martedì 21 giugno 2016

Mezcla de vino y adjetivo


La barriga de la mujer está revuelta, por eso se levanta temprano de la cama y se sienta en el sofá del salón. Todavía hay el mantel en la mesa y encima solo quedan dos tarros de cristal con dentro una capa de cera roja. Piensa en que va a ir a comprar otros, pues le encanta alumbrar la mesa con velas cuando hay invitados. Coge de la estantería un libro al azar; mientras lee la primera página nota que sus tripas no paran de ronronear. Se siente mareada y con ligero dolor de cabeza. Lee una frase y le queda grabado el adjetivo. Lo repite varias veces. Y lo subraya en el libro.
Siente una punzada en la parte baja del abdomen, va corriendo al cuarto de baño y se queda sentada largo rato en el váter leyendo el primer capítulo del libro.
Le sigue gustando quedarse quieta sentada en el retrete, mientras el aire tibio de la mañana entra por la ventana. De niña se quedaba, después de cenar, un sinfín de veces en el inodoro escuchando el silencio de la noche, intercalado por el barullo que hacían su madre y hermana, mientras una lavaba y la otra secaba los platos; a menudo se peleaban, entonces si que gritaban y se alborotaban.
El marido en la cocina prepara el desayuno y cuando la mujer sale del cuarto de baño se acerca al pasillo y le dice:
- ¡Buenos días! ¿Has dormido bien?
- Me siento rara, seguro que es la resaca de la cena de anoche.
- Pero si no comiste casi nada y no digamos que bebiste mucho, replicó él.
- Tienes razón, pero empecé con una copa de vino con burbujas y acabé con una añejo de Cerdeña. No debería de haberlos mezclado. Dijo esto como riñiéndose a sí misma.
Esa mañana el vino le parece un veneno y no le apetece comer nada. Está como en otro mundo, donde todo transcurre más lento. Siente como si pudiera darse cuenta de todas las reacciones químicas que tienen lugar en sus células y quisiera ayudar a que todo marchara bien e eliminar las substancias dañosas. Decide que ese día va a ser distinto, quiere escuchar atentamente todas las partes de su cuerpo, dedicarles cariño. Luego mimarse todo lo que pueda, haciendo cosas distintas a las habituales:
Primera cosa, salir a pasear, después de un desayuno lento a base de té verde.
Segundo, comer poco y sano, casi menú de hospital.
Tercero, beber todo el día mucha agua o infusiones tibias.
Cuarto, gozar de la casa escuchando música, leyendo y hablando con el marido.
Quinto ir al cine por la noche.
En realidad  tiene un día relajado, se recrea un buen rato con su marido en el sofá de casa,  no salen porque por la tarde se pone a llover.
Por la noche su dolor de cabeza ha desaparecido y sus tripas parecen menos revueltas. A las ocho quedan con unos amigos en la taquilla de un cine.
Después de la película, los amigos invitan a la pareja a tomar una copa y unas tapas en su casa.
La mujer está a gusto hablando con ellos. Al no beber ni comer nada puede mirar la escena  como desde fuera: obserba los tacos de queso que  van despareciendo de la mesa; las rebanadas de pan con tomate, que una mano tras otra saca de la bandeja; los vasos de vino que poco a poso se  van llenando y en seguida vaciando; las galletas con almendras  que huyen del plato para dejarse mojar en una copa de vino dulce y luego se acercan a las bocas de los invitados. Por fin escucha el ruido de las cucharitas en las tazas de café, que no paran de menearse.
Absorta en todo aquel baile de manjares y bebidas ella piensa de nuevo en su adjetivo.
A medianoche  se marchan y mientras camina lentamente por la calle se da cuenta de que se siente en forma. Coge a bracete a su marido y le susurra el adjetivo que le gusta tanto, no sabe bien el porqué, siendo una palabra tan común:
Espabilado
- ¿Sabes de dónde viene?
-  Ahora no caigo, le  contesta él.
- Pues de espabilar, que quiere decir quitar la parte ya quemada de la mecha a velas y candiles. Se lo cuenta al marido, mientras lo besa en los labios con ardor.




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