venerdì 2 giugno 2017

Pomodori - Tomates



Ci sono dei giorni in cui ci capitano cose insolite che ci fanno stare bene. Sarà perché vola verso di noi una ventata di odori, immagini e sensazioni dimenticate.
Ma cominciamo dall'inizio:
L'altro giorno mi sono svegliata presto, con l'idea di andare al supermercato per riempire il frigo piuttosto vuoto. Quando  eravamo in quattro, era per me consuetudine recarmi ogni settimana a fare la grande spesa. Lo facevo durante il giorno libero dal lavoro, che di solito era il venerdì, ma da quando i figli ventenni erano andati a studiare all'estero andavo a comprare vicino a casa, poche cose, ogni due o tre giorni.
Girare in macchina per la città quasi deserta ed essere uno dei primi clienti a entrare nel grande magazzino, mi mise di buon umore.
Le poche persone che ci trovai davano l'impressione di essere un po' assonnate, ma calme. Gli scarsi carrelli che circolavano non davano fastidio, come succede spesso nelle ore di punta. Mi sembrava di avere un sacco di spazio a disposizione.
Quel giorno mentre sceglievo con lentezza le cose che mi ero scritta in una lunga lista ho osservato i lavoratori che stavano disponendo la merce nelle cassette o scaffali e mi sono domandata: 
- Chi sa da dove vengono? A che ora si sono dovuti svegliare?
- Prenda queste zucchine che sto rimettendo adesso, sono arrivate all'alba, mi ha detto un omino calvo con un grembiule azzurro, come se avesse letto nei miei pensieri.
Mentre mettevo la verdura nelle buste, pensavo a me stessa dieci anni prima, nel fare quei medesimi gesti.
Quando raccontavo alle mie amiche, o alle mie compagne di lavoro di allora, della mia smania di fare la spesa la mattina presto, mi dicevano che ero pazza a sprecare il mio giorno libero in un supermercato.
Invece a me non mi era mai venuto nessun dubbio su quella mia strana abitudine. Ero contenta e basta, come lo ero stata quel giorno ritornando a casa con la macchina carica di provviste.
Mentre scaricavo le borse e disponevo i cibi nel frigo o nella dispensa, ho sentito suonare il telefono.
- Chi sarà a quest'ora del mattino? Mi sono domandata.
Ho sentito la voce di un amico e vicino di casa che mi ha detto:
- Non pensavo di trovarti in casa, ma ci ho provato lo stesso; ho chiamato al fisso perché ho perso il cellulare e tutti i vostri numeri. Sto cercando di recuperarli.
Poi mi ha domandato cosa stavo facendo, io gli ho risposto con un'altra domanda: 
- Indovina chi arriverà da Madrid questo pomeriggio?
- Tua figlia immagino.
- Sì, adesso sto cominciando a preparare una cenetta speciale per lei.
- Accidenti, alle  dieci del mattino ti metti a cucinare!
Ho acceso la radio e ho cominciato a lavare gli ortaggi e a tagliarli a pezzettini. Volevo fare un primo piatto di pasta con un sugo di zucchine, olive, pomodorini freschi e basilico.
Un vecchio amico napoletano un giorno mi aveva confidato il segreto per fare dei primi piatti, dicendomi:
- Per fare una buona pasta asciutta devi usare nel sugo sempre pomodori freschi.
Ho annusato i pomodori maturi prima di tagliarli e il loro l'odore mi ha riportato alle estati della mia infanzia, quando tutti i membri della famiglia, insieme ad alcuni braccianti, che di solito erano donne andaluse, li raccoglievamo.


Tomates
Hay días en que las cosas inusuales que nos suceden nos hacen sentir mejor. Será porque va llegándonos un soplo de olores, imágenes y sensaciones olvidadas.
Pero empecemos por el principio:
El otro día me desperté temprano con la idea de ir al supermercado para llenar la nevera que estaba vacía. Cuando vivíamos los cuatro, tenía la costumbre de ir cada semana al supermercado. Iba los días en que no trabajaba, que eran por lo general los viernes, pero desde que los hijos ventiañeros se fueron a estudiar al extranjero me fui acostumbrando a ir a comprar más a menudo a un colmado cerca de casa.
Transitando en coche por la ciudad casi desierta y al darme cuenta de que era uno de los primeras clientes que entraba  en la tienda, me fui poniendo de buen humor.
Las escasas personas que encontré parecían tranquilas, quizás porque estaban medio dormidas. Los pocos carritos que circulaban no me molestaban, como sucede a menudo durante las horas de punta, en fin sentía que tenía cantidad de espacio disponible.
Aquel día, mientras iba tomando las cosas que me había escrito en una larga lista, observé a los trabajadores que repostaban los productos en los estantes y me pregunté: ¿Quién sabe de dónde vienen? ¿ Y a qué hora se habrán  levantado?
- Coja estos calabacinos que estoy poniendo ahora, han llegado  esta  madrugada, dijo un hombre calvo y bajito con una bata azul, como si hubiera leído mis pensamientos.
Entonces me dije:
- Tal vez todavía existan personas que hagan de buena gana su trabajo.

Mientras iba poniendo las hortalizas en las bolsas de plástico, para luego pesarlas me paré y pensé en mí, diez años atrás, haciendo los mismos gestos.
Cuando les  dije  a mis amigos y compañeros de trabajo que, en mi afán de compras, iba temprano por la mañana, ellos me dijeron que estaba loca al desperdiciar el día libre en un supermercado.
Yo en cambio jamás he dudado de mi costumbre, me gusta hacerlo y ya está, por eso volví contenta a casa aquel día, con el coche cargado de provisiones.
Mientras estaba sacando la compra  y poniendo los alimentos en el refrigerador o en la despensa, oí el timbre del teléfono.
- ¿Quién será a estas horas de la mañana? Me pregunté.
Era un amigo que hacía poco que se había jubilado.
- No esperaba encontrarte en casa, pero de todas formas lo he intentado, te llamo en el fijo porque he perdido el móvil y por consiguiente todos los números. Estoy tratando de recuperarlos, me dijo.
Le di mi número y el de mi marido, entonces empezamos a hablar acerca de cómo él pasaba sus días de descanso; En realidad me dijo que en aquella temporada estaba lleno de compromisos, ya que iba siguiendo las obras de reforma de la casa donde vivía.
Después me preguntó lo que estaba haciendo en aquel momento, yo le respondí con otra pregunta:
- ¿Adivina quién va a llegar de Madrid esta tarde?
- Tu hija supongo, pues el pequeño sé que por ahora está de prácticas en una empresa de Florencia.
- Sí, por eso ahora estoy empezando a preparar una cena especial.
- ¡Caramba, a las diez de la mañana ya empiezas a cocinar!
Estaba curioso por saber, palabra por palabra, los platos que yo iba a preparar. Le conté todo el menú y después nos despedimos.
Encendí la radio y comencé a lavar la verdura y cortarla en trozos pequeños. Quería hacer un plato de pasta con una salsa a base de calabacinos, aceitunas, tomates frescos y albahaca.
Un viejo amigo napolitano un día me dijo cuál era el secreto para guisar un buen plato dela pasta:
- Para hacer una buena salsa de tomate hay que utilizar tomates frescos, pues le dan vida a cualquier plato.
Olí los tomates maduros antes de cortarlos y su aroma me trajo de vuelta a los veranos de mi infancia, cuando todos los miembros de la familia  íbamos a recogerlos. Nos ajudaban algunos jornaleros, quienes por lo general eran mujeres andaluzas.
- Hay que darse prisa, los tomates en julio maduran incluso de noche, nos decía mi padre.
Todos íbamos llenando los grandes cestos de mimbre, mi padre los vaciaba en cajas de madera, que luego cargaba en una camioneta y las llevaba bajo un nogal, donde mi madre los arreglaba, poniendo en la parte superior los tomates medianos y sobre todo los más bonitos.
Mi padre y los niños, llevábamos viejos sombreros de paja, en cambio las mujeres andaluzas se cubrían la cabeza con unos pañuelos grandes, que se ponían con gran destreza. Eran alegres y habladoras. No sé cómo se las apañaban  cantando bajo el sol caliente. Sólo reinaba el silencio cuando la radio emitía el consultorio de Doña Helena Francis; una voz femenina leía cartas de mujeres que le  pedían la manera para resolver sus problemas con sus novios, esposos, suegras, padres, hermanos, amantes o demás personas. La Señora Francis les daba consejos muy sabios.
Recuerdo un ambiente festivo, pero cuando se acercaba Ramón, el capataz, las andaluzas dejaban de reír, porque le tenían miedo. Siempre estaba serio, mandaba como si fuera el dueño de los campos y se burlaba de los  pequeños.
Mi padre lo necesitaba, porque era un buen trabajador, por eso soportaba su mal humor.
Corté los tomates y los puse en una sartén, donde  primero había sofreído dos dientes de ajo, las rodanchas de calabacinos y de aceitunas deshuesadas; mientras la salsa se iba cociendo a fuego lento, escribí un mensaje a mi hija, para decirle que iba a estar en el aeropuerto un poco antes de la llegada de su vuelo y que  estaba preparando una cena muy rica para los cuatro.
- Gracias mamá por venir a buscarme, pero ya he quedado para cenar con mis amigas.
- No te preocupes, voy a poner todo lo que he guisado en la nevera y ya comeremos juntos mañana, le dije.
Terminé de preparalo todo con lentitud y mientras lo hacía pensé en mi madre y en que yo le decía las mismas cosas, cuando llegaba a casa después de varios meses de ausencia. Al principio ella se ofendía por mis idas y venidas tan rápidas. También pensé en que para mí eso era normal, sin embargo para ella  le fue difícil aceptar que una hija ventiañera se fuera a estudiar al extranjero.
Hacía mucho que no cogía el coche a las cuatro de la tarde, hora de punta porque  suelen salir los niños de las escuelas. Encendí la radio y la música  me distrajo de las colas que se habían formado en las avenidas de circunvalación, sobre todo a causa de las obras para la nueva línea de tranvía.
El avión llegó un poco antes de lo previsto, pero por suerte yo ya estaba en el aeropuerto, porque había salido de casa con antelación.
Al día siguiente, finalmente los cuatro cenamos juntos y después nos sentamos en el sofá.  Nos pusimos casi el uno encima del otro, como cuando los hijos eran pequeños.
- Mamá, me das un masaje en los pies, dijo el chico.
- Yo también quiero uno, dijo la  chica.
Mientras mimaba a aquellos dos cuerpos adultos, mi marido me dijo.
- ¡Era muy buena la pasta que has hecho esta noche!
- Gracias a los tomates frescos, le dije alegremente.
La televisión estaba encendida, pero nadie la miraba porque todos estábamos como en otra dimensión, relajados y felices de estar de nuevo juntos.



venerdì 12 maggio 2017

Lluvia en la ventana



Viajar es como abrir una puerta hacia el mundo, se van conociendo nuevas personas, lugares, costumbres, comidas, melodías y mucho más; la vida luego nos parece más llevadera. Frida recordaba haber leído esas frases en algún libro. Eran palabras sabias, sin embargo ella estaba segura de que cada cual tenía su propio concepto de viaje y por consiguiente alcanzar bienestar, cuando uno se trasladaba por aire, mar o tierra, dependía de tantas cosas.
Esos pensamientos bailaban por su cabeza aquella tarde, sentada en el sofá mientras leía una novela de un joven escritor americano, donde el personaje principal, Jonathan, cuya familia hebrea había huido de Ucrania a causa de la guerra, emprendía un azaroso recorrido en furgoneta por la tierra de sus antepasados. Sus dos compañeros de viaje eran muy raros: el abuelo, quien hacía de chófer, estaba medio ciego, su nieto, el narrador de aquellas hazañas,  y una perrita que olía fatal. Iban en busca de la mujer que quizás salvó de los nazi al abuelo de Jonathan. El único indicio que tenían era una fotografía antigua, donde detrás alguien había escrito un nombre de mujer y el de una aldea, que no estaba señalada en los mapas.
A menudo por la tarde  Frida estaba sola y se recreaba a sus anchas. Los hijos, ya mayores, volvían a la hora de cenar y su marido también paraba poco por casa, pues su trabajo le absorbía mucho.
Se dirigió hacia la ventana, vio que lloviznaba y sin darse cuenta sus labios pronunciaron la primera estrofa de una poesía de Antonio Machado:
Son de abril las aguas mil
sopla el viento achubascado
y entre nublado y nublado
hay trozos de cielo añil.
En aquel instante por su cabeza pasó un revoltijo de recuerdos:
Se vio de pequeña sentada en un pupitre, llevaba uniforme, calcetines largos hasta las rodillas, una falda plisada y un jersey de lana, todo ello de color azul marino. La maestra les hacía recitar aquella poesía con una cantilena melancólica. A Frida le costaba mucho aprender las cosas de memoria, sin embargo aquella estrofa le gustaba tanto que se le quedó grabada.
Se volvió a sentar en el sofá, siguió leyendo las aventuras trágicas y grotescas de aquel viaje estrafalario por tierras de Ucrania, poco a poco le llegaron lo olores densos de aquella furgoneta que se le mezclaron con la fragancia de naranja de sus viajes de antaño:
Se le aparecieron unas piernas delgadas que, mientas iban entrecruzándose lentamente, primero una rodilla y luego la otra, movían unos zapatos marrones, los cuales dejaban ver las suelas donde había una marca de goma verde con un gorila. En el asiento de al lado había una bolsa con un bocadillo y dos naranjas. Su tez iba volviéndose cada vez más blanca. Apoyando la frente en el cristal frío de la ventanilla, para aliviar su malestar, se entretenía mirando las gotas de lluvia que se deslizaban por los cristales.
Aún recordaba lo mal que lo pasaba vomitando en una bolsa de plástico sentada en la primera fila del autocar, mientras los demás niños cantaban.
Iba a casi todas las excursiones que organizaba la escuela o una sociedad recreativa del pueblo, porque quería ver otros lugares, a pesar de que supiera que se iba a marear como una sopa.
Con sus padres nunca fue de viaje, pues ellos empezaron a salir del pueblo, cuando  Frida y sus hermanos fueron mayorcitos. A medida que pasaba el tiempo iban haciendo rutas más largas y pocos años antes de jubilarse incluso se apuntaron a un crucero por el Mediterráneo. Ni sus padres  jamás se habían imaginado viajar con hijos adolescentes, ni a  Frida se ocurrió nunca la posibilidad de hacerlo con ellos.
- Sólo creciendo empecé a apreciar eso que dicen, de que viajando uno aprende mucho, se dijo pensando en la primera vez que salió de España con su amiga Magda.
Frida y Magda, se conocieron en la facultad Biología, el primer día de curso. A las dos les había tocado el turno de tardes y ambas hubieran querido ir de mañanas, pues eran madrugadoras. Al cabo de unos meses Frida se fue con su maleta al piso Magda, quien vivía con su hermana y una amiga. Había una cama libre en el cuarto de Magda, pues una chica que vivía con ellas había vuelto al pueblo.
Frida se fue contenta al piso de estudiantes y enseguida se adaptó al ritmo de sus compañeras, quizás porque ya estaba acostumbrada a compartir habitación, primero con su hermana y luego con las demás compañeras del colegio mayor donde se alojaba.  Frida y Magda se hicieron amigas estudiando juntas, cuchicheando y riendo flojo para no despertar a una de las compañeras de piso, quien hacía prácticas de enfermería y tenía que dormir de día al hacer guardias de noches.
Las dos eran inexpertas en temas de amores, sin embargo eran extrovertidas, curiosas y deseaban conocer a gente nueva.
Por Semana Santa decidieron irse de viaje juntas. Cogieron un autobús que iba directo de Barcelona a París.
Frida se pasó largo rato pegada en el cristal de la ventana al cruzar la frontera francesa, pues tuvieron que esperar un montón a que controlaran los pasaportes.  Ella se entretuvo mirando las gotas de lluvia que caían y pronunciando en voz baja la única estrofa que sabía de memoria. Cuando finalmente el autocar se puso en marcha tuvo una decepción, al ver que aquel país vecino era igual que el suyo: el mismo paisaje, las mismas casas e incluso sus habitantes tenían rasgos muy parecidos a los de la gente de su tierra.
Frida se acomodó cerca del conductor, y para no marearse miraba siempre hacia adelante. Pasaron muchas horas sentadas en asientos incómodos, comiendo bocadillos y pelando naranjas.
Hacía algunos meses que ella soñaba con enamorarse. Antes de ir a vivir al piso de estudiantes, no le importaba no tener pareja, pero en aquella época no sabía lo que le ocurría, no es que quisiera tener novio formal, lo que anhelaba era conocer el mundo de la sexualidad.
Se lo pasaron bien a su manera, pero al no disponer de mucho dinero, prefirieron gastarlo en entradas de museos y monumentos. Cada día para comer compraban una barra de pan, se sentaban en un banco de un parque y abrían una lata de atún o de sardinas.
Les encantó ver París, sobre todo pasear por las calles del barrio latino. Se alojaban cerca de la plaza de la Bastilla, eso les permitió ir andando por todas partes. Por la noche comían algo en un lugar barato y se acostaban temprano de lo rendidas que estaban. Una tarde en una plaza conocieron a dos chicos franceses, bien plantados. Al principio les parecieron simpáticos y agradables. Hablaron un rato con ellos y luego fueron juntos a tomar una bebida. Poco a poco fueron descubriendo que los chicos eran  engreídos y que carecían de cultura, sobre todo cuando el más espabilado dijo:
- Los españoles sois alegres pero falsos, sin embargo aún son peores los italianos, porque son los mayores cantamañanas y charlatanes que hay sobre la tierra.
- ¿Por qué odiarán tanto a los italianos? Se preguntó  Frida.
Las tonterías que dijeron aquellos chicos parisinos fueron otra decepción para ella y enseguida le dijo a su amiga:
- Vayámonos, esos dos son unos fanfarrones.
Quien le iba a decir, sentada en el autobús de vuelta hacia Barcelona que unos meses más tarde se iba a enamorar de un chico italiano.
Frida se levantó del sofá y fue a la cocina para preparase una taza de té.
Mientras sorbía despacio la infusión pensó en el viaje itinerante, por el Norte de Italia, que habían hecho en coche con su marido pocas semanas atrás. Recordó, que a media tarde él le dijo:
- Ahora nos pararemos en Sabbioneta, una ciudad amurallada totalmente nueva, dibujada según la visión funcional y moderna del Renacimiento. Estoy seguro de que te va a encantar.
Luego pensó en lo que les había ocurrido al llegar a Mantova. Dejaron el coche en un aparcamiento cerca de las viejas murallas y se fueron andando hacia el hotel. Estaba anocheciendo, por los callejones había poca gente, pero ellos enseguida apreciaron la belleza de la ciudad. En la recepción del hostal les dijeron que no había ninguna reserva a nombre suyo.
- Madre mía ¿Y ahora qué hacemos? Dijo Frida.
Comprobaron que había habido un fallo en el sistema automático por lo que su reserva estaba registrada para el mes siguiente.
Los dos, con la maleta a cuestas, fueron yendo a todos los hoteles de la zona y llamando a los turismos rurales más cercanos, pero la ciudad durante aquel fin de semana estaba tan abarrotada de forasteros que no lograron encontrar  habitación libre.
- Dormiremos en el coche, se dijeron.
Frida se sentía tranquila junto a su marido, no se había desesperado, al contrario, pensaba que las adversidades hacían parte del viaje.
Un empleado de un pequeño hotel fue muy amable con ellos, fue él quien les contó muchas cosas de la ciudad mientras seguía ayudándoles a buscar hospedaje y el que a las nueve de la noche  halló  un cuarto  libre.
- ¡Qué suerte que tuvimos! Se dijo  Frida sonriendo.
Cuando se desvanecieron aquellos los recuerdos,  cogió de nuevo el libro y antes de abrirlo pensó en las vueltas que había dado su vida desde que decidió trasladarse a  Florencia y luego casarse con aquel chico italiano que conoció por azar en Barcelona. Estaba contenta de seguir viviendo con él en Toscana, donde la mayor parte de la gente era amable, alegre y de fiar.
Miró por la ventana, aún seguía lloviendo.









giovedì 4 maggio 2017

Vellutata di asparagi - Crema de espárragos













Ingredienti per 4 persone

Brodo di verdura

4 patate medie

Un mazzo di asparagi

Una cipolla ( o  porri)

Olio di oliva

Granella di mandorle tostatie  (o di pistacchio / pinoli)

Pepe

  1. Tritate la cipolla e fatela appassire in una casseruola con l'olio.
  2. Tagliate le punte degli asparagi alla lunghezza di circa tre centimetri, tenetele da parte e bollitele per qualche minuto. Tagliate i gambi a pezzetti
  3. Unite gli asparagi spezzettati, le patate tagliati a cubetti e fateli insaporire per qualche minuto con la cipolla.
  4. Aggiungete il brodo vegetale bollente fino a ricoprire, aggiungete il sale e fate cuocere per circa 15- 20 minuti con il coperchio (puó essere usato come brodo anche l'acqua di cottura delle punte).  Poi frullate tutto.
  5. Aggiungete le punte di asparagi e e fate cuocere il tutto per altri quattro minuti
  6. L'aggiunta della granella di mandorle tostate o di pistacchi e  di un po' di pepe renderà la vellutata ancora più sfiziosa.

Crema de espárragos
Ingredientes para cuatro personas:
4  patatas medianas
Un manojo de espárragos
Una cebolla ( o puerro)
Caldo vegetal
Aceite de oliva
Pimienta
Almendras ( pistachos  o piñones) picados

  1. Picar una  cebolla, ponerla en una cazuela con aceite  y  sofreirla
  2. Cortar las puntas de espárragos de unos tres centímetros y dejarlos de lado, luego hervirlas unos minutos ( el agua de la cocción puede usarse como caldo vegetal)
  3. Cortar los tallos de los espárragos en rodajas pequeñas.
  4. Poner en la cazuela los espárragos, las patatas cortadas en cubitos y dejar cocer unos  pocos minutos.
  5. Añadir el caldo de verduras hirviendo, hasta que cubra las verduras, añadir sal y cocer durante unos 15- 20  minutos con la tapa.  Luego  triturarlo con la batidora.
  6. Añadir las puntas de los espárragos y dejarlo hervir pocos minutos más a fuego lento
  7. Antes de servir si se le añade un picadillo de almendras tostadas o pistachos y un poco de pimienta hará que la crema sea aún más sabrosa.