Eran las doce de la mañana.
Sara
estaba de pie en
la acera de la calle del colegio donde trabajaba. Dobló el cuerpo hacia adelante y mientras estaba poniendo la llave en la cerradura del candado de su bicicleta, amarrada en un poste, oyó el sonido
del móvil.
Dejó la cadena y
buscó el
teléfono en
su bolsa de mano. Iba
cargada con una mochila llena
de apuntes, libros y el
ordenador portátil. El
teléfono seguía vibrando y ella
impaciente lo iba
buscando entre las mil
cosas metidas en el bolso,
al final dio con él.
- ¿Mamá estás dando clases?
- No, estoy en la calle. ¡Qué sorpresa tu llamada! ¿Pasa algo?
- No, tranquila, sólo quería decirte que han
puesto vuelos
directos de Florencia
a Madrid, uno por semana, salen
y vuelven
sólo
los
jueves.
¿Por qué no venís a
vernos tú
y papá por
Semana Santa?
-
No
me digas, y yo
que
estaba convencida de que en esa época de pandemia el aeropuerto
de Florencia
estaba
cerrado. Me
encantaría ir
a veros,
pero
dejámelo pensar.
¡Tendría
que pedir dos días
de permiso!
Se lo comentaré a tu padre y
luego decidimos,
le dijo Sara
a Alba,
con
una
voz
alegre.
- Me gustaría muchísimo
que viniérais, pensároslo.
Mañana
ya hablaremos, te dejo porque estoy en la
oficina, le dijo Alba
deprisa y corriendo.
Sara
quitó
la cadena de
la bici y se
fue a casa; mientras iba pedaleando, pensó en las palabras
de Alba.
Por
un lado, estaba radiante de alegría, por el otro, temía
que
fuera un
poco complicado viajar en
aquellos
días con tantos contagios.
Al llegar a casa se lo comentó
a Oliviero,
su marido y los dos
decidieron que, si salían
aviones de
Florencia
para Madrid,
irían a ver a su hija.
Sara
volvió a coger la bici y se fue de nuevo a la
escuela para presentar
la solicitud de los
dos
días de permiso que
necesitaba.
Al día siguiente por la noche
hablaron con Alba y le dijeron que iban a ir a verla. Sara se encargó
de sacar los billetes,
pero al hacerlo tuvo
una sorpresa: el
vuelo de ida había sido
cancelado.
- ¿Y ahora que hacemos? Se
dijeron decepcionada Sara y Oliviero.
- Busquemos otros vuelos para
Madrid que salgan de aeropuertos cercanos, le dijo Oli a Sara.
-
¿Estás
seguro de que nos podemos desplazar a otras
regiones, estando
como estamos
confinados? Le
preguntó
Sara
a
su
marido.
-
Consultemos
el web oficial del gobierno italiano, dijo él.
Encendieron el ordenador y
vieron que la página,
dedicada a los viajes
al extranjero, no era muy clara,
ponía
que se podía viajar a
España, pero siempre
siguiendo
las normas que
había en cada
región, en
el momento en que se
emprendía el viaje.
₋ ¿Qué quiere decir eso?
¿Podemos ir o no? Se preguntaron los dos.
Pasaron unos días y cuando ya
estaban decididos a salir de Bologna, confinaron toda la región de
Emilia Romagna, por los muchos
contagios que hubo en
aquellos días.
- ¿Y ahora qué hacemos? Se
preguntó Oli .
- ¿No
sé
si vamos a poder salir
de nuestra región e
ir a otra confinada?
Voy a llamar al aeropuerto de
Bologna, dijo ella
decidida.
Sara
no consiguió hablar
con ningún empleado de la oficina de información del aeropuerto, sin embargo
dejó un mensaje en una
chat y al cabo de unas
horas le contestaron.
Solo
se puede entrar
o
salir de
una región confinada, presentando
una declaración en
la que
se
diga
que ustedes
están
viajando
en
circunstancias de
extrema necesidad.
Sara
y Oli
se miraron
pasmados y decidieron llamar a Alba
para decirle
que sería mejor
postergar
el viaje
a principios de mayo. A Alba
le supo un poco mal, pero entendió que la cosa de
viajar, en aquellos
días por la comunidad europea,
se iba complicando cada
vez más.
Una
mañana de
finales de marzo,
mientras Sara
estaba
dando clases, la llamó su hija para
preguntarle
cuál era
su grupo
sanguíneo,
más
que nada
le interesaba el
grupo Rh.
- Tu grupo es AB Rh
positivo, el de
Ludovico creo que es
negativo, o al revés,
no sé si me confundo.
Después, cuando llegue a casa, te lo voy
a confirmar.
¿Todo bien?
-
No te preocupes mamá, te llamaré esta noche, ahora
no puedo contarte nada, llevo prisa.
De
vez en cuando Sara
iba
pensando
en la
llamada de Alba,
pero las
clases
de
aquel día
la absorbieron
tanto que al
final se
olvidó de ello.
Por la noche les llamaron Alba
y Héctor, su novio.
-
Estamos
esperando un hijo; estoy
embarazada de ocho semanas, por eso queríamos que vinierais
a Madrid, para
decíroslo personalmente.
-
¡Qué
sorpresa y qué
gran alegría! Dijeron
los futuros
abuelos.
-
Por ahora toda marcha bien, pero esta mañana, cuando
te he llamado, mamá, estábamos
en el
hospital,
porque he
sufrido
pérdidas
de
sangre.
La
doctora
me
ha pedido
mi
grupo
Rh y yo no me
acordaba,
por
eso te lo
he preguntado,
dijo
Alba.
-
Hemos tenido un susto muy grande, pero ahora, con
la ecografía, estamos más tranquilos,
dijo Héctor,
muy
emocionado.
Oli
y Sara,
tras
despedirse de ellos, se quedaron unos minutos callados y
luego explotaron
de alegría.
Hablaron
largo
rato del
embarazo
inesperado
y
se acostaron muy
contentos,
pero un
poco excitados
y a
la vez nerviosos.
Aquella
noche Sara
se despertó varias veces, sentía que la nueva criatura, que iba formándose y creciendo
en la matriz de Alba,
era una cosa milagrosa.
Estaban a punto de llegar las
vacaciones de Semana
Santa, Sara y sus alumnos las esperaban en
candeletas.
Florencia
seguía
vacía, ni un turista, ni una
tienda, ni un bar, ni
restaurante
abierto. Los días eran
cálidos,
por eso Sara
y Oli muchas
tardes se fueron a
pasear a
lo largo del rio, a veces solos, otras
con amigos.
El
lunes Santo, por
la tarde,
el ministro de la Sanidad italiana, con un decreto, comunicó
que se podía
viajar por
Europa, saliendo desde
cualquier aeropuerto, aunque
ése
estuviera
en una
zona
confinada.
Pero
al
volver a entrar a Italia,
además de
presentar una prueba molecular negativa, era
obligatorio
guardar
cinco días de cuarentena
y al
final efectuar
de
nuevo un test
molecular.
-
¡Qué
lástima que no
haya
salido antes
ese dichoso
decreto!
Nos han fastidiado el viaje,
ahora ya es imposible
sacar
billetes y hacer la PCR!
Le
dijo
Sara
a Oli,
con
una voz
un poco alterada.
-
Pero mujer, no te agobies, iremos dentro de un mes,
estaremos
más tranquilos y
no habrá
que
guardar
cuarentena
al
volver;
por lo que he entendido la
cuarentena
finaliza el
30 de abril
¿No?
dijo
Oliviero.
-
Tienes
razón, sin
embargo
siento
una fuerza interior que me lleva hacia Alba,
no
sé lo
que me
pasa.
Bueno,
que le vamos a hacer, mi padre me
decía
siempre,
cuando
las cosas
no iban bien:
no
hay
mal que por bien no venga. Seguiré
su
consejo,
dijo
Sara, ya
un
poco más conformada.
En
realidad el dicho que
le gustaba tanto a
su padre
se
cumplió
al día
siguiente, cuando
Ludovico,
su
hijo, les comunicó que iba a llegar, Nuria, su novia, para
pasar las
vacaciones de Semana
Santa con él.
-
¡Qué
bien, entonces podemos comer juntos el día de Pascua! Le
dijo Sara
a Ludovico,
contenta.
El
día de Pascua también
invitaron
a
comer
a Vittorio y a Adriana, sus
cuñados
que vivían en Poppi. Sara hizo
una gran
paella. Oli
preparó pimientos guisados
y alcachofas a la judía, Ludovico y Nuria unos entrantes a base de anchoas. Los
cuñados trajeron pasteles y dos botellas
de vino de
la
comarca.
Durante
la sobre mesa todos
los
comensales
hablaron, rieron y brindaron
con Alba
y Héctor,
a través de una video llamada. Fue
un
día entrañable para
toda
la familia.
Después de las fiestas, los
contagios siguieron aumentando y Sara
tuvo que dar clases on line hasta mitades
de abril, pero poco a poco la situación mejoró y entonces decidieron sacar
los pasajes
de avión
para Madrid. También
tuvieron que reservar los análisis de PCR en
un laboratorio médico cerca de casa.
Luego se
pusieron a rellenar
unos formularios para el gobierno español, pues era necesario poseer
un código
QR, para poder entrar
en España.
Sólo les quedaba reservar las
pruebas antigénicas en Madrid, para hacerlas
el domingo, el día antes del
viaje de vuelta.
El
problema era que en aquellos días había un largo
puente
festivo:
sábado 1 de mayo, domingo 2 de mayo
y lunes 3
de
mayo, que era la fiesta de la comunidad de Madrid. Los primeros laboratorios
de
análisis a los que llamaron estaban cerrados, sin
embargo encontraron
uno que estaba abierto el
domingo. Al reservar
tuvieron que
pagar por adelantado,
pensaron
que
era raro,
pero les daba igual porque finalmente iban a quedarse tranquilos.
-
Ya
lo tenemos
todo listo,
se dijeron marido y mujer.
La
única
pega
del
viaje
fue que la
mayoría de los pasajeros tuvieron
que ocupar los asientos
de
la
cola
del
avión
e
ir apretujados,
a pesar de que la
parte central estuviera vacía.
-
Eso si que es un disparate, en época de pandemia habría
que estar más distanciados, dijo
Oli,
mientras
despegaban.
- Me
parece una locura que
ni siquiera nos
hayan dejado
cambiar de sitio,
dijo Sara.
Llegaron a Madrid
quince minutos antes de lo previsto. Sentados en el asiento posterior de un taxi,
iban mirando por la ventanilla
y asombrándose de lo
activa que era aquella
ciudad: los establecimientos
comerciales estaban
abiertos, había
muchas personas que caminaban por la
calle, por
supuesto llevando mascarilla
y las
terrazas de los bares y restaurantes
estaban llenas de
gente.
Les emocionó abrazar a Alba
y a Héctor y felicitarles por el hijo que estaban esperando. Alba y Héctor
les prepararon
una buena comida a
base de pasta al horno con calabaza y queso.
De
inmediato a
los dos viajeros se les fue el cansancio y se
sintieron muy bien cuidados
y mimados.
Por la tarde, mientras los dos
jóvenes trabajaban de
forma telemática, Sara
y Oliviero fueron a pasear
por los alrededores de
Plaza España, llegando hasta el Palacio Real.
Por
la noche los cuatro se
fueron de tapas a
un restaurante muy acogedor,
pues no tenían mucha hambre. El
dueño era muy campechano.
-Viví
muchos años en Suiza, por
eso hablo un poco
italiano, pues siempre
que podía me escapaba a Italia. Me
encanta la Toscana, el
arte, el paisaje, la gente
y la gastronomía,
les dijo el dueño
entusiasmado.
Al día siguiente conocieron
a sus consuegros, Lola y Sebastián. Les
habían invitado a comer a su casa.
Vivían en un
apartamento muy
grande
y luminoso.
Comieron en un gran
salón lleno de
cuadros, pues a Lola le
gustaba mucho pintar e
iba tapizando las paredes con sus obras artísticas.
Había una mezcla de
muebles antiguos y modernos que daba un aire acogedor a la
vivienda. Sebastián les contó
que le encantaba ir al Rastro o a los mercadillos
de barrio a compar
muebles antiguos,
mientras les
enseñaba
un escritorio de caoba del
siglo diecinueve.
Al cabo de un
rato llegaron el
hermano de Héctor y su mujer, los
dos muy simpáticos, pero siendo un
día laboral sólo se quedaron para la comida, tuvieron
que irse corriendo a la oficina.
La comida fue
deliciosa, los anfitriones
eran buenos cocineros. Sebastián hizo una cazuela andaluza y
Lola un plato delicado
a base de espárragos.
Sara saboreó con placer aquellos platos que
le recordaban su
infancia, hacía años que no sentía aquellos sabores tan genuinos. Pasaron
ratos muy agradables, charlando y riendo, sobre
todo cuando se pusieron a escoger el nombre
que iban a ponerle al futuro bebé.
- Yo le pondría Calixto si es
un niño y Blanca si es una niña, dijo Sara.
- Calixto, qué nombre tan
raro, si se lo ponemos le van a tomar el pelo en la escuela, dijo Héctor.
- Blanca es bien bonito, pero
si sale muy morena van a reírse de ella, dijo Lola.
Sara y Oliviero trascurrieron
días muy amenos callejeando por el centro. También fueron
a visitar los
magníficos salones
del Palacio Real y una
exposición de artes
visuales en el antiguo
edificio de telefónicas. Volvieron a comer con Lola y Sebastián en una terraza de un restaurante del parque del Retiro. Otro día fueron a
comprar regalos, libros y discos y pasearon de nuevo por el parque.
El
día antes de
salir para
Firenze,
a
las diez de la mañana
se
dirigieron al centro
de análisis,
donde
tenían
cita previa.
Alba
y Héctor
los acompañaron en coche
al
barrio de
la Prosperidad,
donde estaba
ubicada la clínica.
Sara,
sentada
en el asiento de atrás,
observaba
las calles vacías y pensaba
en
que la ciudad
todavía
estaba
dormida.
Cuando
llegaron a la calle
de la clínica
buscaron
aparcamiento.
Bajaron
del coche los cuatro
y en
la puerta del
dispensario, una muchacha, les dijo con
un acento
sudamericano:
-
¿Tienen
cita en Centro
Médico de Madrid? Les
aviso que se
ha trasladado
a
la zona de
los Cuatro Caminos,
ustedes
tienen
que ir allá para sus análisis.
- No puede ser, nadie nos ha
avisado, se quejaron Sara y Oli.
-
Yo no sé nada, me han dicho sólo
que
avise a la gente que tiene
cita hoy, además
se les
abonará el taxi,
contestó
la chica con
una voz muy floja y
un poco asustada.
- Aquí hay gato encerrado, no
me fío, pensó Sara,
pero no lo dijo porque no quería dar la culpa a la pobre
chica sudamericana.
- Denos por favor el número
de teléfono del encargado, para que nos explique mejor lo que usted nos
está diciendo ahora,
dijo Héctor,
con tono enérgico, pero educado.
Héctor llamó al número que
le iba dictando la muchacha.
La mujer
que le contestó
fue escueta,
pero al menos se
cercioraron de que aquello no
era un timo y de que
de verdad existía
aquel establecimiento
sanitario.
Llegaron a la calle que les
habían indicado la
chica sudamericana en
veinte minutos, reconocieron el
lugar por la cola larga de
gente que esperaba ante
una puerta de cristales.
Parecía un escena de una
película surrealista,
los pacientes poco
distanciados y medio dormidos esperaban, uno detrás de otro, con
paciencia que llegara su turno para
el
test molecular. Uno
por uno iban entrando
por un pasillo estrecho
en un local pequeño, donde había un mostrador y
dos espacios minúsculos,
en donde
dos enfermeras hacían los test nasales. No
había ventanas, solo una vidriera fija
que daba a la calle.
Entraron para informarse si
tenían que hacer cola.
- No es posible que nadie nos
haya avisado, le dijo Sara a la chica del mostrador.
- Esta mañana les hemos
enviado un correo, les dijo la empleada.
- Ni
hablar, mire mi móvil, aquí
están mis
últimos correos;
éste es el que me
llegó ayer, el
que nos confirma la
cita de hoy en
la otra dirección,
dijo Sara.
- Queremos reclamar, le dijo
Alba, que había entrado con Sara en aquel lugar tan estrecho.
- Perdonen,
nos mudamos ayer y ha habido algunos fallos. No
tienen
que hacer cola, les haremos enseguida
la prueba y les enviaremos el resultado dentro dos horas.
- Bueno, pues a ver si
logramos hacerlo ahora mismo, dijo Sara.
Mientras esperaban Alba le dijo:
- Aquí
dentro sí
que uno puede
contagiarse, parece
más que una clínica un trastero, pero no vale la pena
reclamar, no perdamos tiempo.
Hacia las 11 y media salieron
de aquel dispensario
tan raro y
los cuatro se dirigieron al pantano
de San Martín de
Valdeiglesias, donde
decidieron ir
a pasar el día.
Durante el trayecto
comentaron, los
contratiempos de
aquella mañana y
a un cierto punto Francisco,
el hermano de Sara, llamó a Alba. Alba
puso viva voz, para
que todos pudieran hablar.
- Te felicitamos por el
embarazo, le dijeron Francisco y Cecilia, su mujer.
- Gracias,
estamos muy contentos. Ahora estamos
yendo a pasar el día a
un pantano a unos 70 Km de
Madrid.
- Qué coincidencia, nosotros
hoy
también estamos
de excursión, queremos
llegar al lago de Bañoles.
A Francisco le gustaba mucho
contar anécdotas. Les contó
que el otro día
unos viejos amigos
suyos hicieron el
viaje en tren hacia el
aeropuerto de Barcelona temblando de nervios pues
tenían que salir para
Roma y aún no les
había llegado el resultado del test molecular.
Les llegó pocos minutos antes
de embarcarse.
La llamada de Francisco hizo
que Sara
pensara en los mensajes de su móvil, lo buscó en
su bolso y en seguida se
dio cuenta de que se
lo había olvidado en el
mostrador del dispensario.
- ¡Solo nos faltaba eso se
dijo, qué día que llevamos!
Por suerte Alba
llamó al móvil
perdido y
les contentó la empleada de
la clínica. Les dijo que les iba a
guardar el teléfono hasta el cierre del establecimiento, a las nueve de la tarde.
Pasearon
por los alrededores del
embalse.
A la una salió
el
sol y pudieron sentarse
a orillas
del
lago.
Alba
y Héctor,
antes
de salir,
prepararon
bocadillos con queso y ensalada,
también se
llevaron
almendras, aceitunas, manzanas
y
latas de cerveza sin alcohol.
Pusieron una manta en la
hierba
y se deleitaron comiendo, bebiendo
y charlando.
A
unos cincuenta metros había una familia
con
niños. El padre disfrutaba pescando
con su caña, la
madre, sentada
en una silla plegable,
miraba
ensimismada
el lago,
parecía triste
y
los
niños correteaban
y chillaban, jugando
con un
perrito.
El
sol salía y se escondía detrás de las nubes. Después de comer
recogieron la manta, pusieron
los
desperdicios
en una bolsa de basura y se
fueron andando hacia
la
zona alta.
Allá
arriba vieron dos
o
tres
letreros
de
parcelas
que estaban
en venta y dieron con
una casa abandonada.
- Qué pena, la posición es
fantástica, los ocupas la han destrozado, dijo Héctor.
- Y
que bonita que esa
parcela, con rocas y matorrales, pero yo tendría miedo de hacerme una vivienda
aquí con al lado esa casa abandonada.
- Quizás la vendan en pública
subasta, dijo Héctor.
- ¿Quién sabe que historia
tiene esa casa? dijo Sara
Bajando descubrieron
un chalet moderno, de forma cúbica, con vistas al embalse, que también se vendía.
- Sería maravilloso si
pudiéramos comprarnos
una parcela con vistas
al lago, ahora sería un buen momento
para el mercado inmobiliario, dijo
sonriendo Héctor.
- Ojalá, pero no ahora,
esperemos que nazca e peque y que nos mudemos de piso, dijo Alba.
- Claro,
lo decía por decir, casi soñando, ahora hay que concentrase en el embarazo y en las obras.
Cerca de donde habían
aparcado, una pareja simpática se puso a hablar con ellos desde su jardín:
- Hace años que cada fin de
semana nos venimos al embalse, ya no nos
saca nadie de aquí; nos encanta el silencio, en
invierno hay poca gente, sin embargo en verano se
llena bastante, pero nuestra
parcela está un poco aislada y no
nos llega el ruido de los domingueros, dijo
el hombre
flaco con entusiasmo.
-
Nuestros hijos ya son mayores y viven
por su cuenta, así que venimos los dos solitos.
En Madrid
sólo
trabajamos, ya
no
salimos con los amigos, a ellos
los invitamos
en
verano aquí
a
pasar el día,
les
encanta bañarse en la piscina, dijo la mujer
bajita, un poco menos entusiasmada que el marido.
A media tarde, cuando estaban
a punto de marcharse, les llegó el resultado de los análisis.
- ¡Menos mal! No es que me
fiase mucho de esta clínica, dijo Sara.
- ¡Bueno, una cosa menos,
mamá! Le contestó Alba.
Volvieron a la ciudad hacia
las siete y en seguida fueron a recoger el móvil olvidado.
Luego pasaron
por casa para descansar un rato y aprovecharon
para sacar la tarjeta
de embarque.
- ¡Ahora
que todo está listo,
ya podemos relajarnos! Dijo
Oli a Sara
que era la más sufridora de la
familia.
- Si,
después de todo esos líos
que hemos tenido hoy, ahora me siento mucho
mejor, le dijo
Sara sonriendo.
Sara
sentada en el sofá miraba a Alba
y a Héctor
y sentía una gran ternura hacia ellos, hubiera querido
abrazarlos y comérselos
de besos, pero aquella dichosa pandemia no lo permitía.
Siguió
mirándolos un buen rato, mientras ellos
iban reservando por
teléfono la cena de aquella noche
en un restaurante
vegetariano, cerca de Plaza España, a dos paso de casa. En aquel momento
se sintió muy agradecida y
afortunada.
El último
día amaneció gris.
Por
la mañana fueron a comprar
los últimos regalos
para Ludovico y para
los cuñados de Poppi.
Comieron temprano
en casa y se
despidieron de Alba y
de Héctor
en la calle mientras cargaban las
maletas en el
taxi.
Sara
no se entristeció
pues estaba
convencida de
que las visitas de
los padres a
los hijos deben ser
breves. Recordaba
que cuando sus padres
iban a verles
a Florencia
y se quedaban
más de una semana,
empezaba a estropearse
en encanto del encuentro.
En el viaje de regreso los
pasajeros también iban apretujados en la parte de atrás del avión.
En la zona de desembarque
del
aeropuerto de
Florencia había
dos policías que controlaban
el certificado
de prueba
negativa
al corona virus de los
pasajeros y les iban avisando de
que era
obligatorio
hacer cinco días de cuarentena y otro test antígeno.
- ¿No era hasta el 30 de
abril la cuarentena? Le preguntó Sara a uno de los agentes.
- Lo han alargado hasta el 15
de mayo, señora, tiene que quedarse
atrás, no ve que aquí hay otra persona,
dijo uno
de los policías,
de mala manera.
- ¿Nos pueden decir
exactamente lo que hay que hacer? Les preguntó Oliviero.
- Hay
que registrarse en el centro de Salud, allí en
la ventanilla hay un
cartel con el código, dijo el otro
agente más amable.
Ludovico
los estaba esperando en el aparcamiento. Los acogió sonriendo y
ellos le fueron contando un
poco las peripecias del
viaje.
- No os preocupéis, ahora a
descansar. Si
queréis os llevo directamente a casa ¿O preferís
pasar antes por
la mía? Les preguntó
mientras colocaba
el
equipaje en el maletero.
- Vayamos todos a nuestra casa,
tenemos muchas cosas
en la nevera y pan en el congelador, podemos cenar
los tres
juntos, dijo Sara.
Mientras acababa de
pronunciar aquellas palabras, oyó una voz que decía:
- Profesora, soy Carlota,
una ex alumna suya, ¿Se
acuerda de mí?
Ya la he visto antes en el avión, pero
con la mascarilla y las
gafas no estaba del
todo segura de
que fuera usted,
sin embargo
ahora oyendo su voz, la
he reconocido. ¿Cómo está?
- ¡Qué ilusión que te
acuerdes de mí! Vives en Firenze?
-
No, fui
a estudiar a
Marsella y
ahora trabajo allí como profesora de italiano,
he vuelto
a
Firenze,
haciendo
escala en Madrid,
para el entierro
al
de mi abuela.
- Lo siento mucho, dijo Sara.
- Lo
más importante es que haya
podido llegar a tiempo para
el funeral. Aún
me acuerdo de sus clases,
sobre todo cuando íbamos al laboratorio a observar bichitos al microscopio.
- Aquí
tienes mi número de móvil, no
nos perdamos de vista, me ha gustado mucho hablar contigo,
le dijo Sara.
- Me lo guardo y seguimos en
contacto. Hasta pronto, dijo Carlota entrando en un coche blanco.
Sara
se
coloca
en el asiento de atrás. Está
contenta por los días tan
bonitos que han pasado en Madrid
con Alba y Héctor,
por
haber conocido a Laura
y a Sebastián, por el favor que les hace
ahora
Ludovico llevándolos
a casa y
también por el
encuentro de
Carlota.
Luego ya
en casa se sienta en el
sofá, mira con detenimiento los muebles, los libros y todos los objetos
del salón y piensa
que le gusta su apartamento
y que no le importa tener que estar
encerrada en
casa cinco días.
- ¿Cómo me las voy a
arreglar para dar clases mañana? Se pregunta un poco agobiada.
Oye las voces de Ludovico y
Oli que siguen hablando de Madrid y del viaje.
Ella se va a su estudio. Todo
está en orden y enciende el ordenador.
Antes que nada se
registra en el web
del centro salud, en
seguida recibe un
correo con las instrucciones
de lo que tiene
que hay que
hacer.
Vuelve al salón
y se
esfuerza en no pensar más en el día de mañana. Oli
y Ludovico en la cocina están
preparando una
bandeja con rebanadas de
pan y
tomate, aliñadas con aceite y sal, lonchas
de queso
y jamón y una ensalada de
tomates y pepinos.
Cenan los tres alegres,
contándose anécdotas
e historias de aquellos días.
Ludovico
saca la mesa, luego se
despide de los padres y
se va a su apartamento
que está en
la parte Norte de la
ciudad, cerca del
Parque delle Cascine.
Sara
escribe a la directora de la escuela comunicándole que durante cinco
días sus clases tendrán
que ser
on-line.
La directora le dice que avise
a los alumnos y que no se preocupe, que
todo se puede arreglar.
Sara escribe varios
mensajes y mientras
apaga el ordenador se
siente agotada.
Finalmente deshace la maleta y
se echa en la cama. Oliviero
también arregla su maleta
y se echa a su lado.
- A pesar de todas los
problemas que
hemos tenido, ha sido un viaje precioso,
que no voy a olvidarlo jamás,
le dice
Sara a
su marido.
- Para no olvidarlo ¿Lo vas
a escribir?
- Quizás mañana empiece el
relato.
- ¿Y cuál va a ser el
título? Le pregunta Oli.
- Peripecias de un viaje
durante la pandemia.