domenica 25 ottobre 2020

La abuela canaria



Faina aquella mañana está un poco nerviosa, pues desde que se ha levantado todo le ha salido mal, primero ha discutido con su marido, luego  ha encontrado un atasco terrible en la avenida cerca del rio.  Ha llegado tarde al trabajo y eso que tenía muchas cosas pendientes que hacer. Y para más inri su jefe estaba de mal humor.

A media mañana  se siente un poco rara, sale  del despacho para tomar aire. Se dirige  hacia la ventana del pasillo, se asoma y mientras observa a la gente de la calle que se mueve deprisa, repite en voz baja sin darse cuenta :

- Faina, Fainita, estate tranquilita.

Entonces su cabeza vuela hacia su infancia, a un día en el patio del colegio, una  niña, las más mandona de la clase, le canta  el  estribillo:

Faina, faina te gusta la chanfaina,

faina fainita, te tiro la colita.

La primera vez que lo oyó Faina  se enfadó con ella y le chilló:

- Para que te enteres: mi nombre es canario, Faina era una reina de Lanzarote y a mí no me gusta la chanfaina. 

Pero luego se cansó de contestarle y sólo le decía:

- Tonta, más que tonta.

Luego piensa en su abuela Arminda,  que nació en Lanzarote, pero que se crió en Santa Cruz de Tenerife, donde sus padres habían emigrado con un tropel de chiquillos, pues las tierras volcánicas de Lanzarote eran tan áridas que no daban para sustentar a una familia numerosa como la suya.

Faina aún recuerda su dulce acento canario, que no había perdido a pesar de que llevaba  más de cincuenta años viviendo en la península. Luego se le aparece  el abuelo Mariano y  poco a poco va desovillando el hilo de las historias  que le contaba la abuela.

Mariano se había enrolado a los dieciséis años como grumete en un carguero del puerto de Barcelona. Las tierras de su familia las había heredado su hermano mayor y a él sólo le habían tocado cuatro duros de plata.

Al cabo de tres años, Mariano se sentía satisfecho por ser un buen marinero, pero le sabía mal que sus padres le escribieran tan poco.

Un día de tormenta el  buque chocó contra un arrecife y tuvieron que amarrar anclas en Santa Cruz de Tenerife. La reparación del casco del barco les llevó mucho tiempo.

Vagabundeando por las tabernas del puerto Mariano conoció a Arminda.

La fonda de los padres de Arminda era humilde, pero muy limpia. Además de vino a granel, despachaban comestibles y hacían comidas caseras. Arminda en aquel entonces tenía diecisiete años y era muy mañosa: ayudaba a su madre en la cocina y con su máquina de coser cosía ropa para ella y para toda la familia, también hacía camisas por encargo. No le gustaba servir en las mesas, porque algunos parroquianos medio borrachos empezaban con piropos y luego intentaban manosearla. Su hermano Ramón era el que hacía siempre de camarero, su padre trajinaba detrás de la barra y por el trastero. Sin embargo el día en que Mariano entró en la bodega, ella estaba sirviendo en las mesas, porque Ramón había caído enfermo.

Mariano, se prendó de Arminda y cada tarde iba a verla.

Sin muchas esperanzas de recibir noticias, Mariano escribió de nuevo una carta a su familia, contándoles sus peripecias  por las islas Canarias, sin embargo al cabo de pocas semanas recibió un telegrama en el que sus padres le comunicaban que su hermano mayor había muerto de tifus y que le rogaban que volviera al pueblo, siendo ahora él el único heredero.

Tras recibir el mensaje de su familia, Mariano le dijo a Arminda:

- Quiero casarme contigo y llevarte a mi tierra.

A Arminda también empezaba a gustarle aquel chico que no se parecía en nada a los demás marineros.

- Estoy enamorada de Mariano, parece buena persona, además es muy apuesto. Pero todo ha sido tan rápido que ni me lo creo. Tu ya sabes como soy yo, no logro vivir con incertidumbres, he decidido que voy aceptar la propuesta de Mariano, aunque sepa que voy a dar un paso muy grande, marchándome de aquí. Le confesó Arminda a Úrsula, su mejor amiga.

- No te preocupes por quienes vas a dejar en la isla, te echaremos todos de menos, pero los que te queremos te apoyaremos y te ayudaremos en todo, le contestó Úrsula, abrazándola.

Al día siguiente Arminda aceptó la propuesta de casamiento  de Mariano. En seguida se puso a seleccionar minuciosamente todos sus enseres: la máquina de coser, el costurero, los mejores retales de tejidos, su ropa, etc.

Se casaron pocas semanas después en la iglesia de San Francisco de Asís, fue una ceremonia íntima, sin embargo el banquete de bodas fue muy concurrido, pues el tabernero invitó a todo el barrio. La madre de Arminda cocinó durante tres días seguidos. Los platos fuertes eran papas arrugadas, pescado y frangollo, un postre típico de la isla y luego fue añadiendo otros muchos manjares sabrosos. Finalmente al bodeguero se le vio contento descorchando, una tras otra, botellas del mejor vino de la isla; la fiesta duró hasta las tantas de la madrugada.

Arminda y Mariano zarparon al día siguiente para España. La familia catalana no estaba del todo contenta de aquella boda, hubieran preferido que Mariano se casara con una muchacha de la comarca, pero callaron, lo importante para ellos fue  que el heredero hubiera vuelto.

Los padres de Mariano dieron por descontado que los novios vivieran con ellos en el caserón, en cambio a Arminda le hubiera gustado ir a vivir a una casita a solas con su marido, pero no protestó. Arminda aprendió muy deprisa el catalán, pero no logró integrarse del todo en aquella familia patriarcal. Cuando nacieron sus tres hijas, sus suegros se opusieron a que ella escogiera el nombre de las niñas, sin embargo al cabo de treinta años logró imponerse y decidir el nombre de su segunda nieta.

- Me gustaría que se llamara Faina, como mi madre, le dijo Arminda a su hija mientras cogía por primera vez en brazos a la recién nacida.

Arminda, cuando Faina cumplió dos años, supo que se iba a morirse pronto. No le dolía nada y no tenía ningún síntoma de enfermedad, pero notó que empezaba a caerle el pelo a manojos y sentía una ansiedad muy extraña, desconocida para ella. Al principio no sabía lo que le ocurría, sin embargo pronto se dio cuenta de que cada noche soñaba el paisaje lunar de Lanzarote y de día añoraba las islas. Sus padres habían muerto y sus hermanos habían dejado de escribirle, pero ella pensaba sin cesar en su tierra. No le dijo nada a su marido, pero sentía que se estaba alejando de él y de sus hijas, quienes al casarse se fueron de casa, pero iban a verla sin falta casi cada día.

Lo único que deseaba con toda su alma era huir y eso le roía por dentro porque se sentía culpable. A veces iba hacia la puerta del corral, la de atrás del caserón, para que nadie la viera y se sentaba unos minutos en una silla, esperando que la puerta se abriera para salir corriendo. Se sentía prisionera. Sólo se apaciguaba cuidando a Faina y jugando con ella volvía a su infancia canaria.

Arminda, había sido muy trabajadora, nunca estaba quieta, siempre se adelantaba haciendo tareas para el día siguiente, sin embargo en los últimos tiempos iba perdiendo vigor y de vez en cuando dejaba cosas a medias.

Los años pasaban y Mariano se dio cuenta de que las manías de su mujer eran cada vez más extrañas. No la reconocía cuando se quedaba quieta horas y horas en frente de la puerta del corral. Mariano tuvo que poner un candado, pues un día Arminda se fugó y después de haberla buscado  por los alrededores del pueblo, la encontró andando por el camino polvoriento que llevaba a la desembocadura del rio.

- ¿A dónde ibas? Le preguntó Mariano a su mujer, abrazándola.

- Me voy a casa, a Lanzarote, le contestó Arminda sonriendo.

- ¡Pero si tu casa está aquí!

Desde aquel día las hijas tuvieron que ayudarla en todo, pues ella ya no se valía por sí misma en nada.

Arminda murió por las complicaciones que tuvo  al romperse el fémur. No se sabe como pudo caer, pues durante los últimos meses se pasaba horas y horas sentada inmóvil, con la vista hacia la puerta del corral.

Faina tenía seis años cuando falleció la abuela. Mariano sufrió mucho al perder a su amada esposa y murió de dolor al cabo de un año.

Unos día antes de fallecer el abuelo le dijo a Faina:

Cuando miro tus piernas veo las de tu abuela, eran las más bonitas de la Isla. Ella además de guapa tenía buen carácter. Era reservada, sólo mostraba sus sentimientos con la gente con la que tenía más confianza. Su mayor virtud era la prudencia, por eso era tan precavida, pensando siempre en el día de mañana. También era generosa y ayudaba a todo el mundo. Era impaciente, al querer terminar todas las tareas que empezaba, pero a la vez reflexiva y siempre acertaba con las decisiones que tomaba, la más importante que tomó fue la de abandonar su isla antes de cumplir los dieciocho años para casarse conmigo.

Faina sonríe pensando en lo mucho que se querían sus abuelos. Cierra la ventana y vuelve a su despacho un poco  más relajada.  Luego escribe un mensaje a su marido:

- Perdona si hoy he sido un poco brusca, cuando me has pedido que fuera a recoger el coche al taller. Me he levantado mal,  pensando en el día  abarrotado de cosas que iba a tener  que solucionar y todo lo veía negro. Ahora estoy más tranquila  y me he parado a pensar en que podríamos hacer una viaje cuando termine el confinamiento. Me gustaría ir a Lanzarote ¿Qué te parece? 

Él le contesta enseguida:

- Ya no me acordaba de lo áspera que has sido conmigo esta mañana. Claro que me encantaría ir a Lanzarote contigo. Esta noche ya hablaremos de ello. 

Faina sale del trabajo más ligera, como si se hubiera sacado un peso de encima. Hace il mismo recorrido para volver a casa, en la avenida cerca del rio conduce más despacio, mirando con otros ojos los árboles y las plantas y todo le parece más bonito.





domenica 13 settembre 2020

El virus y la caseta

  copyright Toni Privat
                                             

El verano de 2020 fue para todo el mundo muy raro. A finales de la larga primavera de confinamiento, los contagios de Corona virus descendieron en toda Europa y la gente pudo de nuevo salir de casa. Sin embargo, después de la ola de contagios de marzo y abril, nadie se atrevía a hacer planes para el futuro, se vivía el día a día.

Nina terminó con todos sus quehaceres escolásticos a finales de junio, cuando parecía que el país volvía lentamente a la normalidad. A ella le gustaba ir a pasear, a pie o en bicicleta, por las calles del centro o a lo largo del río. Al principio estaba triste viendo tanta desolación, pero poco a poco se acostumbró a la ciudad vacía.

Se decía en tono optimista, pensando en su hijo que había perdido el empleo, cuando pasaba cerca de las terrazas de los restaurantes o de los bares:

- Parece que la cosa se está animando, ojalá abran todos los establecimientos y mejore la situación económica de la ciudad.

Nina por primera vez en su vida también se despreocupó de las vacaciones, sin embargo cuando empezó a llegar el bochorno veraniego, sintió enormes deseos de ir a la playa. Nada más ponía la radio y escuchaba las malas noticias, sobre los rebrotes que habían surgido en algunos países europeos, se le pasaban las ganas.

- Es el primer verano que no tenemos vuelo reservado para España. ¿Lograremos ir de vacaciones este año? Le preguntó Nina una mañana a su marido, con una voz un poco triste.

- No te preocupes, en agosto cogemmos la furgoneta de mi hermano y nos vamos por el sur de Italia, de costa a costa, sin reservar nada, como hacíamos cuando los niños eran pequeños, le contestó su marido con cariño.

Nina se sintió amparada y llena de ternura hacia él. También le alegraron las llamadas que recibió de sus amigas, Raquele y Federica.

Raquele le dijo que la invitaba a pasar unos días, en un pueblo de la costa del sur de la Toscana, donde tenía un apartamento que había heredado de su familia. Federica también quería que fuera a trascurrir con ella una semana en los Alpes, en el chalet de sus suegros.

Nina no acababa de decidirse ni por la playa ni por la montaña, ambas amigas la habían invitado la tercera semana de julio, precisamente cuando ella tenía una cita que no quería perder.

- ¡Qué tozuda que eres! Tu cita se puede cambiar, le dijeron, primero Raquele y luego Federica riendo.

- Gracias por vuestra invitación, ya vendré otro día, les dijo a las dos.

Durante el confinamiento Nina y su marido llamaban a sus hijos treintañeros con más frecuencia. Ambos desde hacía años vivían por su cuenta, la mayor en Madrid y el pequeño en un barrio periférico de Firenze.

Una tarde hablando con sus hijos, a través de una video llamada, se dio cuenta de que a ellos les encantaría ir a pasar una semana al pueblo de la costa catalana, donde iban a veranear cuando eran pequeños.

Sintió alegría y a la vez ternura hacia ellos, pues hacía años que no iban de viaje todos juntos.

- ¿Qué te parece si busco una casita de alquiler en mi pueblo para todos nosotros? ¿Te gustaría? ¿O tienes miedo de los contagios? Le preguntó Nina a su marido después de la video llamada.

- Vale, como queráis. Yo no tengo miedo de viajar, nos podemos contagiar en cualquier sitio, sin embargo si tenemos cuidado y somos prudentes, verás que no nos va a pasar nada, dijo él.

- Podríamos ir a finales de julio hasta mitades de agosto. ¿Te parece bien unas tres semanas?

- Perfecto, dijo él.

Nina pasó unos días buscando por internet viviendas de alquiler en el pueblo donde había nacido y crecido, pero no consiguió encontrar nada que le gustara.

- Quizás esté todo lleno a causa del virus, pues la mayor parte de la gente prefiere rentar apartamentos o casas rurales, en lugar de alojarse en hoteles, pensó.

A principios de julio, una mañana, recibió un mensaje de Celeste, la mujer de su hermano. Le decía que les invitaba a pasar todo el mes de agosto en su casita. La casita, que todas llamaban, la caseta, era una vivienda, de dos plantas.

Delante de la entrada, había un pequeño jardín con plantas frondosas y un gran árbol de aguacate. En la planta baja, había una pequeña cocina, un salón con una gran chimenea y un aseo. Arriba dos dormitorios, un trastero y un gran cuarto de baño. También había un patio en el primer piso, donde habían puesto un tendedero para la ropa y en la parte cubierta una lavadora. Desde el patio se accedía, a través de una escalera de hierro, a un terrado que en verano sólo se podía utilizar al atardecer, pues tocaba el sol de lleno. En la terraza había tumbonas, sillas, mesas de jardín y una hamaca. Celeste alquilaba cada año la caseta a una familia de Barcelona. Pero días antes la familia barcelonesa le comunicó que aquel año no iban a ir de vacaciones.

Nina se conmovió tras la oferta de su cuñada. Habló con su marido y escribió a sus hijos.

Todos estuvieron contentos y aceptaron la invitación de Celeste.

Al día siguiente, Nina encontró vuelos directos de Firenze a Barcelona bastante baratos y en seguida sacó billetes.

A mitades de julio Nina cumplió 64 años. Su marido e hijo le organizaron una comida en casa, mientras comían, hablaban y reían, también se sintió cerca de su hija, aunque la viera solo a través de la pantalla del ordenador que habían colocado en el centro de la mesa. Por la noche su marido la llevó a cenar a un restaurante cerca del rio. Nina aquel día se sintió alagada y llena de ternura hacía las personas que más quería.

Se acercaba el día de su cita y Nina estaba un poco impaciente.

El día establecido cogió el coche, cosa rara, pues casi siempre iba a todas partes en bicicleta, pero aquella mañana hacía demasiado calor para cruzar la ciudad pedaleando.

La puerta de la oficina estaba cerrada y dos personas esperaban en un plazuela, sentadas en sillas distanciadas. Nina se sentó en la única silla libre que había. Mientras esperaba su turno, abrió el libro que llevaba en el bolso, pero no pudo leer mucho, porque la señora que estaba sentada a su lado, en seguida empezó a contarle, primero donde había aparcado el coche y luego cosas más personales.

- El confinamiento ha sido muy malo para los ancianos, mi madre, que tiene noventa años, ha empeorado mucho de la cabeza, al no poder salir de casa. La mujer que la cuidaba también se ha vuelto medio loca. Apenas ha podido se ha marchado a su país y nos ha dejado plantados. Ahora estoy haciendo gestiones para contratar a otra cuidadora.

Nina pensó que sus problemas eran una tontería comparados con los que les habían caído encima tras la pandemia a las personas discapacitadas.

Una de las empleadas de la gestoría, salió de la oficina, la llamó por su nombre y apellido y la condujo a un despacho. En seguida le pidió los documentos que Nina había preparado y que llevaba en una carpeta. Luego ordenó el papeleo y empezó a introducir datos en el ordenador para calcular la pensión que Nina cobraría.

- Usted ha cotizado 38 años, por lo tanto puede jubilarse el año que viene. Pero si quiere quedarse dos años más en el trabajo.

- ¡Me lo iré pensando, pero ya estoy bastante decidida!

- Piénselo bien, si quiere jubilarse el año que viene tiene unos meses para decidirlo, pero recuerde que hay que presentar la solicitud antes del 31 de diciembre.

Nina desde aquel día empezó a imaginarse como sería ella misma sin su trabajo.

- ¿Echaré de menos a mis alumnos y a mis compañeros de Instituto?¿Me va a gustar tener tanto tiempo libre? ¿Me acostumbraré a ver a menos gente y a estar más en casa? Se preguntó.

Los últimos días de julio, fueron un poco frenéticos, pues la prensa no paraba de dar malas noticias sobre los nuevos rebrotes que iban surgiendo en Cataluña. Recibieron mensajes y llamadas de algunos amigos.

- ¿Estáis seguros de iros a España con todos los casos de Corona virus que van creciendo? Tened mucho cuidado, les decían todos con un poco de preocupación.

Ellos decidieron que sino les anulaban el vuelo irían a Barcelona a pesar de todo. Fue un viaje relajante, pues tanto en los aeropuertos como en el avión había poca gente. Al llegar a Barcelona tomaron un taxi, para evitar el metro, pero luego cogieron el tren hacia el pueblo de la costa. Se relajaron ya que en los vagones la gente cumplía con el distanciamiento y llevaba mascarilla.

Llegaron al atardecer a la caseta, las llaves estaban escondidas en un rincón del jardín y al entrar en la casa lo primero que vio Nina, fueron los detalles de Celeste y de su sobrina Marta.

Celeste era pintora y algunos de sus cuadros estaban colgados en las paredes blancas.

- Seguro que ha sido Marta la que ha arreglado tan bien la caseta, le dijo a su marido mirando el mantel de la mesa del comedor y la tela de colores que cubría el sofá.

Sintió una explosión ternura hacia Marta y luego hacia su hermano y Celeste que llegaron poco después para darles la bienvenida.

Nina siguió durante todo el mes, observándose a sí misma e imaginándose cómo iba a ser su vida de jubilada. Un atardecer, mirando el cielo, echada en la hamaca del terrado, le dijo a su marido:

- El año que viene, en agosto y septiembre, podríamos alquilar la caseta a Celeste. Ya va siendo hora de que empiece a disfrutar los días menguantes de finales de verano. Hasta ahora nunca he podido hacerlo, pues empezaba el curso.

- Me parece muy bien, además el mar en septiembre quizás no esté nada mal, contestó él, sonriendo.

El verano 2020 había sido muy raro, pero lleno de proyectos para el el futuro, pensó Nina, mientras ella y su marido volaban hacia Firenze.





domenica 16 agosto 2020

Tre donne

 

Nina pedalava mentre pensava alle due donne che aveva appena salutato.

- Sono contenta di avere come amiche Francesca e Arianna, con loro mi trovo proprio bene, disse a se stessa sorridendo.

Pedalata dopo pedalata, a Nina vennero in mente, come se fossero dei fotogrammi di un film, alcune scene del passato.

Il primo ricordo era di quindici anni prima, poco dopo la morte della madre, quando Nina era andata a trovare l’anziano padre. Il marito e i figli adolescenti erano rimasti a Firenze. Chiamò le vecchie amiche di scuola e organizzò una cena. Erano anni che non le vedeva, solo con Gaia era rimasta in contatto, si scrivevano e telefonavano spesso.

Fu molto contenta di quell’incontro, soprattutto perché lei e Gaia ripresero a sentirsi con Dora, come quando erano adolescenti.

Quando il padre, alcuni anni dopo, morì, Nina ritornò per alcuni giorni al paese.

Vide Gaia e Dora, molto meno di quello che avrebbe voluto.

Una sera invitò le due amiche a cena e poté chiacchierare con loro nel cortile della vecchia casa. Ricordarono i tempi in cui abitavano in un appartamento con altri studenti a Barcellona. Ognuna tirò fuori degli aneddoti buffi che le fecero piangere, da quanto ridevano. Verso le undici e mezza cominciò a piovere e dovettero sparecchiare in fretta e furia ed entrare in casa.

- Vorrei tanto che le nostre cene durassero tutta la notte, ma purtroppo devo andare via, domani ho una riunione importante, disse, con un tono un po’ triste, Gaia che era diventata una donna in carriera, nonostante l’impegno che le procuravano i suoi vivaci bambini.

- Anch’io devo proprio scappare, domani sarà una lunga coda davanti lo sportello, non ci voglio pensare, disse, con una voce languida, Dora, che lavorava in banca, senza entusiasmo, soprattutto dopo la morte improvvisa del marito.

Mentre attraversava piazza Duomo le vennero in mente le amiche degli anni ottanta, quando si era trasferita a Firenze.

Molte delle sue compagne di Facoltà, una volta finita l’Università, erano tornate al paese d’origine, altre avevano cambiato città per motivi di lavoro, altre erano sparite. Solo Eleonora e Agnese erano rimaste in contatto con lei. Eleonora era andata a insegnare a Grosseto, dove pensava di rimanerci solo un anno, ma alla fine ci si era stabilita definitamente, visto che aveva rotto col fidanzato. Da allora non voleva più sentire parlare di andare a vivere con un uomo.

Agnese invece aveva seguito il marito in Puglia. All’inizio non era del tutto convinta che fosse stata una buona idea allontanarsi dalla Toscana, ma presto si scoprì innamorata dal centro storico della vecchia città portuale, dove avevano una casa. Da allora si sentiva soddisfatta, anche perché nel frattempo aveva intrapreso una bella carriera universitaria.

Era da qualche anno che Nina non vedeva Eleonora e Agnese, ma le tre donne si erano promesse di organizzare ben presto una rimpatriata.

Poi i suoi pensieri volarono verso gli anni novanta, quando nacquero i suoi due figli. In quel periodo conobbe molte donne, nei giardinetti, negli asili nido, nelle scuole materne e nelle scuole elementari, e diventò amica di alcune di loro.

Con le mamme degli amichetti dei figli aveva meno confidenza che con Gaia e Dora, o con Eleonora e Agnese, ma c’era più solidarietà, perché da subito si erano aiutate a vicenda. Soprattutto quando i bambini si ammalavano all’improvviso e le mamme non riuscivano a trovare una baby sitter in tempo. Per fortuna c’era sempre una di loro che non lavorava o lo faceva di pomeriggio e quindi si offriva di accudire il bambino malato.

Due di quelle donne erano straniere. Ivy era inglese e Annie francese. Le tre donne cominciarono a frequentarsi assiduamente e diventarono amiche.

Mentre i bambini giocavano, le donne parlavano fitto fitto, spesso della loro terra e della difficoltà di trovare lavoro. Erano arrivate in Italia per studiare. In seguito si erano sposate con uomini italiani. Dopo molti anni di gavetta tutte e tre erano riuscite a diventare insegnanti in una scuola privata di lingue.

Sia Ivy che Annie, cominciarono piano piano a perdere l’entusiasmo di vivere a Firenze e dicevano ogni tanto a Nina:

- Se potessi, me ne andrei dall’Italia. Quanto mi manca il mio paese!

Nina, invece si era inserita bene a Firenze. Non sentiva troppa nostalgia per la sua terra, tuttavia le piaceva ritornarci una volta l’anno.

Dopo alcuni anni Ivy si trasferì in campagna e Annie ritornò definitivamente in Francia con marito e figli. Nonostante la lontananza le tre donne continuavano a sentirsi.

Nina stava percorrendo Via Ghibellina in bicicletta, quando pensò alle amicizie che aveva fatto nel mondo del lavoro.

Dopo aver vinto il concorso per insegnare nelle scuole superiori, dovette cambiare diverse Istituti e girare per tutta la provincia prima di riuscire a ottenere una cattedra in città. Aveva quasi cinquanta anni quando fu trasferita in una scuola vicino a casa. In tutti quegli anni aveva avuto delle buone colleghe, ma dopo gli innumerevoli trasferimenti, le aveva perse di vista.

Con Flavia e Sara fu diverso, nonostante fossero più giovani di lei e avessero ancora dei figli adolescenti e quindi impegni familiari molto diversi dai suoi, diventarono ben presto sue amiche. Le aveva conosciute meglio un anno in cui tutte e tre furono nominate membri della stessa commissione degli esami di Maturità. Da allora le tre colleghe cominciarono a collaborare e cercavano di aiutarsi quando dovevano affrontare e risolvere problemi sia scolastici che familiari.

Flavia era impulsiva, mentre Sara era più paziente. Le tre donne amavano insegnare, ma non è che parlassero sempre di scuola, cercavano anche di divertirsi insieme. Qualche sera, quando Flavia e Sara potevano lasciare i figli con i mariti, compagni o nonni, le tre donne andavano al cinema insieme.

Era quasi arrivata a casa quando pensò di nuovo a Francesca e Arianna e a come le aveva conosciute pochi anni prima.

Prima di compiere sessanta anni, Nina si era iscritta in palestra, non solo perché vedeva il suo corpo invecchiare, ma anche perché da quando i figli erano andati a vivere per conto proprio, aveva più tempo libero.

In palestra conobbe molte persone. All’inizio si divertiva, ma dopo un anno si era annoiata di seguire le stesse lezioni di ginnastica aerobica o posturale, forse per questo cominciò il corso di yoga.

Dopo qualche mese che faceva yoga conobbe Francesca, la sua dirimpettaia di tappeto e subito dopo Arianna, che si sedeva sempre accanto a Francesca. Entrambe erano di qualche anno più giovani di lei. Qualche volta, dopo la lezione, le tre donne si fermavano all’uscita della palestra a chiacchierare.

Un giorno fissarono per vedersi a cena fuori dall’ambiente della palestra e piano piano cominciarono a conoscersi meglio.

Francesca era sposata e lavorava come grafica pubblicitaria ed era molto estroversa e ridanciana. Aveva il dono di raccontare storie. Essendo altruista di natura, dedicava volentieri un po’ del suo tempo alle persone anziane di famiglia, la madre, la zia e la suocera, a cui dava una mano quando si trovavano in difficoltà; inoltre aveva tante amiche, per questo era piena di aneddoti da raccontare.

Anche Arianna era allegra e chiacchierona. Lei era la più giovane del gruppo e quella che aveva più novità da condividere. Aveva due figlie ventenni ed era separata da diversi anni. Spesso raccontava alle amiche delle sue figlie insoddisfatte, delle due cagne agitate che le distruggevano l’ appartamento e del suo lavoro di giornalista, piuttosto faticoso e stressante, ma soprattutto si dilungava parlando delle sue storie d’amore piuttosto travagliate.

Quella sera avevano deciso di andare insieme in un locale all’aperto, per salutarsi prima delle vacanze estive. Si erano date appuntamento in piazza del Carmine. Tutte tre erano arrivate puntuali.

Dopo aver legato le biciclette in una rastrelliera della piazza andarono a piedi al Giardino della Torretta, così si chiamava il posto dove avevano deciso di mangiare un boccone. Mentre cercavano un tavolo libero, osservarono le persone eleganti, che bevevano e mangiavano. Le tre donne pensarono la stessa cosa:

- Meno male che non abbiamo trovato un tavolo libero, questo ambiente è troppo sofisticato per noi.

Uscirono da quel giardino con un sospiro di sollievo.

Camminarono in silenzio qualche minuto e poi Arianna disse:

- Andiamo dal Vinaio di Via dell’Orto? Fanno delle schiacciate e delle pizze molto buone.

Sia Nina che Francesca dissero che andava bene.

Arrivarono a un locale piccolino dove c’erano quattro tavoli fuori nella strada. Si sedettero nell’unico tavolo libero che trovarono.

Ordinarono tre birre, un piatto di olive e due pizze da dividere, a un cameriere con le braccia colme di tatuaggi. Nina notò che i loro vicini di tavolo, allegri e chiassosi, erano un po’ stravaganti, alcuni con i capelli rasta, altri con piercing al naso e tatuaggi dappertutto. Poi, guardandosi meglio intorno, si resero conto che tutte le persone che frequentavano quel locale erano dei giovani piuttosto alternativi.

A un certo punto, quando Arianna stava raccontando per filo e per segno come aveva conosciuto il suo ultimo fidanzato, si avvicinò a loro un uomo esile, tra i quaranta e i cinquanta, con una birra in mano e una sigaretta in bocca e disse con un sorriso sarcastico:

- Posso sedermi al vostro tavolo a rompervi i coglioni?

- Scusa, adesso stiamo parlando, sarebbe meglio di no, rispose Francesca con un tono gentile, ma deciso.

L’uomo se ne andò verso un gruppo di ragazzi che si erano raggruppati per sentire la musica che proveniva dal piccolo antro. Forse non fu del tutto contento del rifiuto, ma per fortuna bevendo una birra dopo l’altra, ben presto si dimenticò delle tre donne. Dopo, quando entrarono nel locale per pagare, lo videro un po’ perso e barcollante.

Nel salutarsi si dissero che era stata una serata buffa:

- Siamo passate da un ambiente elegante e raffinato a uno strambo e insolito, ma ci siamo divertite un sacco, disse Nina congedandosi dalle amiche.

Nina arrivò a casa verso mezzanotte, lasciò la bicicletta nell’atrio e salì le scale lentamente.

Appena aprì la porta di casa, il marito, che era seduto sul divano, le domandò come era andata la cena e lei rispose:

- E’ stata una serata bizzarra. Aspetta mi cambio e poi ti racconto.

Andò in camera, si levò le scarpe, si spogliò e si mise la camicia da notte.

Mentre si lavava i denti pensò che il numero tre era un numero perfetto:

Tra tre donne c’è sempre intesa, equilibrio, armonia, comprensione, complicità e tanto affetto, si disse, con la bocca piena di dentifricio, guardandosi alla specchio.