mercoledì 8 aprile 2026

Un domingo de lluvia

 


Era domingo. Silvia se despertó de madrugada, porque tenía los pies fríos. A pesar de que era noviembre, los días eran templados, por eso aún no había puesto el edredón en la cama; y seguía con una manta ligera y poco cálida. Cogió un chal de lana que había en la silla de su habitación y se lo puso encima de la colcha. Sus pies se calentaron y se volvió a dormir. Hacia las ocho abrió los ojos y vio la tenue luz que entraba por la persiana entreabierta.

Estaba contenta por lo soleado del día, casi sin nubes, no se lo esperaba, pues las previsiones meteorológicas para aquel fin de semana eran pésimas. Miró a Pietro, su marido, que seguía dormido. Encendió la lampara de la mesita de noche, la puso en el suelo para que la luz no le molestara y empezó a leer un relato. 

La historia trataba de una muchacha que vivía con su marido, quince años mayor que ella, en una granja donde hospedaban y alquilaban caballos y daban clases de equitación. Sin embargo, la lluvia incesante de aquellos días había alejado a muchos clientes. A veces su marido era áspero e intratable; sin embargo, en aquella época de lluvias, su mal humor creció exponencialmente a causa de las deudas que se le iban acumulando. Ella no tenía acceso a la cuenta bancaria y tampoco disponía de dinero en efectivo para empezar una nueva vida lejos de la granja. No soportaba más a su marido, que cada día la despreciaba y maltrataba verbalmente. Para ganar algo de dinero se ocupaba de las tareas domésticos de la casa rural que lindaba con su finca. Una mañana mientras limpiaba los cristales se puso a llorar. Cuando se calmó le contó sus penas a la dueña, quien le dijo que intentaría ayudarla a fugarse de casa, pues tenía una amiga en Toronto que podía alojarla hasta que encontrara un nuevo empleo. Llovía sin cesar, el terreno estaba lleno de barro. Para tranquilizar a los caballos y darse un respiro, los sacaba de la cuadra un par de veces al día; cuando regresaba, estaba calada de pies a cabeza y aún estaba más triste.

A menudo la vida de Silvia se mezclaba con las historias de los personajes de los libros que leía. Aquella mañana, mientras imaginaba las huellas de los caballos en los lodazales, pensó que le apetecería ir a caminar por la senda del río, para olvidar tanta lluvia y tanto barro. Cerró el libro antes de que la protagonista huyera a Toronto.

A veces iba a caminar sola o con dos amigas, pero casi nunca con Pietro. Él desde que se jubiló se había vuelto un ciclista empedernido y salía a dar una vuelta dos veces por semana: los jueves y los domingos. Pero aquel día el grupo de aficionados no salió por el mal tiempo anunciado.

Silvia se levantó, se preparó un té verde, se sentó a desayunar y a leer el periódico del día anterior. A Silvia le encantaba tomarse dos o tres tazas de té, acompañadas de unas tostadas con mermelada de naranja y galletas de harina integral. Hacia las nueve, Pietro se levantó y desayunó con ella. Silvia le contó que le gustaría ir andando por la senda del río.

Si me esperas, iré contigo dijo Pietro.

Vale. Ojalá no llueva. ¿Salimos dentro de media hora? ¿Qué te parece? le preguntó Silvia a su marido.

Silvia se asomó por la ventana del salón y vio que el cielo estaba limpio, pero hacia las montañas del Apenino se divisaban nubes negras.

Muy bien, dentro de poco estaré listo. Coge los chalecos amarillos, que son muy buenos para la lluvia le contestó él.

Salieron de casa hacia las diez. Mientras sus pies se movían rápidamente, sus ojos miraban las aguas del río, que tras las lluvias torrenciales de los días anteriores corrían turbulentas y de sus bocas iban saliendo palabras y más palabras. En casa hablaban poco; en cambio, cuando se desplazaban en coche o en tren, o cuando iban andando, no paraban de charlar. Tocaron temas de actualidad, pero sobre todo hablaron largo rato de la vida cotidiana: de que les encantaría invitar a unos amigos a cenar, de lo que harían para las fiestas de Navidad, de los dos hijos treintañeros, de quién llegaría antes y de quién se marcharía después y de lo mucho que les gustaría hacer un viaje por el sur de Italia o por Marruecos.

Ya fuera de la ciudad, siguiendo la senda que corría a lo largo del río, divisaron a un pescador que había atrapado a una enorme carpa con su caña, pero luego la soltó al agua. Pietro le hizo una foto a la carpa antes de que volviera al río.

Hacia las once y media llegaron a un pueblecito a unos siete kilómetros de Florencia. El camino de vuelta fue más rápido, ya que aceleraron el ritmo al ver que los nubarrones iban creciendo. Cuando estaban a punto de llegar a casa se puso a llover. Empezaron a correr, pero se mojaron bastante a pesar de los impermeables amarillos que llevaban.

Primero se duchó Pietro; Silvia encendió la radio y preparó una rica ensalada mixta con semillas de girasol, sésamo y calabaza. Llevaban tiempo comiendo semillas porque sabían que eran muy saludables y que les ayudaban a compensar la falta de proteínas de su dieta sin carne.

Después, Silvia se fue a ducharse, y mientras tanto, Pietro descorchó una botella de vino tinto y puso la mesa con esmero. Mientras el agua se deslizaba por su cuerpo, Silvia pensó que aquella tarde lluviosa era ideal para ir al cine. Recordó los domingos de su adolescencia, cuando iba con sus amigas del barrio a ver dos películas seguidas. La sesión empezaba a las cinco; primero ponían la película mala, la de reestreno, a veces en blanco y negro, la segunda, la buena, era de estreno. A Silvia casi siempre le gustaban las dos.

Las muchachas charlaban sin parar, a menudo discutían con los chicos, que solían sentarse en la fila de atrás y no dejaban de hacerles bromas y tirarles cáscaras de pipas. Armaban un gran barullo en el descanso, al que llamaban “media parte”. Silvia se aislaba de todo aquel jaleo, se ensimismaba y no se distraía ni un minuto, sumergiéndose en la historia de las películas.

La sala estaba envuelta en una capa de humo, ya que los chicos mayores fumaban cigarrillos de tabaco negro que compraban en la tienda de Lola, la dueña del estanco y madre de María, una de las mejores amigas de Silvia.

Algunas tardes, al salir del colegio, las dos niñas se escondían detrás del mostrador y ayudaban a reponer paquetes y cartones de tabaco en las estanterías. A Silvia le encantaba ir a la tienda, porque mientras colocaba el tabaco podía observar a los fumadores que entraban a comprar picadura, papel de fumar, puros o cigarrillos sin filtro. Los clientes más adinerados compraban una cajetilla de cigarrillos rubios y Lola les regalaba una caja de cerillas.

En el suelo del cine se iba formando una alfombra de cáscaras de pipas y cacahuetes, palos chupados de regaliz, trozos de piruletas, papeles de caramelos y envoltorios de golosinas. Bartolo, el hombre de la pierna de palo, vendía toda tipo de chucherías. Cada domingo, Bartolo y su mujer se ponían en una esquina de la plaza Mayor con su carrito de madera, repleto de golosinas. Por la mañana las vendían a los niños que salían de misa y por la tarde a los que iban al cine.

Silvia seguía en la ducha, sin decidirse a cerrar el grifo del agua caliente y a abrir la mampara, porque estaba disfrutando del recuerdo de las tardes de cine de su infancia. De repente, se acordó de un domingo en que pusieron una película entrañable que, según los muchachos, era un tostón; por eso, gran parte de la pandilla salió del cine antes de que terminara. Silvia y María, en cambio, no quisieron marcharse. Se quedaron sentadas en la tercera fila. Era una película italiana titulada El incomprendido. Poco a poco, recordó la historia: tras la enfermedad y muerte de la madre, el padre centraba toda su atención en el hijo pequeño, descuidando por completo al mayor, el protagonista, a quien no entendía y trataba como a un adulto. El niño era muy sensible y pasaba muchas horas solo en el jardín, encima de un árbol.

Silvia salió de la ducha, se abrochó el albornoz, se enrolló una toalla en la cabeza y conectó el ordenador, en busca de noticias de la película. Descubrió que la rodaron en 1966. Pensó en que probablemente se estrenaría en España en 1967, cuando ella tenía 11 años. De aquello habían pasado cincuenta años, pero se estremeció al recordar que había llorado en la oscuridad del cine para que nadie la viera.

¿Por qué me conmovió tanto aquella historia? se preguntó.

Luego empezó a pensar en la misteriosa enfermedad pulmonar de su madre, que todos hablaban en voz baja. Se prometió que cuando volviera a ver a su hermana mayor o la llamara, le preguntaría cosas de su infancia, cuando su madre guardaba cama, después del nacimiento de su hermano y de la enfermedad innombrable. Solo recordaba que cada día iba Rosita, una señora rechoncha, que hacía la comida, lavaba los platos y limpiaba toda la casa. Su padre también contrató a Fuensanta, una monja que se ocupaba de la enferma y del bebé. Silvia no recordaba mucho de aquella época de pesadumbre, que duró muchos meses, pero aún tenía grabada la cara de pena de aquellas dos mujeres.

Se vistió, cogió el periódico y mientras leía la cartelera,vio que el programa de un cine cercano le resultaba interesante.

¿Te apetece ir al cine esta tarde? Ponen dos películas buenas, una más intimista a las cuatro y una de acción a las seis le preguntó Silvia, mientras comían la ensalada.

La primera sesión empieza demasiado pronto. Prefiero ir a las seis a ver la película de acción respondió él.

Quedaron en que ella iría a las cuatro a ver la película, La vita invisibile di Eurídice Gusmao, basada en una novela de una escritora brasileña y que él la alcanzaría a las seis para ver juntos la película de acción.

A Silvia le gustó la idea de ir al cine a ver dos películas como cuando era pequeña. Se asomó por la ventana y vio que llovía a cántaros, pero no se desanimó, se puso las botas, la gabardina, la boina y cogió el paraguas más grande que tenía.

Hacia el final de la primera película, mientras se le escapaba una lágrima por la mejilla, oyó que su móvil vibraba en el bolso. Dejó que sonara, pues quería saborear el final de la historia. Cuando estaba leyendo los títulos de crédito, su marido entró en la sala. La besó. A Silvia aquel encuentro en el cine le causó alegría. Él se sentó a su lado y al cabo de un rato ella se acordó del móvil. Tenía un mensaje que decía:

Mamá he pasado por casa para recoger la mochila grande, la necesito para mañana, pero no hay nadie. ¿Cuándo vais a volver?

Se lo dijo a su marido y este le contestó:

Dile que se espere en un bar o en casa de algún amigo.

A Silvia le daba pena dejar a su hijo a la intemperie, con el tiempo tan malo que hacía, pero tampoco le apetecía irse, pues nunca antes se había escapado de un cine. Pero tomó una decisión y le dijo a su marido, mientras se apagaban de nuevo las luces:

¿Y si me marchara? Acabo de ver una película preciosa y la que ponen ahora no me atrae mucho. Sí, me voy a casa.

Cuando Silvia salió del cine, seguía lloviendo. Caminó deprisa por las calles desiertas, cobijada bajo su paraguas. Al llegar a casa, su hijo la estaba esperando en la puerta y en cuanto la vio, la besó agradeciéndole que se hubiera sacrificado por él.

Me he dejado las llaves, lo siento le dijo él.

No te preocupes le contestó Silvia.

El chico cogió la mochila y se fue corriendo, porque había quedado con unos amigos, con los que tenía que ir de excursión al día siguiente.

Cuando Pietro volvió, Silvia le contó las peripecias de su hijo y luego le preguntó:

¿Qué tal la película?

Menos mal que no te has quedado, has acertado en marcharte; la película no te hubiera gustado, a mí tampoco me ha convencido le dijo él.

Pietro empezó a poner la mesa y preparó unas rebanadas de pan con tomate y albahaca, que colocó en una bandeja junto con lonchas de queso y trozos de tortilla de patatas del día anterior. Cuando terminaron de cenar Silvia se sentó en el sofá, retomó su libro de relatos y se sumergió de nuevo en la historia de Los lodazales.