martedì 1 maggio 2018

Ettore











Estaba cansada pero aún tenía un poco de energía, era quizás la última que me quedaba  antes de terminar aquella primavera tan rara. Intenté despegarme del trabajo, al que dedicaba demasiado tiempo.
Me apetecía matricularme a uno de los cursos que habían salido, a pesar de que sabía que estaría liada toda la semana. Al final me apunté a dos cursillos, uno sobre la comunicación entre profesores y alumnos, lo hacían los martes por la tarde y al otro, que era un taller de escritura autobiográfica, iría los viernes. En el primero sabía que participarían algunos profesores de mi Instituto, sin embargo a muchos de ellos apenas los conocía; en el segundo en cambio no tenía ni idea de quien iba a encontrar, lo empecé porque me lo aconsejó una amiga, quien luego no se apuntó. En ambos encuentros los participantes hicimos un corro con las sillas y luego nos presentamos.
- Me gusta estar entre desconocidos, me dije entonces.
En aquel mes de marzo mi rutina se iba llenando de historias ajenas. A pesar de que algunas noches estaba agotada me gustaba aquella algarabía de personas nuevas.
Una mañana, sentada en la sala profesores, mientras estaba haciendo mil cosas, una compañera me preguntó:
- ¿Irías tú al hospital a dar clases de tu asignatura a una chica de segundo, a quien han tenido que ingresar por problemas de anorexia? Nadie quiere o puede ir.
- Yo ahora mismo estoy saturada de trabajo y a veces  agobiada, lo que me convedría sería un poco de ocio. ¿Pero de verdad no va a ir nadie?
- Eres nuestra última esperanza, de otra manera la chica pueda que suspenda, pero si le damos algunas clases y le hacemos exámenes parciales, pueda que logre aprobar.
- Bueno, si son pocas clases voy a ir yo, le dije.
El hospital estaba bastante lejos de mi casa, pero el hecho de ayudar y ver sonreír a aquella chica delgaducha hizo que no me fuera pesado el viaje en autobús. Sea a la ida que a la vuelta lograba sentarme y abrir un libro, también eso contribuyó a que aquellas excursiones a la parte alta de la ciudad fueran más llevaderas. Nos fuimos turnando los lunes por la tarde con la profesora de matemáticas. A medida que pasaban las semanas afortunadamente la chica se iba recuperando, todos le notábamos un colorido más sano.
A finales de Abril terminé mis dos cursillos:
- Menos mal que empiezo a saborear mi tiempo libre, iba diciéndome a mi misma una mañana al salir de la escuela.
La voz de Antonio, el bedel de la planta baja, me sacó de mi ensimismamiento:
- Profesora, tiene que ir a la secretaría a firmar algo.
- Gracias Antonio, voy en seguida
Mientras subía de nuevo al primer piso no podía imaginar que me estaba cayendo otra cosa que me alejaba de mi anhelado ocio.
- La directora la ha seleccionado, junto a otros profesores, para que siga un curso sobre la seguridad de las escuelas: primeros auxilios y anti-incendio. Empezará la semana que viene y las clases serán de tarde.
- Madre mía, no sé si lograré salir viva con todos esos cursos, me dije.
Fueron tres semanas atiborradas, llegaba a casa rendida, a pesar de que los temas de los cursillos fueran interesantes.
La última tanda de clases de socorrismo nos las dio una profesora joven, la doctora Maccani. Durante una de las pausas, mientras tomábamos un café, me puse a hablar con ella.
- ¿Por casualidad tiene usted un hermano o un primo que se llame Ettore? Se lo pregunto porque siendo Maccani un apellido bastante raro y teniendo mi hija un amigo que se apellida como usted, he pensado que podrían ser parientes.
- Sí, tengo un sobrino que se llama Ettore Maccani, pero no puede ser el amigo de su hija, pues hace cinco días que nació, junto a su hermano gemelo, me contestó.
Nos pusimos a reír las dos mientras por las escaleras monumentales bajaba un señor alto, delgado y muy distinguido. Lo reconocí en seguida, no había cambiado mucho, seguía llevando una barba bien cuidada. Era Carlo Terni, el director de la pequeña escuela primaria donde iban mi hija y su compañero Ettore, veinte años atrás. El director se acercó ya que él también me reconoció. Tras presentarlo a la doctora, le conté lo que estábamos diciendo.
- ¿Se acuerda del alumno Ettore Maccani?
- Sí, claro que me acuerdo de él, era un chico listo y muy gracioso. Hacía parte del grupo de teatro de la escuela y lo hacía muy bien.
- Iba por buen camino, pues, después de haber estudiado en la Academia de arte dramático, se ha dedicado al teatro, le dije yo.
- Tengo ganas de conocer al homónimo de mi sobrino, a ver coincidimos y  me lo presenta, me dijo la doctora.
Antes de despedirnos, el director nos contó que se había jubilado, pero que seguía ocupándose de enseñanaza y que por cierto aquel día estaba participando a una charla sobre la didáctica innovadora. Luego, volviendo en bicicleta, seguí pensando en el director, la doctora y Ettore. Al llegar a casa le conté a mi marido la historia de los homónimos y a él le hizo gracia y me dijo:
- Menos mal que te diviertes en los cursos y logras sacarles el lado positivo.
Aquella primavera tan rara terminó y dejó una secuela de vivencias y coincidencias: la chica de segundo aprobó y volvió a casa, los profesores del curso de comunicación fuimos a cenar juntos y nos lo pasamos  la mar de bien, recibí una linda mail de una compañera del curso de escritura y  la doctora Maccani  y yo fuimos a ver una obra de teatro  en la que actuaba Ettore.








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