mercoledì 18 luglio 2018

Serena y los adolescentes











Serena trabaja desde hace treinta años con adolescentes e intenta siempre que puede entenderlos, suele ponerse en su lugar, sin embargo a veces le cuesta, sobre todo en las épocas del año en que está agobiada por los exámenes, reuniones o la cantidad de clases que le toca dar. Durante las vacaciones de verano suele tener más tiempo, cuando se cansa de leer bajo la sombrilla o de dar paseos se dedica a contemplar todo lo que ocurre a su alrededor. A veces anota sus vivencias para no olvidarse.
Serena estaba echada en la arena de una playa del sur de la Toscana el día en que recordó a Alicia. Unos muchachos, a pocos metros de de ella, tonteaban con unas chicas, quienes reían y chillaban sin parar. Esa escena la llevó al verano de sus diecisiete años. Lo que más le gustaba en aquel entonces era ir a la playa por la mañana, de pequeña iba con su tía, hermanos y primas y desde hacia un par de años su madre le permitía ir con sus amigas. Otra cosa que le encantaba era la hora de la siesta.
Cada día se bañaba y nadaba un rato, luego se tumbaba en la arena y charlaba con sus compañeras o quizás leía un libro, siempre que los chicos de su pandilla no empezaran a darles la lata, tirándoles cubos agua o arrastrándolas hacia la orilla. Pero a ella no le importunaban mucho, pues no chillaba como sus amigas.
Después de la comida iba a su cuarto y se sentaba en la cama, toda la casa estaba silenciosa, sólo se oían los ronquidos del padre, quien dormía boca arriba por el cansancio, pues cada día madrugaba. La madre y la tía se sentaban en el patio, bajo la sombra de la parra y daban algunas cabeceadas. El abuelo desaparecía en el jardín. Su hermano corría por la calle con los amiguetes y la hermana mayor, trabajando como trabajaba de secretaria, no paraba nunca por casa. Aquel verano fue exageradamente bochornoso, hizo un calor tan pegajoso que su madre, quien nunca se había quejado, decía que se le mojaban los cabellos y que le ardían los pies. En el dormitorio diminuto que compartía con su hermana mayor no soplaba ni siquiera una débil corriente de aire.
Había aprobado todas las asignaturas, tenía pendientes sólo unos pocos deberes de vacaciones, la mayor parte de las tareas las había terminado en junio, porque ella solía anticipar y nunca postergar los quehaceres. Le gustaba estar sola en aquella parte de la casa, pues en la cocina y en el patio hacían vida los mayores. Serena leía todos los libros que encontraba por casa, desgraciadamente eran pocos. A la hermana mayor de Alicia le llegaba por correo cada mes una novela y al terminarla se la prestaba a Serena. Eran tochos de literatura rusa o francesa del siglo pasado. Serena recordaba el desasosiego que en aquella época le dio una novela rusa en la que el protagonista mata a una vieja usurera.
- No entiendo porque para sobrevivir hay que hacer daño a alguien, se decía una tarde echada en la cama.
Poco a poco iba recordando detalles de aquella tarde. Se levantó de golpe porque había visto una lagartija que se estaba colando por la pared de la ventana, pero sus aspavientos consiguieron ahuyentarla.
Dejó el libro encima de la cama, como si fuera un vaso lleno de barro, para que se depositara en el fondo todo el sufrimiento y pudiera luego reanudar la lectura.
Miró el reloj y vio que ya eran casi las cuatro, tenía poco tiempo para cambiarse e ir a la tienda donde trabajaba los veranos. Pensó en Alicia pues había quedado con ella y otra amiga a las ocho de la tarde, para ir a dar una vuelta por el paseo marítimo.
Alicia era alegre y llamativa, se salía siempre con la suya cuando quería conquistar a un muchacho. Últimamente se veían mucho menos, pues Alicia no le perdonaba a Serena que días atrás no hubiera querido ir con ella a una discoteca.
Por eso Alicia aquella tarde, mientras paseaban, le había echado un chasco a Serena, diciéndole:
- Eres una chica extraña, no te gusta saltar clases, ni dejar de hacer deberes, no vas nunca detrás de los chicos, no te pintas, no vas a la peluquería, no te haces la manicura, no te gusta depilarte y no hablemos de trasnochar, no aguantas las chorradas de la pandilla en los bares de copas a las tantas de la madrugada y nos dejas plantados. No fumas, no bebes cervezas o cuba libres. No bailas en las fiestas, ni deseas subir a las motos de los muchachos. No tienes amigas íntimas, no te enfadas con nadie. No eres rebelde con tus padres. No necesitas un novio de turno para sentirte guapa. No te quejas. En fin eres un bicho raro y me sacas de quicio.
Serena, mirando de nuevo al grupo de chicos que estaba a su lado y que en aquel momento, levantaban cantidad de arena, jugando a pelota:
- Cuando Alicia se burlaba de mí yo me sentía distinta, pero eso no me hacía desgraciada. Me hubiera gustado tener agallas para decirle que  yo tampoco soportaba su manera de ser.
En aquellas horas lentas de la siesta, Serena, además de leer escribía cartas a desconocidos. Generalmente eran chicas estudiantes, que vivían en otras regiones de la península, sus direcciones las encontraba en las revistas que le prestaba una compañera del colegio, pero nunca le contó a nadie que se carteaba con desconocidos, quienes iban contándole sus vidas.
Serena recordó en aquel instante una carta que ella le escribió a un chico que estaba en la cárcel de Carabachel. El muchacho le contestó diciéndole que iba a estar muchos años en la prisión pues había cometido un crimen gordo.
Aquel día dejó la carta del preso encima de la mesita de noche para que se quedara quieta y soltara lentamente la amargura de una vida encarcelada.
Serena miró el reloj, eran casi las siete de la tarde, recogió la sombrilla y todas sus cosas, mientras el grupo de adolescentes se alejaba haciendo barullo. Los observó hasta que desaparecieron de su vista y sonriendo se dijo:
- En la adolescencia influyen por supuesto el ADN y luego el carácter que se ha ido forjando, la educación recibida, la suma de experiencias vividas, posibles acontecimientos que puedan perturbar el bienestar y muchas cosas más.
Se fue andando hacia un chiringuito donde su marido y unos amigos la estaban esperando.
Por la noche volvieron a casa en coche, conducía su marido, hablaron un poco y luego se pusieron a escuchar un concierto de música jazz que daban en la radio.
Serena volvió a pensar en Alicia, hacía muchos años que no coincidían y no sabía nada de ella, pero si la tuviera delante le diría:
- Quizás tengas razón soy rara, sigo siendo prudente, no me gusta conducir, a veces me desoriento y me pierdo por barrios que no conozco, sin embargo lo hago porque no quiero depender de nadie, a veces soy impulsiva sobre todo por lo que se refiere a los sentimientos, otras veces suelo dudar pero al final estoy orgullosa de mis decisiones; no me apetece mandar, la política no me interesa pero creo aún en la humanidad a pesar de los horrores y de las guerras; no se andar con tacones altos, no consigo engalanarme, ni arreglarme el pelo; no soy aventurera, más que descubrir lugares me encanta conocer a nuevas personas; disfruto de la vida con mi pareja y la maternidad ha sido una experiencia que me ha convertido en una mejor persona y a propósito de adolescentes sigue gustándome trabajar con ellos.







martedì 10 luglio 2018

Palomas












Los pensamientos a veces vuelan hacia adelante y construyen de antemano escenas que nunca tendrán lugar. Cuando parece que todas las piezas se van encajando, pueda que acontecimientos mínimos logren darle la vuelta completa a la vida, eso es lo que le pasó a Inés un invierno a principios de los años ochenta.
Inés estaba muy ilusionada buscando apartamento. Ella y su novio contaban con poco dinero, la mayor parte les había dado la familia y algo tenían ahorrado. Ella sabía que no llegaba ni siquiera para un departamento de dos piezas, sin embargo no había perdido la esperanza de encontrar una ganga. Querían establecerse en el centro de la ciudad, a pesar de que supieran que allí las viviendas estaban empezando a subir. Pasaron los meses y seguían sin dar con un piso decente, o eran demasiado caros o eran pocilgas, hasta que una mañana les llamó  el agente de una de las inmobiliarias que les había atendido tiempo atrás.
- Tenemos un piso semiocupado en el centro de la ciudad, tiene un dormitorio, un comedor-salón, una cocina y un aseo, hay que reformarlo, pero con poco dinero lo pueden arreglar. Es ideal para una pareja ¿Les interesaría a ustedes ir a verlo?
- Depende. ¿Qué quiere decir semiocupado? Le contestó Inés
- Pues que aún está alquilado, pero que los inquilinos se van a ir muy pronto, dijo el empleado de la agencia.
- ¿Qué significa muy pronto?
- No sé, unos meses, un año al máximo. A los inquilinos el contrato ya les ha caducado, pero siendo de los antiguos no se les puede desahuciar. Vive en él una familia bastante joven con un hijo pequeño. Ella está embarazada y por eso van a mudarse dentro de poco, pues ya no caben.
- Bueno, deme una cita para mañana por la tarde
- De acuerdo. Veámonos en la esquina, entre Via Palazzuolo y Via dell'Albero
Al día siguiente al atardecer ella y su novio fueron a verlo.
La vivienda no estaba mal, era bastante espaciosa, a pesar de que el salón no tuviera ventanas, de que el cuarto de baño fuera muy pequeño y que las escaleras para llegar al segundo piso fueran un poco empinadas. El empleado de la inmobiliaria intentaba convencerlos, diciéndoles:
- No se lo dejen escapar, el piso es barato y céntrico, además los señores Santini nos han asegurado que dentro de pocos meses van a dejar la vivienda. Hay que darse prisa pues a pesar de que haga solo dos días que está en venta nos están llegando cantidad de ofertas.
Inés y su novio se lo pensaron durante todo el fin de semana y el lunes decidieron comprarlo.
El apartamento tenía además de las carencias e imperfecciones evidentes, dos grandes defectos: el primero lo vieron enseguida, pero siendo jóvenes no les asustó para nada el hecho de que el piso estuviera ubicado en una calle ruidosa y con vida nocturna; el segundo lo descubrieron cuando los inquilinos se marcharon.
Inés estaba contenta el día en que fueron a firmar las escrituras a la Notaría. Soñaba con una vida placentera junto a su novio en aquel piso. Se lo imaginaba nuevo, la cocina luminosa, con una barra larga que separaba cocina y comedor, el cuarto de baño con una super ducha y los suelos del dormitorio y del salón de madera, de listones largos y anchos. Todo ello lo había ideado su novio, que era arquitecto y que ya tenía listos los planos de la reforma.
Llevaban viviendo juntos cinco años, pero siempre compartiendo piso con otros estudiantes.
- Ha llegado el momento de irnos a vivir solos, no podemos esperar a que los señores Santini desalojen, quien sabe cuando se marcharán; tenemos que buscarnos otro piso, aunque sea pequeño, da igual, le propuso una tarde Inés a su novio.
Los dos se las arreglaron para ir a ver apartamentos en sus ratos libres. Tuvieron suerte y por una serie de coincidencias lograron instalarse en una planta baja, con poca luz, pero señorial con techos abovedados y muy altos.
A veces  Inés iba a dar una vuelta en bicicleta por via Palazzuolo para ver si veía signos de algún traslado, sin embargo nunca había camiones de mudanzas estacionados en la calzada. Para no desanimarse se fijaba en las tiendas, bares y restaurantes cercanos y se veía a ella misma entrando con un capazo en aquellos establecimientos. A dos manzanas notó un garaje inmenso donde entraban y salían continuamente automóviles de matrículas extranjeras.
- Cuando vengan mis padres ya tendrán donde dejar el coche, se dijo, mientras se imaginaba a sus padres que aparcaban allí su atomóvil verde.
Los señores Santini siguieron en el apartamento, el alquiler era tan bajo que no no tenían prisa en dejarlo. Inés fue pasando por aquella calle una vez por semana con la esperanza de que la familia Santini se hartara de vivir apretada en unos pocos metros cuadrados.
Durante cuatro años todo siguió igual, hasta que una noche les llamó el señor Santini para decirles que iban irse del piso, pero que querían un buen traspaso antes de dejar libre la vivienda.
Inés y su novio al principio se vieron perdidos, pero luego lo pensaron bien y decidieron arriesgarse diciéndole al señor Santini:
- No tenemos dinero para un traspaso, hemos esperado tanto que ya no nos importa hacerlo un año más; si no quieren irse, allá  ustedes, pero si  se marchan lo único que podemos pagarles es la mudanza.
A los inquilinos no les gustó mucho la propuesta, sin embargo a regañadientes la aceptaron.
Inés el día tan esperado fue a ver a escondidas el camión que cargaba todos los enseres de la familia Santini.
A la mañana siguiente, con las llaves en la mano, fueron al piso vacío. Al abrir la puerta se quedaron paralizados como si les hubieran echado un cubo de agua fría: todo estaba sucio, sobre todo las paredes y los suelos. No se atrevían a entrar. Sacaron muchas bolsas de basura y algunos cachivaches que los señores Santini habían dejado adrede por los agravios recibidos.
- ¡Qué asco de patio interior! No me había dado cuenta de la suciedad y de los excrementos de palomas que se han ido acumulando, dijo el novio.
Inés se asustó al oír aquellas palabras, sabía por experiencia que cuando a él no le acababa de gustar una cosa, no había quien le convenciera.
- Verás que después de la reforma será un piso precioso.
- No vale la pena gastarse dinero en un edificio tan destartalado y lleno de caca de palomas, le dijo él mirando y remirando el patio con cara de asco.
Fueron a hablar con los dueños de las otras viviendas de la comunidad y se dieron cuento de que a nadie le interesaba arreglar los patios y el reboce de las paredes.
En casa tuvieron ya un poco de roce pues Inés no lograba convencer a su novio de que iban a estar bien en aquel piso.
- Yo no voy a ir a vivir donde abriendo las ventanas vea escombros y estiércol. Yo me sacaría ese apartamento de encima, lo vendemos y compramos otro, dijo él la mar de convencido.
- ¿Venderlo? Estás loco, con lo que nos ha costado echar a los señores Santini.
- Si te lo miras bien, ahora sin inquilinos el apartamento tiene más valor.
- ¡Ay que locura, no me lo puedo creer! Volver a empezar de nuevo me asusta, yo viviría aquí una época y al cabo de unos años lo vendemos y ya está.
- Mira lo que te digo o el apartamento o yo, escoge tú. Yo no me  quedo a vivir aquí ni un sólo día.
- No te pongas así, no lo tenemos que decidir ahora, pensémoslo bien, dijo ella con la voz un poco apagada.
- Lo siento Inés, pero no quiero que pasemos nuestra vida en este cuchitril, si hacemos obras, seguro nos vamos a quedar años y años en él y eso me enoja y me hace sentir fatal.
- Pues vendámoslo y no hablemos más de ello, dijo Inés decidida.
- Me ocupo yo de ponerlo en venta, ya verás que encontraremos algo mejor, dijo él acariciándola.
Inés, mientras sacaba la mesa y ponía los cacharros en el lavaplatos, pensó en las palomas, las que le habían dado un vuelco a su vida,  jamás pisaría el suelo de madera de aquel piso que con tanta ilusión habían comprado, ni se ducharía en el pequeño cuarto de baño, ni desayunaría en  la barra de la cocina, ni entraría en las tiendas cercanas y ni siquiera sus padres estacionarían el coche en el garaje de aquel barrio,  sin embargo se dio cuenta de una cosa: vivieran donde vivieran, estaba segura de que iban a intentar ser felices y disfrutar lo que la vida les ofreciera.







domenica 17 giugno 2018

Historias de pies












Cada vez que Irene pasaba por aquella acera se ponía contenta. Hacía unos meses que tres chicas treintañeras habían abierto un local de belleza en el barrio. Una era peluquera, la otra se ocupaba de las manicuras y la última, la rubia, hacía con esmero sea manicuras que pedicuras.
Las tres se llamaban Martina ¡Qué casualidad! Para distinguirse se habían puesto sobrenombres. La más alta y de abundantes carnes, llevaba una melena castaña y todo el mundo la llamaba Marti: le encantaba cortar el pelo, cuando lo hacía se reía y era más locuaz. A quien Irene conocía menos era a Tina, una morena de mediana estatura, a quien le gustaba pintar uñas con toques artísticos y puntitos brillantes. Trili, la más menuda, era su preferida, pues tenía muy buena maña para la pedicura, además de ser muy simpática.
Irene no acostumbraba a ir mucho a los salones de belleza, pero una mañana, quien sabe por qué, se paró en aquella acera y al darse cuenta del nuevo establecimiento, entró dejándose llevar para que le pintaran las uñas de las manos de color granate.
Desde entonces iba cada mes a arreglarse las manos y tal vez los pies. El local era pequeño, pero acogedor. Aún no lo tenían todo listo, sin embargo cada vez iban ganando nuevos clientes del barrio.
Poco a poco Trili le fue contando a Irene las peripecias de su vida laboral. La tres chicas, desde que tenían diecisiete años, trabajaban en uno de los salones de belleza más prestigiosos de la ciudad. Cada una tenía pendiente un pleito contra doña Ramona, la dueña, quien no les había pagado los impuestos de la seguridad social como les llevaba prometiendo. Trili era la única que trabajando había conseguido el título de Bachillerato. Las otras Martinas se conformaron con el título profesional que habían sacado sin esfuerzo.
- Mi sueño ahora es el de poder estudiar podología en la Universidad, pues me encanta todo lo que esté relacionado con los pies, le dijo Trili entusiasmada.
Las tres se habían casado a los veinte y pocos años y mira por donde, todas ellas estaban separadas, Marti y Trili tenían un hijo. Irene notaba que las tres chicas se querían y respetaban por las bromas y la guasa que se hacían. Habían abierto aquel local con mucha ilusión y poco dinero, pero al menos no tenían una dueña que les timara, repetían sin cesar. Cada una llevaba su contabilidad y gestionaba a sus clientes. Era como si fueran tres empresas separadas y un solo alquiler. A Irene le pareció una buena manera de trabajar y colaborar entre socias. Todo eso se lo contó Trili haciéndole la manicura, sin embargo durante la segunda sesión, mientras le limaba las uñas de los pies, hablaron de cosas más personales:
- ¿Tienes hermanos?
Aquella pregunta le gustó a Irene, pues sintió como si la aquella chica, que apenas conocía, tuviera interés por ella y le contó que tenía una hermana diez años mayor, con quien durante algunos años tuvo poca relación, pues su hermana se había casado muy joven y vivía bastante lejos, pero desde que pasó lo que pasó se habían acercado mucho.
- ¿Qué pasó? Le preguntó Trili a Irene.
- Pues que se me murió mi primer hijo a los seis meses.
- ¿Y cómo ocurrió?
- ¿Has oído hablar de la muerte de cuna? También llamada muerte súbita, es la muerte repentina de un bebé que aparentemente estaba sano. Se produce durante el sueño. Los bebés simplemente dejan de respirar. Mi niño murió en la guardería, nos avisaron a mí y a mi marido a las cuatro de la tarde.
- Debió de ser horroroso, dijo atónita y apenada Trili.
- Si, ya lo creo, para una madre es lo peor que le puede pasar; te sube la leche para amamantar y no tienes quien te chupe los pezones, la ropa doblada en los cajones ya no sabes a quien ponerla, la cuna está vacía, los biberones y chupetes ya no sirven para nada y sobre todo no sabes a quien dar todo el amor y el cariño que te sigue creciendo por dentro. Pero afortunadamente mi marido y yo logramos apoyarnos mutuamente y luego el azar  hizo que, a los pocos días de la desgracia, me llegara un telegrama comunicándome que había ganado oposiciones. La vida da muchas vueltas, por eso pudimos empezar de nuevo.
A raíz de aquella charla confidencial Trili se animó contándole a Irene los sucesos de su vida:
- Mis padres se separaron cuando mi hermano y yo éramos pequeños. Mi madre en seguida se juntó con Papi a quien quisimos desde el principio, pero lo malo fue que mi padre desapareció de nuestras vidas, sabes, sólo nos llamaba en las fiestas de guardar, cumpleaños, Navidad y el día de nuestro santo.
- ¡Pobre, lo debiste echar de menos! Le dijo Irene, interrumpiéndola con suavidad.
- Cuando falleció mamá de cáncer a los cincuenta y cinco años, tras la muerte repentina de Papi de accidente, apareció nuestro padre. Fíjate que ella ya había tenido un cáncer de mama años atrás, parecía que lo había superado del todo, en cambio le detectaron otro tumor en el páncreas; creo que al morir Papi, su sistema inmunitario dejó de luchar.
Irene se quedó pasmada al oír tantas desgracias, mientras Trili seguía diciendo:
- Mi hermano acogió bien a nuestro padre, yo en cambio tuve que sofocar toda mi rabia y dolor atrasados. Fue muy duro el camino, pues en aquella época yo me estaba separando de Dani, una historia de amor que duró cinco años, quizás la más larga de mi vida, mira por donde, en cambio con el padre de mi hija vivimos juntos sólo un año.
- Perder a la madre tan joven debió ser muy duro para ti, le dijo Irene mientras sacaba, de la palangana de agua tibia, un pie y ponía el otro.
- Pues sí, de la noche a la mañana me quedé sin padres y sin pareja, Margarita, mi hija, aún sufrió más que yo, pues desaparecieron de su vida las personas mayores que la cuidaban y que pasaban más tiempo con ella, desde aquel momento sólo podía contar conmigo. Menos mal que coincidió con que mi niña empezaba párvulos y yo durante una temporada, intenté trabajar menos.
-  Los niños suelen superar los cambios más deprisa que los mayores, le dijo Irene, sonriendo para animarla.
- Poco a poco he logrado aceptar a mi padre, quien a veces cuida a la nieta, cuando no pueden los abuelos paternos, quienes se están portando de maravilla. Este verano Marga va a quedarse en casa de mis suegros, quienes regentan un bar en la zona del puerto. A pesar de todas las calamidades estoy contenta porque toda la familia me ha ayudado,  a parte  Juana, la hija de Papi, quien siempre me pone trabas. Ella es un poco mayor que yo y se siente superior, por eso me manda siempre y cuando puede me echa broncas en lugar de darme una mano.
- Quizás tu hermanastra no sea mala, sólo que también ella lo pasó mal y puede que los celos todavía  se la estén devorando, le dijo Irene.
- Nosotros también lo pasamos fatal, sobre todo cuando desmontamos la casa, fue una cosa penosa, pero mi hermano y yo nunca nos peleamos al repartirnos los pocos  enseres de la vivienda, en cambio  Juana, demostró su codicia queriéndolo todo, incluso se llevó unos juegos de sábanas gastadas que ya estaban para tirar y no digamos las cuatro cosas de valor que había. Se emperró en decir que los anillos, los brazaletes y  los collares de perlas habían sido de su abuela. Se le notaba enojada, pero no sé con quién, quizás aún con  su padre porque había vivido tantos años con nuestra madre. Nosotros le dimos lo que reclamaba, pero nos sentimos a disgusto. Desde aquel día no hemos vuelto a saber nada más de ella.
- En todas las familias nacen malentendidos e incluso riñas para  apoderarse de joyas, que en realidad muchas veces son sólo piezas de bisutería o de manteles antiguos y sábanas un poco raídas por las polillas o de prendas de lencería del ajuar de alguna abuela, observó Irene.
- Menos mal que en amores no me puedo quejar. Sin quererlo poco a poco me  fui enamorando de mi  mejor amigo, se llama Manuel. Nos veíamos de vez en cuando,  me encantaba ir con él a tomar una copa, él me contaba sus cosas y yo las mías.  Hace un par de meses que llevamos saliendo juntos, pero por ahora cada uno sigue viviendo en su casa, no quiero darle más disgustos a Marga. No sé si te he dicho que Dani era cuatro años más joven que yo y que a veces no conseguía ir tras él,  pues siempre se empeñaba en trasnochar. Manuel en cambio tiene treinta y tres años, es más trabajador y no quiere salir tanto de juerga. Quizás finalmente mi vida esté siguiendo un nuevo cauce. ¡Eso espero! Dijo Trili terminando su relato.
- ¡Qué bonito enamorarse de un amigo! Le dijo Irene.
- Estoy contenta porque nos llevamos la mar de bien, el único problema es  su madre,  la pobre está mal de nervios y a Manuel le monta unos tinglados, que no veas.
- Todo se arreglará, estoy segura. Eres una muchacha muy lista, por suerte has ido aprendiendo de todas las penas, inconvenientes y demás percances del pasado, le susurró Irene a Trili, mientras le estaba pintando las uñas de los pies.
Irene aquella mañana estaba un poco agobiada, no por el trabajo pendiente que siempre se le iba acumulando, sino porque se sentía rara, como más sufridora. A pesar de que sus hijos vivieran fuera de casa, estaba preocupada por ellos sin un motivo real,  pensaba continuamente  en las jaquecas que  tenía su hijo, porque trabajaba demasiado y en la hija  que  llevaba una vida ajetreada, salía mucho y dormía poco; también estaba intranquila por su marido, quien últimamente detestaba a su jefe y cada dos por tres estaba de mal humor. Sin embargo poco a poco, escuchando a Trili, Irene notó que sus  angustias se le iban esfumando. La misma impresión de sosiego tuvo Trili hablando con ella.







sabato 2 giugno 2018

Lagartijas - Lucertole












Antes de bajarse del coche Lola se dio cuenta de que la vegetación  había empezado a echar hojas y flores. Había llovido seguido casi todo el mes de mayo, por eso cuando llegó a la casita notó el verdor de las plantas de los setos, que separaban los jardines de las viviendas adosadas, luego, a medida que se acercaba, las matas se le fueron apareciendo cada vez más tupidas.
Mientras sacaba el equipaje del maletero pensó en las tres cosas que apreciaba más de aquel lugar en primavera: el color verde que lo cubre todo, el aire fresco de la sierra y la luz limpia del sol de media mañana. Había poco movimiento, pues siendo apartamentos de vacaciones, a principios de junio no paraba casi nadie. Solo en tres casas vivían familias todo el año: la de Anselmo, el vigilante, la del Don Julián y la de la señora Remedios.
Don Julián era un viudo testarudo que no quería de ninguna manera vivir en la ciudad, se había refugiado en la sierra para ver un poco menos  a los hijos y para nada a  las nueras, quienes le estaban siempre encima. Sin embargo se ponía contento cuando le visitaban los nietos treintañeros. Tenía una buena jubilación y le gustaba la soledad. Iba a pasear por los montes y por la tarde se acercaba a la taberna del pueblo, donde jugaba a cartas con los parroquianos.
La señora Remedios en cambio, anhelaba largarse de la sierra, pero su presupuesto no daba para más. Ella también era viuda, pero a diferencia de Don Julián, su marido le había dejado sólo deudas, por eso dos veces por semana iba muy ilusionada al pueblo a jugar a bingo, sin embargo nunca ganaba nada.
Lola saludó a Anselmo, quien estaba atareado trajinando con una carretilla sacos que parecían de abono, su mujer casi no salía, sufría de nervios y se pasaba todo el día en casa mirando la televisión; luego vio a Don Julián,  sentado debajo del toldo del porche, leyendo el periódico, quien al levantar la cabeza y la saludó con la mano.
De la señora Remedios ni rastro. Las persianas de su chalet estaban  cerradas.
- ¡Qué raro! ¿dónde  puede estar a media mañana? Se  preguntó.
Remedios, tenía unos setenta años, era muy dicharachera, a pesar de sus problemas económicos, animaba a los vecinos con sus burlas y guasas. A veces les echaba una mano a los inquilinos, limpiando, cuando al principio de temporada se instalaban para quedarse todo el verano y dos veces por semana le hacía de asistenta a Don Julián.
- ¿Dónde se habrá metido? Tendré que ir a preguntárselo a Don Julián
Dejó las bolsas con víveres en la cocina y la maleta en el dormitorio. Las lagartijas, acostumbradas a una vida solitaria, se escondieron  por las grietas de la tapia, al oír los chirridos de los postigos de la puerta ventana, abriéndose. Lola desplegó las tumbonas de lona en la terraza, lugar de la casa donde se sentía más a gusto.
Se sentó y antes de deshacer el equipaje se deleitó mirando lo mucho que habían crecido los olivos, a pesar de que la intensa helada de algunos años atrás, luego se quedó como hipnotizada observando a los bichos que iban apareciendo de nuevo.
Lola había decidido salir un día antes que su esposo para intentar terminar un trabajo que tenía que entregar la semana siguiente, pero sobre todo para recrearse a sus anchas, leyendo y contemplando la naturaleza.
En aquella casita Lola y su marido guardaban muchas cosas que no les cabían en el trastero de su vivienda en la ciudad. Un cajón  de la estantería del salón estaba repleto de cartas, casi todas de su madre. A veces, cuando estaba sola lo abría y sacaba una.
Mientras leía la carta, el tiempo volvía hacía atrás y su madre se le aparecía más bondadosa, pero siempre sufridora. No sabía si había logrado ser feliz del todo, pues aún recordaba el daño que le había acarreado cuando a los veinte años se había ido de casa, pero a veces le gustaba pensar que a la larga su madre se había acostumbrado y que  les había beneficiado a todos estar distanciados, pero esa era otra historia.
Aquella mañana también hubiera deseado sacar del manojo una carta al azar, pero no podía permitirse el lujo de pensar en sus cartas, primero tenía que averiguar donde se había metido Remedios.
Se puso unas zapatillas y se dirigió hacia la vivienda de Don Julián.
- A Remedios anteayer se la llevaron a un geriátrico, pero creo que  no tardará mucho en volver, le dijo él.
- No entiendo nada ¿Quién se la ha llevado?
- Su sobrino ¿Quién iba a ser? ¿Te acuerdas de lo ambicioso y mandón que es? Esta vez  quiere convencerla de que se mude a una residencia  de esas tan baratas y que le deje la casita para alquilarla o venderla.
- ¡No me lo puedo creer! Dijo Lola
- No te preocupes, Remedios sabe lo que hace, antes de salir de casa me dijo que le encantaba ir a pasar un par de días a un geriátrico, tú ya sabes lo curiosa que es; sólo quiere meter las narices en las vidas ajenas, para saber cómo se sienten los demás siendo tan mayores, le dijo Don Julián encendiéndose un cigarrillo.
- Esperemos que vuelva pronto, ya la estoy echando de menos!
Lola volvió a su casa y se sentó en la tumbona. Leyó largo rato, hasta que sintió hambre. En  un trozo de tierra de su jardín, Anselmo, meses atrás, había sembrado hortalizas y las cuidaba como si fueran princesas. Lola vio que las lechugas eran ufanas, por eso cortó una y  se preparó una ensalada.
Por la tarde durmió una siesta bajo la sombra del nogal, mientras tanto las lagartijas volvían a salir de su agujero.
Tras despertarse sacó una carta del manojo del cajón, fechada mayo 1985; la leyó lentamente, su madre empezaba hablando de los nietos, que si éste no comía, que si el otro no dormía, luego de los apuros de  cada uno de los miembros de la familia, que si a uno no le gustaba el trabajo que hacía, que si al otro lo habían despedido, que si había reñido con su cuñada por un malentendido, pero sobre todo contaba las peripecias de Maruja, la vecina de en frente, mujer muy  llamativa de quien las malas lenguas decían que se entendía con el cura;  Maruja  al amanecer había despertado a toda la calle echando a su marido de casa, porque tras una redada de la policía lo habían encontrado en una casa de putas que había en la carretera; hacia el final de carta reparó en un escrito inconsueto, donde la madre decía:
¡Sabes que el martes que viene hará 40 años que tu padre y yo nos casamos? ¡Cuantos años! Toda una vida juntos y todavía seguimos queriéndonos. Tu padre dice que nos quedan pocos años de vida, pues a él le faltan pocos para cumplir los setenta y se siente mayor, yo le digo que aún podemos pasar felices unos cuantos años más; Dios dirá cuál va a ser nuestro destino.
- Quizás es la primera vez en que mamá habla de ella misma, se la tengo que enviar a Consuelo y a Tadeo, se dijo.
Lola envió un mensaje a sus dos hermanos con la foto de carta para que compartieran con ella aquel recuerdo. Mientras aún pensaba en la madre, quien por aquel entonces tenía exactamente su edad, oyó la voz de Remedios.
- ¡Lola, Lola!
- ¡Ahora voy, estoy en la terraza, entra!
- ¡Que ilusión que estés aquí ! Tengo que contarte tantas cosas, le dijo mientras la besaba y se sentaba a su lado en otra tumbona. 



Le  lucertole

Prima di scendere dalla macchina, Lola si rese conto che le piante avevano iniziato a crescere a dismisura. Era piovuto di seguito quasi tutto il mese di maggio, per questo mentre si avvicinava fu colpita dalle folti siepi che separavano i giardini delle villette a schiera.
Appena scaricate le valigie dal bagagliaio pensò alle tre cose che più apprezzava di quel luogo in primavera: le diverse tonalità di verde che ricoprivano quasi tutto, l'aria fresca dei monti e la luce limpida di metà mattina. C'era poco movimento all'inizio di giugno, in quando le casette eravano luoghi di vacanza. Solo tre appartamenti erano abitati durante tutto l'anno: quello di Anselmo, il custode, quello di Don Julián e quello della signora Remedios.
Don Julián era un vedovo ostinato a non voler abitare in nessun modo in città, si era rifugiato in campagna per vedere di meno i parenti, ma soprattutto le nuore. Era felice solo quando venivano a trovarlo i figli e i nipoti trentenni. Aveva una buona pensione, ma spendeva poco. Gli piaceva la solitudine e quasi ogni giorno faceva delle passeggiate nei dintorni, poi nel pomeriggio andava alla locanda del paese, dove giocava a carte con i frequentatori assidui del locale.
La signora Remedios, d'altro canto, desiderava ardentemente allontanarsi dalla campagna, ma la sua magra pensione non le permetteva di trasferirsi in città. Era anche lei vedova, ma a differenza di Don Julián era squattrinata, dato che il marito le aveva lasciato solo debiti, forse per questo due volte a settimana andava a giocare a bingo, ma senza mai vincere un centesimo.
Lola salutò Anselmo, che era impegnato a spingere con un carretto alcuni sacchi di fertilizzante, la moglie quasi mai usciva di casa, soffriva di depressione e trascorreva tutto il giorno a guardare la televisione; poi vide Don Julián, che era seduto sotto l'ombrellone della sua terrazza, a leggere il giornale. Lui, quando alzò la testa, la vide e la salutò con la mano.
La signora Remedios non dava segni di vita. Le persiane della sua casa erano insolitamente abbassate.
- Che strano che non ci sia a quest'ora, pensò Lola.
Remedios, aveva circa settanta anni, era molto loquace e nonostante i suoi problemi economici incoraggiava spesso i vicini con delle battute. A volte dava una mano agli inquilini, quando all'inizio della stagione si sistemavano per restare tutta l'estate; poi due volte alla settimana faceva le pulizie e la spesa a Don Julián.
- Dove sarà finita? Dovrò andare a sentire Don Julián, disse Lola a voce alta.
Lasciò i sacchetti della spesa in cucina e la valigia in camera da letto. Le lucertole abituate alla loro vita solitaria si nascosero nelle fessure del muro, quando sentirono il rumore delle imposte della porta finestra che si aprivano. Lola tirò fuori le sedie a sdraio. La veranda, era il posto della casa dove si sentiva più a suo agio
Prima di disfare i bagagli, si sedette fuori e si soffermò a guardare gli ulivi, rendendosi conto di quanto fossero cresciuti, nonostante il gelo intenso di qualche anno prima, poi rimase ipnotizzata a guardare le lucertole che cominciavano ad uscire di nuovo dalle loro tane.
Lola aveva deciso di lasciare la città un giorno prima di suo marito per cercare di finire un lavoro che avrebbe dovuto consegnare la settimana successiva, ma soprattutto per rilassarsi leggendo e facendo delle passeggiate.
In quella villetta Lola e suo marito conservavano molte cose che non trovavano posto nel piccolo ripostiglio della loro casa in città. Nella libreria del soggiorno c'era un cassetto pieno di lettere, quasi tutte della madre. A volte, quando era da sola, lo apriva e tirava fuori una lettera a caso.
Mentre la leggeva, il tempo le tornava indietro e sua madre le appariva forse più gentile, ma sempre sofferente. Non sapeva se la madre fosse riuscita a essere felice, ricordava quanto aveva sofferto quando le aveva detto che sarebbe andata via di casa, ma le piaceva anche pensare che la sua partenza avesse alla fine giovato anche alla madre, ma quella era un'altra storia.
Quella mattina avrebbe voluto prendere una lettera e leggerla, ma non poteva farlo, prima doveva scoprire dove era andata a finire Remedios.
Si infilò le scarpe da ginnastica e andò a casa di Don Julián.
- L'altro ieri Remedios è stata portata in una casa di cura, ma penso che ritornerà ben presto, disse il vedovo.
- Non capisco niente, chi l'ha portata via?
- Suo nipote, chi altro potrebbe essere; vuole convincerla a trasferirsi in una struttura per anziani e quindi lasciare a lui la casa per trascorrere le vacanze o piuttosto affittarla.
- Non ci posso credere! Disse Lola
- Non ti preoccupare, Remedios sa quello che fa, prima di uscire di casa mi ha detto che era contenta di andare a trascorrere un paio di giorni in una casa di cura: tu sai quanto sia curiosa lei, le piace ficcare il naso nelle vite altrui, sapere come si sentono le persone anziane quando sono costrette a stare là, disse don Julián accendendosi una sigaretta
- Spero che ritorni presto, comincio a sentire la sua mancanza!
Lola ritornò a casa e si sedette duori su una sedia sdraio. Lesse a lungo, finché non ebbe fame. Nel suo giardino Anselmo, mesi prima, aveva piantato degli ortaggi, che curava come se fossero cose preziose. Lola vedendo le lattughe rigogliose, ne tagliò una e preparò un'insalata.
Nel pomeriggio si addormentò sotto l'ombra del noce, intanto le lucertole ricominciarono a uscire di nuovo dalla loro tana.
Dopo essersi svegliata prese una lettera della madre dal cassetto, datata maggio 1985 e la lesse lentamente, la madre cominciava, come era il suo solito, lamentandosi dei nipotini, chi non aveva appetito, chi non dormiva mai, dopo passava a parlare un po' del padre e dei fratelli di Lola, poi raccontava di altri parenti o conoscenti, in quella lettera nominava Maruja, la vicina dirimpettaia, donna molto esuberante di cui le male lingue dicevano che aveva una storia col prete: all'alba di qualche giorno prima Maruja aveva svegliato tutto il vicinato nel buttare il marito fuori di casa, perché dopo un'incursione della polizia era stato trovato in un bordello sulla strada provinciale. Verso la fine notò che la madre stranamente parlava di se stessa dicendo:
Lo sai che il prossimo martedì saranno 40 anni che tuo padre e io ci siamo sposati? Quanti anni! Tutta una vita insieme e ci amiamo ancora. Tuo padre dice che ci restano pochi anni, forse perché gliene mancano pochi per compierne settanta e si sente quasi anziani; io gli rispondo che possiamo ancora trascorrre qualche altro anno insieme, Dio dirà quale sarà il nostro destino.
- Miracolo, la mamma parla dei suoi sentimenti, devo mandarla ai miei fratelli, si disse.
Lola inviò un messaggio ai fratelli con la foto della lettera in modo che potessero condividere quel ricordo. Mentre pensava ancora alla madre, che a quel epoca aveva esattamente la sua età, sentì la voce di Remedios.
- Lola, Lola!
- Entra sono  sotto la pergola, vieni!
- Che piacere rivederti! Devo raccontarti tante cose, disse mentre la baciava e si sedeva sulla sedia accanto a lei.

 





mercoledì 16 maggio 2018

Las modistas de Fausta



A Fausta le gustaba arreglarse pero sin llegar a ser llamativa, por eso se maquillaba poco y le daba vergüenza salir con las uñas pintadas de rojo.
De pequeña mirándose al espejo no es que se viera fea, pero ni siquiera guapa; no es que fuera una niña tímida, pues estaba a gusto conversando con la gente, pero a veces se sentía desplazada y aprendió muy pronto que era mejor dejar de preguntar y de hablar de sus cosas, pues los mayores a veces le reñían por su ingenuidad. Su carácter inseguro quizás era debido a su nombre raro, que heredó de una abuela. También los reproches que su madre no paraba de hacerle influyeron en su manera de ser.
- ¡Qué pelos que te han salido! Tienes que depilarte las piernas, ya. Y no digamos nada de tu pelo. ¡Qué lacio que lo tienes! Voy a  cogerte hora  en la peluquería para que te hagan la permanente. Hay que ver, con lo bonita que eras de pequeña, le decía cada dos por tres.
Sus amigas del pueblo a los doce años empezaron a acicalarse y a coquetear con los muchachos. Fausta se sentía distinta, de lejos le gustaban los chicos, pero cuando uno de ellos le iba detrás, dejaba de lado sus sentimientos platónicos y se escabullía.
Los veraneantes le atraían más que los pueblerinos, por eso Fausta hilaba historias e inventaba amores que iban cambiando como el viento.
- ¿Por qué me olvido de aquel chico alemán tan guapo? ¡Qué tonta que soy! Me gustaría retenerlo en mi corazón, se decía.
La madre estaba orgullosa de que, los domingos y los días de fiesta, sus dos hijas lucieran trajes elegantes;  en cambio del  hijo pequeño muy pronto se despreocupó, pues cada vez que le ponía unos pantalones nuevos volvía con desgarros en las rodillas.
En aquel entonces aún no se compraban las prendas confeccionadas, las mujeres acudían a las modistas y los hombres a las sastrerías.
En el pueblo había dos o tres modistillas, quienes se ocupaban más que nada de remiendos y el taller de costura de las hermanas Fresones, que cortaba y cosía trajes a la moda. Por la tarde, las muchachas casaderas  iban al taller de costura para que les fueran enseñando a coser.
El costurero formaba parte de la vivienda, que las hermanas habían heredado de una vieja señora, a quien la madre había servido como criada toda  su vida.  Era una habitación amplia y luminosa, la luz entraba por una gran ventana que daba a la calle. Tenían dos o tres obradoras, mujeres del pueblo que sabían coser y que necesitaban ganar un sueldecito, pues  sus maridos cobraban poco  trabajabando a destajo en obras de albañilería o haciendo chapuzas. Las costureras se disponían, cerca de la ventana, alrededor de una mesa en la que se mezclaban, hilos, relates, telas, dedales, cojines para agujas y alfileres, cintas métricas y tijeras. En la pared de enfrente de la entrada había un maniquí y otra mesa, iluminada por una gran lámpara, donde se diseñaban figurines y  luego  con tizas de colores se trazaban líneas en las telas siguiendo los modelos de papel; en el fondo había  un trastero  inmenso, el cuarto de los armarios,  tal era el nombre que le daban; un armario estaba  repleto de retales de tejidos, el otro de  perchas donde se guardan las prendas que había que probar y el último era el más valioso, pues contenía los vestidos recién terminados, que se iban a entregar, envueltos en papel fino.
Consuelo, la hermana mayor de Fausta, fue al costurero durante muchas temporadas. Cuando volvía a casa a la hora de cenar, les contaba a la madre y a la hermana los chismes que salían de la boca de las cotorras, algunos eran graciosos, otros eran malignos, dignos de mujeres superficiales.
Catalina y Paquita Fresones eran dos solteronas con aires de grandeza. Catalina,  llevaba la voz cantante. Era una rubia, guapa y llamativa, que había tenido mala suerte en amores, quizás porque era demasiado mandona y marisabidilla. A Paquita también le gustaba lucir, pero era mucho más quieta y cuando hablaba Catalina callaba, pues temía el mal genio de la hermana; en cambio con las obradoras o con las chicas que iban a aprender, desahogaba su mal humor y les echaba  reproches cuando  se equivocaban.
- Qué panza que tienes Faustita, yo que ti me pondría una faja, de otra manera no vas a encontrar novio, le decía Catalina, riendo a carcajada limpia, mientras sacaba de la almohadilla los alfileres que sus labios iban sujetando, antes de clavarlos en el dobladillo del vestido que le estaba probando.
Fausta empezó a detestar  a Catalina, aunque cada año le hiciera un vestido bonito, seguía aborrreciéndola, porque chillaba y se reía descaradamente de todo el mundo; además cada vez que iba a probarse al costurero le hacía sentir un adefesio. Por aquel entonces no es que estuviera gorda, pero aún no había hecho el estirón. A los catorce años, cuando se volvió mujer su silueta se estilizó, sin embargo nunca supo la cara de rabia que habrían puesto las modistas al verla, pues aquel año de ninguna manera quiso oír hablar de las Catalinas, así llamaba su madre a las hermanas Fresones.
La madre de Fausta al principio se ennojó, pero al cabo de poco no insistió más y comenzó a comprarle la ropa en los grandes almacenes de la ciudad,  a donde iban juntas en tren.
En los años setenta, llegó la moda hippy y los jóvenes empezaron a cambiar sus atuendos. Fausta, cuando fue a la universidad,  cambió sus blusas, faldas y abrigos por jerséis, camisas amplias, vaqueros y tabardos.
Cuando algún fin de semana volvía al pueblo y por casualidad pasaba por la calle de las Catalinas,  imaginaba lo que estarían diciendo de ella las modistas detrás de los visillos:
- Hay que ver que desastre de ropa que lleva Faustita, parece una pobretona. Yo de su madre no la dejaría salir de casa.
Para Fausta fueron años sin adornos, sin embargo, cuando dejó el piso que compartía con otros estudiantes y se fue a vivir con su novio, empezó poco a poco a engalanarse. Se pintaba poco, pero volvió a ponerse faldas y vestidos. Los años fueron pasando y Fausta se casó, encontró trabajo  en un centro de  asistencia social y tuvo dos hijos. En aquellos años, todo eran corridas, entre la casa y el trabajo, con poco tiempo para mirarse al espejo. Un día su marido le regaló un  vestido  negro  escotado y ceñido en cintura y en  las caderas.
- Es muy bonito, pero me siento rara, decía Fausta, riéndose.
- Pero que no mujer, que te queda fenomenal, le replicaba su marido.
Se puso aquel traje negro para salir con él y se sintió a su aire. A lo largo de los años su marido siguió regándole  ropa y zapatos el día de su cumpleños y ella  a medida que los niños  fueron creciendo, empezó a deleitarse poniéndose ropa  más refinada.
Nunca se había pintado las uñas  con colores llamativos. Un día sin embargo, cuando tenía unos cincuenta años, notó que habían puesto un local de belleza en la calle paralela a la suya. Pasó en frente y vio, por la puerta ventana, a una mujer rubia, quien enseguida le recordó a Catalina, la modista de su infancia. Las dos, la de antaño y la de ahora, se parecían mucho, ambas eran guapas, tenían ojos azules intensos y llevaban el pelo recogido en un moño, un poco desgreñado.
Fausta sin darse cuenta entró, quizás porque la rubia de la manicura tenía una mirada afable y complaciente, pero nunca supo la razón por la cual le pidió que le pintara las uñas de color carmín. Hablaron primero del tiempo y luego de cosas más personales. La rubia, mujer sencilla y campechana, le contó la historia de su divorcio y de lo bien que estaba sin el pesado de su ex marido. Después se acercó una peluquera, quien haciendo bromas les dio a entender los problemas que tenía con su pareja. Al salir Fausta pensó en que aquellas dos mujeres tenían una vida ajetreada y difícil, al tener que trabajar tantas horas y no tener quien se ocupara de sus hijos adolescentes, sin embargo coservaban el buen humor, no como las hermanas Fresones que transformaban su infelicidad en malas caras e insolencias, luego se miró y remiró las manos y se dijo riendo:
- ¿ Quién me lo hubiera dicho que un día me iban a encantar las uñas pintadas?










martedì 1 maggio 2018

Ettore











Estaba cansada pero aún tenía un poco de energía, era quizás la última que me quedaba  antes de terminar aquella primavera tan rara. Intenté despegarme del trabajo, al que dedicaba demasiado tiempo.
Me apetecía matricularme a uno de los cursos que habían salido, a pesar de que sabía que estaría liada toda la semana. Al final me apunté a dos cursillos, uno sobre la comunicación entre profesores y alumnos, lo hacían los martes por la tarde y al otro, que era un taller de escritura autobiográfica, iría los viernes. En el primero sabía que participarían algunos profesores de mi Instituto, sin embargo a muchos de ellos apenas los conocía; en el segundo en cambio no tenía ni idea de quien iba a encontrar, lo empecé porque me lo aconsejó una amiga, quien luego no se apuntó. En ambos encuentros los participantes hicimos un corro con las sillas y luego nos presentamos.
- Me gusta estar entre desconocidos, me dije entonces.
En aquel mes de marzo mi rutina se iba llenando de historias ajenas. A pesar de que algunas noches estaba agotada me gustaba aquella algarabía de personas nuevas.
Una mañana, sentada en la sala profesores, mientras estaba haciendo mil cosas, una compañera me preguntó:
- ¿Irías tú al hospital a dar clases de tu asignatura a una chica de segundo, a quien han tenido que ingresar por problemas de anorexia? Nadie quiere o puede ir.
- Yo ahora mismo estoy saturada de trabajo y a veces  agobiada, lo que me convedría sería un poco de ocio. ¿Pero de verdad no va a ir nadie?
- Eres nuestra última esperanza, de otra manera la chica pueda que suspenda, pero si le damos algunas clases y le hacemos exámenes parciales, pueda que logre aprobar.
- Bueno, si son pocas clases voy a ir yo, le dije.
El hospital estaba bastante lejos de mi casa, pero el hecho de ayudar y ver sonreír a aquella chica delgaducha hizo que no me fuera pesado el viaje en autobús. Sea a la ida que a la vuelta lograba sentarme y abrir un libro, también eso contribuyó a que aquellas excursiones a la parte alta de la ciudad fueran más llevaderas. Nos fuimos turnando los lunes por la tarde con la profesora de matemáticas. A medida que pasaban las semanas afortunadamente la chica se iba recuperando, todos le notábamos un colorido más sano.
A finales de Abril terminé mis dos cursillos:
- Menos mal que empiezo a saborear mi tiempo libre, iba diciéndome a mi misma una mañana al salir de la escuela.
La voz de Antonio, el bedel de la planta baja, me sacó de mi ensimismamiento:
- Profesora, tiene que ir a la secretaría a firmar algo.
- Gracias Antonio, voy en seguida
Mientras subía de nuevo al primer piso no podía imaginar que me estaba cayendo otra cosa que me alejaba de mi anhelado ocio.
- La directora la ha seleccionado, junto a otros profesores, para que siga un curso sobre la seguridad de las escuelas: primeros auxilios y anti-incendio. Empezará la semana que viene y las clases serán de tarde.
- Madre mía, no sé si lograré salir viva con todos esos cursos, me dije.
Fueron tres semanas atiborradas, llegaba a casa rendida, a pesar de que los temas de los cursillos fueran interesantes.
La última tanda de clases de socorrismo nos las dio una profesora joven, la doctora Maccani. Durante una de las pausas, mientras tomábamos un café, me puse a hablar con ella.
- ¿Por casualidad tiene usted un hermano o un primo que se llame Ettore? Se lo pregunto porque siendo Maccani un apellido bastante raro y teniendo mi hija un amigo que se apellida como usted, he pensado que podrían ser parientes.
- Sí, tengo un sobrino que se llama Ettore Maccani, pero no puede ser el amigo de su hija, pues hace cinco días que nació, junto a su hermano gemelo, me contestó.
Nos pusimos a reír las dos mientras por las escaleras monumentales bajaba un señor alto, delgado y muy distinguido. Lo reconocí en seguida, no había cambiado mucho, seguía llevando una barba bien cuidada. Era Carlo Terni, el director de la pequeña escuela primaria donde iban mi hija y su compañero Ettore, veinte años atrás. El director se acercó ya que él también me reconoció. Tras presentarlo a la doctora, le conté lo que estábamos diciendo.
- ¿Se acuerda del alumno Ettore Maccani?
- Sí, claro que me acuerdo de él, era un chico listo y muy gracioso. Hacía parte del grupo de teatro de la escuela y lo hacía muy bien.
- Iba por buen camino, pues, después de haber estudiado en la Academia de arte dramático, se ha dedicado al teatro, le dije yo.
- Tengo ganas de conocer al homónimo de mi sobrino, a ver coincidimos y  me lo presenta, me dijo la doctora.
Antes de despedirnos, el director nos contó que se había jubilado, pero que seguía ocupándose de enseñanaza y que por cierto aquel día estaba participando a una charla sobre la didáctica innovadora. Luego, volviendo en bicicleta, seguí pensando en el director, la doctora y Ettore. Al llegar a casa le conté a mi marido la historia de los homónimos y a él le hizo gracia y me dijo:
- Menos mal que te diviertes en los cursos y logras sacarles el lado positivo.
Aquella primavera tan rara terminó y dejó una secuela de vivencias y coincidencias: la chica de segundo aprobó y volvió a casa, los profesores del curso de comunicación fuimos a cenar juntos y nos lo pasamos  la mar de bien, recibí una linda mail de una compañera del curso de escritura y  la doctora Maccani  y yo fuimos a ver una obra de teatro  en la que actuaba Ettore.