quejó con ella del régimen que tenía que hacer.
—Debes seguir los consejos del médico. Prométeme que lo harás, le dijo ella.
— Lo intentaré, pero ¿qué pasará con nuestra cita?
— Podemos seguir viéndonos como antes, si de ahora en adelante de tu mesa desaparece la carne. De lo contrario, no cuentes conmigo. Si quieres, te voy a enseñar
a cocinar platos vegetarianos. Ven a mi casa, de verdad, incluso puedo mañana.
El hombre, día tras día, se arreglaba para salir e ir a casa de la mujer, pero no lo lograba; sin embargo, cada domingo siguió preparando suculentos asados y guisos. Ponía
la mesa con esmero para un único comensal y se comía él solo todos los manjares que había preparado.

¡Qué asco cocinar tanta carne! Me da ganas de vomitar solo pensando en ello, dijo Elisa.
— ¡No exageres! Dijo Carlos.
— En mi opinión, el comedor de carne debería haber ido de inmediato a ver a la mujer. Él, a pesar de sus obsesiones, le habría llevado a ella un soplo de novedad, como
los meteoritos que, al caer en planetas lejanos, dañan la superficie pero a veces esparcen semillas de vida, dijo Laura.
— Yo también fui estúpido metiéndome en los juegos de azar. No siempre es fácil actuar con sabiduría, dijo Carlos.
— Pero ahora, gracias a la terapia de grupo, has salido de eso, ¿verdad? Preguntó Elisa.
—Intento hacer lo que puedo, dijo Carlos, un poco nervioso.

Laura, cada vez que oía
las palabras Juegos de azar, se sentía incómoda y trataba de cambiar de tema.
—¿Por qué los protagonistas de tus historias son siempre hombres?
—Porque al hotel llegan hombres solos; las mujeres suelen ir
acompañadas, respondió Carlos.

Desde que Laura había descubierto la doble vida de Carlos, se había obsesionado con Elisa y se preguntaba: ¿Cómo es posible que mi marido mime y proteja a una mujer tan superficial como Elisa? ¿Por qué todavía va a verla cada jueves? ¿Qué tiene Elisa que yo no tenga?
Al principio dio
poca importancia a las visitas semanales de su marido a la viuda; sin embargo, desde que su matrimonio se estaba quebrando, empezó a echarle la culpa de lo sucedido a Elisa. Pero siempre se arrepentía y alejaba aquellos malos pensamientos. Para convencerse de que no estaba celosa, de vez en cuando invitaba a Elisa a tomar un café e intentaba sonreír cuando algún domingo Carlos le proponía salir con Elisa y Miguel. Una tarde, mientras las dos parejas paseaban por un parque, se tropezaron con un vagabundo que dormía en una vereda, entonces Laura le preguntó a Elisa:
—¿Te acuerdas de la mujer con dos bolsas repletas de cosas que encontramos el otro día a la salida del bar?
—Sí, llevaba un vestido un poco descuidado, pero se notaba que había sido una mujer hermosa, respondió Elisa.
—A mí me impresionó. Cuando tú te fuiste a la oficina, la volví a ver, pues
estuve paseando por las callejuelas del centro; casi me perdí, dijo sonriendo.
Laura escondía a todo el mundo
que a veces se desorientaba. Comenzaba a sudar cuando no reconocía las calles. Sufría sintiéndose perdida. Conducía poco, solo iba en coche a los lugares donde conocía bien el recorrido. Había leído que se trataba de una especie de dislexia geográfica.
—A mí también me intrigan las personas sin hogar, dijo Mi
guel.
—En cambio, yo no quiero saber nada de eso. He tenido tantos problemas en la vida que no quiero
ponerme en el lugar de las personas que sufren, concluyó Elisa.
— En un jardín público la vi sentada
en un banco. Cuando me acerqué, se estaba recogiendo con elegancia los mechones de su pelo cano en un moño. De una bolsa sacó un libro. Me senté a su lado para leer el periódico. Al cabo de poco le dije: — hoy se está bien al sol.
—La mujer me sonrió y comenzó a hablarme de sus peripecias, como si me conociera de toda la vida, concluyó
Laura.
—Vamos, cuéntanos la
historia de esa mujer, le pidió Carlos.
Laura no estaba acostumbrada a contar relatos
y tardó unos segundos en hablar:
Se quedó viuda pocos días después de cumplir sesenta y cinco años, su marido estaba delicado de salud, pero su muerte fue inesperada. Ella sospechaba que su esposo hubiera abusado de tranquilizantes; encontró una caja vacía unos días después, escondida en el cajón de la mesita de noche. No estaba del todo convencida, pero cuando se enteró de que su marido tenía deudas, comprendió su gesto extremo, a pesar de que los doctores dijeran que fue un infarto de corazón.
En pocos meses lo perdió todo: su
casa fue hipotecada y luego embargada, y las cuentas bancarias se fueron agotando. La mujer nunca había trabajado. Ella confiaba en su marido y le había dado carta blanca para invertir lo poco que había heredado de su familia.
Era una mujer sosegada, con pocas ambiciones. Se había encerrado en su mundo, abandonando a sus amigas, y
le importaba poco lo que sucedía afuera de su casa. Le gustaba dormir y se levantaba de la cama tarde. A veces se quedaba mucho tiempo quieta frente a la televisión en camisón, otras se sentaba en el sillón para leer un libro. No teniendo hijos, tenía poco que hacer en casa. Por la mañana se ocupaba de las tareas del hogar. A primera hora de la tarde planchaba, mientras veía una serie de televisión y luego otra más; Al atardecer preparaba la cena y esperaba sentada en el sofá a que su marido, que trabajaba fuera de la ciudad, llegara.
Salía solo a comprar fruta y verdura en la tienda de al lado. Su
marido la acompañaba al supermercado en coche, una vez por semana para la compra grande. Solía congelar una hogaza de pan para tenerlo fresco todos los días. No era infeliz; la rutina le daba seguridad; sus días estaban marcados por los programas de televisión, le gustaban sobre todo las películas de amor y las telenovelas.
Justo después de la muerte de su marido y de perder el apartamento, se mudó
a casa de su hermana en una ciudad cercana. Desde el principio comprendió que su cuñado no la quería en su vivienda. Después de unos pocos meses, inventó la historia de que una vieja amiga, recién enviudada, le pidió que fuera a vivir con ella.
Tomó el tren y se fue lejos. Hacia
el sur donde el clima era más templado. De vez en cuando llamaba a su hermana para que no se preocupara por ella. Cuando fueron nimbando sus pocos ahorros, comenzó a pasar la noche en el dormitorio municipal. Cada mañana tenía que dejar el catre libre para volver al atardecer y poder dormir allí otra noche. Se duchaba en los baños públicos. Pasaba la mayor parte del tiempo al aire libre. Siempre que podía dejar las maletas en algún lugar seguro, iba a la biblioteca a pedir prestado algún libro.
Cuando estaba
triste y desanimada, intentaba reaccionar pensando que en unos meses cobraría la jubilación de su marido, con la que podría alquilar una habitación en una pensión.

Qué historia tan triste, dijo Elisa mirando el reloj.

Sigo pensando que a través de las historias de los demás, vamos aprendiendo a vivir, dijo Carlos.
A Elisa se le había hecho tarde y saludó apresuradamente a Carlos
y a Laura. A mitad de camino, le llamó Miguel, para decirle que había tenido un imprevisto y que no iría a su casa. Elisa al principio se lo cogió mal, estaba contrariada, pero poco a poco se fue conformando; se sentó en la terraza de un bar y tomó un zumo de naranja y un sándwich.
—Hacía años que no me sentaba para comer sola en
un local, se dijo Elisa, recordando que nunca pedía nada cuando salía a comer con sus amigas, solo tomaba un vaso de agua y picaba alguna cosa de los platos compartidos.
A Elisa tardaron algunos años en diagnosticarle su enfermedad. En aquel entonces
se sabía poco de la anorexia y, cuando lo descubrieron, para ella fue aún más difícil mantenerla bajo control, pero lo consiguió. Elisa sabía que la anorexia, poco o mucho, la acompañaría toda la vida. Como los alcohólicos que no pueden beber ni una gota de alcohol, ella no podía ayunar. Debía seguir los horarios de las comidas y no saltarse ni una. Tenía que comer aunque no tuviera hambre.

Aquella noche, mientras Carlos y Laura regresaban a casa, hablaron poco. Carlos se puso a trabajar en el ordenador, pues tenía cosas pendientes del hotel y sin darse cuenta trasnochó. Laura tardó en dormirse pensando en la pregunta que le hizo la mujer sin hogar: —¿A qué se dedica usted? Y en lo que le contestó ella: Soy enfermera. Me gusta trabajar en el hospital, pero he pasado por un momento difícil. No quisiera desearle a nadie la pena que sentí cuando una noche volví a casa cansada y él no estaba. Eso siguió pasando cada día. Me acostaba angustiada. Tomaba somníferos. Él regresaba a casa a altas horas de la noche. Casi no hablábamos, apenas nos mirábamos y no hacíamos el amor desde hacía varios meses. A mí me dolía que él durante varios años, cada jueves, fuera visitar a la viuda de su mejor amigo; quién sabe qué se decían o qué hacían. Estaba desesperada, pero quería salvar nuestro matrimonio. Sin embargo, llegó un día en que ya no me quedaban fuerzas para luchar y caí en una depresión espeluznante. Después de largas vicisitudes, que no voy a contarte, ahora estoy mejor y estamos tratando de empezar de nuevo.
Luego pensó en una tarde que invitó a Elisa a merendar en un bar; fue la primera vez que le pareció menos quejica. Ella
solía tomar lentamente un café con leche, escuchando a Elisa que sorbiendo su té no dejaba de contar cosas de su trabajo. Aquella tarde tuvo el valor de preguntarle de qué hablaban cada jueves ella y Carlos.
—Tu marido
me contaba anécdotas del hotel, yo en cambio le hablaba de cosas sin importancia; la mayor parte del tiempo me quejaba. Él me escuchaba, ¡pobre Carlos!
—¿Y de mí hablaba?
— Muy poco, me contaba de los clientes de su hotel… Entre nosotros no hubo nada. Te aseguro
que Carlos ha sido siempre un amigo para mí.
Laura recordaba lo aliviada que se sintió tras escuchar aquellas palabras. Seguía sin lograr
dormirse, pero no estaba nerviosa, al contrario, de buen humor. Entonces tuvo una idea audaz. Cuando Carlos se acostó, ella todavía estaba despierta y le dijo entusiasmada que había solucionado el problema de su vecina, una anciana que vivía sola y que desde hace tiempo buscaba a una mujer de confianza, a quien ofrecer alojamiento a cambio de una pequeña ayuda en las tareas del hogar. A Carlos no le sorprendió para nada el altruismo de su esposa, la conocía bien, y la apoyó con entusiasmo.
Mañana voy a llamarla, pero seguro que tendré que dejarle un mensaje en el contestador, está tan sorda, que a todas horas sube el volumen del televisor y nunca oye el teléfono, ni mucho menos el timbre.

Aquella noche, Elisa se sintió un poco sola y para no echar de menos a Miguel empezó a leer un libro. Se puso el disco Kind of Blue de Miles Davis que tanto le gustaba, pero después de la primera canción lo quitó. Cogió otro disco, Ascenseur pour l’échafaud, del mismo autor y lo escuchó cerrando los ojos. Recordó la película, cuyo título en español era Ascensor para el infierno; la vio con Miguel en un cine de arte y ensayo. Buscó noticias de aquella película en Internet y se enteró que Davis esbozó pocas y rudimentarias secuencias armónicas para la película en la habitación de su hotel en París.
— En las habitaciones de los hoteles suceden muchas cosas, pensó recordando a los personajes extravagantes del Hotel Plácido.
Entonces le pasó por la cabeza la imagen de
Laura a quien consideraba una mujer insignificante; no le interesó nunca su vida; sin embargo, en los últimos tiempos comenzó a apreciar a esa mujer amable que de vez en cuando veía cuando se citaban en un café. Se dio cuenta de que Laura le gustaba más cuando estaba sola, sin Carlos.
Antes de irse a la cama, le llamó Miguel, quien la tranquilizó y le dijo que le contaría de persona lo que le había pasado, que era demasiado largo y complicado por teléfono
y se pusieron de acuerdo en verse al día siguiente. Ella durmió poco, pues estaba impaciente, por saber cuál era el misterio de Miguel.
Aquella
mañana de domingo Elisa se despertó temprano y salió de casa para dar un paseo, antes de su cita con Miguel. Mientras caminaba, reflexionaba sobre las vueltas que había dado su vida en pocas semanas. Miguel llegó a su casa puntual. Elisa había preparado un buen desayuno, pero no sacó la cafetera de Fabio. Preparó una bandeja con dos tazas y dos platillos de un azul intenso, una tetera del mismo color, dos vasos llenos de zumo de naranja y la tarta de mermelada de higos que había comprado en la pastelería de la esquina.
Antes de sentarse, se acercó al tocadiscos y volvió a poner
su disco preferido de Miles Davis. 
—Este es
uno de los discos favoritos de mi hijo, le dijo Miguel.

Anda, Miguel, cuéntame lo que te pasó ayer, estoy impaciente por saberlo.

No te preocupes, no pasó nada de grave. Fui a ver a mi hijo.

¿Le ha pasado algo más a tu hijo? ¿Dónde está ahora? ... Yo no paro de hablarte de mis hijos, tú en cambio nunca me hablas de él. La noche del teatro me mencionaste el accidente que tuvo, pero no sé nada más.
Miguel
aclaró la voz y le dijo: —Quizás las cosas habrían sido diferentes si él no hubiera sido hijo único. Mi esposa no quiso tener más. A los tres meses del parto, ella regresó al trabajo, y el bebé fue criado por una niñera que vivía con nosotros. Desde el principio, no le gustaba el colegio y no se aplicaba; nosotros nunca lo aceptamos. Mi esposa y yo habíamos sido buenos estudiantes y no entendíamos que a él le costara tanto estudiar. Nuestros respectivos trabajos nos ocupaban mucho tiempo, yo en aquella época era director de una gran empresa, ella abogada en un gabinete importante de la ciudad. No parábamos nunca en casa; contratamos a una mujer que se encargara de nuestro hijo: lo acompañaba a la escuela, lo iba a recoger y le ayudaba a hacer los deberes.
Cuando en el instituto comenzó a suspender asignaturas, buscamos a otros profesores que vinieran a casa a darle clases particulares. Pero cuanto más lo presionábamos, peor iba la cosa. Cambió varios colegios
y repitió dos años. Dejó los estudios antes de terminar el bachillerato. Ahí lo perdimos. Empezó a salir con gente rara y se fue de casa. Nosotros dos nos avergonzábamos de él y no sabíamos qué hacer. Él siempre rechazó nuestra torpe ayuda. No quería nuestro dinero, pero de vez en cuando nos llamaba. Estábamos desesperados, hasta que supimos que se había ido a vivir cerca de la costa, a una comunidad fundada por un maestro espiritual hindú. Estábamos un poco más aliviados sabiendo dónde estaba, sin embargo, él seguía sin querer vernos. Un día, él y un compañero de la comunidad tuvieron un accidente de tráfico muy grave. Nuestro hijo se salvó, pero perdió la movilidad de las piernas.
Nuestro matrimonio se había terminado desde
hacía tiempo, pero no queríamos admitirlo porque nos faltaba la fuerza para superar una separación. Solo queríamos que nuestro hijo volviera a casa, pero él ya nunca más quiso volver a vivir con nosotros. Hace un año le propuse a mi esposa que comenzáramos los trámites para el divorcio y que vendiéramos nuestra vivienda y compráramos dos apartamentos pequeños. Ella no quería, pero al final aceptó. Miguel se calló unos segundos, tomó aliento y luego siguió hablando:
Una vez al mes vamos juntos a visitar a nuestro hijo. Ayer fuimos. Él nos pidió que le lleváramos su colección de discos. Entonces, cuando estábamos a punto de marcharnos, nos pidió que nos quedáramos a cenar. Fue la primera vez. Por eso no pude ir a verte.
— ¡Cuánto
sufrimiento! Pero me parece una buena señal que os pidiera que os quedarais a cenar, dijo Elisa.
— Esperemos. Durante la cena me preguntó por la carpintería. Cosa que no había hecho nunca. Lo noté más comunicativo y no nos rechazó como antes.

Elisa se alegró mucho por Miguel y se puso a reír.

¡Y yo que me imaginaba que estabas con otra mujer!

¡Qué tonta que eres!

Carlos aquel mismo domingo por la mañana fue con su esposa a casa de la anciana vecina, que inmediatamente aceptó la propuesta de Laura. Quería conocer en seguida a la mujer sin hogar, así que Laura corrió a buscarla para darle la buena noticia.
Carlos
se sentó para tomar el café que le ofreció la vecina. La anciana señora era habladora y estaba muy contenta de tener a alguien quien la escuchara y comenzó a contarle trocitos de su vida.
Carlos estaba tan cansado que se durmió. La señora no se ofendió, pues se dio cuenta de que repetía siempre las mismas cosas; al contrario, sintió ternura por aquel hombre.
Desde que Elisa empezó a salir con Miguel, Carlos iba saltando alguna cita del jueves con cualquier excusa. Y poco a poco las visitas de Carlos
en casa de Elisa fueron espaciándose cada vez más. Elisa al principio no le dio mucha importancia; le pareció casi natural; sin embargo, a medida que pasaban las semanas le echaba de menos, pero se conformó.

Las dos mujeres se llamaban de vez en cuando y se citaban para ir a pasear con sus maridos a lo largo del río; solían quedar los domingos por la mañana. Las estaciones iban pasando y cada pareja encontró su equilibrio y su estabilidad: Laura y Carlos dormían en cuartos separados, pero por las tardes echaban la siesta en la misma cama, donde compartían intimidades, caricias y a veces sexo; Elisa no dejó que Miguel, como él deseaba, se fuera a vivir con ella y tampoco aceptó trasladarse a casa de él. Se citaban los viernes para pasar todo el fin de semana juntos en uno de los dos apartamentos.

Elisa y Carlos, desde que dejaron de citarse los jueves, no coincidieron nunca más a solas. Sin embargo, un día en que Miguel fue a ver a su hijo, Elisa invitó a Carlos a su casa. Laura no estaba y eso facilitó las cosas. Lo citó para aquella misma tarde.

Él llegó puntual. Mientras tomaban café él y té ella, Carlos le preguntó:

¿A que se debe esa invitación inesperada?

Te he llamado para que escuches un disco inédito de Miles Davis.

¡No me digas!

Y también para preguntarte una cosa que hace tiempo que me da vueltas por la cabeza: ¿Fue mi marido quien te pidió que vinieras a verme cada jueves?
— No, Fabio sólo me recomendó que te cuidara.
¿Seguro que no se lo prometiste? ¡Dime la verdad!
— ¡Qué no! No le prometí
nada.

¿Y por qué venías a verme cada jueves?

Porque desde la primera cita me di cuenta de que me gustaba hablar contigo y que ibas a ser tú quien iba a cuidar de mí, le contestó él sonriendo.

Elisa no se quedó convencida de la explicación de Carlos y para disimularlo se puso a reír. Cuando él se marchó, ella se dijo que nunca iba a desvelar el misterio de la cita de los jueves; pero pensándolo bien se dio cuenta de que le importaba poco, pues ella había salido ganando, y de mucho.








domenica 15 settembre 2024

El testamento

 


La mujer recordaba que de pequeña, sus padres, pensando que los niños no iban a entender nada, hablaban a menudo de los testamentos que recibieron de sus respectivas familias, pero siempre en voz baja y con una capa de misterio. Según sus padres, aquellos testamentos estaban mal hechos. Marido y mujer, cuando tuvieron unos cincuenta años, fueron a la notaría, la única que había en el pueblo, a depositar su testamento. No les dijeron nada a los tres hijos, pues tenían miedo de que riñeran entre ellos, como les sucedió a ellos. Pasó el tiempo y, a principios de los años ochenta, les llamaron por separado y les hablaron de su testamento. Hubo un poco de jaleo, pues cada uno de los hermanos pensó que era el más desafortunado, que según él le había tocado la parte peor. Por suerte, a la muerte de la madre, quien dejó todas sus propiedades a su marido, después de muchas discusiones, los tres futuros herederos se apaciguaron y el padre pudo repartir sus bienes como había establecido con su esposa y luego morir tranquilo. A lo largo de los años, algunos amigos y parientes le iban contando a la mujer sus discordias y peleas en los trámites testamentarios: familias rotas, hermanos que no se hablaban, viejos rencores transformados en resentimientos y odio… Por eso ella no quería hacer testamento. Así que olvidó aquel asunto hasta que al cabo de muchos años, cuando ya estaba jubilada, por una serie de coincidencias, volvió a darle vueltas al tema. Se jubiló en 2021, a los 65 años, y su vida cambió: todo el tiempo libre que se le presentó de golpe lo rellenaba leyendo y escribiendo (empezó a tomar apuntes de lo que oía por la calle, leía o pensaba, luego en el ordenador escribía cuentos sobre ello); también seguía los eventos culturales de la ciudad, iba a menudo al cine y de vez en cuando salía a pasear con su marido o con sus amigas.

Cuando era joven solía presumir de buena memoria para los hechos de su vida y para los nombres de amigos o conocidos; sin embargo, a medida que pasaban los años se volvió más olvidadiza, por eso se puso a escribir. Generalmente escribía cosas sin importancia, quizás muy aburridas para uno de fuera, pero a ella le encantaba luego leerlas. Le emergían del pasado, personajes, escenas, murmullos, olores, sombras y luces.

El tiempo dilatado da por pensar más, y ella empezó a imaginar su muerte, pero, sin agobiarse, solo quería irse preparando para su fin en este mundo, cosa en teoría muy fácil, pero muy difícil de llevar a cabo.

Alguien nos tendría que enseñar a morir, le dijo un día a su marido.

Pero, mujer, nadie nos enseñó a nacer y lo conseguimos. Lo mismo va a pasar cuando muramos.

Hay muchas formas de morir, yo quiero morir en paz.

No pienses en ello, vive y ya está, dijo rotundamente su marido.

El verano del 2023 fue un poco raro y ella quiso inmortalizarlo. El día que fue al cementerio a visitar la tumba de sus padres, tomó una decisión importante, pero es mejor que leáis el borrador que escribió en su cuaderno rojo:

El 28 de junio divisamos Malgrat a lo lejos. En seguida volvió a mi olfato el olor del aire húmedo y bochornoso del pueblo donde nací y viví hasta los veinte años. En primavera reservé la vivienda de los Ibáñez, una familia del pueblo, que mis padres y mis hermanos conocían muy bien. Nos alquilaron el apartamento a un precio bueno, con la condición de que lo rentáramos por dos meses. Aquella tarde, desde la frontera francesa, llamé a María Ibáñez, que era la dueña de todo el edificio, junto a Juan, su hermano, para avisarle de que al cabo de unas dos horas estaríamos en su casa. En la planta baja vivía ella; el piso de arriba era el que alquilaban. A las siete, María, tras recibir nuestro mensaje, cerró de prisa y corriendo su tienda de ropa de mujer, en donde en aquel momento no había ningún cliente. Heredó de su madre aquella pequeña tienda, que antes era muy rentable, pero que desde que las actividades comerciales se habían desplazado fuera del pueblo, en la zona hotelera, lo era mucho menos. Ella vino en bici a abrirnos la casa y a entregarnos las llaves. Había sido un viaje largo. Estuvimos unas doce horas en la carretera; estábamos agotados. María se fue corriendo a la tienda y nosotros ni siquiera miramos si todo funcionaba bien. Nos apresuramos para descargar el coche y nos fuimos a comprar algo para comer. Cenamos en la terraza en frente del mar, ya más relajados, pero todavía con la adrenalina del viaje y pensando en todo lo que al día siguiente tendríamos que hacer.

El apartamento de los Ibáñez tiene vistas al mar. Está muy bien situado, en primera línea, pero la pega es que entre la playa y las casas haya la vía del ferrocarril. A mí no me importa el ruido de los trenes que pasan. Al contrario, al atardecer me gusta mirar los trenes repletos de pasajeros. Sin embargo, a los que no han nacido en el pueblo generalmente les molestan los pitidos y ruidos de las idas y venidas de trenes, como a otros que viven cerca de la iglesia les fastidia el repiqueteo de campanas. La iglesia no está muy cerca, pero por la noche pueden oírse las campanadas que dan las horas.

Es un apartamento bastante destartalado, sin embargo, yo estuve a gusto allí; la única cosa que temía es que hubiera cosas estropeadas o a punto de romper. Antes de desplazarnos a Cataluña, una noche soñé que los colchones de las camas eran tan viejos que de ellos salían bichos. Durante algunos días tuve la obsesión de que los colchones iban a ser un problema. Se lo dije a nuestra hija y a su pareja. Se burlaron un poco de mis manías y él me dijo:

Hoy en día la cosa más fácil del mundo es comprar colchones nuevos. Si quieres, me ocupo yo de ello, te los traen a casa en un día.

Bueno, no hay para tanto. Yo esperaría. ¡Esperemos que no sean desastrosos!

En cambio, cuando entré en el piso, me pareció que todo estaba limpio y ordenado dentro de lo que cabe, pues la vivienda, siendo de los años sesenta y con pocas reformas, estaba un poco deslucida; pero los colchones, que me habían obsesionado tanto, eran bastante nuevos.

Menos mal, me dije, sentándome encima de uno de ellos.

Nos encantó que hubiera cunita, trona, cambiador y otros utensilios para los bebés. Era ideal para nuestros dos nietos, que iban a llegar al día siguiente. Juan Ibáñez estaba casado en segundas nupcias con una mujer que tenía una nieta de cinco años y todavía conservaba en el desván todos los trastos para recién nacido.

La primera cosa que se estropeó fue la nevera. Mejor dicho, nunca llegó a funcionar. Tuvimos que dejar nuestras provisiones en el frigorífico de María Ibáñez. Al día siguiente nos llegó una nevera de segunda mano, un poco más pequeña que la anterior, pero que funcionaba bien.

Aquel iba a ser un verano raro, me dije: iba a pasar dos meses seguidos en mi pueblo, cosa que nunca había sucedido. Antes, mi marido y yo, solíamos transcurrir una temporada en Malgrat, pero nunca más de tres o cuatro semanas. Desde hacía muchos años, iba al pueblo de la costa catalana cada verano con mis hijos pequeños, para ir a ver a mis padres. Si iba sola con los niños, tomaba un avión; en cambio con mi esposo solíamos ir en coche o en una furgoneta que nos prestaban mis cuñados. Aprovechábamos aquellos viajes para hacer una ruta por la península, cada año distinta. Un verano fuimos a Galicia, otro recorrimos la Mancha y Andalucía. También nos pateamos Valencia, Murcia y el Cabo de Gata, y uno de los últimos años recorrimos la costa atlántica y mediterránea de Portugal...

Mis padres murieron a distancia de cinco años uno del otro, primero mi madre en 2007 y luego mi padre en 2012. Ambas veces fue una cosa inesperada: me llamaron por teléfono mis hermanos y yo corrí al aeropuerto, para llegar a tiempo. Es un gran sufrimiento estar lejos de una persona querida que se está muriendo. El pueblo sin ellos se volvió más triste. Sin embargo, nunca dejamos de ir allí con nuestros hijos. Los niños iban creciendo y a menudo nos llevábamos de viaje a alguno de sus amigos. Luego ellos empezaron a ir de vacaciones por su cuenta; sin embargo, una semana se la guardaban para volver al pueblo catalán e intentaban coincidir con nosotros. Les gustaba aquel pueblecito, pues allí tenían tíos, primos y tantos recuerdos de su infancia. En los primeros años nos alojábamos en casa de mis padres, una casona vieja. A la muerte de mi padre la heredó mi hermana; se ocupó de reformarla mi sobrino y la alquiló todo el año a un señor suizo, que le pagaba muy bien. Por lo tanto, nosotros tuvimos que apañarnos y buscar otra vivienda. Fuimos a varios apartamentos, pero el de los Ibáñez, a pesar de sus enseres desgastados, al ser antiguo era el más acogedor y el que me hacía sentir más en casa.

Mi marido, unas semanas antes de salir de Italia, me dijo que no iba a aguantar dos meses en la playa y que se iba a marchar a mitades de agosto. Sobre todo quería volver a Firenze para ayudar a nuestro hijo, haciéndole la comida, pues él llevaba un taxi y tenía mucho trabajo en verano.

A partir del 10 de agosto en Florencia casi todas las casas de comidas están de vacaciones. Él necesita mi ayuda, dijo mi esposo.

Pero hombre, tiene treinta años, ya se sabe espabilará, no te preocupes.

A mí me apetece volver antes.

¡Haz lo que quieras! Yo me quedaré. Mañana mismo voy a sacar un pasaje de avión. Pero me sabe mal que tú vuelvas en coche solo. ¡Son más de mil kilómetros!

¡No me importa volver solo! Ya sabes que me gusta conducir y que soy prudente. Me paro cada dos horas.

Sigo pensando que es una pena que no te quedes conmigo. Tendríamos toda la casa para nosotros.

Ya lo he decidido. No insistas, por favor.

El 30 de junio llegaron en tren nuestra hija, su pareja y los niños. Yo estaba impaciente por ver a los niños, a pesar de que hiciera sólo un mes que había estado en Madrid. Habíamos llevado en el coche muchas cosas para nuestros nietos: juguetes, libros, ropa, almohadas, la batidora y otros enseres de la cocina. También una enorme sombrilla y toallas para la playa. Y mucha comida: pasta, quesos y otros productos italianos.

El niño pequeño tenía un mes y el mayor un año y medio. Fue bien bonito irles a buscar a la estación de trenes. En el andén lloré de alegría, abrazando al niño mayor, que estaba empezando a hablar y me llamaba todo el rato "nonna" (que quiere decir abuela en italiano).

Al principio los niños daban mucho trabajo, pero pronto entre todos intentamos repartirnos las tareas domésticas y la cosa fue mejorando. Nuestra hija estaba de baja de maternidad; su pareja, los domingos por la noche o los lunes por la tarde, se iba a Madrid a trabajar, pero volvía en tren cada viernes.

Las semanas iban pasando deprisa. Había que hacer tantas cosas que no teníamos tiempo de aburrirnos: atender a los niños, llenar la nevera, limpiar, cocinar y todo lo que fuera necesario. Un día tuvimos que ir al centro de salud a ponerles las vacunas al pequeño y otro a que visitaran al otro, pues le habían salido granitos en todo el cuerpo…

Por la mañana, después de desayunar, solía ir a comprar fruta y verdura al mercado y pan y leche a un colmado. Luego íbamos todos a la playa. A mi marido no le gusta mucho estar en la playa; por eso muchas veces se quedaba en casa preparando la comida, pero otras íbamos todos a comer a un chiringuito en frente del mar. A veces le dejábamos a él el bebé y madre e hija salíamos de compras.

La siesta era la hora más tranquila del día; cuando los peques dormían, nosotros descansábamos, echados en el sofá o en la cama. Luego, después de merendar, cuando ya hacía menos calor, íbamos a pasear con los niños a un parque con columpios. A veces entrábamos en la biblioteca municipal, donde sacábamos libros prestados. Un día el niño mayor se meó en una de las salas de lectura. El pañal no aguantó todo aquel pis, y se mojó un poco el banco donde estábamos sentados. Tuvimos que volver a casa deprisa y corriendo, pues no llevábamos ningún recambio. Mientras tanto, el pequeño se despertó llorando, desesperado porque tenía que mamar, y entre todos armaron un buen jaleo.

La casa de los Ibáñez no cuenta con muchas comodidades. Nos hubiera ido bien tener un lavavajillas; había uno muy viejo, pero nos dijeron que estaba estropeado, por lo tanto nos turnamos, lavando los platos a mano. La cena siempre era un poco movida, pues los niños a esa hora estaban cansados y se quejaban todo el rato. En la parte delantera del apartamento, hay una terraza cubierta, donde se puede admirar el mar. Ahí nos sentábamos al atardecer, cuando los peques ya dormían; sin embargo, hacia las once caíamos todos muertos de sueño. Las noches eran un poco ajetreadas, pues el pequeño se despertaba quejándose, cuando le tocaba mamar. A veces, el mayor, tenía pesadillas y también chillaba. Su madre es una chica paciente y organizada y de noche se ocupaba de todo, pero alguna que otra vez yo también me levantaba para ayudarla. Cuando el padre volvía de Madrid, se encargaba de los niños y ella descansaba un poco. Cada día, hacia las siete de la mañana, el niño mayor se despertaba y uno de nosotros se levantaba. Empezábamos el día, jugando a la pelota y preparando el desayuno.

Una tarde se me dio por llamar a una de mis tías, a quien hacía tiempo que no veía. Mi tía nos invitó junto a sus hijas, sobrinas y nietos a merendar en el jardín de su casa, la que había sido de mis abuelos paternos, donde nació mi padre. También avisó a su cuñada, la hermana de mi padre, que tiene 94 años y es la única de los siete hermanos que todavía está viva. Fue emocionante volver a ver a mis tías, hablar y reír con mis primas y conocer a sus hijos.

A finales de julio llegaron nuestros consuegros para pasar unos días con nosotros. Estuvieron alojados en un hotel cerca de nuestra casa. Por la mañana íbamos con ellos y los niños a la playa y por la tarde paseábamos. Alguna que otra tarde ellos cogieron el tren para ir a visitar otros pueblos de la comarca. Mi hermano y mi cuñada nos invitaron a todos comer a su casa, fue bien bonito por su parte acoger tan bien a nuestra familia madrileña. Durante el fin de semana, los cuatro consuegros cogimos el coche para ir de excursión al interior; fuimos a Besalú y el lago de Banyoles. Nos lo pasamos muy bien, pero hacía mucho calor y volvimos chorreando. Cuando al día siguiente fuimos a la estación a despedir a los abuelos madrileños que se iban de vacaciones a Extremadura, el niño mayor, que es muy sentimental, se puso a llorar. Derramaba lágrimas cada semana, cuando íbamos a despedir a su padre, pero su madre lo consolaba, diciéndole que iba a volver muy pronto. Aquella estación, que se edificó a mitades del siglo XIX, para las llegadas era un jolgorio y un valle de lágrimas para las despedidas.

Durante la primera semana de agosto empezaron las fiestas del pueblo y fuimos a ver desfiladas de gigantes y cabezudos, títeres y otras atracciones infantiles. El 4 de agosto llegó el padre de los niños en coche para quedarse definitivamente. Durante esos días él y ella iban a menudo a cenar a algún que otro restaurante del pueblo para recargar pilas. Mi marido y yo hacíamos de canguro a los nietecitos. Casi siempre los niños se dormían tranquilos, pero el pequeño, cuando se acercaba la hora de mamar, de golpe berreaba, y a veces no lográbamos calmarlo y teníamos que llamar a nuestra hija, para que volviera lo antes posible. Algún que otro sábado mi marido y yo salimos con mi hermano y mi cuñada y tal vez con otros amigos, una noche fuimos a un concierto de Martirio, una cantante española muy famosa en los años ochenta y noventa, en el faro de Calella. El faro, el mar y la música nos conquistaron.

El primer domingo de agosto en un chiringuito de la playa, bastante cerca de casa, los tres hermanos organizamos una comida familiar con nuestros hijos y nietos. Nos pusieron una larga mesa, bajo una parra. Después de comer, los primos mayores jugaron con los pequeños y los adultos charlamos y reímos, contándonos anécdotas divertidas de nuestra infancia… Todos lo pasamos muy bien. La sobremesa fue larga y amena y cuando los camareros ya estaban sacando platos, cubiertos y botellas, me puse a mirar el azul intenso del mar y la tupida parra verde. Luego pensé en la suerte que teníamos al habernos reunido los tres hermanos y me dije: —Menos mal que el testamento de mis padres no destrozó a nuestra familia.

El 10 de agosto ellos se fueron al País Vasco, donde habían alquilado un chalet para pasar allí una semana con otros amigos que también tenían niños pequeños. Mi marido y yo nos quedamos solos en la casa y nos mudamos al cuarto más cómodo, donde había la cama matrimonial. Finalmente nos acostamos en un lecho ancho, después de seis semanas de dormir en dos camitas separadas. Me pegué a su cuerpo y en voz baja fui contándole las pequeñas cosas vividas en aquellos días: la alegría de estar todos juntos, el cansancio, la falta de tiempo personal y de intimidad de pareja, la felicidad de compartir el día a día con nuestra hija y los niños, la emoción de jugar con el mayor y de mecer al pequeño y la satisfacción de volver a ver a mi familia catalana y a nuestros amigos.

Pasamos toda una tarde en la cama, nos levantamos para dar una vuelta y para comprar cuatro cosas para cenar. Al día siguiente hicimos una excursión al interior para ver un edificio que había proyectado un arquitecto famoso y disfrutamos paseando y visitando los pueblos de la comarca.

Yo no quería que él se fuera, pero el 13 de agosto él se marchó. Yo lo acompañé al garaje por la mañana temprano; todavía no había amanecido. Despidiéndome de él, recordé otras despedidas: mis padres que madrugaban para acompañarme en coche a la estación, cuando yo me marchaba a Italia. En aquel momento pude entender su melancolía y las lágrimas de mi madre.

Me sentía triste, pero a la vez libre. Era una contradicción; iba a echar de menos a mi marido, sin embargo, me apetecía tener dos semanas por delante, sin hacer nada para los demás; ni siquiera debía hacerme la comida, pues la nevera estaba llena. En seguida me puse a escribir un mensaje a mis amigas y otro a mis primas, para invitarlas a cenar a mi casa.

Es un lujo tener toda la mañana para ir a la playa y tiempo libre para leer y escribir. ¡Qué quiero más de la vida! Me dije, uno de los primeros días de soledad.

Desde hacía varios meses estaba escribiendo un relato sobre la historia de Mariano Defaus Moragas, el hermano de mi bisabuelo Francisco, que se fue a Cuba a los diecisiete años. Esperaba encontrar más material en el archivo de mi pueblo, pero no conté con que durante las fiestas del pueblo las oficinas iban a estar cerradas.

Todas las familias tienen secretos; nuestra familia también tenía uno.

¿Cuál? Me preguntó mi hermana.

Pues, la huida de Mariano a Cuba, le dije la tarde que fui a verla.

Nadie nos habló de él jamás. Lo supe por una chica cubana que me escribió en mis redes sociales, diciéndome que el bisabuelo de su madre era hermano del mío. Esto me desencadenó las ganas de escribir un relato sobre la vida de Mariano.

Sobre la mesa desparramé papeles y fotografías. Mi ordenador portátil siempre estaba conectado y yo entusiasmada con aquella historia. Sin embargo, a medida que pasaban los días empecé a desanimarme y a sentir nostalgia de mi marido.

- ¡Qué tonta soy! ¿Por qué no aprovecho mis días de libertad? Me dije.

Un día pasé por delante de la notaría. Miré distraída el horario de abertura que estaba colgado en la puerta, pero pasé de largo sin pensar en nada. Paseaba mucho, sobre todo al atardecer, pues no quería estar toda la tarde encerrada en casa. En aquel apartamento que semanas atrás estuvo lleno de gente y de bullicio, y yo tan a gusto en él, ahora empezaba a sentirme fuera de lugar. De día iba a mi aire, pero por la noche dormía poco y mal, por el bochorno y sobre todo por la ansiedad: al anochecer oía ruidos y tenía miedo de que entraran ladrones por la terraza.

Para relajarme, me apunté a un curso de yoga; allí encontré a una compañera de trabajo de una amiga mía. A la salida nos pusimos a hablar. Me contó que después de su separación se fue a vivir a Barcelona y que alquiló el piso a unos profesores. Pero al cabo de diez años los inquilinos se trasladaron a otro pueblo y ella se mudó de nuevo a su antigua vivienda, sin sus hijos que ya vivían por su cuenta. Luego me dijo una cosa muy graciosa:

- ¿Sabes dónde vivo?

- ¡No, ni idea!

- ¡Justo al lado de la primera esposa de mi ex! Yo vivo en el segundo, ella en el cuarto. No te lo vas a creer, pero nos llevamos bien.

- ¡Qué casualidad!

Ella, como mi amiga, era bióloga. Trabajaba en los hospitales, enseñando a usar a los doctores aparatos médicos de alto nivel. Lástima que al día siguiente se iba de vacaciones.

María Ibáñez trabajaba todo el día, pero un domingo coincidí con ella en la playa y la invité a cenar junto a una de mis primas y a mi sobrina con su hijo. Era un grupo un poco heterogéneo, pero a mí me gusta reunir a personas que se conocen poco. Nos lo pasamos bien comiendo un plato italiano de pasta que yo preparé. A ninguna de aquellas mujeres les gustaba cocinar, así que estuvieron encantadas con mis manjares. Era la noche de los fuegos artificiales. El niño estuvo entretenido en la terraza, mirando los fuegos, mientras nosotras hablábamos y reíamos con la cabeza hacia arriba y con una copa de cerveza en la mano. Me acosté contenta, pero también dormí mal.

Me hubiera gustado relacionarme más con las amigas de mi adolescencia y primera juventud, pero ellas estaban atareadas resolviendo pequeños o grandes enredos de su vida cotidiana. Al final conseguí invitarlas a cenar en el apartamento de los Ibáñez, donde había una mesa grande y ocho sillas. Nos lo pasamos la mar de bien, riendo y recordando episodios del colegio. Aquella noche quería hablarles de mi proyecto de escritura, pero no lo hice, pues noté que ellas querían contarme sus cosas y a mí me gustaba escucharlas. Dicen que a los de fuera se les confían cosas íntimas. Y eso fue lo que pasó. Más que nada hablaron de sus vidas: una se quejó del marido que la traicionaba con una mujer más joven, otra de su separación difícil, pues su esposo, tras la bancarrota de su empresa, se volvió agresivo y un día la pegó y ella lo echó de casa. La más desparpajada nos contó lo bien que se lo pasaba con su tercer marido; otra habló de lo mal que se llevaba con la suegra y de los problemas que tenía con sus padres ingresados en un geriátrico. Hablamos un poco de nuestros hijos y nietos y, claro, no faltó el tema de la jubilación y tampoco el de nuestra salud.

¡A mí en septiembre me van a operar el menisco! Dijo una.

- ¡Si yo os contara todos mis achaques, no acabaría esta noche! Contestó otra sonriendo.

¡Qué exagerada que eres, mujer! Vamos, ¡ahora basta hablar de achaques! ¡Hablemos de amores y de viajes! Dijo la más bromista.

No trasnochamos, porque dos de ellas todavía trabajaban y tenían que madrugar y otras dos vivían lejos y tenían una hora de carretera. Otra noche invité a una amiga que conocí a finales de los años ochenta y que a pesar de la distancia nunca nos hemos perdido de vista. Ella vive en una casa rural a pocos kilómetros del pueblo, pero en invierno se traslada a Girona para no perderse los eventos culturales y sus cursos universitarios. Me contó con entusiasmo todos sus proyectos. A ella, como a mí, le encanta mucho leer e ir al cine. Cenamos en la terraza, el aire era suave y los trenes dejaron de pasar. Sin darnos cuentas, hablando y hablando, nos bebimos una botella de vino. Aquella noche dormí como un tronco.

Una tarde fui a ver a mi hermana a su casa y aproveché para revisar los papeles y las fotografías antiguas de la casona familiar, la que heredó a la muerte de nuestros padres. Hacía años que no pasábamos tanto tiempo juntas. Ella, siendo mayor que yo, recordaba anécdotas de la familia que yo no sabía. Me entregó los testamentos de finales del siglo diecinueve, en los que salía el nombre de Mariano Defaus, para que los analizara.

Cuando me los devuelvas, los voy a depositar en el archivo del pueblo.

Me parece una buena idea, así todo el mundo va a poder consultarlos.

Mi hermana estaba delicada de salud y por aquel entonces salía poco, por eso me pareció un milagro que quisiera ir a donar aquellos papeles al archivo.

Mi hermano y mi cuñada salieron de viaje al sur de Francia y mi mejor amiga estaba muy agobiada con su madre noventañera que cada dos por tres estaba ingresada en el hospital… Todo el mundo estaba muy atareado.

Sí, añoro un montón a mi marido y a los niños, murmuré de madrugada sin poder dormir.

Reaccioné a mi desasosiego intentando tirar adelante mi relato y me divertí dejando volar mi imaginación. También enlacé vínculos más fuertes con mis tías y primas. Eso me dio tranquilidad, o mejor dicho felicidad, pues pensaba en lo contento que habría estado mi padre si me hubiera visto junto a su hermana y cuñada. Disfruté mucho en su jardín la noche que me invitaron a cenar. Cada prima preparó un plato. Yo llevé una tortilla de calabacines. La sobremesa fue larga y bailamos, incluso las tías dieron algún paso de danza.

En la última semana intenté crearme una rutina y eso me hizo estar mejor. En la playa, hice amistad con Loli, una mujer pocos años más joven que yo, que cuidaba con cariño a su nieto bajo la sombrilla… Hablamos sobre todo de nuestra experiencia de ser abuelas. Un día le conté que estaba buscando un piso de alquiler para el próximo año, pues los hermanos Ibáñez no me aseguraron otro verano en su casita, ya que tenían proyectos de reforma, entonces ella me aconsejó que fuera a un par de agencias inmobiliarias, que ella conocía bien, pues hacía poco que se había vendido su piso y comprado una vivienda con jardín.

Uno de los últimos días, fui al cementerio a visitar la tumba de mis padres, había quedado con una de mis primas, por parte de madre, pero al final no pudo acompañarme, pues le cambiaron el turno de trabajo. Sola de pie en frente de la tumba, tuve tiempo para pensar en mi vida pasada, presente y futura. De mi pasado estaba contenta, del presente también, poco a poco estaba empezando a saborear el hecho de estar sola en mi pueblo. ¿Y del futuro, qué opinaba? De madrugada me desperté, pensando en mi muerte. Así que por la mañana me fui a la notaria a reservar cita; quería dejarlo todo arreglado para que mi marido y mis hijos no tuvieran problemas cuando yo muriera. Le dije a la secretaria que estaba a punto de marcharme a Italia y ella me dio una cita para el día siguiente. El notario era un señor alto y gordo. Me pareció distraído, quizás un ex fumador; se le notaba impaciente, como si le faltara algo. Tuve que leer varias veces el testamento, pues encontré varios errores, a pesar de que yo no soy para nada minuciosa.

Durante el último fin de semana llegó la lluvia tan esperada. Todos estuvimos contentos, pero a la vez nos dijimos:

¡Qué lata, la lluvia de viernes!

Fue una lástima que lloviera a cántaros. En el pueblo, aquel último fin de semana de agosto, había un evento importante: un festival de libros, "Vila de llibres". Los tenderetes en la plaza daban pena, chorreando de agua; las presentaciones de libros tuvieron que hacerse en una sala de biblioteca, donde la gente estaba apretujada. Las temperaturas bajaron mucho y nos pelamos de frío. Saltando los charcos, se nos mojaron los pies y nuestras sandalias de cuero se estropearon.

El último sábado fui a cenar con mi mejor amiga, su marido y otra pareja. Fuimos a un restaurante que tenía un jardín precioso, pero por la lluvia tuvimos que comer dentro. Saliendo los invité a mi terraza a tomar cervezas y comer cacahuetes y pistachos. Fue una noche maravillosa, mirando el mar y charlando. Dejó de llover y subimos el toldo. Era completamente dueña de mi casa; podía invitar a quien quisiera  y a cualquier hora. Yo no suelo trasnochar, todo lo contrario, tengo mi rutina y me acuesto siempre hacia las once y media, pero aquella noche me sentí bien y me relajé.

El domingo, cuando me desperté, el cielo todavía estaba gris y no había nadie en la playa, ni siquiera las mujeres ancianas que cada día iban a las ocho de la mañana a bañarse, cogidas de una cuerda para no caer. Era conmovedor ver a las viejecitas con tanta fuerza de voluntad; sabían que el agua del mar hacía milagros y ellas querían uno. Mientras miraba el mar y pensaba en las ancianas, me llamaron por teléfono mi hermano y mi cuñada, para que fuera a comer a su casa. Les dije que tenía la nevera llena de cosas, que iban a estropearse. Pero ellos insistieron y yo acepté diciéndoles que les llevaría todos los víveres que pudiera.

Llovía a cántaros y María Ibáñez, me vio en la puerta indecisa, mirando la lluvia y me dijo:

¿A dónde vas tan cargada?

A casa de mi hermano.

Te acompaño yo en coche.

María era una mujer afable y siempre de buen humor, en el breve recorrido me contó que se quería jubilar, pero que de momento su novio y ella seguirían viviendo en ciudades distintas.

¡Cada uno en su casa, es lo mejor a la pareja!

En casa de mi hermano coincidí con mis sobrinas, con sus parejas e hijos y disfruté mucho charlando con ellos. Mi cuñada hizo un arroz riquísimo. La sobremesa fue larga y muy amena. Por la tarde fuimos a varios eventos y presentaciones de libros. Fue interesante y me lo pasé bien, a pesar de la lluvia. Sin embargo, cuando me acosté, añoré de nuevo a mi marido y seguí oyendo ruidos extraños.

Finalmente ha dejado de llover. Hoy lunes es el último día de vacaciones, es el veintiocho de agosto y voy a volver a Italia. Me he levantado temprano para arreglar el apartamento, pero primero he escrito en mi cuaderno los recuerdos del fin de semana, para no olvidarlos. No creo que vaya a la playa, pues quisiera recoger todas mis cosas playeras y dejarlas guardadas en el trastero, esperando volver aquí de nuevo el año que viene. A primera hora de la tarde tengo el tren para el aeropuerto de Barcelona. Aprovecho esta mañana gris para escribir esta especie de diario. Estoy ilusionada y emocionada porque muy pronto voy a abrazar a mi marido. Tengo ganas de volver a casa, después de dos meses de ausencia. Me conozco; seguro que voy a ir antes de lo debido al aeropuerto, pues estoy impaciente por volver, no sé si es una cosa normal, todas esas ganas de volver.

La mujer se sentó en un vagón del tren de cercanías que iba a llevarla al aeropuerto; miraba el mar y sonreía; sin embargo, ella no podía imaginar que las cosas se le iban a complicar.

- ¿Pero qué es lo que pasó? Os preguntaréis.

Llegó con mucha antelación al aeropuerto que estaba abarrotado de gente, como es natural a finales de agosto. A la mujer le dio la sensación de hallarse en un gran atasco, del que no podía salir y empezó a sudar y a sentir un poco de ansiedad. Se sentó y se puso a leer un libro para tranquilizarse. Se comió una manzana y se relajó mirando a la gente que corría arriba y abajo. Al cabo de una hora apareció su vuelo en la pantalla, pero de golpe vio iba a sufrir un retraso de tres horas.

- ¡Madre mía, solo faltaba eso! Se dijo, casi llorando.

Escribió un mensaje a su marido y le dijo que iba a llegar mucho más tarde. La imagen que tenía en la cabeza, donde abrazaba a su esposo, se le iba esfumando. Para no agobiarse, empezó a pensar que el retraso de un vuelo no era nada respecto a otras calamidades, como las enfermedades graves, el derribo de un avión, los accidentes en la carretera, etc.

No os vais a creer, lo que pasó al cabo de una hora: apareció en la pantalla el anuncio de que el vuelo volvía a su horario normal.

¡Es un milagro! Gritó ella, llorando de alegría.

Todos los pasajeros se quedaron pasmados mirando la pantalla y sonriendo.

El avión salió puntual, contra cualquier previsión; sin embargo, a mitad del vuelo hubo fuertes turbulencias. Todo empezó con movimientos bruscos que sacudían al aeroplano para abajo, arriba y los costados. La mujer sintió vértigo. Cerró los ojos a la espera de que todo terminara. Pero cuando los sacudones se agravaron a ella le pareció que iban a caer y tembló de miedo. Mientras se agarraba a los apoyabrazos de la butaca, recordó un refrán: Las desgracias nunca vienen solas, pero añadió: —Muchas veces estarían quietas, si nosotros no las invocáramos con nuestros gestos o acciones. Entonces se preguntó: —¿Hice mal en hacer testamento?

Los movimientos se volvieron menos bruscos. La mujer abrió los ojos y miró su cinturón abrochado, lo tocó y se dio cuenta de que aquel cinturón había evitado de que saliera despedida del asiento. Cuando el piloto les informó que estaban saliendo de la zona de tormentas, se calmó. Por suerte, al cabo de poco tiempo, que a ella le pareció larguísimo, las turbulencias cesaron y la mujer dejó de pensar en que el testamento era el culpable de todas las desgracias. Su ansiedad desapareció y se quedó dormida.

Se despertó con dolor de cabeza y cansada, como si hubiera trabajado un día entero en una cantera con una pala, sacando piedras. Sí, aquella era la sensación que tenía: un agotamiento sobrenatural. Menos mal que estaban a punto de llegar.

El avión aterrizó puntual. Ella arrastró su maleta un buen trecho, hasta la zona de llegadas. Al salir vio a su marido que la estaba esperando. Él la abrazó más fuerte de lo que había soñado ella y le susurró:

- Te he echado mucho de menos.

Al oír aquellas palabras la mujer se puso alegre y dejó de sentirse cansada; se le borró el espanto que sufrió durante las turbulencias y ni se acordó de hablarle del testamento.