sabato 2 giugno 2018

Lagartijas - Lucertole












Antes de bajarse del coche Lola se dio cuenta de que la vegetación  había empezado a echar hojas y flores. Había llovido seguido casi todo el mes de mayo, por eso cuando llegó a la casita notó el verdor de las plantas de los setos, que separaban los jardines de las viviendas adosadas, luego, a medida que se acercaba, las matas se le fueron apareciendo cada vez más tupidas.
Mientras sacaba el equipaje del maletero pensó en las tres cosas que apreciaba más de aquel lugar en primavera: el color verde que lo cubre todo, el aire fresco de la sierra y la luz limpia del sol de media mañana. Había poco movimiento, pues siendo apartamentos de vacaciones, a principios de junio no paraba casi nadie. Solo en tres casas vivían familias todo el año: la de Anselmo, el vigilante, la del Don Julián y la de la señora Remedios.
Don Julián era un viudo testarudo que no quería de ninguna manera vivir en la ciudad, se había refugiado en la sierra para ver un poco menos  a los hijos y para nada a  las nueras, quienes le estaban siempre encima. Sin embargo se ponía contento cuando le visitaban los nietos treintañeros. Tenía una buena jubilación y le gustaba la soledad. Iba a pasear por los montes y por la tarde se acercaba a la taberna del pueblo, donde jugaba a cartas con los parroquianos.
La señora Remedios en cambio, anhelaba largarse de la sierra, pero su presupuesto no daba para más. Ella también era viuda, pero a diferencia de Don Julián, su marido le había dejado sólo deudas, por eso dos veces por semana iba muy ilusionada al pueblo a jugar a bingo, sin embargo nunca ganaba nada.
Lola saludó a Anselmo, quien estaba atareado trajinando con una carretilla sacos que parecían de abono, su mujer casi no salía, sufría de nervios y se pasaba todo el día en casa mirando la televisión; luego vio a Don Julián,  sentado debajo del toldo del porche, leyendo el periódico, quien al levantar la cabeza y la saludó con la mano.
De la señora Remedios ni rastro. Las persianas de su chalet estaban  cerradas.
- ¡Qué raro! ¿dónde  puede estar a media mañana? Se  preguntó.
Remedios, tenía setenta y pico de años, era muy dicharachera, a pesar de sus problemas económicos, animaba a los vecinos con sus burlas y guasas. A veces les echaba una mano a los inquilinos, limpiando, cuando al principio de temporada se instalaban para quedarse todo el verano y dos veces por semana le hacía de asistenta a Don Julián.
- ¿Dónde se habrá metido? Tendré que ir a preguntárselo a Don Julián
Dejó las bolsas con víveres en la cocina y la maleta en el dormitorio. Las lagartijas, acostumbradas a una vida solitaria, se escondieron  por las grietas de la tapia, al oír los chirridos de los postigos de la puerta ventana, abriéndose. Lola desplegó las tumbonas de lona en la terraza, lugar de la casa donde se sentía más a gusto.
Se sentó y antes de deshacer el equipaje se deleitó mirando lo mucho que habían crecido los olivos, a pesar de que la intensa helada de algunos años atrás, luego se quedó como hipnotizada observando a los bichos que iban apareciendo de nuevo.
Lola había decidido salir un día antes que su esposo para intentar terminar un trabajo que tenía que entregar la semana siguiente, pero sobre todo para recrearse a sus anchas, leyendo y contemplando la naturaleza.
En aquella casita Lola y su marido guardaban muchas cosas que no les cabían en el trastero de su vivienda en la ciudad. Un cajón  de la estantería del salón estaba repleto de cartas, casi todas de su madre. A veces, cuando estaba sola lo abría y sacaba una.
Mientras leía la carta, el tiempo volvía hacía atrás y su madre se le aparecía más bondadosa, pero siempre sufridora. No sabía si había logrado ser feliz del todo, pues aún recordaba el daño que le había acarreado cuando a los veinte años se había ido de casa, pero a veces le gustaba pensar que a la larga su madre se había acostumbrado y que  les había beneficiado a todos estar distanciados, pero esa era otra historia.
Aquella mañana también hubiera deseado sacar del manojo una carta al azar, pero no podía permitirse el lujo de pensar en sus cartas, primero tenía que averiguar donde se había metido Remedios.
Se puso unas zapatillas y se dirigió hacia la vivienda de Don Julián.
- A Remedios anteayer se la llevaron a un geriátrico, pero creo que  no tardará mucho en volver, le dijo él.
- No entiendo nada ¿Quién se la ha llevado?
- Su sobrino ¿Quién iba a ser? ¿Te acuerdas de lo ambicioso y mandón que es? Esta vez  quiere convencerla de que se mude a una residencia  de esas tan baratas y que le deje la casita para alquilarla o venderla.
- ¡No me lo puedo creer! Dijo Lola
- No te preocupes, Remedios sabe lo que hace, antes de salir de casa me dijo que le encantaba ir a pasar un par de días a un geriátrico, tú ya sabes lo curiosa que es; sólo quiere meter las narices en las vidas ajenas, para saber cómo se sienten los demás siendo tan mayores, le dijo Don Julián encendiéndose un cigarrillo.
- Esperemos que vuelva pronto, ya la estoy echando de menos!
Lola volvió a su casa y se sentó en la tumbona. Leyó largo rato, hasta que sintió hambre. En  un trozo de tierra de su jardín, Anselmo, meses atrás, había sembrado hortalizas y las cuidaba como si fueran princesas. Lola vio que las lechugas eran ufanas, por eso cortó una y  se preparó una ensalada.
Por la tarde durmió una siesta bajo la sombra del nogal, mientras tanto las lagartijas volvían a salir de su agujero.
Tras despertarse sacó una carta del manojo del cajón, fechada mayo 1985; la leyó lentamente, su madre empezaba hablando de los nietos, que si éste no comía, que si el otro no dormía, luego de los apuros de  cada uno de los miembros de la familia, que si a uno no le gustaba el trabajo que hacía, que si al otro lo habían despedido, que si había reñido con su cuñada por un malentendido, pero sobre todo contaba las peripecias de María, la vecina de en frente, mujer muy  llamativa de quien las malas lenguas decían que se entendía con el cura;  María al amanecer había despertado a toda la calle echando a su marido de casa, porque tras una redada de la policía lo habían encontrado en una casa de putas que había en la carretera; hacia el final de carta reparó en un escrito inconsueto, donde la madre decía:
¡Sabes que el martes que viene hará 40 años que tu padre y yo nos casamos? ¡Cuantos años! Toda una vida juntos y todavía seguimos queriéndonos. Tu padre dice que nos quedan pocos años de vida, pues a él le faltan pocos para cumplir los setenta y se siente mayor, yo le digo que aún podemos pasar felices unos cuantos años más; Dios dirá cuál va a ser nuestro destino.
- Quizás es la primera vez en que mamá habla de ella misma, se dijo.
Lola envió un mensaje a sus dos hermanos con la foto de carta para que compartieran con ella aquel recuerdo. Mientras aún pensaba en su madre, quien por aquel entonces tenía exactamente su edad, oyó la voz de Remedios.
- ¡Lola, Lola!
- ¡Ahora voy, estoy en la terraza, entra!
- ¡Que ilusión que estés aquí ! Tengo que contarte tantas cosas, le dijo mientras la besaba y se sentaba a su lado,  en otra tumbona. 



Le  lucertole

Prima di scendere dalla macchina, Lola si rese conto che le piante avevano iniziato a crescere a dismisura. Era piovuto di seguito quasi tutto il mese di maggio, per questo mentre si avvicinava fu colpita dalle folti siepi che separavano i giardini delle villette a schiera.
Appena scaricate le valigie dal bagagliaio pensò alle tre cose che più apprezzava di quel luogo in primavera: le diverse tonalità di verde che ricoprivano quasi tutto, l'aria fresca dei monti e la luce limpida di metà mattina. C'era poco movimento all'inizio di giugno, in quando le casette eravano luoghi di vacanza. Solo tre appartamenti erano abitati durante tutto l'anno: quello di Anselmo, il custode, quello di Don Julián e quello della signora Remedios.
Don Julián era un vedovo ostinato a non voler abitare in nessun modo in città, si era rifugiato in campagna per vedere di meno i parenti, ma soprattutto le nuore. Era felice solo quando venivano a trovarlo i figli e i nipoti trentenni. Aveva una buona pensione, ma spendeva poco. Gli piaceva la solitudine e quasi ogni giorno faceva delle passeggiate nei dintorni, poi nel pomeriggio andava alla locanda del paese, dove giocava a carte con i frequentatori assidui del locale.
La signora Remedios, d'altro canto, desiderava ardentemente allontanarsi dalla campagna, ma la sua magra pensione non le permetteva di trasferirsi in città. Era anche lei vedova, ma a differenza di Don Julián era squattrinata, dato che il marito le aveva lasciato solo debiti, forse per questo due volte a settimana andava a giocare a bingo, ma senza mai vincere un centesimo.
Lola salutò Anselmo, che era impegnato a spingere con un carretto alcuni sacchi di fertilizzante, la moglie quasi mai usciva di casa, soffriva di depressione e trascorreva tutto il giorno a guardare la televisione; poi vide Don Julián, che era seduto sotto l'ombrellone della sua terrazza, a leggere il giornale. Lui, quando alzò la testa, la vide e la salutò con la mano.
La signora Remedios non dava segni di vita. Le persiane della sua casa erano insolitamente abbassate.
- Che strano che non ci sia a quest'ora, pensò Lola.
Remedios, aveva circa settanta anni, era molto loquace e nonostante i suoi problemi economici incoraggiava spesso i vicini con delle battute. A volte dava una mano agli inquilini, quando all'inizio della stagione si sistemavano per restare tutta l'estate; poi due volte alla settimana faceva le pulizie e la spesa a Don Julián.
- Dove sarà finita? Dovrò andare a sentire Don Julián, disse Lola a voce alta.
Lasciò i sacchetti della spesa in cucina e la valigia in camera da letto. Le lucertole abituate alla loro vita solitaria si nascosero nelle fessure del muro, quando sentirono il rumore delle imposte della porta finestra che si aprivano. Lola tirò fuori le sedie a sdraio. La veranda, era il posto della casa dove si sentiva più a suo agio
Prima di disfare i bagagli, si sedette fuori e si soffermò a guardare gli ulivi, rendendosi conto di quanto fossero cresciuti, nonostante il gelo intenso di qualche anno prima, poi rimase ipnotizzata a guardare le lucertole che cominciavano ad uscire di nuovo dalle loro tane.
Lola aveva deciso di lasciare la città un giorno prima di suo marito per cercare di finire un lavoro che avrebbe dovuto consegnare la settimana successiva, ma soprattutto per rilassarsi leggendo e facendo delle passeggiate.
In quella villetta Lola e suo marito conservavano molte cose che non trovavano posto nel piccolo ripostiglio della loro casa in città. Nella libreria del soggiorno c'era un cassetto pieno di lettere, quasi tutte della madre. A volte, quando era da sola, lo apriva e tirava fuori una lettera a caso.
Mentre la leggeva, il tempo le tornava indietro e sua madre le appariva forse più gentile, ma sempre sofferente. Non sapeva se la madre fosse riuscita a essere felice, ricordava quanto aveva sofferto quando le aveva detto che sarebbe andata via di casa, ma le piaceva anche pensare che la sua partenza avesse alla fine giovato anche alla madre, ma quella era un'altra storia.
Quella mattina avrebbe voluto prendere una lettera e leggerla, ma non poteva farlo, prima doveva scoprire dove era andata a finire Remedios.
Si infilò le scarpe da ginnastica e andò a casa di Don Julián.
- L'altro ieri Remedios è stata portata in una casa di cura, ma penso che ritornerà ben presto, disse il vedovo.
- Non capisco niente, chi l'ha portata via?
- Suo nipote, chi altro potrebbe essere; vuole convincerla a trasferirsi in una struttura per anziani e quindi lasciare a lui la casa per trascorrere le vacanze o piuttosto affittarla.
- Non ci posso credere! Disse Lola
- Non ti preoccupare, Remedios sa quello che fa, prima di uscire di casa mi ha detto che era contenta di andare a trascorrere un paio di giorni in una casa di cura: tu sai quanto sia curiosa lei, le piace ficcare il naso nelle vite altrui, sapere come si sentono le persone anziane quando sono costrette a stare là, disse don Julián accendendosi una sigaretta
- Spero che ritorni presto, comincio a sentire la sua mancanza!
Lola ritornò a casa e si sedette duori su una sedia sdraio. Lesse a lungo, finché non ebbe fame. Nel suo giardino Anselmo, mesi prima, aveva piantato degli ortaggi, che curava come se fossero cose preziose. Lola vedendo le lattughe rigogliose, ne tagliò una e preparò un'insalata.
Nel pomeriggio si addormentò sotto l'ombra del noce, intanto le lucertole ricominciarono a uscire di nuovo dalla loro tana.
Dopo essersi svegliata prese una lettera della madre dal cassetto, datata maggio 1985 e la lesse lentamente, la madre cominciava, come era il suo solito, lamentandosi dei nipotini, chi non aveva appetito, chi non dormiva mai, dopo passava a parlare un po' del padre e dei fratelli di Lola, poi raccontava di altri parenti o conoscenti, in quella lettera nominava Maruja, la vicina dirimpettaia, donna molto esuberante di cui le male lingue dicevano che aveva una storia col prete: all'alba di qualche giorno prima Maruja aveva svegliato tutto il vicinato nel buttare il marito fuori di casa, perché dopo un'incursione della polizia era stato trovato in un bordello sulla strada provinciale. Verso la fine notò che la madre stranamente parlava di se stessa dicendo:
Lo sai che il prossimo martedì saranno 40 anni che tuo padre e io ci siamo sposati? Quanti anni! Tutta una vita insieme e ci amiamo ancora. Tuo padre dice che ci restano pochi anni, forse perché gliene mancano pochi per compierne settanta e si sente quasi anziani; io gli rispondo che possiamo ancora trascorrere qualche altro anno insieme, Dio dirà quale sarà il nostro destino.
- Miracolo, la mamma parla dei suoi sentimenti, devo mandarla ai miei fratelli, si disse.
Lola inviò un messaggio ai fratelli con la foto della lettera in modo che potessero condividere quel ricordo. Mentre pensava ancora alla madre, che a quel epoca aveva esattamente la sua età, sentì la voce di Remedios.
- Lola, Lola!
- Entra sono  sotto la pergola, vieni!
- Che piacere rivederti! Devo raccontarti tante cose, disse mentre la baciava e si sedeva sulla sedia accanto a lei.

 





mercoledì 16 maggio 2018

Las modistas de Fausta



A Fausta le gustaba arreglarse pero sin ser llamativa, por eso se maquillaba poco y le daba vergüenza salir con las uñas pintadas de rojo.
De pequeña mirándose al espejo no es que se viera fea, pero ni siquiera guapa; no es que fuera una niña tímida, pues estaba a gusto conversando con la gente, pero a veces se sentía desplazada y aprendió muy pronto que era mejor dejar de preguntar y de hablar de sus cosas, pues los mayores a veces le reñían por su ingenuidad. Su carácter inseguro quizás era debido a su nombre raro, que heredó de una abuela. También los reproches, que su madre no paraba de hacerle, influyeron en su manera de ser.
- ¡Qué pelos que te han salido! Tienes que depilarte las piernas, ya. Y no digamos nada de tu pelo. ¡Qué lacio que lo tienes! Voy a  cogerte hora a la peluquería para que te hagan la permanente. Hay que ver, con lo bonita que eras de pequeña, le decía cada dos por tres.
Sus amigas del pueblo a los doce años empezaron a acicalarse y a coquetear con los muchachos. Fausta se sentía distinta, de lejos le gustaban los chicos, pero cuando uno de ellos le iba detrás, dejaba de lado sus sentimientos platónicos y se escabullía.
Los veraneantes le atraían más que los pueblerinos, por eso Fausta hilaba historias e inventaba amores que iban cambiando como el viento.
- ¿Por qué me olvido de aquel chico alemán tan guapo? ¡Qué tonta que soy! Me gustaría retenerlo en mi corazón, se decía.
La madre estaba orgullosa de que, los domingos y los días de fiesta, sus dos hijas lucieran trajes elegantes;  en cambio del  hijo pequeño muy pronto se despreocupó, pues cada vez que le ponía unos pantalones nuevos volvía con desgarros en las rodillas.
En aquel entonces aún no se compraban las prendas confeccionadas, las mujeres acudían a las modistas y los hombres a las sastrerías.
En el pueblo había dos o tres modistillas, quienes se ocupaban más que nada de remiendos y el taller de costura de las hermanas Fresones, que cortaba y cosía trajes a la moda. Por la tarde, las muchachas casaderas iban al taller de costura para que les fueran enseñando a coser.
El costurero formaba parte de la vivienda, que las hermanas habían heredado de una vieja señora, a quien la madre había servido como criada toda  su vida.  Era una habitación amplia y luminosa, la luz entraba por una gran ventana que daba a la calle. Tenían dos o tres obradoras, mujeres del pueblo que sabían coser y que necesitaban ganar un sueldecito, pues  sus maridos cobraban poco  trabajando a destajo en obras de albañilería o haciendo chapuzas. Las costureras se disponían, cerca de la ventana, alrededor de una mesa en la que se mezclaban, hilos, relates, telas, dedales, cojines para agujas y alfileres, cintas métricas y tijeras. En la pared de enfrente de la entrada había un maniquí y otra mesa, iluminada por una gran lámpara, donde se diseñaban figurines y  luego  con tizas de colores se trazaban líneas en las telas siguiendo los modelos de papel; en el fondo había  un trastero  inmenso, el cuarto de los armarios, tal era el nombre que le daban; un armario estaba  repleto de retales de tejidos, el otro de  perchas donde se guardan las prendas que había que probar y el último era el más valioso, pues contenía los vestidos recién terminados, que se iban a entregar, envueltos en papel fino.
Consuelo, la hermana mayor de Fausta, fue al costurero durante muchas temporadas. Cuando volvía a casa a la hora de cenar, les contaba a la madre y a la hermana los chismes que salían de la boca de las cotorras, algunos eran graciosos, otros eran malignos, dignos de mujeres superficiales.
Catalina y Paquita Fresones eran dos solteronas con aires de grandeza. Catalina,  llevaba la voz cantante. Era una rubia, guapa y llamativa, que había tenido mala suerte en amores, quizás porque era demasiado mandona y marisabidilla. A Paquita también le gustaba lucir, pero era mucho más quieta y cuando hablaba Catalina callaba, pues temía el mal genio de la hermana; en cambio con las obradoras o con las chicas que iban a aprender, desahogaba su mal humor y les echaba  reproches cuando  se equivocaban.
- Qué panza que tienes Faustita, yo que ti me pondría una faja, de otra manera no vas a encontrar novio, le decía Catalina, riendo a carcajada limpia, mientras sacaba de la almohadilla los alfileres que sus labios iban sujetando, antes de clavarlos en el dobladillo del vestido que le estaba probando.
Fausta empezó a detestar  a Catalina,  a pesar de que cada año le hiciera un vestido bonito, seguía aborreciéndola, porque chillaba y se reía descaradamente de todo el mundo; además cada vez que iba a probarse al costurero le hacía sentir un adefesio. Por aquel entonces no es que estuviera gorda, pero aún no había hecho el estirón. A los catorce años, cuando se volvió mujer su silueta se estilizó, sin embargo nunca supo la cara de rabia que habrían puesto las modistas al verla, pues aquel año de ninguna manera quiso oír hablar de las Catalinas, así llamaba su madre a las hermanas Fresones.
La madre de Fausta al principio se enojó, pero al cabo de poco no insistió más y comenzó a comprarle la ropa en los grandes almacenes de la ciudad,  a donde iban juntas en tren.
En los años setenta, llegó la moda hippy y los jóvenes empezaron a cambiar sus atuendos. Fausta, cuando fue a la universidad,  cambió sus blusas, faldas y abrigos por jerséis, camisas amplias, vaqueros y tabardos.
Cuando algún fin de semana volvía al pueblo y por casualidad pasaba por la calle de las Catalinas,  imaginaba lo que estarían diciendo de ella las modistas detrás de los visillos:
- Hay que ver que desastre de ropa que lleva Faustita, parece una pobretona. Yo de su madre no la dejaría salir de casa.
Para Fausta fueron años sin adornos, sin embargo, cuando dejó el piso que compartía con otros estudiantes y se fue a vivir con su novio, empezó poco a poco a engalanarse. Se pintaba poco, pero volvió a ponerse faldas y vestidos. Los años fueron pasando y Fausta se casó, encontró trabajo  en un centro de  asistencia social y tuvo dos hijos. En aquellos años, todo eran corridas, entre la casa y el trabajo, con poco tiempo para mirarse al espejo. Un día su marido le regaló un  vestido  negro  escotado y ceñido en cintura y en  las caderas.
- Es muy bonito, pero me siento rara, decía Fausta, riéndose.
- Pero que no mujer, que te queda fenomenal, le replicaba su marido.
Se puso aquel traje negro para salir con él y se sintió a su aire. A lo largo de los años su marido siguió regándole  ropa y zapatos el día de su cumpleaños y ella a medida que los niños fueron creciendo, empezó a deleitarse poniéndose ropa  más refinada.
Nunca se había pintado las uñas  con colores llamativos. Un día sin embargo, cuando tenía unos cincuenta años, notó que habían puesto un local de belleza en la calle paralela a la suya. Pasó en frente y vio, por la puerta ventana, a una mujer rubia, quien enseguida le recordó a Catalina, la modista de su infancia. Las dos, la de antaño y la de ahora, se parecían mucho, ambas eran guapas, tenían ojos azules intensos y llevaban el pelo recogido en un moño, un poco desgreñado.
Fausta sin darse cuenta entró, quizás porque la rubia de la manicura tenía una mirada afable y complaciente, pero nunca supo la razón por la cual le pidió que le pintara las uñas de color carmín. Hablaron primero del tiempo y luego de cosas más personales. La rubia, mujer sencilla y campechana, le contó la historia de su divorcio y de lo bien que estaba sin el pesado de su ex marido. Después se acercó una peluquera, quien haciendo bromas les dio a entender los problemas que tenía con su pareja. Al salir Fausta pensó en que aquellas dos mujeres tenían una vida ajetreada y difícil, al tener que trabajar tantas horas y no tener quien se ocupara de sus hijos adolescentes, sin embargo conservaban el buen humor, no como las hermanas Fresones que transformaban su infelicidad en malas caras e insolencias, luego se miró y remiró las manos y se dijo riendo:
- ¿ Quién me lo hubiera dicho que un día me iba a encantar llevar las uñas pintadas?










martedì 1 maggio 2018

Ettore











Estaba cansada pero aún tenía un poco de energía, era quizás la última que me quedaba  antes de terminar aquella primavera tan rara. Intenté despegarme del trabajo, al que dedicaba demasiado tiempo.
Me apetecía matricularme a uno de los cursos que habían salido, a pesar de que sabía que estaría liada toda la semana. Al final me apunté a dos cursillos, uno sobre la comunicación entre profesores y alumnos, lo hacían los martes por la tarde y al otro, que era un taller de escritura autobiográfica, iría los viernes. En el primero sabía que participarían algunos profesores de mi Instituto, sin embargo a muchos de ellos apenas los conocía; en el segundo en cambio no tenía ni idea de quien iba a encontrar, lo empecé porque me lo aconsejó una amiga, quien luego no se apuntó. En ambos encuentros los participantes hicimos un corro con las sillas y luego nos presentamos.
- Me gusta estar entre desconocidos, me dije entonces.
En aquel mes de marzo mi rutina se iba llenando de historias ajenas. A pesar de que algunas noches estaba agotada me gustaba aquella algarabía de personas nuevas.
Una mañana, sentada en la sala profesores, mientras estaba haciendo mil cosas, una compañera me preguntó:
- ¿Irías tú al hospital a dar clases de tu asignatura a una chica de segundo, a quien han tenido que ingresar por problemas de anorexia? Nadie quiere o puede ir.
- Yo ahora mismo estoy saturada de trabajo y a veces  agobiada, lo que me convedría sería un poco de ocio. ¿Pero de verdad no va a ir nadie?
- Eres nuestra última esperanza, de otra manera la chica pueda que suspenda, pero si le damos algunas clases y le hacemos exámenes parciales, pueda que logre aprobar.
- Bueno, si son pocas clases voy a ir yo, le dije.
El hospital estaba bastante lejos de mi casa, pero el hecho de ayudar y ver sonreír a aquella chica delgaducha hizo que no me fuera pesado el viaje en autobús. Sea a la ida que a la vuelta lograba sentarme y abrir un libro, también eso contribuyó a que aquellas excursiones a la parte alta de la ciudad fueran más llevaderas. Nos fuimos turnando los lunes por la tarde con la profesora de matemáticas. A medida que pasaban las semanas afortunadamente la chica se iba recuperando, todos le notábamos un colorido más sano.
A finales de Abril terminé mis dos cursillos:
- Menos mal que empiezo a saborear mi tiempo libre, iba diciéndome a mi misma una mañana al salir de la escuela.
La voz de Antonio, el bedel de la planta baja, me sacó de mi ensimismamiento:
- Profesora, tiene que ir a la secretaría a firmar algo.
- Gracias Antonio, voy en seguida
Mientras subía de nuevo al primer piso no podía imaginar que me estaba cayendo otra cosa que me alejaba de mi anhelado ocio.
- La directora la ha seleccionado, junto a otros profesores, para que siga un curso sobre la seguridad de las escuelas: primeros auxilios y anti-incendio. Empezará la semana que viene y las clases serán de tarde.
- Madre mía, no sé si lograré salir viva con todos esos cursos, me dije.
Fueron tres semanas atiborradas, llegaba a casa rendida, a pesar de que los temas de los cursillos fueran interesantes.
La última tanda de clases de socorrismo nos las dio una profesora joven, la doctora Maccani. Durante una de las pausas, mientras tomábamos un café, me puse a hablar con ella.
- ¿Por casualidad tiene usted un hermano o un primo que se llame Ettore? Se lo pregunto porque siendo Maccani un apellido bastante raro y teniendo mi hija un amigo que se apellida como usted, he pensado que podrían ser parientes.
- Sí, tengo un sobrino que se llama Ettore Maccani, pero no puede ser el amigo de su hija, pues hace cinco días que nació, junto a su hermano gemelo, me contestó.
Nos pusimos a reír las dos mientras por las escaleras monumentales bajaba un señor alto, delgado y muy distinguido. Lo reconocí en seguida, no había cambiado mucho, seguía llevando una barba bien cuidada. Era Carlo Terni, el director de la pequeña escuela primaria donde iban mi hija y su compañero Ettore, veinte años atrás. El director se acercó ya que él también me reconoció. Tras presentarlo a la doctora, le conté lo que estábamos diciendo.
- ¿Se acuerda del alumno Ettore Maccani?
- Sí, claro que me acuerdo de él, era un chico listo y muy gracioso. Hacía parte del grupo de teatro de la escuela y lo hacía muy bien.
- Iba por buen camino, pues, después de haber estudiado en la Academia de arte dramático, se ha dedicado al teatro, le dije yo.
- Tengo ganas de conocer al homónimo de mi sobrino, a ver coincidimos y  me lo presenta, me dijo la doctora.
Antes de despedirnos, el director nos contó que se había jubilado, pero que seguía ocupándose de enseñanaza y que por cierto aquel día estaba participando a una charla sobre la didáctica innovadora. Luego, volviendo en bicicleta, seguí pensando en el director, la doctora y Ettore. Al llegar a casa le conté a mi marido la historia de los homónimos y a él le hizo gracia y me dijo:
- Menos mal que te diviertes en los cursos y logras sacarles el lado positivo.
Aquella primavera tan rara terminó y dejó una secuela de vivencias y coincidencias: la chica de segundo aprobó y salió del hospital; el último día los compañeros del cursillo, que tocaba el tema de la  comunicación, hicimos una merienda juntos y nos lo pasamos la mar de bien; recibí una linda mail de una compañera del curso de escritura y coincidí  con la doctora Maccani en  un teatro, donde ponían una obra  en la que actuaba Ettore.