Me entretuve un rato leyendo el periódico en el sofá. Los sábados suelo comprar dos, el de siempre y otro que tiene una buena página cultural y que, además, desde hace un mes incluye un pequeño libro de relatos. Me encanta descubrir cada semana a un escritor desconocido. Aquel día leí un relato breve de Joseph Roth, titulado “ Esta mañana ha llegado una carta”. Contaba la historia de un hombre solo a quien le cambiaba el rumbo de su vida, al recibir una carta.
Miré el reloj, aún era pronto para almorzar; tenía tiempo de sobra, quizás porque mi paseo había sido corto y mi marido aún no había llegado de su largo recorrido en bicicleta.
Mientras cogía una mandarina del alfeizar, vi la coliflor, escondida entre acelgas, pimientos, cebollas y patatas.
—Voy a hacerla al horno con bechamel —me dije.
Recordé la primera vez que había comido aquel manjar: era en barcelona a finales de los años setenta. Un amigo pintor, que llevaba una vida bastante descabellada, nos había invitado a cenar. Vivía solo en una buhardilla pero cuando no tenía dinero iba a comer a casa de sus padres. Su familia resultó ser muy simpática y amable; el hermano pequeño era muy bromista, pero a quien más aprecié aquella noche fue a la abuela. Era la cocinera, pero no quiso cenar con nosotros. Nos saludó entrando y al despedirnos volvió a aparecer en el pasillo. Entonces vi que sus ojos desprendían amor y admiración por sus nietos. Su pelo blanco, su porte aristocrático y su bondad me infundieron ternura.
Mi marido volvió antes de lo previsto, porque empezaba a lloviznar. Como podéis imaginar la comida no estaba lista, pero por el fuerte olor adivinó de qué plato se trataba. No os voy a engañar, después de hervir la coliflor tuve que abrir las ventanas y airear la casa, pero no fue suficiente pues aquel olor, casi desagradable, permaneció flotando en el aire.
Preparé una ensalada rápida. Después de comer, nos recreamos leyendo en el sofá y a media tarde salimos a pasear hasta que empezó a llover de nuevo y entramos en un cine de barrio.
Por la noche, puse la mesa con un mantel amarillo y, por fin, probamos la coliflor gratinada. Mientras comíamos y tomábamos una copa de vino tinto, pensé de nuevo en abuela cocinera que me había hecho probar aquel plato y caí en la cuenta de que se parecía mucho a la señora Frida, nuestra vecina. Nunca antes lo había pensado.
—Quizás a la señora Frida, le guste mi coliflor.
—Al día siguiente fui a su casa con una fiambrera de coliflor gratinada. Se alegró de verme, me dio las gracias por la visita inesperada y por la comida que le había llevado y me dijo:
—A mi marido y a mí nos encantaba este plato. El sabía cómo quitar el olor fuerte de la col: le añadía un poco de comino al agua de cocción. Y me decía contento:¿A que sí, que huele poco?
Luego, mientras apagaba el hornillo donde tenía una sartén con pasta y salsa de tomate, me contó que su marido era carpintero y que, cuando se jubiló, empezó a dar largos paseos por el campo. Tomaba un autobús a las nueve de la mañana y se dirigía a las afueras de la ciudad. Volvía de sus caminatas llevando consigo ramilletes de hierbas. Cuando hacía mal tiempo, iba a los mercados a buscar hierbas medicinales. Luego siguió diciéndome con cara de pícara:
—Yo también tenía un truco para evitar el fuerte olor: ponía una miga de pan mojada en leche en el agua de cocción y también un chorrito de vinagre. A veces incluso ponía una rodaja de limón encima de la olla. Sin embargo él no conocía mis trucos y siempre le repetía que su comino era milagroso.
Éramos vecinas desde hacía más de veinte años. Al principio no nos conocíamos mucho; nos saludábamos por la calle y sabía que era modista y que hacía arreglos para todo el vecindario. Era discreta y de pocas palabras, pero cuando iba con su perrito negro por la calle era muy cariñosa y le hablaba en voz alta, como si fuera su hijo: lo mimaba, pero también era firme y le exigía obediencia.
Hasta que un día le envié una carta con un breve relato que narraba la historia de su máquina de coser; claro, con mucha fantasía.
—Es la primera vez que alguien se fija en mí y escribe algo sobre mi vida —me dijo. abrazándome y besándome en medio de la calle.
Desde entonces, la señora Frida y yo somos amigas. Si pasan muchos días sin que nos veamos, me llama por teléfono y, cuando puedo, voy a su casa a ver cómo está. Tiene un hijo que vive en la parte nueva de la ciudad y no la visita muy a menudo.
El día en que le llevé la coliflor no me demoré mucho porque el reloj de su cocina marcaba las doce y media y sabía que ella solía comer pronto. Estaba muy delgada y yo estaba preocupada por si comía poco estando sola, pero al ver la pasta en la sartén y un plato con una pequeña tortilla de calabacines sobre el mantel de cuadros rojizos que cubría la mesa, puesta con esmero para un solo comensal, me tranquilicé y me invadió una gran ternura.

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