mercoledì 6 settembre 2017

Cena en el jardín













Se estaba acercando el último fin de semana en el que ella  iba a estar libre, por eso tenía ganas de hacer algo especial con su marido, pues además coincidía con los últimos días en que iban a estar solos. Los dos hijos ventiañeros estaban de vacaciones por el Caribe.
A la mujer le gustaba, mientras desayunaba, abrir el periódico del día anterior y leerlo con detenimiento. Sorbiendo un poco de té, vio el anuncio de un concierto de música rock de los años setenta en Porretta Terme, un pueblo de los Apeninos.
Enseguida fue a decírselo a su marido que estaba leyendo un libro en la cama:
- ¿Te gustaría ir el sábado a Porretta?
- ¿A Porretta? ¿Qué te se ha perdido por allá?  Le preguntó él, dejando sobre la mesita de noche el libro.
Ella le contó que habían  rehabilitado una antigua linea de ferrocarriles y proponían un viaje, de ida y vuelta, con una de las viejas locomotoras eléctricas y vagones de época.
- Debe de ser interesante dejarse llevar por un tren de otro siglo y descubrir las estaciones de antaño,  añadió él.
- El único inconveniente es que las previsiones meteorológicas no son muy buenas y el único tren de vuelta sale de Porretta casi a las doce de la noche, llegaríamos a casa a la una y media de la madrugada, dijo ella.
- Veamos mañana que tal está el tiempo y luego decidiremos, terminó diciendo él.
- Vale, me encantaría ir, pero reconozco que hay algunas pegas.
A veces a ella le apetecía quedarse en casa, pues se entretenía leyendo, escribiendo o arreglando cosas, pero también le gustaba salir.
- A los amigos hay que cultivarlos y mimarlos, le decía a su marido, que era un poco más perezoso para las relaciones sociales.
A los dos les gustaba variar y no tener un grupo cerrado. Ya desde pequeña a ella le agobiaban las amigas íntimas que querían su amistad exclusiva.
A lo largo de los años de la escuela primaria, en septiembre en su clase iban llegando niñas nuevas, para ella era el acontecimiento más bonito del  curso.
- ¿Cómo te llamas? ¿De dónde venís tú y tu familia? Ven conmigo que te enseño las demás aulas, la de dibujo, la de música y la de francés, les decía.
Disfrutaba ayudando a las niñas asustadas, quienes no hubieran querido por nada del mundo cambiar de ciudad, pero que a raíz del trabajo del padre, sea director del banco, hotelero, notario o simple empleado de una empresa, habían sido arrancadas de su ambiente y destinadas a otro pueblo.
Aquel rasgo de altruismo lo conservó a lo largo de los años, en su trabajo seguía ayudando a los profesores nuevos.
- ¡Hola, yo soy Felicia, una de las profesoras de ciencias de Bachillerato. ¿Tú que vas a enseñar? A ver si coincidimos y tenemos cursos en común. Te acompaño a la sala de profesores, les decía campechana.
Lo hacía no sólo porque le salía instintivamente, sino porque se ponía en el lugar de  quienes en un ambiente nuevo se encontraban como peces fuera del agua, intentando darles un punto de referencia para que se ubicaran y se sintieran más a gusto.
- ¿Por qué no vamos a ver una película francesa esta noche? le preguntó Felicia a su marido aquella tarde.
- No tengo muchas ganas, el cine al aire libre no me entusiasma, pero si insistes, vayamos.
- Empieza a las nueve y cuarto, podemos cenar tempranito e ir en bicicleta ¿Qué te parece el plan?
- Tú siempre tienes la manía de planearlo todo, le dijo él en un tono como si la quisiera reñir, pero luego se puso a reír, tras ver la cara que ponía su mujer y por ello remató diciendo:
- Era una broma, tonta. Me encanta que me propongas cosas.
Feli, así la llamaban todos, salió a la calle, a pesar del bochorno terrible que hacía. Fue a casa de un amigo a que le mostrara su lector de libros electrónicos, pues quería comprarse uno, pero no estaba del todo decidida.
Después de haber trasteado con el lector, les  preguntó a su amigo y a su mujer, quien en aquel momento acababa de entar:
- ¿Esta noche os gustaría ir al cine al aire libre a ver una película francesa? Es una comedia inteligente, va a empezar a las nueve y cuarto.
- Con mucho gusto, dijeron los dos enseguida y luego la esposa añadió,  nosotros iremos en moto y nos podemos ver a la entrada del cine a las nueve ¿Qué te parece?
- Vale.
A Feli aquella noche le divirtió la película, pero lo que más le gustó fue la tertulia que hicieron a la salida, primero comentando las escenas más bonitas y luego hablando del fin de semana.
 - Pensábamos hacer una cena informal el sábado en nuestro  jardín. ¿Os apuntáis? Les preguntaron los motociclistas.
Su amiga aquel sábado, trabajaba hasta las ocho y el marido no sabía guisar, pero querían hacer la cena  porque iban a pasar por Firenze una pareja de americanos, quienes conocían desde hacía muchos años y querían  despedirse de ellos.
- Si queréis yo puedo ayudaros a preparar  algún plato, dijo Feli.
- ¿Y la excursión a Porretta? Le preguntó su marido.
- Bueno ya veremos, miremos las previsiones del tiempo y luego decidimos, comentó ella.
El hombre del tiempo no dio buenas noticias para el sábado, por eso y quizás porque a Feli le encantaba estar con la gente, decidieron dejar para otro día la excursión a Porretta  e ir a la cena  del jardín.
Ya que los americanos eran simpáticos muy populares,  aumentaron los invitados; al final en la mesa del jardín hubo doce comensales.
Feli se ocupó de la cocina junto a una de las hermanas del  anfitrión, guisaron un plato de pasta deliciosa con, ajo, perejil, tomates maduros pequeños y ventresca, la parte del atún menos preciada, sin embargo más sabrosa.
Fue divertido compartir la cocina con aquella mujer tan mañosa que apenas conocía, charlaron y rieron.
Luego, cuando la mesa ya estaba lista, llegó la anfitriona y los demás invitados. Mientras cenaban, los dos perros jugueteaban por el césped. Un hipotético oyente sentado entre ellos, hubiera podido escuchar, carcajadas, brindis y tantas charlas, algunas de ellas alegres otras casi chistosas,  como por ejemplo la receta de la ventresca, o el desenlace del cine Universal, donde iban los estudiantes universitarios de los años setenta,  incluso las peripecias de los higos que  alguien había traído y de la higuera donde los había recogido, también la historia de la maleta a mano cogida por equivocación en un avión y de como consiguieron dar con el dueño y hacer el cambio de valija, pero el tema llenó la mesa de carcajadas y conllevó a un gran debate fue el de los noviazgos: ¿Es mejor ir a vivir enseguida juntos o que cada uno siga en su apartamento? Había quienes decían que el secreto de una pareja era que cada cual tuviera su propia  vivienda, otros retenían lo contrario.
Mientras comían la tortilla de patatas que el marido de Feli había preparado, la otra hermana del anfitrión quien tenía mucho salero, contó que estaba separada y que desde hacía algunos meses salía con un muchacho mucho más joven que ella, con quien se veía solo  los fines de semana, pues vivían a más de doscientos kilómetros de distancia.
A la hora de los postres apareció una bandeja de dulces que los americanos habían comprado en la mejor  pastelería de la ciudad y mientras bebían las últimas copas de cava empezó a llover.
Acogieron las primeras gotas con risas, sin embargo al cabo de pocos minutos  tuvieron que levantarse y recoger corriendo el mantel  con todo lo que había encima, pues se puso a llover a cántaros.
A las once de la noche, las dos hermanas, la cocinera y la que llevaba la voz cantante, se marcharon, ya que debían coger carretera, puesto que vivían en otra ciudad, los demás siguieron charlando, esta vez de viajes y excursiones en bicicleta, también hablaron de la larga de sequedad que sufría toda la comarca; de vez en cuando alguien se asomaba  a la ventana para ver si amainaba.
Ya que no paraba de llover, la anfitriona acompañó en coche a un grupo de invitados, Feli y su marido prefirieron volver a casa en bici, tras ponerse unos impermeables prestados.
Caía  un gran chaparrón, cuando cruzaron las calles desiertas. A la mujer la caperuza se le  iba ayendo hacia atrás, por eso le  iban resbalando algunas gotas por la cara y se le estaba  empapando el pelo. También sus sandalias chorreaban agua, sin embargo se sentía bien, quizás por el olor a tierra mojada o porque iba pensando que la cena en el jardín había sido todo un éxito.





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