sabato 24 novembre 2012

La carta perdida - la lettera perduta








Aquel día en los anaqueles del viejo garaje, que estaba vaciando, al sacar un montón de viejos y polvorientos libros, apareció un sobre blanco, que contenía la carta perdida.
Finalmente después de tantos años salió de nuevo aquel pequeño diario, que desde finales de los noventa había escrito durante casi dos años, en forma epistolar a U. Le hablaba de mi vida junto a él, de nuestras historias cotidianas, de nuestros hijos que entonces tenían seis y ocho años y sobre todo le contaba los recuerdos del día en que nos enamoramos, en aquel lejano noviembre de 1976.
Se la entregué un día caluroso antes de salir de vacaciones hacia mi tierra natal, donde iba con los niños, sin embargo al cabo de dos semanas él nos alcanzaría y juntos haríamos un pequeño viaje por el sur de España. Le dije que tenía que leerla el domingo siguiente, que era el día de su cumpleaños.
Noté que la carta no le había gustado del todo, ya que cuando nos volvimos a ver no deseaba hablar mucho de ella.
Me lo imaginé meláncolico leyendo la carta, sentado en el sofá rojo de nuestra casa al lado del ventilador, para placar el bochorno que hacía.
Durante el viaje que hicimos por Andalucía, mientras él conducía y los niños dormían, yo miraba el paisaje desierto de la Sierra Morena y me preguntaba:
- ¿Quizás él, después haber leído aquellos episodios de nuestra vida íntima,  ha pensado que una vez escritos ya no eran sólo nuestros?
- ¿Puede ser que sus recuerdos fueran distintos a los míos?
Luego olvidé la carta, que tanto me gustó escribir, y quedó escondida en un estante polvoriento  del garaje.
Aquella tarde en la que estaba preparando la mudanza subí las escaleras deprisa y entré en casa diciendo:
- He encontrado la carta perdida.
- ¡Ves  como no la he perdido yo, eres tú la que siemre lo esconde todo! Dijo U.
Estaba de mal humor, pues había trabajado mucho durante aquellos días, ya sea siguiendo las obras para renovar el local que habíamos comprado, que en su trabajo cotidiano. Pero sobre todo estaba un poco ofendido por lo que yo le había dicho aquella tarde :
-  Eres un poco mandón, siempre lo decides todo tú.
- Pues, tú en cambio no decides nunca nada, pero luego criticas lo que hacen los demás, respondió  él.
- No quiero enfadarme, pero quisiera hacer hoy el traslado, repliqué yo.
- Aún no, esperemos otra semana, me dijo.
- Pues yo lo hago hoy mismo, aunque tenga que hacerlo sola.
- Haz lo que te dé la gana, contestó él.
Yo solo deseaba empezar a sacar cachivaches, pues sentía ansiedad porque no soportaba tener cosas pendientes y me mataba postergar cada vez la mudanza al próximo fin de semana.
Me puse ropa vieja y me fui al garaje aprovechando la tarde suave de finales de octubre.
Con las manos sucias de polvo empecé a leer aquella carta, que a su vez hablaba de otra carta perdida escrita en un papel fino azul, en la que muchos años atrás había recordado los mismos acontecimientos de aquel día de noviembre de 1976.
- Mi vida estaba llena de cartas perdidas, pensé.
Mientras sacaba y separaba los libros que quería guardar de los que hubiera sido mejor tirar, un grupo de jóvenes ocupas entró en el el local de al lado. Había sido una pequeña academia de arte, pero estaba cerrada desde hacía tiempo.
Estaba leyendo la carta cuando se me acercó un hombre delgado de unos cuarenta años, que  hacía parte del grupo y con un acento de Bologna me dijo que era un poeta. Era muy amable y quería ayudarme a transportar cajas de libros. Estuve un ratito con él.
El poeta era muy locuaz y extrovertido, me contó que había estado encerrado en la cárcel unos años, porque una noche había participado a unos amigos al robo una tienda de instrumentos musicales. Su abuelo, quien había llegado a la ciudad de un pueblecito de los Apeninos, le había enseñado a tocar el acordeón. Pero la vida había sido muy dura con él, había perdido primero al abuelo y luego el viejo instrumento. Por eso su sueño era poseer un acordeón. No se acordaba de como se había liado en aquella empresa, sin embargo nunca podría olvidar el día en que los agentes de policía los habían descubierto con las manos en la masa. Las cosas se complicaron y el tuvo que estar una temporada en la prisión. Desde entonces cuando se sentía muy solo en la celda leía  libros que le enviaba su madre y escribía poesías. Cuando salió de la cárcel empezó a colaborar con los de anarquistas de la ciudad, a través del cual publicaba, en una revista mensual, sus poesías.
Le dije que me gustaría mucho leer sus poemas y él me dijo que al día siguiente me regalaría la última revista con sus poesías.
A lo largo del corto camino que separaba los dos garajes, el nuevo y el viejo, oía las voces de la pandilla de ocupas que cantaba:
- lottiamo, lottiamo e la casa occupiamo1
Trasladé libros y trastos viejos hasta que la luz del día iluminó el garaje, pues no había corriente eléctrica.
El despertar dominical fue triste porque ambos aún estábamos ofendidos, a pesar de que hacía un día soleado y límpido:
Me levanté deprisa y salí a dar una vuelta sola. U. desayunó lentamente, pero luego me dijo que solo tenía ganas de salir. Vagabundeamos los dos por la ciudad sin encontrarnos.
Cansada de andar me paré en un mercadillo y mirando unos tenderetes encontré un viejo libro, publicado en los años cuarenta, que me llenó de curiosidad : “lettere d'amore perdute e altri racconti” de Keller, un escritor suizo del siglo XIX. Hojeándolo descubrí en lo alto de la primera página la inicial U. imprimida con un sello. Con aquel libro en mis manos me tranquilicé.
Volviendo a casa vi que  unos albañiles tapiaban la puerta de la vieja y destartalada academia de arte. Ya no quedaba ni rastro de los ocupas.
Entré por última vez en el viejo garaje y encontré en el suelo una carta con la que el poeta se despedía de mí dedicándome una poesía.
La donna solitaria
ferma sull'uscio
legge un lungo scritto,
sarà una lettera d'amore?
Le sue mani polverose tremano,
il suo sguardo è lontano
ma le sue labbra disegnano un leggero sorriso.
Sarà forse la nostalgia di un grande amore?2
U. volvió a casa también un poco más tarde. Poco a poco la calidez de la sopa de calabaza, puerros y alcaparras y la bondad de una copa de vino tinto, nos reconcilió. Volvió entre nosotros el buen humor y las ganas de estar juntos.
Nos contamos nuestras emociones y nuestros pensamientos. Mientras escuchaba a U. quien me estaba describiendo la belleza de un antiguo e histórico edificio, que aquella tarde había visitado, pensé:Gracias al hallazgo de la carta muchas historias se habían entrecruzado.
Aquel día antes de acostarme puse la carta  dentro de uno de los  libros de la estantería.
Quien sabe si algún día la volvería a encontrar y otras historias se enredarían de nuevo.


1 Luchemos, luchemos y la casa ocupemos
2 La mujer solitaria inmóvil en la puerta lee un largo poema, será una carta de amor?. Sus manos polvorientas tiemblan, su mirada es lejana, pero sus labios dibujan una ligera sonrisa. Será quizás nostalgia de un gran amor?



La lettera perduta
Quel giorno negli scaffali del vecchio garage, che stavo svuotando, nel togliere dei vecchi e polverosi libri, riapparve una grossa busta bianca, che conteneva la lettera perduta.
Finalmente dopo tanti anni era venuto alla luce quel piccolo diario, che dalla fine degli anni novanta e per quasi due anni, avevo scritto in forma epistolare a U.
Gli parlavo della mia vita insieme a lui, delle nostre storie quotidiane, dei figli, che allora avevano l'uno sei anni e otto l'altra , ma soprattutto ricordavo quel pomeriggio d'autunno della fine degli anni settanta in cui ci siamo incontrati.
Gli consegnai quella lettera un giorno afoso di luglio, prima della nostra partenza per le vacanze sulla costa catalana, dove sarei andata con i bambini. Dopo due settimane lui ci avrebbe raggiunti e poi insieme avevamo previsto di fare un piccolo viaggio nel sud della Spagna. Gli dissi che doveva leggerla la domenica successiva, che era il giorno del suo compleanno.
Notai che qualcosa del mio scritto gli aveva dato un leggero fastidio, perché quando ci siamo rivisti ne parlava malvolentieri.
Immaginai U., con un' espressione un po' malinconica, mentre leggeva la lunga lettera, seduto sul divano rosso, vicino al ventilatore, per trovare un po' di sollievo dal caldo soffocante.  con un' espressione un po' malinconica.
Durante il viaggio, mentre lui guidava e i bambini dormivano, guardavo silenziosa dal finestrino il paesaggio brullo e deserto delle Sierra Morena e mi chiedevo:
- forse leggere episodi della nostra vita intima di allora gli crea un po' d'imbarazzo, perché una volta scritti non saranno solo nostri?
- può darsi che i suoi ricordi siano diversi dai miei?
La lettera che tanto mi era piaciuto scrivere era stata dimenticata in un polveroso scaffale del garage.
La sera in cui stavo facendo il piccolo trasloco, ho salito in fretta le scale e sono entrata in casa dicendo:
- ho ritrovato la lettera smarrita!
- vedi che non sono stato io a perderla, anzi sei tu quella che tutto nasconde, disse U.
Lui non era di buon umore, a causa della stanchezza accumulata in quei giorni, sia nel lavoro quotidiano, che in quello di seguire da vicino la ristrutturazione del nuovo fondo, ma forse era anche un po' risentito per ciò che gli avevo detto quel pomeriggio:
- Sempre vuoi avere ragione e decidere tutto te.
- Tu invece non prendi mai posizioni e poi critichi quello che fanno gli altri, rispose lui.
-  Non le ho prese perché non voglio arrabbiarmi, ma oggi vorrei fare il piccolo trasloco,    esclamai quasi impaziente.
- Non te lo consiglio, sarebbe meglio aspettare un'altra settimana.
- Ma io lo voglio fare adesso, quindi lo farò da sola
- Fai come ti pare, disse lui chiudendo il discorso
Volevo cominciare a svuotare il vecchio garage, perché sentivo l'ansia tipica di quando si lasciano le cose inconcluse. Non sopportavo il dover posticipare ogni volta il trasloco di una settimana. Era tutto una mia fobia, me ne rendevo conto, ma non potevo fare altrimenti.
Ho indossato dei vecchi vestiti e me ne sono andata in garage, sfruttando l'aria tepida di quel pomeriggio di fine ottobre.
Con le mani polverose ho cominciato a leggere quella lettera, che iniziava parlando di un'altra lettera perduta scritta su una carta velina azzurra, nella quale molti anni prima, per non dimenticarli, avevo ricordato gli avvenimenti del giorno del nostro innamoramento.
- la mia vita è piena di lettere perdute, ho pensato.
Mentre prendevo e separavo i libri da conservare da quelli che potevano essere scartati, un gruppo di persone aveva sfondato, per occuparlo la porta del locale accanto, il quale era stato la sede di una piccola scuola d'arte, ormai chiusa da tanti anni.
Stavo leggendo la lettera ritrovata, quando mi si è avvicinato un gracile uomo di mezza età, proveniente dal gruppo di occupanti, che con un accento romagnolo mi ha detto di essere un poeta. E' stato molto gentile perché si è offerto di aiutarmi a trasportare le scatole di libri.
Il poeta, molto loquace ed estroverso, mi ha raccontato che era stato in carcere, poiché una notte insieme ad altri ragazzi aveva tentato un furto in un negozio di strumenti musicali. Suo nonno, venuto in città da un paese dell'Appennino, gli aveva insegnato da piccolo a suonare la fisarmonica. Ma la vita era stata dura con lui, perché aveva presto perso il nonno e il vecchio strumento musicale. Per questo il suo grande sogno era quello di possedere una fisarmonica. Non ricordava come si era trovato immischiato in quella rapina, ma la sua mente non poteva dimenticare i momenti in cui i carabinieri avevano scoperto loro con le mani nel sacco. Le cose si erano complicate e lui aveva dovuto scontare una piccola pena. Nella cella, quando si sentiva solo, leggeva i libri che gli mandava sua madre ed è stato lì che ha cominciato a scrivere poesie.
Quando è uscito dalla prigione, frequentando un centro sociale, ha conosciuto un gruppo di ragazzi anarchici e ha cominciato a collaborare con loro, pubblicando nella loro rivista i suoi poemi.
Prima di salutarci gli ho fatto capire che mi sarebbe piaciuto molto leggere i suoi versi e lui mi ha detto che l'indomani mi avrebbe regalato l'ultima rivista uscita da poco.
Lungo il piccolo tragitto che separava i locali, il vecchio dal nuovo, sentivo le voci del gruppo di anarchici che cantava:
 - lottiamo, lottiamo e le case occupiamo.
Ho portato libri e cose vecchie finché la luce del giorno ha illuminato il locale, dato che non c'era corrente elettrica.
Il risveglio domenicale è stato triste, perché entrambi ancora eravamo un po' risentiti e non abbiamo saputo apprezzare la bella e limpida giornata di sole che ci si presentava.
Mi sono alzata abbastanza presto e sono uscita a fare una lunga passeggiata. U. ha fatto colazione con lentezza, ma poi mi ha detto che sentiva un gran desiderio di allontanarsi da quella casa.
Entrambi abbiamo girato per la città senza mai incontrarci.
Stanca di camminare, mi sono fermata in un mercatino e su una bancarella di libri usati ne ho trovato uno in una vecchia edizione degli anni quaranta, il cui titolo mi ha molto incuriosita: “Lettere d'amore perdute e altri racconti” di Keller, uno scrittore svizzero di metà dell'ottocento. Sfogliandolo ho notato in una delle prime pagina un piccolo timbro il alto: U . Ho pensato che forse era l'iniziale del proprietario del libro. Con quel libro in mano mi sono rasserenata.
Ritornando a casa ho visto degli operai che muravano la porta della vecchia scuola e non c'era più nessuna traccia del gruppo anarchico.
Ho aperto per l’ultima volta la porta del vecchio garage e ho trovato per terra una lettera nella quale il poeta mi salutava dedicandomi una poesia:
La donna solitaria
ferma sull'uscio
legge un lungo poema.
Sarà una lettera d'amore?
Le sue mani polverose tremano,
il suo sguardo è lontano,
ma le sue labbra disegnano un leggero sorriso.
Sarà forse la nostalgia di un grande amore?
Anche U. è ritornato a casa dopo poco. Lentamente il calore di una minestra di zucca con porri e capperi e la bontà di un bicchiere di un buon vino rosso ci ha riconciliati ed è tornato in noi il buon umore e la voglia di stare insieme.
Ci siamo raccontati le nostre emozioni ed i nostri pensieri. Mentre ascoltavo U. che descriveva la bellezza di un antico e storico edificio cittadino che quella mattina aveva visitato, ho pensato:
 - grazie alla lettera ritrovata tutte queste storie si sono intrecciate.
Quella sera prima di andare al letto ho nascosto la lettera perduta tra alcuni libri negli scaffali.
Chi sa se un giorno l'avrei di nuovo ritrovata e altre storie si sarebbero incrociate.


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