domenica 13 settembre 2020

El virus y la caseta

  copyright Toni Privat
                                             

El verano de 2020 fue para todo el mundo muy raro. A finales de la larga primavera de confinamiento, los contagios de Corona virus descendieron en toda Europa y la gente pudo de nuevo salir de casa. Sin embargo, después de la ola de contagios de marzo y abril, nadie se atrevía a hacer planes para el futuro, se vivía el día a día.

Nina terminó con todos sus quehaceres escolásticos a finales de junio, cuando parecía que el país volvía lentamente a la normalidad. A ella le gustaba ir a pasear, a pie o en bicicleta, por las calles del centro o a lo largo del río. Al principio estaba triste viendo tanta desolación, pero poco a poco se acostumbró a la ciudad vacía.

Se decía en tono optimista, pensando en su hijo que había perdido el empleo, cuando pasaba cerca de las terrazas de los restaurantes o de los bares:

- Parece que la cosa se está animando, ojalá abran todos los establecimientos y mejore la situación económica de la ciudad.

Nina por primera vez en su vida también se despreocupó de las vacaciones, sin embargo cuando empezó a llegar el bochorno veraniego, sintió enormes deseos de ir a la playa. Nada más ponía la radio y escuchaba las malas noticias, sobre los rebrotes que habían surgido en algunos países europeos, se le pasaban las ganas.

- Es el primer verano que no tenemos vuelo reservado para España. ¿Lograremos ir de vacaciones este año? Le preguntó Nina una mañana a su marido, con una voz un poco triste.

- No te preocupes, en agosto cogemmos la furgoneta de mi hermano y nos vamos por el sur de Italia, de costa a costa, sin reservar nada, como hacíamos cuando los niños eran pequeños, le contestó su marido con cariño.

Nina se sintió amparada y llena de ternura hacia él. También le alegraron las llamadas que recibió de sus amigas, Raquele y Federica.

Raquele le dijo que la invitaba a pasar unos días, en un pueblo de la costa del sur de la Toscana, donde tenía un apartamento que había heredado de su familia. Federica también quería que fuera a trascurrir con ella una semana en los Alpes, en el chalet de sus suegros.

Nina no acababa de decidirse ni por la playa ni por la montaña, ambas amigas la habían invitado la tercera semana de julio, precisamente cuando ella tenía una cita que no quería perder.

- ¡Qué tozuda que eres! Tu cita se puede cambiar, le dijeron, primero Raquele y luego Federica riendo.

- Gracias por vuestra invitación, ya vendré otro día, les dijo a las dos.

Durante el confinamiento Nina y su marido llamaban a sus hijos treintañeros con más frecuencia. Ambos desde hacía años vivían por su cuenta, la mayor en Madrid y el pequeño en un barrio periférico de Firenze.

Una tarde hablando con sus hijos, a través de una video llamada, se dio cuenta de que a ellos les encantaría ir a pasar una semana al pueblo de la costa catalana, donde iban a veranear cuando eran pequeños.

Sintió alegría y a la vez ternura hacia ellos, pues hacía años que no iban de viaje todos juntos.

- ¿Qué te parece si busco una casita de alquiler en mi pueblo para todos nosotros? ¿Te gustaría? ¿O tienes miedo de los contagios? Le preguntó Nina a su marido después de la video llamada.

- Vale, como queráis. Yo no tengo miedo de viajar, nos podemos contagiar en cualquier sitio, sin embargo si tenemos cuidado y somos prudentes, verás que no nos va a pasar nada, dijo él.

- Podríamos ir a finales de julio hasta mitades de agosto. ¿Te parece bien unas tres semanas?

- Perfecto, dijo él.

Nina pasó unos días buscando por internet viviendas de alquiler en el pueblo donde había nacido y crecido, pero no consiguió encontrar nada que le gustara.

- Quizás esté todo lleno a causa del virus, pues la mayor parte de la gente prefiere rentar apartamentos o casas rurales, en lugar de alojarse en hoteles, pensó.

A principios de julio, una mañana, recibió un mensaje de Celeste, la mujer de su hermano. Le decía que les invitaba a pasar todo el mes de agosto en su casita. La casita, que todas llamaban, la caseta, era una vivienda, de dos plantas.

Delante de la entrada, había un pequeño jardín con plantas frondosas y un gran árbol de aguacate. En la planta baja, había una pequeña cocina, un salón con una gran chimenea y un aseo. Arriba dos dormitorios, un trastero y un gran cuarto de baño. También había un patio en el primer piso, donde habían puesto un tendedero para la ropa y en la parte cubierta una lavadora. Desde el patio se accedía, a través de una escalera de hierro, a un terrado que en verano sólo se podía utilizar al atardecer, pues tocaba el sol de lleno. En la terraza había tumbonas, sillas, mesas de jardín y una hamaca. Celeste alquilaba cada año la caseta a una familia de Barcelona. Pero días antes la familia barcelonesa le comunicó que aquel año no iban a ir de vacaciones.

Nina se conmovió tras la oferta de su cuñada. Habló con su marido y escribió a sus hijos.

Todos estuvieron contentos y aceptaron la invitación de Celeste.

Al día siguiente, Nina encontró vuelos directos de Firenze a Barcelona bastante baratos y en seguida sacó billetes.

A mitades de julio Nina cumplió 64 años. Su marido e hijo le organizaron una comida en casa, mientras comían, hablaban y reían, también se sintió cerca de su hija, aunque la viera solo a través de la pantalla del ordenador que habían colocado en el centro de la mesa. Por la noche su marido la llevó a cenar a un restaurante cerca del rio. Nina aquel día se sintió alagada y llena de ternura hacía las personas que más quería.

Se acercaba el día de su cita y Nina estaba un poco impaciente.

El día establecido cogió el coche, cosa rara, pues casi siempre iba a todas partes en bicicleta, pero aquella mañana hacía demasiado calor para cruzar la ciudad pedaleando.

La puerta de la oficina estaba cerrada y dos personas esperaban en un plazuela, sentadas en sillas distanciadas. Nina se sentó en la única silla libre que había. Mientras esperaba su turno, abrió el libro que llevaba en el bolso, pero no pudo leer mucho, porque la señora que estaba sentada a su lado, en seguida empezó a contarle, primero donde había aparcado el coche y luego cosas más personales.

- El confinamiento ha sido muy malo para los ancianos, mi madre, que tiene noventa años, ha empeorado mucho de la cabeza, al no poder salir de casa. La mujer que la cuidaba también se ha vuelto medio loca. Apenas ha podido se ha marchado a su país y nos ha dejado plantados. Ahora estoy haciendo gestiones para contratar a otra cuidadora.

Nina pensó que sus problemas eran una tontería comparados con los que les habían caído encima tras la pandemia a las personas discapacitadas.

Una de las empleadas de la gestoría, salió de la oficina, la llamó por su nombre y apellido y la condujo a un despacho. En seguida le pidió los documentos que Nina había preparado y que llevaba en una carpeta. Luego ordenó el papeleo y empezó a introducir datos en el ordenador para calcular la pensión que Nina cobraría.

- Usted ha cotizado 38 años, por lo tanto puede jubilarse el año que viene. Pero si quiere quedarse dos años más en el trabajo.

- ¡Me lo iré pensando, pero ya estoy bastante decidida!

- Piénselo bien, si quiere jubilarse el año que viene tiene unos meses para decidirlo, pero recuerde que hay que presentar la solicitud antes del 31 de diciembre.

Nina desde aquel día empezó a imaginarse como sería ella misma sin su trabajo.

- ¿Echaré de menos a mis alumnos y a mis compañeros de Instituto?¿Me va a gustar tener tanto tiempo libre? ¿Me acostumbraré a ver a menos gente y a estar más en casa? Se preguntó.

Los últimos días de julio, fueron un poco frenéticos, pues la prensa no paraba de dar malas noticias sobre los nuevos rebrotes que iban surgiendo en Cataluña. Recibieron mensajes y llamadas de algunos amigos.

- ¿Estáis seguros de iros a España con todos los casos de Corona virus que van creciendo? Tened mucho cuidado, les decían todos con un poco de preocupación.

Ellos decidieron que sino les anulaban el vuelo irían a Barcelona a pesar de todo. Fue un viaje relajante, pues tanto en los aeropuertos como en el avión había poca gente. Al llegar a Barcelona tomaron un taxi, para evitar el metro, pero luego cogieron el tren hacia el pueblo de la costa. Se relajaron ya que en los vagones la gente cumplía con el distanciamiento y llevaba mascarilla.

Llegaron al atardecer a la caseta, las llaves estaban escondidas en un rincón del jardín y al entrar en la casa lo primero que vio Nina, fueron los detalles de Celeste y de su sobrina Marta.

Celeste era pintora y algunos de sus cuadros estaban colgados en las paredes blancas.

- Seguro que ha sido Marta la que ha arreglado tan bien la caseta, le dijo a su marido mirando el mantel de la mesa del comedor y la tela de colores que cubría el sofá.

Sintió una explosión ternura hacia Marta y luego hacia su hermano y Celeste que llegaron poco después para darles la bienvenida.

Nina siguió durante todo el mes, observándose a sí misma e imaginándose cómo iba a ser su vida de jubilada. Un atardecer, mirando el cielo, echada en la hamaca del terrado, le dijo a su marido:

- El año que viene, en agosto y septiembre, podríamos alquilar la caseta a Celeste. Ya va siendo hora de que empiece a disfrutar los días menguantes de finales de verano. Hasta ahora nunca he podido hacerlo, pues empezaba el curso.

- Me parece muy bien, además el mar en septiembre quizás no esté nada mal, contestó él, sonriendo.

El verano 2020 había sido muy raro, pero lleno de proyectos para el el futuro, pensó Nina, mientras ella y su marido volaban hacia Firenze.





domenica 16 agosto 2020

Tre donne

 

Nina pedalava mentre pensava alle due donne che aveva appena salutato.

- Sono contenta di avere come amiche Francesca e Arianna, con loro mi trovo proprio bene, disse a se stessa sorridendo.

Pedalata dopo pedalata, a Nina vennero in mente, come se fossero dei fotogrammi di un film, alcune scene del passato.

Il primo ricordo era di quindici anni prima, poco dopo la morte della madre, quando Nina era andata a trovare l’anziano padre. Il marito e i figli adolescenti erano rimasti a Firenze. Chiamò le vecchie amiche di scuola e organizzò una cena. Erano anni che non le vedeva, solo con Gaia era rimasta in contatto, si scrivevano e telefonavano spesso.

Fu molto contenta di quell’incontro, soprattutto perché lei e Gaia ripresero a sentirsi con Dora, come quando erano adolescenti.

Quando il padre, alcuni anni dopo, morì, Nina ritornò per alcuni giorni al paese.

Vide Gaia e Dora, molto meno di quello che avrebbe voluto.

Una sera invitò le due amiche a cena e poté chiacchierare con loro nel cortile della vecchia casa. Ricordarono i tempi in cui abitavano in un appartamento con altri studenti a Barcellona. Ognuna tirò fuori degli aneddoti buffi che le fecero piangere, da quanto ridevano. Verso le undici e mezza cominciò a piovere e dovettero sparecchiare in fretta e furia ed entrare in casa.

- Vorrei tanto che le nostre cene durassero tutta la notte, ma purtroppo devo andare via, domani ho una riunione importante, disse, con un tono un po’ triste, Gaia che era diventata una donna in carriera, nonostante l’impegno che le procuravano i suoi vivaci bambini.

- Anch’io devo proprio scappare, domani sarà una lunga coda davanti lo sportello, non ci voglio pensare, disse, con una voce languida, Dora, che lavorava in banca, senza entusiasmo, soprattutto dopo la morte improvvisa del marito.

Mentre attraversava piazza Duomo le vennero in mente le amiche degli anni ottanta, quando si era trasferita a Firenze.

Molte delle sue compagne di Facoltà, una volta finita l’Università, erano tornate al paese d’origine, altre avevano cambiato città per motivi di lavoro, altre erano sparite. Solo Eleonora e Agnese erano rimaste in contatto con lei. Eleonora era andata a insegnare a Grosseto, dove pensava di rimanerci solo un anno, ma alla fine ci si era stabilita definitamente, visto che aveva rotto col fidanzato. Da allora non voleva più sentire parlare di andare a vivere con un uomo.

Agnese invece aveva seguito il marito in Puglia. All’inizio non era del tutto convinta che fosse stata una buona idea allontanarsi dalla Toscana, ma presto si scoprì innamorata dal centro storico della vecchia città portuale, dove avevano una casa. Da allora si sentiva soddisfatta, anche perché nel frattempo aveva intrapreso una bella carriera universitaria.

Era da qualche anno che Nina non vedeva Eleonora e Agnese, ma le tre donne si erano promesse di organizzare ben presto una rimpatriata.

Poi i suoi pensieri volarono verso gli anni novanta, quando nacquero i suoi due figli. In quel periodo conobbe molte donne, nei giardinetti, negli asili nido, nelle scuole materne e nelle scuole elementari, e diventò amica di alcune di loro.

Con le mamme degli amichetti dei figli aveva meno confidenza che con Gaia e Dora, o con Eleonora e Agnese, ma c’era più solidarietà, perché da subito si erano aiutate a vicenda. Soprattutto quando i bambini si ammalavano all’improvviso e le mamme non riuscivano a trovare una baby sitter in tempo. Per fortuna c’era sempre una di loro che non lavorava o lo faceva di pomeriggio e quindi si offriva di accudire il bambino malato.

Due di quelle donne erano straniere. Ivy era inglese e Annie francese. Le tre donne cominciarono a frequentarsi assiduamente e diventarono amiche.

Mentre i bambini giocavano, le donne parlavano fitto fitto, spesso della loro terra e della difficoltà di trovare lavoro. Erano arrivate in Italia per studiare. In seguito si erano sposate con uomini italiani. Dopo molti anni di gavetta tutte e tre erano riuscite a diventare insegnanti in una scuola privata di lingue.

Sia Ivy che Annie, cominciarono piano piano a perdere l’entusiasmo di vivere a Firenze e dicevano ogni tanto a Nina:

- Se potessi, me ne andrei dall’Italia. Quanto mi manca il mio paese!

Nina, invece si era inserita bene a Firenze. Non sentiva troppa nostalgia per la sua terra, tuttavia le piaceva ritornarci una volta l’anno.

Dopo alcuni anni Ivy si trasferì in campagna e Annie ritornò definitivamente in Francia con marito e figli. Nonostante la lontananza le tre donne continuavano a sentirsi.

Nina stava percorrendo Via Ghibellina in bicicletta, quando pensò alle amicizie che aveva fatto nel mondo del lavoro.

Dopo aver vinto il concorso per insegnare nelle scuole superiori, dovette cambiare diverse Istituti e girare per tutta la provincia prima di riuscire a ottenere una cattedra in città. Aveva quasi cinquanta anni quando fu trasferita in una scuola vicino a casa. In tutti quegli anni aveva avuto delle buone colleghe, ma dopo gli innumerevoli trasferimenti, le aveva perse di vista.

Con Flavia e Sara fu diverso, nonostante fossero più giovani di lei e avessero ancora dei figli adolescenti e quindi impegni familiari molto diversi dai suoi, diventarono ben presto sue amiche. Le aveva conosciute meglio un anno in cui tutte e tre furono nominate membri della stessa commissione degli esami di Maturità. Da allora le tre colleghe cominciarono a collaborare e cercavano di aiutarsi quando dovevano affrontare e risolvere problemi sia scolastici che familiari.

Flavia era impulsiva, mentre Sara era più paziente. Le tre donne amavano insegnare, ma non è che parlassero sempre di scuola, cercavano anche di divertirsi insieme. Qualche sera, quando Flavia e Sara potevano lasciare i figli con i mariti, compagni o nonni, le tre donne andavano al cinema insieme.

Era quasi arrivata a casa quando pensò di nuovo a Francesca e Arianna e a come le aveva conosciute pochi anni prima.

Prima di compiere sessanta anni, Nina si era iscritta in palestra, non solo perché vedeva il suo corpo invecchiare, ma anche perché da quando i figli erano andati a vivere per conto proprio, aveva più tempo libero.

In palestra conobbe molte persone. All’inizio si divertiva, ma dopo un anno si era annoiata di seguire le stesse lezioni di ginnastica aerobica o posturale, forse per questo cominciò il corso di yoga.

Dopo qualche mese che faceva yoga conobbe Francesca, la sua dirimpettaia di tappeto e subito dopo Arianna, che si sedeva sempre accanto a Francesca. Entrambe erano di qualche anno più giovani di lei. Qualche volta, dopo la lezione, le tre donne si fermavano all’uscita della palestra a chiacchierare.

Un giorno fissarono per vedersi a cena fuori dall’ambiente della palestra e piano piano cominciarono a conoscersi meglio.

Francesca era sposata e lavorava come grafica pubblicitaria ed era molto estroversa e ridanciana. Aveva il dono di raccontare storie. Essendo altruista di natura, dedicava volentieri un po’ del suo tempo alle persone anziane di famiglia, la madre, la zia e la suocera, a cui dava una mano quando si trovavano in difficoltà; inoltre aveva tante amiche, per questo era piena di aneddoti da raccontare.

Anche Arianna era allegra e chiacchierona. Lei era la più giovane del gruppo e quella che aveva più novità da condividere. Aveva due figlie ventenni ed era separata da diversi anni. Spesso raccontava alle amiche delle sue figlie insoddisfatte, delle due cagne agitate che le distruggevano l’ appartamento e del suo lavoro di giornalista, piuttosto faticoso e stressante, ma soprattutto si dilungava parlando delle sue storie d’amore piuttosto travagliate.

Quella sera avevano deciso di andare insieme in un locale all’aperto, per salutarsi prima delle vacanze estive. Si erano date appuntamento in piazza del Carmine. Tutte tre erano arrivate puntuali.

Dopo aver legato le biciclette in una rastrelliera della piazza andarono a piedi al Giardino della Torretta, così si chiamava il posto dove avevano deciso di mangiare un boccone. Mentre cercavano un tavolo libero, osservarono le persone eleganti, che bevevano e mangiavano. Le tre donne pensarono la stessa cosa:

- Meno male che non abbiamo trovato un tavolo libero, questo ambiente è troppo sofisticato per noi.

Uscirono da quel giardino con un sospiro di sollievo.

Camminarono in silenzio qualche minuto e poi Arianna disse:

- Andiamo dal Vinaio di Via dell’Orto? Fanno delle schiacciate e delle pizze molto buone.

Sia Nina che Francesca dissero che andava bene.

Arrivarono a un locale piccolino dove c’erano quattro tavoli fuori nella strada. Si sedettero nell’unico tavolo libero che trovarono.

Ordinarono tre birre, un piatto di olive e due pizze da dividere, a un cameriere con le braccia colme di tatuaggi. Nina notò che i loro vicini di tavolo, allegri e chiassosi, erano un po’ stravaganti, alcuni con i capelli rasta, altri con piercing al naso e tatuaggi dappertutto. Poi, guardandosi meglio intorno, si resero conto che tutte le persone che frequentavano quel locale erano dei giovani piuttosto alternativi.

A un certo punto, quando Arianna stava raccontando per filo e per segno come aveva conosciuto il suo ultimo fidanzato, si avvicinò a loro un uomo esile, tra i quaranta e i cinquanta, con una birra in mano e una sigaretta in bocca e disse con un sorriso sarcastico:

- Posso sedermi al vostro tavolo a rompervi i coglioni?

- Scusa, adesso stiamo parlando, sarebbe meglio di no, rispose Francesca con un tono gentile, ma deciso.

L’uomo se ne andò verso un gruppo di ragazzi che si erano raggruppati per sentire la musica che proveniva dal piccolo antro. Forse non fu del tutto contento del rifiuto, ma per fortuna bevendo una birra dopo l’altra, ben presto si dimenticò delle tre donne. Dopo, quando entrarono nel locale per pagare, lo videro un po’ perso e barcollante.

Nel salutarsi si dissero che era stata una serata buffa:

- Siamo passate da un ambiente elegante e raffinato a uno strambo e insolito, ma ci siamo divertite un sacco, disse Nina congedandosi dalle amiche.

Nina arrivò a casa verso mezzanotte, lasciò la bicicletta nell’atrio e salì le scale lentamente.

Appena aprì la porta di casa, il marito, che era seduto sul divano, le domandò come era andata la cena e lei rispose:

- E’ stata una serata bizzarra. Aspetta mi cambio e poi ti racconto.

Andò in camera, si levò le scarpe, si spogliò e si mise la camicia da notte.

Mentre si lavava i denti pensò che il numero tre era un numero perfetto:

Tra tre donne c’è sempre intesa, equilibrio, armonia, comprensione, complicità e tanto affetto, si disse, con la bocca piena di dentifricio, guardandosi alla specchio.


mercoledì 22 luglio 2020

Los pies de Juana

Nunca me han dolido los pies. Tampoco es que en mi vida  haya andado mucho. Me gusta pasear o salir a caminar, para hacer actividad física, pero nunca he exagerado. Sin embargo, después de los cincuenta años, llevando, alguna que otra vez, zapatos ajustados, me han surgido pequeños callos que poco a poco se me han ido curando.


Mi padre en cambio se cuidaba mucho sus pies esbeltos y largos. Calzaba un cuarenta y cinco. Estaba orgulloso de la forma y medida de sus pies, decía que eran bellos, a pesar de que a veces se quejara de las plantillas que tenía que ponerse, porque los tenía planos y a veces le dolían. Eso sólo le ocurría cuando estaba muchas horas seguidas de pie.

Los pies de mi madre eran, según mi mi padre, feos, pequeños y rechonchos. Ella no se los cuidaba, pues nunca había sufrido de dolor de pies. Mis padres eran opuestos en todo, incluso en la temperatura de su cuerpo, él era de pies fríos y ella de pies calientes.

Recuerdo que mi padre  en verano, los sábados por la tarde tomaba un baño, se lavaba, frotaba y se quedaba en remojo en la bañera largo rato, luego se ponía el albornoz, se sentaba en el porche en un taburete y se cortaba las uñas de los pies.
A veces cuando yo pasaba a su lado, arrastrando mis chanclas, él me miraba, levantado la cabeza con los ojos sobre las gafas graduadas y me decía:

- Los dedos de tus pies y los de tu hermana son bonitos como los míos, en cambio los de tu hermano son gruesos y cortos como los de tu madre.

El mueble zapatero que había al lado del cuarto de baño estaba lleno de sus innumerables pares de alpargatas, mocasines, zapatillas, botas, etc. Los demás teníamos nuestros zapatos en un armario del primer piso, cerca de los dormitorios.

Cuando mi padre cumplió ochenta años se dio cuenta de que no conseguía cortarse las uñas de los pies, eran demasiado gruesas, por eso decidió ir cada quince días a que Laura, su podóloga,  se las cortara. A él le gustaba mucho ir paseando al consultorio donde visitaba la especialista, primero iba erguido andando, luego hacia los noventa caminaba apoyándose a su bastón y al final la mujer que se ocupaba de él lo tuvo que acompañar en coche.
La podóloga era una chica joven y amable, que además de cortarle las uñas le arreglaba los dedos artríticos. Con mucho cuidado también le ponía un separador, una pequeña prótesis de silicona, entre el dedo gordo y el segundo.

Hace cuatro años dejé de ir al gimnasio y al atardecer me acostumbré a salir a caminar, a lo largo del río. Por aquel entonces cumplí sesenta años y empecé a notar que los zapatos ceñidos en el empeine y los de tacón alto, me apretaban y si los llevaba mucho tiempo, me dolían los pies; al cabo de varios meses vi que en la parte lateral de mi pie derecho, donde nace el dedo gordo, me iba saliendo un bulto y en el empeine un hinchazón. No sé si tuvieron la culpa los recorridos de dos horas que hacía o era debido a la genética. El caso es que desde aquel entonces  me di cuenta que mis pies se  parecían realmente  a los de mi padre.

Hacía años que no oía la palabra juanete, hasta que un día, Carmen, una de mis amigas que caminaba conmigo, me dijo:
- Déjame ver tu pie, que raro que te duela caminando, quizás te hayan salido juanetes.
- ¿Juanetes?
- Si, cuando el dedo gordo del pie se inclina hacia adentro, en la raíz del dedo sale un bulto o hacia afuera, que es el hueso. Lo sé porque mi marido desde hace tiempo tiene este problema, me explicó con paciencia Carmen.

- ¿Son juanetes? Le pregunté yo mirando mi pie descalzo
- No, aún el hueso sobresale poco, solo tienes un poco de hinchazón, pero podría empeorar si no te cuidas. Si quieres te doy el número del podólogo de mi marido, respondió Carmen.

Mientras escuchaba a Carmen, que seguía contándome todos los pormenores de los juanetes de su marido, se me aparecieron los pies delgados de Juana, una mujer murciana que vivía al lado de la casa donde nací y trascurrí mi infancia y adolescencia.

Juana era alegre y dicharachera. Era viuda y vivía con dos hijos solteros, dos hijas casadas, los dos yernos y cinco nietos. Había llegado al pueblo en 1911, como muchas familias murcianas. Todos ellos eran oriundos de Mazarrón, un pueblo minero, ya desde la época romana, a tres kilómetros de la costa y no muy lejos de Cartagena. Juana tenía once años cuando llegó a Cataluña, era hija y nieta de mineros.

En los montes, en la parte norte de mi pueblo, había yacimientos de hierro. La historia de estas minas de hierro fue breve pero curiosa: de 1911 a 1914 la explotación funcionó gracias a los esfuerzos de una empresa francesa, que construyó un teleférico para transportar el material de la montaña a los barcos. Los buques echaban anclas junto a una plataforma marina donde recogían el hierro para llevárselo.
Cuando las minas fueron abandonadas, los mineros murcianos se quedaron sin trabajo, pero no volvieron a Mazarrón, sino que buscaron empleo en las empresas textiles de la zona o en los campos de regadío, que se extendían entre el mar y los montes.
Juana como todos los murcianos siguió hablando castellano con su familia y sus paisanos, pero rápidamente se integró con la comunidad local. Tenía muy buena relación con la vecinas. Sus hijos y nietos aprendieron enseguida el catalán, a ella le costó mucho más y a menudo mezclaba los dos idiomas. 

Los murcianos fueron como un imán para sus compaisanos, que poco a poco fueron llegando a Cataluña con la esperanza de encontrar trabajo. A finales de los años cincuenta llegó la segunda oleada de emigración, pero esta vez llegaron muchas familias andaluzas y extremeñas.
Los hombres encontraron con facilidad trabajo como albañiles, debido a la gran demanda de mano de obra que había en el sector de la construcción. Por las noche y en los día de fiesta, esos mismos hombres, que de día trabajaban en la obra, iban levantando, en la parte alta del pueblo, a veces sin permiso, sus viviendas humildes. A principios de los años sesenta cerca de las minas abandonadas nació un nuevo barrio.

En verano al atardecer, Juana salía a la calle con una silla y se ponía a desvainar, habas, guisantes, alubias u otras semillas. Iba vestida de negro, con un pañuelo en la cabeza, como todas las mujeres viudas. A veces cantaba haciendo alguna que otra tarea domestica. Luego preparaba la cena para todos y ponía la mesa en el patio, ubicado en el fondo de la casa. Después de cenar salía otra vez a la calle, como todos las vecinas. Se ponían en corro y sentadas en sus sillas charlaban y reían. A media noche llegaban los hombres, que regresaban del café donde iban a jugar a cartas.
Un día una vecina empezó a contarle a la viuda que sus juanetes le hacían la vida imposible.
- ¿Quiénes son los juanetes? Pregunté yo, que estaba sentada cerca de Juana, esperando que mi prima saliera de casa para ir a jugar con otros niños a la plaza de la iglesia.
Mi madre me contestó un poco nerviosa:
- Antes de preguntar piénsatelo dos veces. ¿Qué van a ser los juanetes si duelen?
Uno de los hijos solteros de Juana, que casi nunca salía de casa, porque estaba muy delicado de salud, llamó a la madre. Juana tuvo que entrar en casa y yo me quedé sin saber lo qué eran los dichosos juanetes.
Recuerdo que tras la respuesta de mi madre me quedé un poco chasqueada y no pregunté nada más.

Al día siguiente por la tarde mientras todo el mundo dormía la siesta fui, como casi cada tarde, a casa de los vecinos. Juana nunca se echaba en la cama para dormir la siesta, sin embargo después de comer se sentaba en el patio y daba cabezadas, durmiéndose pocos minutos. Sus nietos y yo jugábamos un rato a parchís y luego le pedíamos que nos contara un cuento murciano.
En todos sus relatos, un poco autobiográficos, un poco inventados, salían: el hambre que pasaban los mineros, la casucha en la que vivían,  los niños enfermos, los desprendimientos de tierra en las minas y los mineros que morían, las brujas buenas y las malas, sin embargo no se olvidaba nunca de contar anécdotas sobre lo mucho que se ayudaban entre ellos, a pesar de la gran misera. También le gustaba hablar de las plantas medicinales que su abuela cultivaba en el huerto para curar a los enfermos de todo el pueblo.

- Médicos médicos no había en mi pueblo, sólo curanderos, nos decía Juana.

Aquella tarde, antes de que siguiera contándonos el relato de cómo su abuela había aprendido a reconocer las plantas curativas, le pregunté:

- Juana, dime qué son los juanetes.
Juana se sacó una zapatilla y me enseñó su pie, luego me indicó el dedo gordo.
- Son unos bultos que salen en el borde externo  y que duelen mucho. Yo a mi edad me voy cuidando los pies para que no me salgan juanetes.
- ¿Y qué haces para que no te salgan? Le pregunté yo sin temer que se enojara, cómo hacía mi madre, cuando le pedía demasiadas cosas.
- Cada día me hago un masaje en los pies, sobre todo en los dedos gordos. Mira te enseño come se hacen, para que cuando seas vieja como yo no te salgan juanetes.

Desde que descubrí el hinchazón en el pie, por la noche, mientras leo o miro la televisión en el sofá, me hago masajes en los pies y sonrío pensando en Juana y en los mineros que en 1911 llegaron a mi pueblo.