giovedì 27 maggio 2021

Peripecias de un viaje durante la pandemia

 


Eran las doce de la mañana. Sara estaba de pie en la acera de la calle del colegio donde trabajaba. Dobló el cuerpo hacia adelante y mientras estaba  poniendo la llave en la cerradura del candado de su bicicleta, amarrada en un poste, oyó el sonido del móvil.

Dejó la cadena y buscó el teléfono en su bolsa de mano. Iba cargada con una mochila llena de apuntes, libros y el ordenador portátil. El teléfono seguía vibrando y ella impaciente lo iba buscando entre las mil cosas metidas en el bolso, al final dio con él.

- ¿Mamá estás dando clases?

- No, estoy en la calle. ¡Qué sorpresa tu llamada! ¿Pasa algo?

- No, tranquila, sólo quería decirte que han puesto vuelos directos de Florencia a Madrid, uno por semana, salen y vuelven sólo los jueves. ¿Por qué no venís a vernos tú y papá por Semana Santa?

- No me digas, y yo que estaba convencida de que en esa época de pandemia el aeropuerto de Florencia estaba cerrado. Me encantaría ir a veros, pero dejámelo pensar. ¡Tendría que pedir dos días de permiso! Se lo comentaré a tu padre y luego decidimos, le dijo Sara a Alba, con una voz alegre.

- Me gustaría muchísimo que viniérais, pensároslo. Mañana ya hablaremos, te dejo porque estoy en la oficina, le dijo Alba deprisa y corriendo.

Sara quitó la cadena de la bici y se fue a casa; mientras iba pedaleando, pensó en las palabras de Alba. Por un lado, estaba radiante de alegría, por el otro, temía que fuera un poco complicado viajar en aquellos días con tantos contagios.

Al llegar a casa se lo comentó a Oliviero, su marido y los dos decidieron que, si salían aviones de Florencia para Madrid, irían a ver a su hija. Sara volvió a coger la bici y se fue de nuevo a la escuela para presentar la solicitud de los dos días de permiso que necesitaba.

Al día siguiente por la noche hablaron con Alba y le dijeron que iban a ir a verla. Sara se encargó de sacar los billetes, pero al hacerlo tuvo una sorpresa: el vuelo de ida había sido cancelado.

- ¿Y ahora que hacemos? Se dijeron decepcionada Sara y Oliviero.

- Busquemos otros vuelos para Madrid que salgan de aeropuertos cercanos, le dijo Oli a Sara.

- ¿Estás seguro de que nos podemos desplazar a otras regiones, estando como estamos confinados? Le preguntó Sara a su marido.

- Consultemos el web oficial del gobierno italiano, dijo él.

Encendieron el ordenador y vieron que la página, dedicada a los viajes al extranjero, no era muy clara, ponía que se podía viajar a España, pero siempre siguiendo las normas que había en cada región, en el momento en que se emprendía el viaje.

₋ ¿Qué quiere decir eso? ¿Podemos ir o no? Se preguntaron los dos.

Pasaron unos días y cuando ya estaban decididos a salir de Bologna, confinaron toda la región de Emilia Romagna, por los muchos contagios que hubo en aquellos días.

- ¿Y ahora qué hacemos? Se preguntó Oli .

- ¿No sé si vamos a poder salir de nuestra región e ir a otra confinada? Voy a llamar al aeropuerto de Bologna, dijo ella decidida.

Sara no consiguió hablar con ningún empleado de la oficina de información del aeropuerto, sin embargo dejó un mensaje en una chat y al cabo de unas horas le contestaron.

Solo se puede entrar o salir de una región confinada, presentando una declaración en la que se diga que ustedes están viajando en circunstancias de extrema necesidad.

Sara y Oli se miraron pasmados y decidieron llamar a Alba para decirle que sería mejor postergar el viaje a principios de mayo. A Alba le supo un poco mal, pero entendió que la cosa de viajar, en aquellos días por la comunidad europea, se iba complicando cada vez más.

Una mañana de finales de marzo, mientras Sara estaba dando clases, la llamó su hija para preguntarle cuál era su grupo sanguíneo, más que nada le interesaba el grupo Rh.

- Tu grupo es AB Rh positivo, el de Ludovico creo que es negativo, o al revés, no sé si me confundo. Después, cuando llegue a casa, te lo voy a confirmar. ¿Todo bien?

- No te preocupes mamá, te llamaré esta noche, ahora no puedo contarte nada, llevo prisa.

De vez en cuando Sara iba pensando en la llamada de Alba, pero las clases de aquel día la absorbieron tanto que al final se olvidó de ello.

Por la noche les llamaron Alba y Héctor, su novio.

- Estamos esperando un hijo; estoy embarazada de ocho semanas, por eso queríamos que vinierais a Madrid, para decíroslo personalmente.

- ¡Qué sorpresa y qué gran alegría! Dijeron los futuros abuelos.

- Por ahora toda marcha bien, pero esta mañana, cuando te he llamado, mamá, estábamos en el hospital, porque  he sufrido pérdidas de sangre. La doctora me ha pedido mi grupo Rh y yo no me acordaba, por eso te lo he preguntado, dijo Alba.

- Hemos tenido un susto muy grande, pero ahora, con la ecografía, estamos más tranquilos, dijo Héctor, muy emocionado.

Oli y Sara, tras despedirse de ellos, se quedaron unos minutos callados y luego explotaron de alegría. Hablaron largo rato del embarazo inesperado y se acostaron muy contentos, pero un poco excitados y a la vez nerviosos.

Aquella noche Sara se despertó varias veces, sentía que la nueva criatura, que iba formándose y creciendo en la matriz de Alba, era una cosa milagrosa.

Estaban a punto de llegar las vacaciones de Semana Santa, Sara y sus alumnos las esperaban en candeletas.

Florencia seguía vacía, ni un turista, ni una tienda, ni un bar, ni restaurante abierto. Los días eran cálidos, por eso Sara y Oli muchas tardes se fueron a pasear a lo largo del rio, a veces solos, otras con amigos.

El lunes Santo, por la tarde, el ministro de la Sanidad italiana, con un decreto, comunicó que se podía viajar por Europa, saliendo desde cualquier aeropuerto, aunque ése estuviera en una zona confinada. Pero al volver a entrar a Italia, además de presentar una prueba molecular negativa, era obligatorio guardar cinco días de cuarentena y al final efectuar de nuevo un test molecular.

- ¡Qué lástima que no haya salido antes ese dichoso decreto! Nos han fastidiado el viaje, ahora ya es imposible sacar billetes y hacer la PCR! Le dijo Sara a Oli, con una voz un poco alterada.

- Pero mujer, no te agobies, iremos dentro de un mes, estaremos más tranquilos y no habrá que guardar cuarentena al volver; por lo que he entendido la cuarentena finaliza el 30 de abril ¿No? dijo Oliviero.

- Tienes razón, sin embargo siento una fuerza interior que me lleva hacia Alba, no sé lo que me pasa. Bueno, que le vamos a hacer, mi padre me decía siempre, cuando las cosas no iban bien: no hay mal que por bien no venga. Seguiré su consejo, dijo Sara, ya un poco más conformada.

En realidad el dicho que le gustaba tanto a su padre se cumplió al día siguiente, cuando Ludovico, su hijo, les comunicó que  iba a llegar, Nuria, su novia, para pasar las vacaciones de Semana Santa con él.

- ¡Qué bien, entonces podemos comer juntos el día de Pascua! Le dijo SaraLudovico, contenta.

El día de Pascua también invitaron a comer a Vittorio y a Adriana, sus cuñados que vivían en Poppi. Sara hizo una gran paella. Oli preparó pimientos guisados y alcachofas a la judía, Ludovico y Nuria unos entrantes a base de anchoas. Los cuñados trajeron pasteles y dos botellas de vino de la comarca. Durante la sobre mesa todos los comensales hablaron, rieron y brindaron con Alba y Héctor, a través de una video llamada. Fue un día entrañable para toda la familia.

Después de las fiestas, los contagios siguieron aumentando y Sara tuvo que dar clases on line hasta mitades de abril, pero poco a poco la situación mejoró y entonces decidieron sacar los pasajes de avión para Madrid. También tuvieron que reservar los análisis de PCR en un laboratorio médico cerca de casa. Luego se pusieron a rellenar unos formularios para el gobierno español, pues era necesario poseer un código QR, para poder entrar en España.

Sólo les quedaba reservar las pruebas antigénicas en Madrid, para hacerlas el domingo, el día antes del viaje de vuelta.

El problema era que en aquellos días había un largo puente festivo: sábado 1 de mayo, domingo 2 de mayo y lunes 3 de mayo, que era la fiesta de la comunidad de Madrid. Los primeros laboratorios de análisis  a los que llamaron estaban cerrados, sin embargo  encontraron uno que estaba abierto el domingo. Al reservar tuvieron que pagar por adelantado, pensaron que era raro, pero les daba igual porque  finalmente iban a quedarse tranquilos.

- Ya lo tenemos todo listo, se dijeron marido y mujer.

La única pega del viaje fue que la mayoría de los pasajeros tuvieron que ocupar los asientos de la cola del avión e ir apretujados, a pesar de que la parte central estuviera vacía.

- Eso si que es un disparate, en época de pandemia habría que estar más distanciados, dijo Oli, mientras despegaban.

- Me parece una locura que ni siquiera nos hayan dejado cambiar de sitio, dijo Sara.

Llegaron a Madrid quince minutos antes de lo previsto. Sentados en el asiento posterior de un taxi, iban mirando por la ventanilla y asombrándose de lo activa que era aquella ciudad: los establecimientos comerciales estaban abiertos, había muchas personas que caminaban por la calle, por supuesto llevando mascarilla y las terrazas de los bares y restaurantes estaban llenas de gente.

Les emocionó abrazar a Alba y a Héctor y felicitarles por el hijo que estaban esperando. Alba y Héctor les prepararon una buena comida a base de pasta al horno con calabaza y queso. De inmediato a los dos viajeros se les fue el cansancio y se sintieron muy bien cuidados y mimados.

Por la tarde, mientras los dos jóvenes trabajaban de forma telemática, Sara y Oliviero fueron a pasear por los alrededores de Plaza España, llegando hasta el Palacio Real.

Por la noche los cuatro se fueron de tapas a un restaurante muy acogedor, pues no tenían mucha hambre. El dueño era muy campechano.

-Viví muchos años en Suiza, por eso hablo un poco italiano, pues siempre que podía me escapaba a Italia. Me encanta la Toscana, el arte, el paisaje, la gente y la gastronomía, les dijo el dueño entusiasmado.

Al día siguiente conocieron a sus consuegros, Lola y Sebastián. Les habían invitado a comer a su casa. Vivían en un apartamento muy grande y luminoso. Comieron en un gran salón lleno de cuadros, pues a Lola le gustaba mucho pintar e iba tapizando las paredes con sus obras artísticas. Había una mezcla de muebles antiguos y modernos que daba un aire acogedor a la vivienda. Sebastián les contó que le encantaba ir al Rastro o a los mercadillos de barrio a compar muebles antiguos, mientras les enseñaba un escritorio de caoba del siglo diecinueve.

Al cabo de un rato llegaron el hermano de Héctor y su mujer, los dos muy simpáticos, pero siendo un día laboral sólo se quedaron para la comida, tuvieron que irse corriendo a la oficina.

La comida fue deliciosa, los anfitriones eran buenos cocineros. Sebastián hizo una cazuela andaluza y Lola un plato delicado a base de espárragos. Sara saboreó con placer aquellos platos que le recordaban su infancia, hacía años que no sentía aquellos sabores tan genuinos. Pasaron ratos muy agradables, charlando y riendo, sobre todo cuando se pusieron a escoger el nombre que iban a ponerle al futuro bebé.

- Yo le pondría Calixto si es un niño y Blanca si es una niña, dijo Sara.

- Calixto, qué nombre tan raro, si se lo ponemos le van a tomar el pelo en la escuela, dijo Héctor.

- Blanca es bien bonito, pero si sale  muy morena van a reírse de ella, dijo Lola.

Sara y Oliviero trascurrieron días muy amenos callejeando por el centro. También fueron a visitar los magníficos salones del Palacio Real y una exposición de artes visuales en el antiguo edificio de telefónicas. Volvieron a comer con Lola y Sebastián en una terraza de un restaurante del parque del Retiro. Otro día fueron a comprar regalos, libros y discos y pasearon de nuevo por el parque.

El día antes de salir para Firenze, a las diez de la mañana se dirigieron al centro de análisis, donde tenían cita previa. Alba y Héctor los acompañaron en coche al barrio de la Prosperidad, donde estaba ubicada la clínica. Sara, sentada en el asiento de atrás, observaba las calles vacías y pensaba en que la ciudad todavía estaba dormida.

Cuando llegaron a la calle de la clínica buscaron aparcamiento. Bajaron del coche los cuatro y en la puerta del dispensario, una muchacha, les dijo con un acento sudamericano:

- ¿Tienen cita en Centro Médico de Madrid? Les aviso que se ha trasladado a la zona de los Cuatro Caminos, ustedes tienen que ir allá para sus análisis.

- No puede ser, nadie nos ha avisado, se quejaron Sara y Oli.

- Yo no sé nada, me han dicho sólo que avise a la gente que tiene cita hoy, además se les abonará el taxi, contestó la chica con una voz muy floja y un poco asustada.

- Aquí hay gato encerrado, no me fío, pensó Sara, pero no lo dijo porque no quería dar la culpa a la pobre chica sudamericana.

- Denos por favor el número de teléfono del encargado, para que nos explique mejor lo que usted nos está diciendo ahora, dijo Héctor, con tono enérgico, pero educado.

Héctor llamó al número que le iba dictando la muchacha.

La mujer que le contestó fue escueta, pero al menos se cercioraron de que aquello no era un timo y de que de verdad existía aquel establecimiento sanitario.

Llegaron a la calle que les habían indicado la chica sudamericana en veinte minutos, reconocieron el lugar por la cola larga de gente que esperaba ante una puerta de cristales.

Parecía un escena de una película surrealista, los pacientes poco distanciados y medio dormidos esperaban, uno detrás de otro, con paciencia que llegara su turno para el test molecular. Uno por uno iban entrando por un pasillo estrecho en un local pequeño, donde había un mostrador y dos espacios minúsculos, en donde dos enfermeras hacían los test nasales. No había ventanas, solo una vidriera fija que daba a la calle.

Entraron para informarse si tenían que hacer cola.

- No es posible que nadie nos haya avisado, le dijo Sara a la chica del mostrador.

- Esta mañana les hemos enviado un correo, les dijo la empleada.

- Ni hablar, mire mi móvil, aquí están mis últimos correos; éste es el que me llegó ayer, el que nos confirma la cita de hoy en la otra dirección, dijo Sara.

- Queremos reclamar, le dijo Alba, que había entrado con Sara en aquel lugar tan estrecho.

- Perdonen, nos mudamos ayer y ha habido algunos fallos. No tienen que hacer cola, les haremos enseguida la prueba y les enviaremos el resultado dentro dos horas.

- Bueno, pues a ver si logramos hacerlo ahora mismo, dijo Sara.

Mientras esperaban Alba le dijo:

- Aquí dentro sí que uno puede contagiarse, parece más que una clínica un trastero, pero no vale la pena reclamar, no perdamos tiempo.

Hacia las 11 y media salieron de aquel dispensario tan raro y los cuatro se dirigieron al pantano de San Martín de Valdeiglesias, donde decidieron ir a pasar el día.

Durante el trayecto comentaron, los contratiempos de aquella mañana y a un cierto punto Francisco, el hermano de Sara, llamó a Alba. Alba puso viva voz, para que todos pudieran hablar.

- Te felicitamos por el embarazo, le dijeron Francisco y Cecilia, su mujer.

- Gracias, estamos muy contentos. Ahora estamos yendo a pasar el día a un pantano a unos 70 Km de Madrid.

- Qué coincidencia, nosotros hoy también estamos de excursión, queremos llegar al lago de Bañoles.

A Francisco le gustaba mucho contar anécdotas. Les contó que el otro día unos viejos amigos suyos hicieron el viaje en tren hacia el aeropuerto de Barcelona temblando de nervios pues tenían que salir para Roma y aún no les había llegado el resultado del test molecular. Les llegó pocos minutos antes de embarcarse.

La llamada de Francisco hizo que Sara pensara en los mensajes de su móvil, lo buscó en su bolso y en seguida se dio cuenta de que se lo había olvidado en el mostrador del dispensario.

- ¡Solo nos faltaba eso se dijo, qué día que llevamos!

Por suerte Alba llamó al móvil perdido y les contentó la empleada de la clínica. Les dijo que les iba a guardar el teléfono hasta el cierre del establecimiento, a las nueve de la tarde.

Pasearon por los alrededores del embalse. A la una salió el sol y pudieron sentarse a orillas del lago. Alba y Héctor, antes de salir, prepararon bocadillos con queso y ensalada, también se llevaron almendras, aceitunas, manzanas y latas de cerveza sin alcohol. Pusieron una manta en la hierba y se deleitaron comiendo, bebiendo y charlando. A unos cincuenta metros había una familia con niños. El padre disfrutaba pescando con su caña, la madre, sentada en una silla plegable, miraba ensimismada el lago, parecía triste y los niños correteaban y chillaban, jugando con un perrito.

El sol salía y se escondía detrás de las nubes. Después de comer recogieron la manta, pusieron los desperdicios en una bolsa de basura y se fueron andando hacia la zona alta. Allá arriba vieron dos o tres letreros de parcelas que estaban en venta y dieron con una casa abandonada.

- Qué pena, la posición es fantástica, los ocupas la han destrozado, dijo Héctor.

- Y que bonita que esa parcela, con rocas y matorrales, pero yo tendría miedo de hacerme una vivienda aquí con al lado esa casa abandonada.

- Quizás la vendan en pública subasta, dijo Héctor.

- ¿Quién sabe que historia tiene esa casa? dijo Sara

Bajando descubrieron un chalet moderno, de forma cúbica, con vistas al embalse, que también se vendía.

- Sería maravilloso si pudiéramos comprarnos una parcela con vistas al lago, ahora sería un buen momento para el mercado inmobiliario, dijo sonriendo Héctor.

- Ojalá, pero no ahora, esperemos que nazca e peque y que nos mudemos de piso, dijo Alba.

- Claro, lo decía por decir, casi soñando, ahora hay que concentrase en el embarazo y en las obras.

Cerca de donde habían aparcado, una pareja simpática se puso a hablar con ellos desde su jardín:

- Hace años que cada fin de semana nos venimos al embalse, ya no nos saca nadie de aquí; nos encanta el silencio, en invierno hay poca gente, sin embargo en verano se llena bastante, pero nuestra parcela está un poco aislada y no nos llega el ruido de los domingueros, dijo el hombre flaco con entusiasmo.

- Nuestros hijos ya son mayores y viven por su cuenta, así que venimos los dos solitos. En Madrid sólo trabajamos, ya no salimos con los amigos, a ellos los invitamos en verano aquí a pasar el día, les encanta bañarse en la piscina, dijo la mujer bajita, un poco menos entusiasmada que el marido.

A media tarde, cuando estaban a punto de marcharse, les llegó el resultado de los análisis.

- ¡Menos mal! No es que me fiase mucho de esta clínica, dijo Sara.

- ¡Bueno, una cosa menos, mamá! Le contestó Alba.

Volvieron a la ciudad hacia las siete y en seguida fueron a recoger el móvil olvidado.

Luego pasaron por casa para descansar un rato y aprovecharon para sacar la tarjeta de embarque.

- ¡Ahora que todo está listo, ya podemos relajarnos! Dijo Oli a Sara que era la más sufridora de la familia.

- Si, después de todo esos líos que hemos tenido hoy, ahora me siento mucho mejor, le dijo Sara sonriendo.

Sara sentada en el sofá miraba a Alba y a Héctor y sentía una gran ternura hacia ellos, hubiera querido abrazarlos y comérselos de besos, pero aquella dichosa pandemia no lo permitía.

Siguió mirándolos un buen rato, mientras ellos iban reservando por teléfono la cena de aquella noche en un restaurante vegetariano, cerca de Plaza España, a dos paso de casa. En aquel momento se sintió muy agradecida y afortunada.

El último día amaneció gris. Por la mañana fueron a comprar los últimos regalos para Ludovico y para los cuñados de Poppi.

Comieron temprano en casa y se despidieron de Alba y de Héctor en la calle mientras cargaban las maletas en el taxi.

Sara no se entristeció pues estaba convencida de que las visitas de los padres a los hijos deben ser breves. Recordaba que cuando sus padres iban a verles a Florencia y se quedaban más de una semana, empezaba a estropearse en encanto del encuentro.

En el viaje de regreso los pasajeros también iban apretujados en la parte de atrás del avión.

En la zona de desembarque del aeropuerto de Florencia había dos policías que controlaban el certificado de prueba negativa al corona virus de los pasajeros y les iban avisando de que era obligatorio hacer cinco días de cuarentena y otro test antígeno.

- ¿No era hasta el 30 de abril la cuarentena? Le preguntó Sara a uno de los agentes.

- Lo han alargado hasta el 15 de mayo, señora, tiene que quedarse atrás, no ve que aquí hay otra persona, dijo uno de los policías, de mala manera.

- ¿Nos pueden decir exactamente lo que hay que hacer? Les preguntó Oliviero.

- Hay que registrarse en el centro de Salud, allí en la ventanilla hay un cartel con el código, dijo el otro agente más amable.

Ludovico los estaba esperando en el aparcamiento. Los acogió sonriendo y ellos le fueron contando un poco las peripecias del viaje.

- No os preocupéis, ahora a descansar. Si queréis os llevo directamente a casa ¿O preferís pasar antes por la mía? Les preguntó mientras colocaba el equipaje en el maletero.

- Vayamos todos a nuestra casa, tenemos muchas cosas en la nevera y pan en el congelador, podemos cenar los tres juntos, dijo Sara.

Mientras acababa de pronunciar aquellas palabras, oyó una voz que decía:

- Profesora, soy Carlota, una ex alumna suya, ¿Se acuerda de mí? Ya la he visto antes en el avión, pero con la mascarilla y las gafas no estaba del todo segura de que fuera usted, sin embargo ahora oyendo su voz, la he reconocido. ¿Cómo está?

- ¡Qué ilusión que te acuerdes de mí! Vives en Firenze?

- No, fui a estudiar a Marsella y ahora trabajo allí como profesora de italiano, he vuelto a Firenze, haciendo escala en Madrid, para el entierro al de mi abuela.

- Lo siento mucho, dijo Sara.

- Lo más importante es que haya podido llegar a tiempo para el funeral. Aún me acuerdo de sus clases, sobre todo cuando íbamos al laboratorio a observar bichitos al microscopio.

- Aquí tienes mi número de móvil, no nos perdamos de vista, me ha gustado mucho hablar contigo, le dijo Sara.

- Me lo guardo y seguimos en contacto. Hasta pronto, dijo Carlota entrando en un coche blanco.

Sara se coloca en el asiento de atrás. Está contenta por los días tan bonitos que han pasado en Madrid con Alba y Héctor, por haber conocido a Laura y a Sebastián, por el favor que les hace ahora Ludovico llevándolos a casa y también por el encuentro de Carlota.

Luego ya en casa se sienta en el sofá, mira con detenimiento los muebles, los libros y todos los objetos del salón y piensa que le gusta su apartamento y que no le importa tener que estar encerrada en casa cinco días.

- ¿Cómo me las voy a arreglar para dar clases mañana? Se pregunta un poco agobiada.

Oye las voces de Ludovico y Oli que siguen hablando de Madrid y del viaje.

Ella se va a su estudio. Todo está en orden y enciende el ordenador.

Antes que nada se registra en el web del centro salud, en seguida recibe un correo con las instrucciones de lo que tiene que hay que hacer.

Vuelve al salón y se esfuerza en no pensar más en el día de mañana. Oli y Ludovico en la cocina están preparando una bandeja con rebanadas de pan y tomate, aliñadas con aceite y sal, lonchas de queso y jamón y una ensalada de tomates y pepinos.

Cenan los tres alegres, contándose anécdotas e historias de aquellos días.

Ludovico saca la mesa, luego se despide de los padres y se va a su apartamento que está en la parte Norte de la ciudad, cerca del Parque delle Cascine.

Sara escribe a la directora de la escuela comunicándole que durante cinco días sus clases tendrán que ser on-line.

La directora le dice que avise a los alumnos y que no se preocupe, que todo se puede arreglar. Sara escribe varios mensajes y  mientras apaga el ordenador se siente agotada.

Finalmente deshace la maleta y se echa en la cama. Oliviero también arregla su maleta y se echa a su lado.

- A pesar de todas los problemas que hemos tenido, ha sido un viaje precioso, que no voy a olvidarlo jamás, le dice Sara a su marido.

- Para no olvidarlo ¿Lo vas a escribir?

- Quizás mañana empiece el relato.

- ¿Y cuál va a ser el título? Le pregunta Oli.

- Peripecias de un viaje durante la pandemia.










sabato 24 aprile 2021

Ataque de gota

 


Caminaba por un sendero que llevaba a no se donde, quizás a una playa, veía a lo lejos dunas onduladas cubiertas de vegetación. El camino estaba lleno de arena.

Me senté para descansar, me pareció que hacía mucho rato que estaba andando. Saqué de mi mochila un lápiz y un pequeño cuaderno y empecé a escribir: Desde que él tuvo un ataque de gota… Y … en aquel momento me desperté. 

Miré la luz tenue que entraba por las rendijas de la persiana y luego  me fijé en los números brillantes del despertador. Me asombré por la poca claridad que había, siendo las ocho y media de la mañana.

Ya que era domingo pude recrearme mientras desayunaba, escuchando la radio y leyendo el periódico del día anterior. Tomé una taza de té y luego otra, pensando en aquel sueño tan raro, no me lo podía sacar de la cabeza.

- ¿Qué es exactamente la gota? ¿Quién era el hombre que sufría de gota? Me pregunté.

El cielo estuvo nublado todo el día, por la tarde se puso a llover y no salimos de casa para nada. Después de comer fui a mi cuarto-estudio, conecté el ordenador y me puse a buscar noticias sobre la gota:

La gota es un tipo de artritis. Ocurre cuando el ácido úrico se acumula en la sangre y causa inflamación en las articulaciones. La causa exacta se desconoce. La gota puede ser hereditaria. El problema es más común en los varones, las mujeres posmenopáusicas, los obeso, los que beben alcohol y los que consuman gran cantidad de carne roja o bebidas azucaradas. A medida que las personas envejecen, es más probable que aparezca la gota.

Luego escribí en mi cuaderno rojo lo que había soñado y lo que había encontrado de la gota. 

La semana fue un poco ajetreada y me olvidé del sueño y del cuaderno rojo, sin embargo al cabo de unos días pensé de nuevo en la historia del hombre de la gota y busqué  mis apuntes.

Era una mañana en la que había dado clases on-line a mis alumnos. Hacía semanas que había muchos contagios de Covid en la ciudad, por eso las escuelas estaban cerradas.

Durante la larga sobremesa, charlamos mi marido y yo con nuestro hijo treintañero, que aquel día vino a vernos y que se quedó a comer. Cuando se fue, me puse a leer cerca de la ventana de la cocina, donde por la tarde toca el sol.

Estaba un poco cansada y me apetecía sumergirme en la novela de la escritora colombiana que me había aconsejado mi hija, me encanta que leamos las dos el mismo libro, ella en Madrid y yo en Firenze.

Me gustaba la historia enrevesada de  las tres primas que habían huido de Barranquilla, la ciudad colombiana donde habían nacido. Huían sobre todo de un ambiente burgués y machista, para instalarse en París donde iban a ser más libres, pero más pobres. También me atraía la vida real de la escritora que había fallecido viente años atrás en Francia. El relato parecía muy autobiográfica. Las hijas de la escritora habían decidido publicar la novela, que la madre justo antes de morir  había terminado, pero que no pudo corregir a causa de su enfermedad. Era su segunda y gran novela.

A las cuatro me puse a preparar clases para el día siguiente, sin embargo aquella tarde terminé pronto.

- Con las alcachofas y los pimientos que ha preparado él, ya tenemos la cena lista. Ahora me puedo dedicar a mis cosas, me dije a mi misma satisfecha.

Tomé el cuaderno rojo y leí de nuevo los apuntes del sueño y de la gota.

Cerré los ojos y recordé la historia que me había contado mi amiga Ana, la de Luisa, su hermana y de Mauricio. En seguida me puse a escribirla. 

Mauricio es un hombre rechoncho, ni guapo ni feo, casi calvo, de mirada un poco triste, lleva gafas graduadas, que se ajusta cada dos por tres, casi como si fuera un tic. Lleva siempre ropa de estar por casa, un jersey de lana beige y unos pantalones de pana marrones y unas zapatillas cálidas de cuadros rojos y negros.

A Mauricio, le gusta mucho cocinar y sobre todo comer. Vive solo y desde que se jubiló su mayor afición es ir al mercado y preparar recetas elaboradas a base de carne.

- ¡Cuanto más tiempo se necesite para guisar un plato mejor! Se repite así mismo cada vez que se pone a preparar guisos nuevos. 

Su cocina está muy equipada y ordenada y en ella ha colgado una serie de delantales de  gran cocinero. Lleva siempre uno distinto, uno para cada ocasión.

Los lunes, miércoles y viernes va a pasear por los tenderetes del mercado. En las paradas de fruta y verdura compra poca cosa, en cambio suele coger muchos embutidos y carne de todo tipo. Le encanta la carne, pero se fía sólo de Ernesto, su carnicero de toda la vida. Allí compra carne picada, solomillo de ternera y chuletas de cordero y de cerdo para sus asados y estufados. A Ernesto también le gusta mucho guisar y le va proponiendo nuevas recetas.

Poco a poco se ha vuelto un experto enólogo, en el trastero ha montado una bodega llena de botellas selectas.

Mauricio era contable en una fábrica de géneros de punto. Se quedó viudo a los sesenta años. Al no tener hijos y pocos amigos, sin darse cuenta fue saliendo menos de casa.  Se volvió cada vez más huraño, sólo le gustaba hablar con Luisa, una de sus antiguas compañeras de la oficina.

Luisa tenía una vida un poco complicada, su madre invalida y deprimida crónica, vivía con ella y con su hija adolescente, que estaba pasando una época mala. La chica era un poco rebelde.

Luisa estaba separada. Su ex marido era un canta mañanas al que ella aún quería y por eso lo mantenía y le daba cobijo cada vez que él se metía en un lío.

Mauricio, con el dinero que cobró al jubilarse, reformó la cocina y compró dos congeladores para guardar los guisados que preparaba y las piezas enteras de carne que compraba cada semana.

Luisa, para Mauricio era como una hermana, él la apreciaba mucho, quizás en el fondo estuviera un poco enamorado de ella, sin embargo nunca le dijo nada.

El primer y el tercer domingo de cada mes Mauricio invitaba a Luisa a comer, también a Ana, su  hermana  y a Francisco, el marido de Ana.

Luisa no hubiera ido jamás a comer a casa de Mauricio, si no hubiera invitado también a su hermana y a su cuñado. Cuando iba se sentía a su aire y se olvidaba de sus penas.

Mauricio ponía la mesa con esmero y servía los manjares apetitosos con mucha parsimonia y elegancia.

- Hay que saborear cada plato sin prisas, dejando al menos media hora entre un plato y el otro, para dedicarle a cada uno todos nuestros sentidos, vista, olfato, gusto, tacto y el oído para escuchar a los amigos, decía Mauricio a los comensales sonriendo.

Mauricio escogía la botella de vino para cada manjar y lo servía en copas de cristal. Los cuatro charlaban alegres comiendo y sobre todo entre plato y plato; a  menudo permanecían sentados en la mesa hasta el atardecer. A veces  Mauricio cogía la guitarra y les tocaba una canción. 

Luisa y Ana traían  los postres, pasteles de la mejor pastelería de la ciudad; además  cada domingo le regalaban a Mauricio un ramo de flores o una maceta con una planta grasa para el patio.

Antes de despedirse los tres ayudaban al anfitrión a sacar la mesa y a cargar el lavavajillas. También lavaban a mano las copas de cristal para que no se rompieran.

Hacía más de diez años que nadie fallaba a la cita de los domingos. Hasta que un día Mauricio tuvo un ataque de gota y el médico le prohibió comer carne roja. Le recomendó un dieta a base de fruta, verdura, cereales y legumbres, con un poco de carne blanca y pescado.

Mauricio llamó a Luisa y le contó lo mal que estaba y los pormenores de la dieta que tenía que hacer. Luisa que se había encariñado con él le dijo:

- No podemos perder nuestra cita dominical, me encantan tus comidas suculentas…. Te quiero proponer una cosa. Ahora que mi madre está ingresada en una residencia geriátrica, tengo más tiempo y quiero que vengas cada día a comer a mi casa. Mi hija se apaña en la cafetería del Instituto. De verdad me encantaría que vinieras. Me pongo triste, sentada en la mesa comiendo sola. Yo te prepararé platos saludables y te ayudaré a hacer régimen. Tú nos puedes seguir invitando, como siempre, pero los platos tendrán que ser a base de verdura y pescado. ¿Qué te parece mi plan?

- No quisiera darte trabajo, pero me alaga tu invitación. Por ahora vendré a comer a tu casa los martes y los jueves y luego ya veremos, le dijo Mauricio, radiante de alegría.

Los lunes,  miércoles y  viernes Mauricio siguió haciendo la compra en el mercado, para él y para Luisa. Dejó de comprar tanta carne y se especializó en guisados  a base de pescado. Pero de vez en cuando iba a ver y a charlar un rato con Ernesto, su amigo carnicero.

Una noche él y Luisa fueron juntos al cine. Un sábado fueron a dar una vuelta por el campo y un domingo se fueron de excursión en bicicleta. Los dos se volvieron inseparables, todo ello gracias al ataque de gota de Mauricio.

Dejé el cuaderno  en la estantería y fui a la cocina. Mientras ponía la mesa pensé de nuevo en una de las protagonistas de la novela de la escritora colombiana, ella también sufría una enfermedad rara, no era gota sino Lupus. Mi madre también padeció la misma enfermedad auto inmune, pero esa era otra historia.







mercoledì 31 marzo 2021

Los tres sofás

 


Uno de los primeros muebles que compran dos enamorados que van a  vivir juntos  es la cama y luego se ocupan del sofá.

Hace más de treinta años que la pareja de sesentañenos, de la que os quiero hablar, compró un sofá color crudo. El primer día que fueron a dar una ojeada a la tienda de una tapicería artesana, que les había recomendado una amiga, se quedaron prendados de un sofá rojo, de corte clásico y simple.

- Me gusta el del escaparate, porque es elegante y refinado, pero a la vez es sobrio y discreto, le dijo él a ella, al salir de la tienda.

Sin embargo, una semana más tarde, cuando volvieron a la tienda, ya habían vendido el sofá rojo.

- Lo pueden encargar si quieren, pero la entrega será dentro de ocho semanas, dijo la dependienta,  una mujer de unos cincuenta años,  amable y pausada. 

- Podríamos esperar a que nos hagan otro ¿Qué dices? Le preguntó él a ella.

- ¡Ocho semanas sin sofá! Ni hablar. Le contestó ella.

- Han tenido suerte de que aún quede un sofá-cama de este modelo clásico. Es un color ideal para lavarlo en casa, sin tener que llevarlo a la tintorería. El revestimiento y las fundas de los almohadones son lavables a 40 grados en la lavadora. Además no se van a encoger ni un milímetro, pues los tapiceros lavaron la tela antes de confeccionarlo. Recuerden siempre que los tejidos oscuros pierden  color y envejecen rápidamente, les dijo la dependienta.

Como todas las parejas que estrenan piso ellos también tenían prisa, por eso se quedaron con el sofá de color beige y se sacaron de la cabeza el rojo.

Dos mozos forzudos tuvieron un poco des problemas para subirlo por la escalera, hicieron muchas maniobras en el primer descansillo, pero al final lograron llegar al segundo piso. La esposa los esperaba muy contenta porque ya se imaginaba lo bien que iban a estar sentados en él, también estaba radiante de alegría por estar embarazada.

En seguida tuvieron que cubrir el sofá con una sábana. Sobre todo después de la primera cena-fiesta que hicieron para inaugurar el piso y para anunciar el embarazo a los amigos. Invitaron a una docena de personas, durante la velada uno de los invitados derramó un poco de vino tinto en uno de los tres almohadones. La mancha de vino tardó bastante en desaparecer.

Luego, cuando nacieron sus dos hijos, cubrieron el sofá con una colcha. Sin embargo al cabo de poco tiempo compraron una funda cubre-sofás más gruesa, con gomas elásticas para que quedara ajustado.

Los años iban pasando y los hijos iban creciendo. Cada día cenaban todos juntos hacia las ocho y a las nueve los peques se iban a la cama. Sin embargo, los fines de semana, los niños se saltaban las reglas de comer en la mesa y de acostarse temprano. A ellos les encantaba coger el plato de la comida o del postre para terminarlo delante de la tele. Suerte que el sofá estaba bien protegido y se manchó poco. 

Los hijos dejaron de ser adolescentes, en dos días se convirtieron en ventiañeros y pronto se fueron a estudiar y a trabajar fuera de la ciudad.

Por aquel entonces marido y mujer decidieron reformar la cocina, pues los muebles ya estaban un poco gastados. 

- Aprovechemos las reformas para comprar un sofá más ligero y moderno, le dijo él a su mujer.

- ¿Estás seguro? Me sabe mal cambiarlo, le contestó ella.

-  El armatoste de la cama plegable está empezando a funcionar mal y además ¿para qué nos sirve un sofá cama? Desde que nuestros padres se murieron, ya casi nadie se queda a dormir en casa y a los pocos invitados que recibimos  podemos instalarlos en los cuartos vacíos de los chicos. ¿No? Le dijo él con aplomo, pero sonriendo.

- Bueno, pero si compramos uno nuevo lo quiero de color oscuro, estoy harta de fundas y protectores, dijo ella.

- Vale, tu escoges el color y yo el modelo, dijo él.

No fue fácil elegir sofá, incluso un día casi se pelearon. A él le gustaban los modernos, a ella los clásicos. Sin embargo al final, visitando el web de una fábrica de tresillos de calidad y de buena línea, dieron con uno que les gustó a los dos.

El día que fueron a la fábrica de tresillos con exposición, les atendió  la encargada de ventas de aquel sector, mujer joven y decidida.

Primero les mostró un catálogo y luego los llevó a una nave donde había varias exposiciones de sofás.

Empezó enseñándoles algunos modelos modernos de líneas rectas.

- Nos gustaría uno simple con tres asientos, dijo la esposa.

- Ahora ya no los hacemos con tres puestos, nadie los pide, mejor dos asientos grandes, son más prácticos y claro siguen cabiendo tres personas.

- A mí me gusta ése, dijo el marido, señalando uno a su derecha.

- Si, bonito, es bonito, pero los dos almohadones del asiento me parecen enormes y deben de pesar mucho, dijo ella.

- No, señora, siendo de plumas, no pesan nada. Ese es un sofá donde artesanía, confort y diseño son insuperables, siéntense en él. Toquen los cojines, sea los del respaldo que los de los asientos, son mullidos y confortables. El único pequeño inconveniente es que después de sentarse tendrán que esponjar las plumas desinfladas.

Si lo quieren de espuma, es más barato, pero yo les aconsejo de plumas, es más elegante y cómodo, dijo la encargada, que sabía vender lo suyo.

- ¡Mejor de plumas! Dijo el esposo.

- Vale, dijo ella, ya más convencida.

La tela que eligieron  era chispeada de color berenjena.

La mañana en que tenía que llegar el sofá nuovo, el marido desmontó la cama plegable del viejo sofá, luego él y el hijo se lo llevaron al garaje. Pusieron en la lavadora la funda de los almohadones del asiento y del respaldo, como habían hecho otras veces y luego  también lavaron los forros de la estructura.

- Tenía razón la dependienta que nos lo vendió, ha quedado como nuevo, le dijo ella a él, mientras planchaba las piezas todavía húmedas.

El marido colocó varillas de madera en el asiento y le puso ruedas. Lo revistieron y  luego lo cubrieron con una sábana blanca para que no se estropeara. Lo dejaron arrinconado en el  trastero del garaje, donde  iba a quedarse mucho tiempo.

Al atardecer dos hombres les trajeron el sofá nuevo y se lo pusieron en el salón. Ella se dio cuenta en seguida de que  el color más que berejena  parecía marrón. En cambio por la mañana temprano, cuando tocaba un poco el sol en el salón, el color era más bonito, salían las tonalidades violeta, que tanto le gustaban a ella.

También notó que el marrón no quedaba muy bien con el suelo de tierra cocida del salón, pero se calló.

A medida que pasaba el tiempo ambos se dieron cuenta de que era una lata arreglar los almohadones cada vez que se sentaban y se desinflaban, pero no lo comentaron,

Pasaron tres o cuatro años y llegó la pandemia. Tuvieron que dejar de salir, de ir al cine o de invitar a cenar a sus amigos.

En aquella época de confinamiento el sofá se convirtió en el lugar más concurrido de la casa.

- Este sofá es bonito y moderno, me gusta, pero últimamente me parece más incómodo y además hay que esponjarlo cada noche, le dijo ella a él, en tono suave, un día en que estaban escuchando música

- Tienes razón, yo también hace tiempo que llevo pensando que es  muy pesado  eso de hinchar las plumas, le contestó él.

 Además para mí, que no soy muy alta, es demasiado profundo y  tengo que ponerme  cojines en la espalda. No es que me queje, pero siento que no nos ha dado el resultado que esperábamos, respondió ella.

- Pero es bien bonito, no cojas manías, mujer, dijo él.

- Claro, tu te sientas casi sempre en la butaca, dijo ella riendo!

La conversación de aquel día no les llevó a ningún sitio, hasta que al cabo de una semana su hijo, que vivía por su cuenta en otro barrio de la ciudad, fue a verles y les comentó.

- Me he hartado de mi sofá, lo compramos sin pensárnoslo mucho. Teníamos prisa para ir a vivir juntos. Ocupa demasiado  espacio en el salón. Cada noche cuando me echo en él, mirando la tele, me parece  más duro e incómodo. Quiero ponerlo en venta a través del web.

- Tú sofá no está mal, el color gris antracita le da un aire moderno, pero quizás tengas razón diciendo que la península es un poco grande para  tu casa; allá tú si logras venderlo, le contestó su padre.

- ¿Y te vas a comprar un sofá nuevo? Le preguntó su madre.

- Estoy mirando catálogos, sin embargo el otro día pensé que el sofá que tenéis muerto de risa en el trastero podría quedar bien en mi casa.

Aquella noche el matrimonio se ocupó de los tres sofás y se puso de acuerdo en que, tras la venta del sofá gris, le regalarían a su hijo el sofá berenjena y ellos volverían a poner en el salón el sofá beige.

Al día siguiente se lo propusieron a su hijo.

-¿Lo he entendido bien? ¿Me vais a regalar vuestro sofá de diseño, que vale mucho y vosotros os vais a quedar con el beige? Les preguntó el hijo boquiabierto.

- Si, los dos estamos de acuerdo en cambiar el sofá y volver a poner el viejo, dijo ella.

El hijo se encargó de todo. Vendió rápidamente online el suyo.

Cuando el hijo llamó a sus padres para decirles que la venta había ido bien, les contó:

- No podéis imaginar lo contentos que estaban los que me compraron el sofá, en seguida les gustó y ni siquiera regatearon. Era una pareja muy simpática. A los dos les  encantaba hablar y me contaron que el sofá iba a ser el primer mueble que compraban para la vivienda  que habían alquilado en una casa rural. Se lo llevaron en una camioneta destartalada, parecían dos hippies de los años setenta.

 A la mañana siguiente el hijo y dos amigos trasladaron el viejo sofá del garaje a la casa de sus padres. Y con una furgoneta prestada llevaron el sofá berenjena a su casa.

Los dos esposos aquella noche se sentían eufóricos y emocionados, les parecía que habían vuelto a los años ochenta.

- Queda de maravilla nuestro viejo sofá ahora que es más ligero, parece nuevo. Me confiere placidez, como antaño, le dijo satisfecha la mujer al marido.

- A mí también sigue gustándome mucho.

El hijo aquella misma noche disfrutó contemplando su nuevo sofá. Se sentó en él y hizo una videollamada a su novia, que en aquellos días estaba en el extranjero trabajando.

- Mira qué bien que queda el sofá nuevo con el suelo claro del salón y es tan blando. Te voy a enviar fotos.

- ¡Me encanta! Has tenido una idea excelente. ¡Qué ganas tengo  de sentarme en él! Le dijo ella sonriendo.

A él no le importaba que las plumas quedaran aplastadas, como a sus padres, al contrario le gustaba que fuera más informal.

Al día siguiente el hijo recibió una llamada de la pareja que había comprado su sofá.

La mujer le contó  que aquella misma tarde, lograron colocarlo en frente del hogar. Por noche encendieron la chimenea y comieron unos bocadillos de jamón y queso cerca del fuego. Él se sentó en la península, ella a su lado; el perrito se subió y se durmió cerca de uno de los brazos del sofá.

El hijo, mientras escuchaba a la mujer, temía que ella le dijera que el sofá  se había roto o que tenía un defecto, o que se le había quemado, sin embargo, ella le dijo:

-  Te he llamado para darte las gracias ¡Qué suerte que hemos tenido! Nos encanta tu sofá.

Quizás los tres sofás habían encontrado el sitio que se merecían.