lunedì 3 luglio 2017

Tres mujeres en el balcón














Había llegado el verano de golpe. Por la noche hacía un poco de fresco, sin embargo de día caía un sol tan fuerte que la ciudad se transformaba, en un amasijo indistinguible de casas, calles, plazas, terrazas, coches, autobuses, papeleras, farolas y avenidas ardientes, como si fuera un gran tejado de lata, que si lo tocas te quema.
Aquel día de mitades de junio era el primero en que Flavia no trabajaba y se deleitó en la cama sumergida en un revoltijo de pensamientos positivos:
- Hoy no quiero pensar ni en el trabajo, ni en la nevera vacía, ni en los quehaceres caseros, ni en las facturas que caducan, ni en la familia, en nada. Me encanta el mes de junio, este año quiero realmente saborearlo.
Desde siempre Flavia anhelaba la llegada de aquel mes; primero de jovencita porque ya faltaba poco para finales de curso y de adulta, siendo profesora como era, porque terminaba de dar clases en el Instituto. A veces, como aquel año, no le tocaba tomar parte en el tribunal de los exámenes de revalida y por eso iba a tener mucho tiempo libre para hacer lo que le gustaba: leer o escribir en su diario, pero aquel bochorno era insoportable y cuando el sol picaba, no paraba de abrir y cerrar ventanas, encender y apagar ventiladores, bajar y subir persianas. Al final cansada iba a refrescarse bajo la ducha. Y no digamos que por la noche ella pudiera descansar como debiera: primero tapaba con una cortina la ventana del dormitorio para que no entraran mosquitos, mientras tanto leía algunas páginas de una de las novelas que tenía empezadas; luego sentía un ahogo molesto y acababa por levantarse, corría la cortina y abría los postigos de par en par; después apagaba la luz y se acostaba de nuevo, sin embargo al cabo de poco volvía a cerrar la ventana porque pasaba algún que otro trasnochador gritando por la calle. De madrugada finalmente se dormía gracias a la brisa fresca, sin embargo hacia las cinco de la mañana comenzaba a entrar luz y ella o su marido se levantaban otra vez para bajar de nuevo la persiana.
Parecía que en aquella casa durante los días calurosos todos tuvieran el baile de San Vito.
Mientras Flavia soñaba con transcurrir el fin de semana en un lugar fresco lejos de aquella ola de calor, sonó el móvil.
- ¿Qué tal Flavia? ¡Qué calor tan horroroso que hace hoy! ¿Qué estabas haciendo? Le preguntó Francesca, a su amiga.
- ¡Qué alegría oír tu voz! Estaba recreándome en la cama, pues esta noche casi no he pegado ojo.
- Por eso mismo, mi marido y yo quisiéramos invitaros a pasar el fin de semana en Assisi, donde se está mejor, pues estando como está a  unos cuatrocientos metros de altitud, por noche el aire es más fresquito. Nos gustaría ir a pasear por las montañas de Castelluccio de Norcia donde ahora florecen los campos amapolas, de lentejas y demás plantas de cultivo. Los colores de las flores son bellísimos, parecen alfombras, con matices rojos, violetas, azules y amarillos, dijo entusiasmada Francesca. ¿Os apuntáis?
- Me parece una idea estupenda. Le respondió Flavia.
- Podríamos salir el viernes por la tarde ¿Qué te parece? Ahora tengo que colgar porque estoy en el despacho. Llámame luego para quedar. Francesca fue diciendo todo eso de un tirón, pues en aquel momento un compañero de trabajo se había asomado a la puerta y le estaba requiriendo algo.
- Vale, te voy a llamar más tarde. Gracias por la invitación. Le contestó Flavia.
Por la noche Flavia se lo comentó a su marido y decidieron que aquel fin de semana irían a Assisi con sus amigos.
Salieron, como habían planeado, hacia media tarde; en la autopista, cerca de Perugia, encontraron un poco de cola, sin embargo lograron llegar a Assisi antes de las ocho. La vivienda estaba en el segundo piso  de un edificio medieval ubicado en la parte alta de la plaza del Comune. Hacía calor, pero al llegar abrieron todas las ventanas para que el aire nocturno refrescara los cuartos. Antes de salir de nuevo se detuvieron unos minutos en el balcón, que recorría toda la fachada, para admirar la ciudad desde lo alto. Luego se fueron a cenar.
Las tabernas del casco antiguo estaban abarrotadas de gente, pues en aquella época, además de turistas, había peregrinos que deseaban visitar la Basílica de San Francesco y los demás lugares del Santo, por lo tanto cogieron de nuevo el coche y fueron alejándose de la ciudad; al final tuvieron suerte encontrando, a unos diez kilómetros, una fonda de comidas caseras.
Se sentaron bajo una parra, en una de las pocas mesas libres que quedaban. Flavia enseguida se dio cuenta de que toda las personas que había a su alrededor eran aldeanos, porque se les veía joviales, de risa bonachona y hablaban chillando. Los camareros también eran alegres y campechanos.
Mientras esperaban a que llegaran los platos, Flavia le preguntó a Francesca:
- ¿Desde cuándo es de tu familia la casa donde nos alojamos?
- Desde hace cantidad de años. Creo que la compraron mis bisabuelos por parte de madre, sólo sé que a principios del siglo pasado dos primas solteras de mi abuela vivían allí. Cuando murieron la abuela heredó una tercera parte de la vivienda, pero luego compró a sus hermanos los restantes dos tercios.
- ¿Tú las conociste a las primas de tu abuela?
- ¡Qué va! Murieron poco antes de que yo naciera, fueron desafortunadas las pobres; a ver si me acuerdo de todo lo que mi abuela me  contaba:

Empezaba diciendo que eran un poco raras, la mayor era melancólica, solía salir poco de casa, era muy trabajadora, cosía, o mejor dicho remendaba, cerca del balcón, vestidos, trajes, colchas, camisas, cortinas, toallas, en fin toda la ropa vieja y raída que atiborraba los armarios; mientras zurcía, miraba de vez en cuando tras los visillos, tal vez con la esperanza de ver a su amado,  quien se había ido a la guerra del catorce y que nunca más se supo de él. Tenían una criada que se ocupaba de la limpieza y de la cocina, con los años se volvió un poco majadera, hacía gestos desagradables a quien fuera a visitar a las solteronas, estaba celosa de los forasteros porque tenía miedo de que le robaran sus señoritas, por eso mi abuela iba a verlas cuando la criada se marchaba al mercado. Los muebles eran pobres, menos algunos que indicaban ciertos esplendores pasados, las sillas con la tapicería estropeada y las esteras agujereadas; vivían con estrechez desde que el padre, al quedarse viudo, había despilfarrado casi todo el patrimonio, jugando a cartas. Habían tenido que vender parte del caserón y muchos muebles, quedándoles solamente aquella vivienda repleta de cachivaches. Al viudo una noche lo atropellaron, las malas lenguas dijeron que iba borracho. Su situación económica fue cada vez empeorando.  La menor al principio se pasaba toda la mañana en la cama gimiendo por las desgracias, pero tuvo que espabilarse yendo a ver a abogados para gestionar las deudas que el padre había contraído con algunos acreedores y salir  a finales de mes a cobrar las pocas rentas que les proporcionaban los alquileres de algunas tiendas y almacenes. La criada le organizaba las citas y a veces la acompañaba, sugeriéndole cómo debía actuar,  viendo que ésa no tenía agallas para  luchar y hacerse valer. La menor además era   lunática y un poco latosa, solo sabía hablar de las grandezas de sus antepasados, su tema preferido era alabar la belleza y el esplendor de la tumba de  familia. La mayor platicaba poco, pero cuando en verano por la noche  sacaban las sillas al balcón, se divertía escuchando a su hermana y a la criada, imitando a los abogados gandules o a los inquilinos que no querían pagar.
 
- ¡ Vaya trío de mujeres! Dijo Flavia.
- Las tres perdieron la razón, pero lograron vivir cada  cual en su mundo y a su manera, recordando tiempos pasados y antiguas glorias. Hasta que la criada enfermó y el equilibrio se quebró. Mi abuela nos decía que en pocas semanas murieron las tres.
Llegó el camarero con cuatro porciones de torta al testo y strangozzi, mientras saboreaban aquellas delicias la conversación torció hacia otros temas, sin embargo Flavia aquella noche antes de dormirse no dejó de pensar en las tres mujeres.
Al día siguiente prepararon mochilas para irse de excursión a los prados floridos de Castelluccio. Cogieron el coche y sin prisas se fueron parando en cada pueblo, para visitarlo. Almorzaron en una zona de montes verdes, con lomos suaves, donde había un restaurante especializado en trufas y fue allí donde supieron, por el dueño del establecimiento, que la carretera para Castelluccio aún estaba cerrada, a causa del terremoto que unos meses atrás había provocado el derrumbe de pueblos enteros.
- Iremos a Norcia dijo el marido de Francesca quien conocía bien la zona.
- Vale. Dijeron todos.
Compraron salchichones y quesos típicos en una de las antiguas charcuterías de la ciudad, que poco a poco iban reabriendo, después de la inesperada sacudida violenta de la corteza terrestre. La mayor parte de los edificios no eran aptos para vivir y la gente se las arreglaba como podía en caravanas o pequeñas viviendas prefabricadas.
Les impresionó ver casas agrietadas, la iglesia mayor derrumbada y montones de escombros que cubrían largos tramos de algunas calles, por las que aún no se podía pasar. Por la noche no  pararon de hablar de aquella tierra terremoteada.
Al día siguiendo decidieron quedarse en Assisi, pero evitaron los lugares turísticos; fueron paseando por la zona del anfiteatro romano, en cuyo interior en la época medieval habían construido algunos edificios, luego fueron descendiendo hacia el cementerio monumental.
Francesca les dijo que quería ir a llevar flores a la tumba de sus tíos. Le costó mucho encontrar los nichos, pero después de dar algunas vueltas dio con ellos. Mientras ponía las flores en los floreros laterales, les contó a Flavia y a su marido, que su tía Bruna, quien en realidad se llamaba Elisa,  siempre había estado muy delicada de salud, la única hija que tuvo también sufría de nervios. En cambio su tío era un señor muy activo y siempre había sido muy cariñoso con ella.
- Me gustaría volver a ver la tumba de mi bisabuela, donde también están enterradas las  tres mujeres de las que anoche os hablé.
- ¿La tumba de tus abuelos y la de tus padres  están en otro camposanto? Le preguntó Flavia.
- Si, sepultamos a mis padres y a mis abuelos en Ancona, donde en los años treinta se mudó toda la familia, a raíz de que el abuelo había ganado oposiciones de catedrático en el Instituto Politécnico, siendo como era ingeniero de caminos. Es allí donde mis padres se conocieron y donde nacimos mi hermano y yo.
- Ahora lo entiendo, dijo Falvia.
- Recuerdo que de pequeña cuando iba a pasar los veranos a Assisi, en una casita con jardín a los pies de la ciudad, cada dos por tres acompañaba a mi abuela al cementerio, para llevar flores a la tumba de sus antepasados, que debe de estar  en la parte más antigua, dijo Francesca.
- Subamos la cuesta por el camino principal, allí veo que sobresalen la cúpula de una capilla y los techos de algunos mausoleos, propuso el marido de Flavia.
- Se apedillaban Ceccarani, dijo Francesca.
Todos nos dirigimos hacia la parte alta y nos pusimos a buscar la tumba de la familia Ceccarani. Al cabo de media hora, cuando ya habíamos perdido toda esperanza, Francesca gritó:
- Ahí está. Es ésa, la de la derecha.
Vimos un amasijo de piedras gastadas, las columnas estaban quebradas, pero en la lápida aún podía leerse: Familia Ceccarani. Las fechas y los nombres de las personas enterradas allí estaban completamente borrados.
- Creo que  en los años cincuenta fueron sepultadas las primas de mi abuela y  su criada, a quien los demás familiares no la querían  de ninguna manera, pero insistieron tanto las solteronas que lo consiguieron, luego nadie más fue enterrado allí. Dijo Francesca un poco pensativa.
Depositó  un ramillete de flores, que  se había guardado, en una de las grietas de la losa de mármol grisácea, que la intemperie y el descuido había ido consumiendo.
Mientras volvían a casa Flavia traía a la mente las tres mujeres  enterradas juntas. Un voz que venía del balcón le sacó de sus pensamientos.
- Apresuraros, la mesa está lista, les gritaba el marido de Francesca, quien se había ido antes a casa para preparar la comida, pues a él le encantaba cocinar.
Mientras devoraban un plato de penne all'arrabbiatta, que por cierto le había salido al cocinero delicioso, iban bebiendo vino rosado frío y haciendo tertulia; al principio le contaron la historia de la tumba abandonada y luego, ya de sobremesa, la conversación se desvió hacia temas más cotidianos: que si el trabajo, la situación política del país, la rutina de la pareja, los hijos ventiañeros, los achaques, etc.
Echaron una siesta breve. Después  lavaron los platos,  limpiaron el cuarto de baño,  pasaron el aspirador y  arreglaron el piso. Al final cada uno recogió sus cosas y las puso en la maleta. Mientras cerraban las ventanas y la puerta de la casa, Flavia pensó en que aquellos días transcurridos en aquella casa le habían cundido de verdad, pues  se  había estado muy a gusto con sus amigos  y  había sabido de las tres mujeres del siglo pasado, quienes, a pesar de las desgracias acaecidas, se iban ayudando para que su vida  fuera más llevadera.
Ya en el coche, sentada en el asiento de atrás, a pesar de que el aire acondicionada estuviera conectado, notaba un bochorno raro, por eso  quizás se le fueran cerrando los ojos;  se despertó de pronto y recordó una imagen de su sueño: tres mujeres en el balcón, refrescándose con jarros y cántaros de aqua fresca.



lunedì 12 giugno 2017

Encuentro en un puerto de montaña













Todo lo que les voy a contar tuvo lugar por una serie de coincidencias, pero empecemos por el principio:
Un martes de otoño mis alumnos hicieron huelga para protestar contra la nueva reforma de la escuela italiana y a raíz de eso ocuparon el Instituto. La directora llamó al cuerpo de policía. Un oficial intentó convencerlos para que evacuaran la escuela, sin embargo los estudiantes no le hicieron caso y siguieron encerrados. El pobre hombre hubiera tenido que llamar a los bomberos, romper la cerradura y echarlos por la fuerza, pero para que no hubiera peleas y destrozos él fue postergando la decisión día tras día. La directora y el policía pasaron toda la semana tratando por teléfono con los cabecillas, finalmente el domingo por la tarde los chicos desalojaron.
 En el tercer piso  llenaron  los pasillos de murales y dejaron algunas aulas sucias, por lo que la directora decidió llamar a una empresa de limpieza para que desinfectara los locales.
Perdimos muchos días de clase, pero luego intentamos reanudar con paciencia nuestras actividades didácticas. No fue fácil para el equipo directivo, ni para los profesores, tomar medidas para que no se volvieran a repetir aquellos actos. A parte de los interlocutores, no se sabía quienes habían participado en la ocupación y quienes habían provocado los desperdicios; se celebró la reunión del claustro de profesores, se gestionó un informe, sin embargo seguimos sin lograr punir a los responsables y poco a poco nos fuimos olvidando de ello.
Hasta que hace un par de meses nos llegó la comunicación, en la que se decía que no íbamos a tener el puente del 3 de junio, porque para la validez del año escolar faltaba un día de clase.
- ¡Qué fastidio! Me dije
Todo el mundo esperaba con ilusión, la fiesta de la República del 2 de junio, que caía en Viernes, y por consiguiente el sábado habría habido suspensión de clases. Hubiera sido un puente maravilloso.
A mí también me supo mal aquella decisión del equipo directivo del Instituto, que más que castigar a los alumnos, era una pena para nosotros, los docentes.
Sin embargo a medida que pasaba el tiempo y se acercaba el primer fin de semana de junio, me fui conformando y una noche mientras nos acostábamos le dije a mi marido:
- ¿Por qué no vamos a Poppi el sábado próximo?
- ¿No me dijiste el otro día que ya no tenías puente? ¿Cómo te las vas a arreglar?
- Voy a pedir una hora de permiso para salir antes de la escuela, tú en cambio podrías ir en bici, yo luego te alcanzaría en coche. ¿Qué te parece?
- Perfecto, me encanta tu plan.
Aquel sábado las clases fueron más amenas de lo que pensaba, había pocos alumnos y pudimos trabajar bien, entablando debates interesantes.
El día era maravilloso, hice el viaje sin prisas, mirando el paisaje verde, salpicado de viñas y olivares, luego subiendo iba desapareciendo la vegetación mediterránea, para dejar paso a pinos y abetos.
Pasé el puerto de montaña de la Consuma y al bajar de nuevo hacia el valle del río Arno empecé a notar el color amarillo de las plantas de retama.
Entré por el jardín, viendo los rosales llenos de flores pensé en lo mucho que le gustaban a la abuela, la madre de mi marido, quien había vivido sus últimos años en aquella casa.
Mi marido estaba en la cocina preparando la comida.
- ¿Qué tal te ha ido la vuelta en bici?
- Muy bien, luego te cuento, ahora me voy a duchar, me dijo.
Mientras comíamos la lechuga del huerto, que cultivaba su hermano en el fondo del jardín, él me dijo:
- Esta noche vamos a tener otros invitados.
- Bueno ¿Pero quiénes son? Le pregunté, imaginando a alguno de sus amigos del pueblo.
- No lo vas a adivinar jamás, me dijo
Entonces empezó su relato:
Faltaban pocos metros para llegar a la Consuma y mientras pedaleaba sudando por el esfuerzo de la subida y por el sol que iba cayendo cada vez más fuerte, he divisado a un muchacho atlético cuarentañero, quien empujaba una silla de ruedas de colores, con un niño de unos ocho años.
Lo he saludado pasando a su lado y al llegar al punto más alto de de la carretera nos hemos parado los dos para beber un poco de agua y descansar.
Nos hemos presentado. Me ha dicho que se llamaba David y que iba primero a Assisi y luego a Roma con Hugo, su hijo. Eran de Estrasburgo y dos días atrás habían llegado con su coche a Florencia,  que luego lo había dejado en un garaje para empezar su peregrinaje. Había decidido tomar aquella carretera porque era  comarcal y por consiguiente más tranquila, pero no se había dado cuenta de la pendiente que tenía. Iba muy equipado, colgaban de la silla de ruedas, bolsas, maletero, chalecos, banderas reflejantes, cantimploras, etc.
En un francés  un  poco escolar le pregunté:
- ¿Sabes dónde vas a pasar la noche?
- Creo que en la zona del Casentino, en Poppi o Bibbiena. Me dijo.
- Yo voy a Poppi, si te paras allá, puedes quedarte a dormir en casa. Te dejo mi número de móvil, llámame cuando llegues.
- Muchas gracias, creo que estaré en Poppi hacia las cuatro de tarde. Y diciendo eso se despidió de mi con un abrazo.
Cuando mi marido dejó de hablar pensé en que hacía tiempo que no lo veía tan emocionado, quería realmente ayudar a aquellas personas desconocidas. A las cuatro se plantó en la plaza del pueblo y esperó a que llegaran. Los divisó a lo lejos, eran las cinco en punto de la tarde. Habían tardado un poco más de lo previsto, pues al no tener frenos la silla de ruedas, en las bajadas David, nos contó luego, tenía que ir despacio para no ir a parar al suelo.
Cuando llegaron yo estaba sentada en una tumbona del jardín, leyendo un libro.
Aquel hombre en seguida me asombró por su fuerza de ánimos y por su amabilidad, sin embargo lo que más me impresionó fue la sonrisa de Hugo. David descargó todas sus cosas y se instaló en la habitación de nuestros hijos ventiañeros, quienes hacía tiempo que ya no venían con nosotros al campo.
Nuestro invitado cuidaba muy bien a su hijo, lo desvistió y lavó con un esmero que no estábamos acostumbrados a ver.
Empezamos a preparar la cena y David le preguntó a Hugo si quería estar con nosotros en la cocina.
- Qui, cuisina, dijo el niño.
Se pasó más de una hora mirándonos y riendo:
- ¿Sabes cómo se dice esta hortaliza en español? Zanahoria, le dije.
- Zanahoria, repetía él.
Le encantaba aprender palabras nuevas.
Luego mi marido le dio una cosa para que la tirara a la basura. Con sus dedos un poco retorcidos agarró la botella de plástico aplastada y la empujó hacia el cubo del reciclaje. Reía y reía, le encantaba aquel juego.
Estuvimos entretenidos, largo rato con Hugo. Luego llegaron el hermano de mi marido y su mujer, quienes viven desde siempre en el pueblo. Cenamos todos juntos. David con paciencia le iba dando al niño porciones de tortilla de calabacinos que devoraba en un santiamén.
Después de cenar hicimos un poco de tertulia, mirando sin mucho interés la tele. Nuestro televisor, siendo un poco antiguo, de vez en cuando perdía la imagen, entonces nosotros le dábamos unos golpes y volvía a funcionar, eso le encantaba al Hugo y nos decía:
- Encore, Encore.
Hacia las nueve el padre acostó al niño y luego se sentó en el sofá; su cara parecía relajada pero se le notaba el cansancio del camino que había recorrido.
- ¿Imagino que estarás agotado? Le pregunté.
- Si, un poquito, pero aún no me quiero acostar porque quiero saborear esta velada, pensando en todas las coincidencias que hoy han surgido en mi vida. La primera ha sido encontrar en los Apeninos, cuando empezaba a desanimarme por el calor y la carretera demasiado empinada, al ciclista solitario; la segunda llegar a vuestra casa, ver el jardín lleno de rosales y escuchar mi música jazz preferida que salía de ella; la tercera, venir en conocimiento de que sois vegetarianos como yo y la cuarta descubrir que el apellido de mi bisabuelo italiano es muy común en esta zona del Casentino.
Luego seguimos hablando y nos contamos trocitos de nuestras vidas. Me quedó grabada una de las últimas frases de David:
- Al nacer prematuros los gemelos, nos dijeron que uno de ellos había tenido problemas y que sería discapacitado para toda la vida, eso me derrumbó, pero luego reaccioné. A mi mujer y a mí nos ha salvado fundar la Asociación Le sourire d'Hugo. Nos ha dado mucha energía y por eso he emprendido  el peregrinaje.
La mañana siguiente desayunamos temprano para que nuestros invitados pudieran reanudar su camino, antes de que el sol empezara a calentar demasiado.

Los acompañamos a la plaza del pueblo, donde encontramos a un grupo de ciclistas, amigos de mi marido, que aquel día se habían demorado porque  a uno de ellos se le había pinchado la rueda.

A Hugo le encantaron los ciclistas y no paraba de reírse, mientras ellos daban vueltas a su alrededor. Nos despedimos prometiéndonos que íbamos a vernos de nuevo.

Mientras David y Hugo se alejaban hacia el cruce de la carretera para Arezzo, pensé en que a veces pequeñas coincidencias  nos dan la oportunidad de conocer a grandes personas.




venerdì 2 giugno 2017

Pomodori - Tomates



Ci sono dei giorni in cui ci capitano cose insolite che ci fanno stare bene. Sarà perché vola verso di noi una ventata di odori, immagini e sensazioni dimenticate.
Ma cominciamo dall'inizio:
L'altro giorno mi sono svegliata presto, con l'idea di andare al supermercato per riempire il frigo piuttosto vuoto. Quando  eravamo in quattro, era per me consuetudine recarmi ogni settimana a fare la grande spesa. Lo facevo durante il giorno libero dal lavoro, che di solito era il venerdì, ma da quando i figli ventenni erano andati a studiare all'estero andavo a comprare vicino a casa, poche cose, ogni due o tre giorni.
Girare in macchina per la città quasi deserta ed essere uno dei primi clienti a entrare nel grande magazzino, mi mise di buon umore.
Le poche persone che ci trovai davano l'impressione di essere un po' assonnate, ma calme. Gli scarsi carrelli che circolavano non davano fastidio, come succede spesso nelle ore di punta. Mi sembrava di avere un sacco di spazio a disposizione.
Quel giorno mentre sceglievo con lentezza le cose che mi ero scritta in una lunga lista ho osservato i lavoratori che stavano disponendo la merce nelle cassette o scaffali e mi sono domandata: 
- Chi sa da dove vengono? A che ora si sono dovuti svegliare?
- Prenda queste zucchine che sto rimettendo adesso, sono arrivate all'alba, mi ha detto un omino calvo con un grembiule azzurro, come se avesse letto nei miei pensieri.
Mentre mettevo la verdura nelle buste, pensavo a me stessa dieci anni prima, nel fare quei medesimi gesti.
Quando raccontavo alle mie amiche, o alle mie compagne di lavoro di allora, della mia smania di fare la spesa la mattina presto, mi dicevano che ero pazza a sprecare il mio giorno libero in un supermercato.
Invece a me non mi era mai venuto nessun dubbio su quella mia strana abitudine. Ero contenta e basta, come lo ero stata quel giorno ritornando a casa con la macchina carica di provviste.
Mentre scaricavo le borse e disponevo i cibi nel frigo o nella dispensa, ho sentito suonare il telefono.
- Chi sarà a quest'ora del mattino? Mi sono domandata.
Ho sentito la voce di un amico e vicino di casa che mi ha detto:
- Non pensavo di trovarti in casa, ma ci ho provato lo stesso; ho chiamato al fisso perché ho perso il cellulare e tutti i vostri numeri. Sto cercando di recuperarli.
Poi mi ha domandato cosa stavo facendo, io gli ho risposto con un'altra domanda: 
- Indovina chi arriverà da Madrid questo pomeriggio?
- Tua figlia immagino.
- Sì, adesso sto cominciando a preparare una cenetta speciale per lei.
- Accidenti, alle  dieci del mattino ti metti a cucinare!
Ho acceso la radio e ho cominciato a lavare gli ortaggi e a tagliarli a pezzettini. Volevo fare un primo piatto di pasta con un sugo di zucchine, olive, pomodorini freschi e basilico.
Un vecchio amico napoletano un giorno mi aveva confidato il segreto per fare dei primi piatti, dicendomi:
- Per fare una buona pasta asciutta devi usare nel sugo sempre pomodori freschi.
Ho annusato i pomodori maturi prima di tagliarli e il loro l'odore mi ha riportato alle estati della mia infanzia, quando tutti i membri della famiglia, insieme ad alcuni braccianti, che di solito erano donne andaluse, li raccoglievamo.


Tomates
Hay días en que las cosas inusuales que nos suceden nos hacen sentir mejor. Será porque va llegándonos un soplo de olores, imágenes y sensaciones olvidadas.
Pero empecemos por el principio:
El otro día me desperté temprano con la idea de ir al supermercado para llenar la nevera que estaba vacía. Cuando vivíamos los cuatro, tenía la costumbre de ir cada semana al supermercado. Iba los días en que no trabajaba, que eran por lo general los viernes, pero desde que los hijos ventiañeros se fueron a estudiar al extranjero me fui acostumbrando a ir a comprar más a menudo a un colmado cerca de casa.
Transitando en coche por la ciudad casi desierta y al darme cuenta de que era uno de los primeras clientes que entraba  en la tienda, me fui poniendo de buen humor.
Las escasas personas que encontré parecían tranquilas, quizás porque estaban medio dormidas. Los pocos carritos que circulaban no me molestaban, como sucede a menudo durante las horas de punta, en fin sentía que tenía cantidad de espacio disponible.
Aquel día, mientras iba tomando las cosas que me había escrito en una larga lista, observé a los trabajadores que repostaban los productos en los estantes y me pregunté: ¿Quién sabe de dónde vienen? ¿ Y a qué hora se habrán  levantado?
- Coja estos calabacinos que estoy poniendo ahora, han llegado  esta  madrugada, dijo un hombre calvo y bajito con una bata azul, como si hubiera leído mis pensamientos.
Entonces me dije:
- Tal vez todavía existan personas que hagan de buena gana su trabajo.

Mientras iba poniendo las hortalizas en las bolsas de plástico, para luego pesarlas me paré y pensé en mí, diez años atrás, haciendo los mismos gestos.
Cuando les  dije  a mis amigos y compañeros de trabajo que, en mi afán de compras, iba temprano por la mañana, ellos me dijeron que estaba loca al desperdiciar el día libre en un supermercado.
Yo en cambio jamás he dudado de mi costumbre, me gusta hacerlo y ya está, por eso volví contenta a casa aquel día, con el coche cargado de provisiones.
Mientras estaba sacando la compra  y poniendo los alimentos en el refrigerador o en la despensa, oí el timbre del teléfono.
- ¿Quién será a estas horas de la mañana? Me pregunté.
Era un amigo que hacía poco que se había jubilado.
- No esperaba encontrarte en casa, pero de todas formas lo he intentado, te llamo en el fijo porque he perdido el móvil y por consiguiente todos los números. Estoy tratando de recuperarlos, me dijo.
Le di mi número y el de mi marido, entonces empezamos a hablar acerca de cómo él pasaba sus días de descanso; En realidad me dijo que en aquella temporada estaba lleno de compromisos, ya que iba siguiendo las obras de reforma de la casa donde vivía.
Después me preguntó lo que estaba haciendo en aquel momento, yo le respondí con otra pregunta:
- ¿Adivina quién va a llegar de Madrid esta tarde?
- Tu hija supongo, pues el pequeño sé que por ahora está de prácticas en una empresa de Florencia.
- Sí, por eso ahora estoy empezando a preparar una cena especial.
- ¡Caramba, a las diez de la mañana ya empiezas a cocinar!
Estaba curioso por saber, palabra por palabra, los platos que yo iba a preparar. Le conté todo el menú y después nos despedimos.
Encendí la radio y comencé a lavar la verdura y cortarla en trozos pequeños. Quería hacer un plato de pasta con una salsa a base de calabacinos, aceitunas, tomates frescos y albahaca.
Un viejo amigo napolitano un día me dijo cuál era el secreto para guisar un buen plato dela pasta:
- Para hacer una buena salsa de tomate hay que utilizar tomates frescos, pues le dan vida a cualquier plato.
Olí los tomates maduros antes de cortarlos y su aroma me trajo de vuelta a los veranos de mi infancia, cuando todos los miembros de la familia  íbamos a recogerlos. Nos ajudaban algunos jornaleros, quienes por lo general eran mujeres andaluzas.
- Hay que darse prisa, los tomates en julio maduran incluso de noche, nos decía mi padre.
Todos íbamos llenando los grandes cestos de mimbre, mi padre los vaciaba en cajas de madera, que luego cargaba en una camioneta y las llevaba bajo un nogal, donde mi madre los arreglaba, poniendo en la parte superior los tomates medianos y sobre todo los más bonitos.
Mi padre y los niños, llevábamos viejos sombreros de paja, en cambio las mujeres andaluzas se cubrían la cabeza con unos pañuelos grandes, que se ponían con gran destreza. Eran alegres y habladoras. No sé cómo se las apañaban  cantando bajo el sol caliente. Sólo reinaba el silencio cuando la radio emitía el consultorio de Doña Helena Francis; una voz femenina leía cartas de mujeres que le  pedían la manera para resolver sus problemas con sus novios, esposos, suegras, padres, hermanos, amantes o demás personas. La Señora Francis les daba consejos muy sabios.
Recuerdo un ambiente festivo, pero cuando se acercaba Ramón, el capataz, las andaluzas dejaban de reír, porque le tenían miedo. Siempre estaba serio, mandaba como si fuera el dueño de los campos y se burlaba de los  pequeños.
Mi padre lo necesitaba, porque era un buen trabajador, por eso soportaba su mal humor.
Corté los tomates y los puse en una sartén, donde  primero había sofreído dos dientes de ajo, las rodanchas de calabacinos y de aceitunas deshuesadas; mientras la salsa se iba cociendo a fuego lento, escribí un mensaje a mi hija, para decirle que iba a estar en el aeropuerto un poco antes de la llegada de su vuelo y que  estaba preparando una cena muy rica para los cuatro.
- Gracias mamá por venir a buscarme, pero ya he quedado para cenar con mis amigas.
- No te preocupes, voy a poner todo lo que he guisado en la nevera y ya comeremos juntos mañana, le dije.
Terminé de preparalo todo con lentitud y mientras lo hacía pensé en mi madre y en que yo le decía las mismas cosas, cuando llegaba a casa después de varios meses de ausencia. Al principio ella se ofendía por mis idas y venidas tan rápidas. También pensé en que para mí eso era normal, sin embargo para ella  le fue difícil aceptar que una hija ventiañera se fuera a estudiar al extranjero.
Hacía mucho que no cogía el coche a las cuatro de la tarde, hora de punta porque  suelen salir los niños de las escuelas. Encendí la radio y la música  me distrajo de las colas que se habían formado en las avenidas de circunvalación, sobre todo a causa de las obras para la nueva línea de tranvía.
El avión llegó un poco antes de lo previsto, pero por suerte yo ya estaba en el aeropuerto, porque había salido de casa con antelación.
Al día siguiente, finalmente los cuatro cenamos juntos y después nos sentamos en el sofá.  Nos pusimos casi el uno encima del otro, como cuando los hijos eran pequeños.
- Mamá, me das un masaje en los pies, dijo el chico.
- Yo también quiero uno, dijo la  chica.
Mientras mimaba a aquellos dos cuerpos adultos, mi marido me dijo.
- ¡Era muy buena la pasta que has hecho esta noche!
- Gracias a los tomates frescos, le dije alegremente.
La televisión estaba encendida, pero nadie la miraba porque todos estábamos como en otra dimensión, relajados y felices de estar de nuevo juntos.