lunedì 16 novembre 2020

Pequeñas historias de desasosiego

 



Ella y su marido salieron temprano de Florencia hacia  el sur  de la Toscana. El día les cundió mucho, pues visitaron varios pueblos característicos del interior antes de llegar a la casa rural, donde habían reservado una habitación.

A las tres de la tarde se instalaron en  un cuarto con un gran ventanal que se asomaba a unos campos ondulados de trigo, con filas cipreses y viñas a lo lejos. 

Ella se echó en la cama y observó con detenimiento  los objetos  a su alrededor: el televisor colgado sin gracia en la pared, la nevera pequeña apoyada en el suelo si más ni más, la mesita de noche a su lado que chocaba con la puerta al entrar y el armario antiguo colocado en frente de la cama para tapar una puerta. Pensó en que esos cuatro detalles estropeaban un poco el aire elegante y rústico del cuarto. 

Mientras deshacía su pequeña maleta  se puso a pensar en  el día anterior.

- ¿Por qué no vamos de excursión a la costa antes de que llegue el mal tiempo? Quizás sea nuestro ultimo viaje, el verano se está terminando y el dichoso Corona virus se está difundiendo cada vez más, hay que aprovecharlo, le dijo a su marido mientra comían.

- ¡Qué exagerada que eres con eso del del último viaje! Claro que me gustaría ir hacia la costa ¿Qué dices si fuéramos mañana a las aguas termales de Saturnia y el sábado a la playa?

- ¡Me parece una idea estupenda! Le  contestó  ella sonriendo.

Después de  comer ella se echó un rato en la cama, cosa que no solía hacer. Luego se entretuvo mirando en Internet las intrucciones para presentar la solicitud de jubilación y se dio cuenta de que su acceso a la plataforma del Ministerio de Educación estaba bloqueado.

En seguida llamó al número verde y le dijeron que tenía que inscribirse de nuevo y seguir algunos pasos que encontraría en el correo que le iban a enviar.

Ese pequeño inconveniente le dio desasosiego, pero en aquel momento no tenía tiempo para tramitar la nueva inscripción, pues tenía una cita con una amiga. Se quiso convencer de que todo se arreglaría, pero en el fondo sabía que iba a sufrir porque le quedaba aquella cosa pendiente.

Salió de su ensimismamiento y se  cambió deprisa. Los dos con  sendas toallas bajaron a la piscina que estaba  en medio de un gran  jardín,  entre los edificios rurales reformados y convertidos en alojamientos. 

Nadaron y tomaron el sol en las tumbonas. Cuando empezaron a llegar otros huéspedes se fueron a las cascadas termales de Saturnia.

Estuvieron en remojo en el agua caliente más de dos horas. Fue entonces cuando ella le confesó a su marido el malestar que sentía por haber dejado inacabada la cosa de la plataforma del Ministerio.

Al volver a la casa rural,  ella se  sentó en la cama y se dejó caer en la tentación de abrir el buzón del correo electrónico.

Había varios mensajes: uno del ministerio, otro de la escuela y por último el de una alumna suya.

Sintió de nuevo ansiedad. No sufría sólo porque había dejado una cosa incompleta y por el hecho de que cada semana le iban cambiando el horario de las clases, sino porque estaba preocupada por su alumna, que estaba ingresada de nuevo en el hospital y no sabía cuando podría volver a la escuela. La chica tenía una enfermedad crónica en los discos de la columna vertebral. En ocasiones llegaba a afectarle a la médula y a los nervios, comprimiéndolos progresivamente, con dolores atroces.

Contestó a su alumna animándola, entonces sus músculos tensos de la espalda se aflojaron un poco.

Su marido viéndola agobiada le dijo:

- Apaga el ordenador. Déjate de escuelas, cuando volvamos a casa ya te ayudaré yo a resolver los problemas informáticos. Relájate.

- Si, en realidad estoy un poco preocupada, pero sabiendo que me vas ayudar, me siento mejor, le dijo ella, mordiéndose la lengua, pues no quería entristecerlo, contándole la historia de su alumna desafortunada.

- Venga espabílate que se nos va a hacer tarde para ir a cenar, le dijo su marido mientras se secaba el pelo.

Se fueron a Saturnia, un pueblo pequeño, a unos ocho kilómetros de la casa rural y muy cerca de las cascadas  termales. La comida era sabrosa, el servicio impecable y la botella de vino, que bebieron casi entera entre los dos, muy buena, pero a ella el restaurante le pareció demasiado sofisticado y un poco caro. A ella le hubiera gustado un ambiente más casero. Eso no la ayudó a relajarse.

Después de cenar pasearon por el pueblo y tuvieron que abrigarse porque se estaba levantando un viento fresco.

- Se está acabando el verano, dijo ella

- Quizás mañana aún haga buen tiempo y podamos bañarnos en una cala, dijo él.

Aquella noche ella durmió  mal y de madrugada se despertó varias veces.

Tenía un poco de dolor cabeza, pero  después de la ducha se  encontró mejor.

- Me gustaría recorrer todo el monte Argentario, hay acantilados maravillosos, dijo su marido, entusiasmado.

- Si, hoy voy a dejarme llevar por ti, te prometo que no voy a pensar en la escuela, pero a la vuelta tenemos que pararnos para la compra, nuestra nevera está medio vacía.

- Vale, podemos ir al supermercado de Orbetello. ¡Tú no dejas nunca nada pendiente! Ya lo noté la tarde en que te conocí, le dijo su marido con un tono alegre, casi bromeando.

Entonces  ella se puso a reír, recordando su primer encuentro, lo rápido que se fueron desencadenando los acontecimientos y las emociones en que aquella noche de cuarenta años atrás.

- Sí, a menudo exagero con mis prisas, pero quizás si todo hubiera sido más lento no nos hubiéramos enamorado, le dijo ella, mientras se dirigen al Monte Argentario.

- A veces las cosas que nos parecen defectos, son las que nos salvan, le djo él.

Pusieron la radio y se quedaron un rato callados.

El tiempo se  iba  estropeando, en el cielo aparecieron grandes nubarrones. Recorriron  lentamente la costa en coche por una carretera de tierra, se  perdieron varias veces, pero al final cosiguieron dar la vuelta por todo el perímetro del Monte Argentario. En Orbetello se sentaron en la terraza de un bar donde comieron un bocadillo  y tomaron una cerveza. Luego se fueron al supermercado a comprar víveres.

Deciden ir subiendo hacia el norte por la costa  hasta que encuentren una cala bonita para bañarse. Se paran en Talamone y por suerte sale el sol entre las nubes.

El pueblo es pequeño y no tiene playa, pero detrás del puerto hay un acantilado donde la gente se baña. Hay un establecimiento de lujo con tumbonas, pero el acceso al mar es libre. Dejan sus mochilas en una roca y se zambullen en el agua. Mientras se secan unos niños de unos doce años, empiezan a saltar y a lanzarse al agua haciendo piruetas. Hay una niña un poco gordita, pero muy atrevida que chilla y parece la voz cantante de la pandilla.

Se entretienen observando a  los niños que parecen recién salidos de los años sesenta.

A media tarde salen otra vez nubarrones y deciden volver a casa.

Sentada al lado del marido mientras él conduce, se relaja escuchando la lluvia que choca contra los cristales y sonríe lamiéndose la sal pegada en la piel de su mano.











domenica 25 ottobre 2020

La abuela canaria



Faina aquella mañana está un poco nerviosa, pues desde que se ha levantado todo le ha salido mal, primero ha discutido con su marido, luego  ha encontrado un atasco terrible en la avenida cerca del rio.  Ha llegado tarde al trabajo y eso que tenía muchas cosas pendientes que hacer. Y para más inri su jefe estaba de mal humor.

A media mañana  se siente un poco rara, sale  del despacho para tomar aire. Se dirige  hacia la ventana del pasillo, se asoma y mientras observa a la gente de la calle que se mueve deprisa, repite en voz baja sin darse cuenta :

- Faina, Fainita, estate tranquilita.

Entonces su cabeza vuela hacia su infancia, a un día en el patio del colegio, una  niña, las más mandona de la clase, le canta  el  estribillo:

Faina, faina te gusta la chanfaina,

faina fainita, te tiro la colita.

La primera vez que lo oyó Faina  se enfadó con ella y le chilló:

- Para que te enteres: mi nombre es canario, Faina era una reina de Lanzarote y a mí no me gusta la chanfaina. 

Pero luego se cansó de contestarle y sólo le decía:

- Tonta, más que tonta.

Luego piensa en su abuela Arminda,  que nació en Lanzarote, pero que se crió en Santa Cruz de Tenerife, donde sus padres habían emigrado con un tropel de chiquillos, pues las tierras volcánicas de Lanzarote eran tan áridas que no daban para sustentar a una familia numerosa como la suya.

Faina aún recuerda su dulce acento canario, que no había perdido a pesar de que llevaba  más de cincuenta años viviendo en la península. Luego se le aparece  el abuelo Mariano y  poco a poco va desovillando el hilo de las historias  que le contaba la abuela.

Mariano se había enrolado a los dieciséis años como grumete en un carguero del puerto de Barcelona. Las tierras de su familia las había heredado su hermano mayor y a él sólo le habían tocado cuatro duros de plata.

Al cabo de tres años, Mariano se sentía satisfecho por ser un buen marinero, pero le sabía mal que sus padres le escribieran tan poco.

Un día de tormenta el  buque chocó contra un arrecife y tuvieron que amarrar anclas en Santa Cruz de Tenerife. La reparación del casco del barco les llevó mucho tiempo.

Vagabundeando por las tabernas del puerto Mariano conoció a Arminda.

La fonda de los padres de Arminda era humilde, pero muy limpia. Además de vino a granel, despachaban comestibles y hacían comidas caseras. Arminda en aquel entonces tenía diecisiete años y era muy mañosa: ayudaba a su madre en la cocina y con su máquina de coser cosía ropa para ella y para toda la familia, también hacía camisas por encargo. No le gustaba servir en las mesas, porque algunos parroquianos medio borrachos empezaban con piropos y luego intentaban manosearla. Su hermano Ramón era el que hacía siempre de camarero, su padre trajinaba detrás de la barra y por el trastero. Sin embargo el día en que Mariano entró en la bodega, ella estaba sirviendo en las mesas, porque Ramón había caído enfermo.

Mariano, se prendó de Arminda y cada tarde iba a verla.

Sin muchas esperanzas de recibir noticias, Mariano escribió de nuevo una carta a su familia, contándoles sus peripecias  por las islas Canarias, sin embargo al cabo de pocas semanas recibió un telegrama en el que sus padres le comunicaban que su hermano mayor había muerto de tifus y que le rogaban que volviera al pueblo, siendo ahora él el único heredero.

Tras recibir el mensaje de su familia, Mariano le dijo a Arminda:

- Quiero casarme contigo y llevarte a mi tierra.

A Arminda también empezaba a gustarle aquel chico que no se parecía en nada a los demás marineros.

- Estoy enamorada de Mariano, parece buena persona, además es muy apuesto. Pero todo ha sido tan rápido que ni me lo creo. Tu ya sabes como soy yo, no logro vivir con incertidumbres, he decidido que voy aceptar la propuesta de Mariano, aunque sepa que voy a dar un paso muy grande, marchándome de aquí. Le confesó Arminda a Úrsula, su mejor amiga.

- No te preocupes por quienes vas a dejar en la isla, te echaremos todos de menos, pero los que te queremos te apoyaremos y te ayudaremos en todo, le contestó Úrsula, abrazándola.

Al día siguiente Arminda aceptó la propuesta de casamiento  de Mariano. En seguida se puso a seleccionar minuciosamente todos sus enseres: la máquina de coser, el costurero, los mejores retales de tejidos, su ropa, etc.

Se casaron pocas semanas después en la iglesia de San Francisco de Asís, fue una ceremonia íntima, sin embargo el banquete de bodas fue muy concurrido, pues el tabernero invitó a todo el barrio. La madre de Arminda cocinó durante tres días seguidos. Los platos fuertes eran papas arrugadas, pescado y frangollo, un postre típico de la isla y luego fue añadiendo otros muchos manjares sabrosos. Finalmente al bodeguero se le vio contento descorchando, una tras otra, botellas del mejor vino de la isla; la fiesta duró hasta las tantas de la madrugada.

Arminda y Mariano zarparon al día siguiente para España. La familia catalana no estaba del todo contenta de aquella boda, hubieran preferido que Mariano se casara con una muchacha de la comarca, pero callaron, lo importante para ellos fue  que el heredero hubiera vuelto.

Los padres de Mariano dieron por descontado que los novios vivieran con ellos en el caserón, en cambio a Arminda le hubiera gustado ir a vivir a una casita a solas con su marido, pero no protestó. Arminda aprendió muy deprisa el catalán, pero no logró integrarse del todo en aquella familia patriarcal. Cuando nacieron sus tres hijas, sus suegros se opusieron a que ella escogiera el nombre de las niñas, sin embargo al cabo de treinta años logró imponerse y decidir el nombre de su segunda nieta.

- Me gustaría que se llamara Faina, como mi madre, le dijo Arminda a su hija mientras cogía por primera vez en brazos a la recién nacida.

Arminda, cuando Faina cumplió dos años, supo que se iba a morirse pronto. No le dolía nada y no tenía ningún síntoma de enfermedad, pero notó que empezaba a caerle el pelo a manojos y sentía una ansiedad muy extraña, desconocida para ella. Al principio no sabía lo que le ocurría, sin embargo pronto se dio cuenta de que cada noche soñaba el paisaje lunar de Lanzarote y de día añoraba las islas. Sus padres habían muerto y sus hermanos habían dejado de escribirle, pero ella pensaba sin cesar en su tierra. No le dijo nada a su marido, pero sentía que se estaba alejando de él y de sus hijas, quienes al casarse se fueron de casa, pero iban a verla sin falta casi cada día.

Lo único que deseaba con toda su alma era huir y eso le roía por dentro porque se sentía culpable. A veces iba hacia la puerta del corral, la de atrás del caserón, para que nadie la viera y se sentaba unos minutos en una silla, esperando que la puerta se abriera para salir corriendo. Se sentía prisionera. Sólo se apaciguaba cuidando a Faina y jugando con ella volvía a su infancia canaria.

Arminda, había sido muy trabajadora, nunca estaba quieta, siempre se adelantaba haciendo tareas para el día siguiente, sin embargo en los últimos tiempos iba perdiendo vigor y de vez en cuando dejaba cosas a medias.

Los años pasaban y Mariano se dio cuenta de que las manías de su mujer eran cada vez más extrañas. No la reconocía cuando se quedaba quieta horas y horas en frente de la puerta del corral. Mariano tuvo que poner un candado, pues un día Arminda se fugó y después de haberla buscado  por los alrededores del pueblo, la encontró andando por el camino polvoriento que llevaba a la desembocadura del rio.

- ¿A dónde ibas? Le preguntó Mariano a su mujer, abrazándola.

- Me voy a casa, a Lanzarote, le contestó Arminda sonriendo.

- ¡Pero si tu casa está aquí!

Desde aquel día las hijas tuvieron que ayudarla en todo, pues ella ya no se valía por sí misma en nada.

Arminda murió por las complicaciones que tuvo  al romperse el fémur. No se sabe como pudo caer, pues durante los últimos meses se pasaba horas y horas sentada inmóvil, con la vista hacia la puerta del corral.

Faina tenía seis años cuando falleció la abuela. Mariano sufrió mucho al perder a su amada esposa y murió de dolor al cabo de un año.

Unos día antes de fallecer el abuelo le dijo a Faina:

Cuando miro tus piernas veo las de tu abuela, eran las más bonitas de la Isla. Ella además de guapa tenía buen carácter. Era reservada, sólo mostraba sus sentimientos con la gente con la que tenía más confianza. Su mayor virtud era la prudencia, por eso era tan precavida, pensando siempre en el día de mañana. También era generosa y ayudaba a todo el mundo. Era impaciente, al querer terminar todas las tareas que empezaba, pero a la vez reflexiva y siempre acertaba con las decisiones que tomaba, la más importante que tomó fue la de abandonar su isla antes de cumplir los dieciocho años para casarse conmigo.

Faina sonríe pensando en lo mucho que se querían sus abuelos. Cierra la ventana y vuelve a su despacho un poco  más relajada.  Luego escribe un mensaje a su marido:

- Perdona si hoy he sido un poco brusca, cuando me has pedido que fuera a recoger el coche al taller. Me he levantado mal,  pensando en el día  abarrotado de cosas que iba a tener  que solucionar y todo lo veía negro. Ahora estoy más tranquila  y me he parado a pensar en que podríamos hacer una viaje cuando termine el confinamiento. Me gustaría ir a Lanzarote ¿Qué te parece? 

Él le contesta enseguida:

- Ya no me acordaba de lo áspera que has sido conmigo esta mañana. Claro que me encantaría ir a Lanzarote contigo. Esta noche ya hablaremos de ello. 

Faina sale del trabajo más ligera, como si se hubiera sacado un peso de encima. Hace il mismo recorrido para volver a casa, en la avenida cerca del rio conduce más despacio, mirando con otros ojos los árboles y las plantas y todo le parece más bonito.





domenica 13 settembre 2020

El virus y la caseta

  copyright Toni Privat
                                             

El verano de 2020 fue para todo el mundo muy raro. A finales de la larga primavera de confinamiento, los contagios de Corona virus descendieron en toda Europa y la gente pudo de nuevo salir de casa. Sin embargo, después de la ola de contagios de marzo y abril, nadie se atrevía a hacer planes para el futuro, se vivía el día a día.

Nina terminó con todos sus quehaceres escolásticos a finales de junio, cuando parecía que el país volvía lentamente a la normalidad. A ella le gustaba ir a pasear, a pie o en bicicleta, por las calles del centro o a lo largo del río. Al principio estaba triste viendo tanta desolación, pero poco a poco se acostumbró a la ciudad vacía.

Se decía en tono optimista, pensando en su hijo que había perdido el empleo, cuando pasaba cerca de las terrazas de los restaurantes o de los bares:

- Parece que la cosa se está animando, ojalá abran todos los establecimientos y mejore la situación económica de la ciudad.

Nina por primera vez en su vida también se despreocupó de las vacaciones, sin embargo cuando empezó a llegar el bochorno veraniego, sintió enormes deseos de ir a la playa. Nada más ponía la radio y escuchaba las malas noticias, sobre los rebrotes que habían surgido en algunos países europeos, se le pasaban las ganas.

- Es el primer verano que no tenemos vuelo reservado para España. ¿Lograremos ir de vacaciones este año? Le preguntó Nina una mañana a su marido, con una voz un poco triste.

- No te preocupes, en agosto cogemmos la furgoneta de mi hermano y nos vamos por el sur de Italia, de costa a costa, sin reservar nada, como hacíamos cuando los niños eran pequeños, le contestó su marido con cariño.

Nina se sintió amparada y llena de ternura hacia él. También le alegraron las llamadas que recibió de sus amigas, Raquele y Federica.

Raquele le dijo que la invitaba a pasar unos días, en un pueblo de la costa del sur de la Toscana, donde tenía un apartamento que había heredado de su familia. Federica también quería que fuera a trascurrir con ella una semana en los Alpes, en el chalet de sus suegros.

Nina no acababa de decidirse ni por la playa ni por la montaña, ambas amigas la habían invitado la tercera semana de julio, precisamente cuando ella tenía una cita que no quería perder.

- ¡Qué tozuda que eres! Tu cita se puede cambiar, le dijeron, primero Raquele y luego Federica riendo.

- Gracias por vuestra invitación, ya vendré otro día, les dijo a las dos.

Durante el confinamiento Nina y su marido llamaban a sus hijos treintañeros con más frecuencia. Ambos desde hacía años vivían por su cuenta, la mayor en Madrid y el pequeño en un barrio periférico de Firenze.

Una tarde hablando con sus hijos, a través de una video llamada, se dio cuenta de que a ellos les encantaría ir a pasar una semana al pueblo de la costa catalana, donde iban a veranear cuando eran pequeños.

Sintió alegría y a la vez ternura hacia ellos, pues hacía años que no iban de viaje todos juntos.

- ¿Qué te parece si busco una casita de alquiler en mi pueblo para todos nosotros? ¿Te gustaría? ¿O tienes miedo de los contagios? Le preguntó Nina a su marido después de la video llamada.

- Vale, como queráis. Yo no tengo miedo de viajar, nos podemos contagiar en cualquier sitio, sin embargo si tenemos cuidado y somos prudentes, verás que no nos va a pasar nada, dijo él.

- Podríamos ir a finales de julio hasta mitades de agosto. ¿Te parece bien unas tres semanas?

- Perfecto, dijo él.

Nina pasó unos días buscando por internet viviendas de alquiler en el pueblo donde había nacido y crecido, pero no consiguió encontrar nada que le gustara.

- Quizás esté todo lleno a causa del virus, pues la mayor parte de la gente prefiere rentar apartamentos o casas rurales, en lugar de alojarse en hoteles, pensó.

A principios de julio, una mañana, recibió un mensaje de Celeste, la mujer de su hermano. Le decía que les invitaba a pasar todo el mes de agosto en su casita. La casita, que todas llamaban, la caseta, era una vivienda, de dos plantas.

Delante de la entrada, había un pequeño jardín con plantas frondosas y un gran árbol de aguacate. En la planta baja, había una pequeña cocina, un salón con una gran chimenea y un aseo. Arriba dos dormitorios, un trastero y un gran cuarto de baño. También había un patio en el primer piso, donde habían puesto un tendedero para la ropa y en la parte cubierta una lavadora. Desde el patio se accedía, a través de una escalera de hierro, a un terrado que en verano sólo se podía utilizar al atardecer, pues tocaba el sol de lleno. En la terraza había tumbonas, sillas, mesas de jardín y una hamaca. Celeste alquilaba cada año la caseta a una familia de Barcelona. Pero días antes la familia barcelonesa le comunicó que aquel año no iban a ir de vacaciones.

Nina se conmovió tras la oferta de su cuñada. Habló con su marido y escribió a sus hijos.

Todos estuvieron contentos y aceptaron la invitación de Celeste.

Al día siguiente, Nina encontró vuelos directos de Firenze a Barcelona bastante baratos y en seguida sacó billetes.

A mitades de julio Nina cumplió 64 años. Su marido e hijo le organizaron una comida en casa, mientras comían, hablaban y reían, también se sintió cerca de su hija, aunque la viera solo a través de la pantalla del ordenador que habían colocado en el centro de la mesa. Por la noche su marido la llevó a cenar a un restaurante cerca del rio. Nina aquel día se sintió alagada y llena de ternura hacía las personas que más quería.

Se acercaba el día de su cita y Nina estaba un poco impaciente.

El día establecido cogió el coche, cosa rara, pues casi siempre iba a todas partes en bicicleta, pero aquella mañana hacía demasiado calor para cruzar la ciudad pedaleando.

La puerta de la oficina estaba cerrada y dos personas esperaban en un plazuela, sentadas en sillas distanciadas. Nina se sentó en la única silla libre que había. Mientras esperaba su turno, abrió el libro que llevaba en el bolso, pero no pudo leer mucho, porque la señora que estaba sentada a su lado, en seguida empezó a contarle, primero donde había aparcado el coche y luego cosas más personales.

- El confinamiento ha sido muy malo para los ancianos, mi madre, que tiene noventa años, ha empeorado mucho de la cabeza, al no poder salir de casa. La mujer que la cuidaba también se ha vuelto medio loca. Apenas ha podido se ha marchado a su país y nos ha dejado plantados. Ahora estoy haciendo gestiones para contratar a otra cuidadora.

Nina pensó que sus problemas eran una tontería comparados con los que les habían caído encima tras la pandemia a las personas discapacitadas.

Una de las empleadas de la gestoría, salió de la oficina, la llamó por su nombre y apellido y la condujo a un despacho. En seguida le pidió los documentos que Nina había preparado y que llevaba en una carpeta. Luego ordenó el papeleo y empezó a introducir datos en el ordenador para calcular la pensión que Nina cobraría.

- Usted ha cotizado 38 años, por lo tanto puede jubilarse el año que viene. Pero si quiere quedarse dos años más en el trabajo.

- ¡Me lo iré pensando, pero ya estoy bastante decidida!

- Piénselo bien, si quiere jubilarse el año que viene tiene unos meses para decidirlo, pero recuerde que hay que presentar la solicitud antes del 31 de diciembre.

Nina desde aquel día empezó a imaginarse como sería ella misma sin su trabajo.

- ¿Echaré de menos a mis alumnos y a mis compañeros de Instituto?¿Me va a gustar tener tanto tiempo libre? ¿Me acostumbraré a ver a menos gente y a estar más en casa? Se preguntó.

Los últimos días de julio, fueron un poco frenéticos, pues la prensa no paraba de dar malas noticias sobre los nuevos rebrotes que iban surgiendo en Cataluña. Recibieron mensajes y llamadas de algunos amigos.

- ¿Estáis seguros de iros a España con todos los casos de Corona virus que van creciendo? Tened mucho cuidado, les decían todos con un poco de preocupación.

Ellos decidieron que sino les anulaban el vuelo irían a Barcelona a pesar de todo. Fue un viaje relajante, pues tanto en los aeropuertos como en el avión había poca gente. Al llegar a Barcelona tomaron un taxi, para evitar el metro, pero luego cogieron el tren hacia el pueblo de la costa. Se relajaron ya que en los vagones la gente cumplía con el distanciamiento y llevaba mascarilla.

Llegaron al atardecer a la caseta, las llaves estaban escondidas en un rincón del jardín y al entrar en la casa lo primero que vio Nina, fueron los detalles de Celeste y de su sobrina Marta.

Celeste era pintora y algunos de sus cuadros estaban colgados en las paredes blancas.

- Seguro que ha sido Marta la que ha arreglado tan bien la caseta, le dijo a su marido mirando el mantel de la mesa del comedor y la tela de colores que cubría el sofá.

Sintió una explosión ternura hacia Marta y luego hacia su hermano y Celeste que llegaron poco después para darles la bienvenida.

Nina siguió durante todo el mes, observándose a sí misma e imaginándose cómo iba a ser su vida de jubilada. Un atardecer, mirando el cielo, echada en la hamaca del terrado, le dijo a su marido:

- El año que viene, en agosto y septiembre, podríamos alquilar la caseta a Celeste. Ya va siendo hora de que empiece a disfrutar los días menguantes de finales de verano. Hasta ahora nunca he podido hacerlo, pues empezaba el curso.

- Me parece muy bien, además el mar en septiembre quizás no esté nada mal, contestó él, sonriendo.

El verano 2020 había sido muy raro, pero lleno de proyectos para el el futuro, pensó Nina, mientras ella y su marido volaban hacia Firenze.